{"id":101,"date":"2006-03-14T12:21:59","date_gmt":"2006-03-14T11:21:59","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=101"},"modified":"2006-03-14T19:21:55","modified_gmt":"2006-03-14T18:21:55","slug":"74-secreto-de-confesion-por-galeria","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=101","title":{"rendered":"74- Secreto de confesi\u00f3n. Por UnoA"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana\">Mir\u00f3 hacia arriba. La lluvia arreciaba; el aire invernal soplaba con fuerza, moviendo las copas de los \u00e1rboles, que luc\u00edan t\u00edmidamente, por todo adorno, sus \u00faltimas hojas de color chocolate.<!--more-->\u00a0El cielo gris, monocromo, sin un \u00e1pice de luz, le hizo sentir aquel familiar vac\u00edo en la boca del est\u00f3mago. Gir\u00f3 el cuello de su abrigo, sujet\u00e1ndolo ante su cara para guarecerse del frio. Caminando deprisa, trat\u00f3 de no pensar, como si su paso ligero pudiese barrer los recuerdos de su cabeza, del mismo modo que el viento frio arrastra los cabellos a su paso. \u201cPerd\u00f3name, p\u00e1ter, porque he pecado\u201d. Las palabras martilleaban una y otra vez en su mente, como una constante murga inacabable. \u201cPerd\u00f3name, p\u00e1ter&#8230;\u201d Perdonar. Perdonar qu\u00e9.\u00bf Con qu\u00e9 licencia pod\u00eda \u00e9l perdonar a un asesino?\u00bf Qui\u00e9n escribi\u00f3 la absurda ley que permit\u00eda a un criminal descargar su culpa sobre un pobre cl\u00e9rigo, dej\u00e1ndole el infinito dilema a merced de su conciencia? \u201cPerd\u00f3name, p\u00e1ter&#8230;\u201d Los clavos de Dios. S\u00f3lo diez a\u00f1os en la parr\u00f3quia, y ya tantos casos extra\u00f1os. Pero aquello&#8230;lo de esa tarde era mucho m\u00e1s que una simple an\u00e9cdota. Era un problema de discernimiento, algo que un joven cura no ten\u00eda por qu\u00e9, a su juicio, cargar en su espalda. Bastante era ya la obediencia, la pobreza, la mil veces maldita castidad, para encima tener que aguantar las excentricidades de un delincuente sin escr\u00fapulos a quien no import\u00f3 ponerle en un brete, descargando sobre \u00e9l su sucia conciencia, y marcharse en paz tras escuchar aquello de \u201cego ti absolvo\u201d.<\/span><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana\">Gir\u00f3 por la calle de piedra, en direcci\u00f3n al obispado. Los edificios bajos, ancestrales, luciendo a\u00fan sus g\u00e1rgolas de piedra, le hicieron por un momento abstraerse de sus tribulaciones. \u201cOtros tiempos, otras costumbres&#8230;\u201d Pero, que \u00e9l supiera, el secreto de confesi\u00f3n hab\u00eda existido desde que la Madre Iglesia comenz\u00f3 a tener raz\u00f3n de ser. Bien les hab\u00eda venido, pens\u00f3, a muchos de sus compa\u00f1eros de anta\u00f1o, para absolver cr\u00edmenes horripilantes perpetrados en nombre del poder, con la \u00fanica finalidad de obtener todav\u00eda m\u00e1s. No era un inocente; sab\u00eda que la Gran Madre no hab\u00eda sido, en su luenga hist\u00f3ria, un dechado de virtudes. Pero conservaba a\u00fan una chispa de idealismo. Todav\u00eda cre\u00eda que la verdadera fe pod\u00eda cambiar el mundo. Sab\u00eda que era cuesti\u00f3n de tiempo convertirse en uno de esos hombres de iglesia grises, tan grises como sus trajes y sus cabellos, pero era consciente de que a\u00fan faltaba tiempo para eso, y estaba dispuesto a quemar todos los cartuchos antes de que se consumara la metamorfosis. Siempre crey\u00f3 que, a pesar de lo que todo el mundo pensaba, era posible el triunfo de la verdad y de la justicia por encima del atrezzo social, del maquillage necesario para que la hipocres\u00eda de las costumbres ancestrales siguiera brillando con luz propia. Una luz propia de la que carec\u00eda, que era tan solo atribuible a la autenticidad.<\/p>\n<p>Subi\u00f3 la escalinata por el centro, evitando la balaustrada blanca que la bordeaba, en direcci\u00f3n a la puerta principal. Al llegar arriba, pregunt\u00f3 por el obispo, que estaba tan ocupado como siempre. Al decir su nombre, el secretario le condujo sin m\u00e1s demora ante su excelencia.<br \/>\n-Mal asunto, muchacho. El secreto de confesi\u00f3n es todav\u00eda utilizado en nuestros d\u00edas. En el meridiano del siglo veinte, es a\u00fan posible para un asesino escudarse en la Santa Madre Iglesia, limpiando de ese modo su conciencia ante Dios. Y es impensable que acudas a la polic\u00eda; ning\u00fan tribunal, ning\u00fan cl\u00e9rigo ni ning\u00fan feligr\u00e9s te perdonar\u00eda a ti, en cambio, tama\u00f1a falta de \u00e9tica.- El obispo se detuvo. Conoc\u00eda por experiencia el infierno moral por el que su sobrino estaba pasando. Muchas eran las cosas extra\u00f1as que \u00e9l hab\u00eda tenido que aguantar de sus parroquianos, desde peticiones hasta secretos inconfesables, y sab\u00eda bien la dificultad de separar las guerras propias de las ajenas, algo que su querido chico estaba a\u00fan lejos de digerir. Pero era un joven inteligente, y era cuesti\u00f3n de tiempo.- Pio XII tiene ahora muchos problemas. Estamos en mitad de una guerra, y el Vaticano tiene muchas presiones internacionales. Los paises aliados quieren que el Santo Padre se pronuncie contra el nazismo, y este pretende conservar su postura diplom\u00e1tica, situaci\u00f3n que se est\u00e1 haciendo insostenible por momentos. Y en medio de todo esto, t\u00fa me vienes con un crimen dom\u00e9stico y un pueril problema de conciencia. Mira, hijo, mejor olv\u00eddalo. Tienes la licencia de hacerlo. Cumples una labor, que t\u00fa mismo elegiste. Ll\u00e9vala, pues, a cabo, con la mayor celeridad posible. Olvida lo que te cuenten en el confesionario apenas absuelvas al pecador, y continua con tu camino. Vuelve a tu pueblecito, a tu iglesia, y sigue con tu vida tranquila.<\/p>\n<p>\u201cSangre Santa. Espinas benditas. Joder, joder, joder\u201d. La estaci\u00f3n estaba empapada; el d\u00eda continuaba tan gris como a su llegada a la ciudad. Roma le hab\u00eda impresionado siempre, con sus ancestrales barrios;el Trast\u00e9vere, el Trevi, las amplias avenidas que conduc\u00edan al centro de la ciudad, empedradas desde el tiempo de los Augustos, debiendo su anchura al goteo interminable de cu\u00e1drigas y bigas. El foro de Trajano, el de Marco Aurelio, con sus escombrosas ruinas que recordaban, apenas tan solo por las impecables columnas historiadas, que aquella fue, siglos atr\u00e1s, la capital del mundo. Roma, tan eterna y tan corrupta. Hermosa, y llena de intrigas, como una cortesana dieciochesca. \u201cArrivederci, Roma&#8230;\u201d, pens\u00f3 mientras el tren se alejaba de la ciudad en direcci\u00f3n al pueblo, a pocos kil\u00f3metros de all\u00ed. Poco hab\u00eda sacado en claro, nada sab\u00eda de c\u00f3mo iba a lograrlo, pero, de un modo u otro, la verdad brillar\u00eda. Mir\u00f3 una vez m\u00e1s el cielo gris, y en una oraci\u00f3n rog\u00f3 por la salvaci\u00f3n de su alma, y pidi\u00f3 que se abriese la luz en su mente, una luz que iluminase el camino que deb\u00eda seguir.<\/p>\n<p>Aquel domingo, la iglesia estaba m\u00e1s llena que de costumbre. Francesco entr\u00f3 solo y mir\u00f3 a Benedetta. Esta le devolvi\u00f3 la mirada, tratando de clavar con ella mil pu\u00f1ales en sus ojos. Nadie sab\u00eda qui\u00e9n hab\u00eda matado a Marcelo Veronne, su prometido. Todos sospechaban de Francesco, ella la primera; sab\u00eda de sus anhelos desde hac\u00eda tiempo. Y \u00e9l sab\u00eda muy bien lo mucho que Benedetta amaba a Marcelo, con lo que siempre hab\u00eda comprendido que no ten\u00eda nada que hacer. Eran muchos los que cre\u00edan en la culpabilidad de Francesco, un chico de mirada torva y natural cabizbajo, callado y serio. Fabio Rinaldi, el hijo del terrateniente, con casi la totalidad de las tierras de cultivo de uva de la comarca, salvo la de los Veronne, que siempre hab\u00eda ansiado comprar y nunca hab\u00edan querido venderle, aparec\u00eda tan digno como siempre, con su traje de corte impecable, acompa\u00f1ado de su primo Andrea, el heredero junto a Fabio y \u00fanico rubio de los Rinaldi, por quien las muchachas sol\u00edan pelearse. Junto a ellos, Marco Testi, el cartero del pueblo, vecino de Benedetta, que siempre la hab\u00eda deseado en secreto. Y claro, Julio Veronne, el hermano de Marcelo y \u00fanico heredero ahora de la fortuna de los Veronne, miraba hacia adelante intentando aparentar serenidad. Poni\u00e9ndose la sotana blanca y todos los elementos tradicionales que utilizaba para decir misa, mir\u00f3 con fijeza hacia la puerta de la sacrist\u00eda, que le conducir\u00eda directamente al p\u00falpito. \u201cAhora o nunca\u201d, pens\u00f3, y con toda la determinaci\u00f3n que pudo reunir, sali\u00f3 del umbr\u00edo cuarto.<br \/>\nMiro frente a s\u00ed. Su cabello rubio ceniza le cay\u00f3 por un momento sobre la frente. No se molest\u00f3 en apartar el mech\u00f3n. Sin decir nada, se coloc\u00f3 en el centro del altar. Pase\u00f3 sus ojos de izquierda a derecha, deteni\u00e9ndose en todas y cada una de las caras que, at\u00f3nitas, no daban cr\u00e9dito a la actitud del p\u00e1rroco. Benedetta&#8230;Francesco&#8230;Fabio&#8230;Andrea&#8230;uno tras otro, todos ellos. Fue bajando las escaleras, despacio, sin parar de mirarles. Julio, Lucio&#8230; Se coloc\u00f3 a la altura del crucero. Mir\u00f3 sobre s\u00ed, hacia la c\u00fapula, y cay\u00f3 de rodillas. Los parroquianos lanzaron una exclamaci\u00f3n de extra\u00f1eza. Postrado, con los brazos en cruz y mirando hacia las b\u00f3vedas sobre su cabeza, empez\u00f3 a musitar, con un susurro imperceptible: \u201cMea culpa&#8230;mea culpa&#8230;\u201d Todos le miraban sin articular palabra. \u201cMea culpa, mea culpa&#8230;\u201d El susurro aumentaba de tono. Ahora se pod\u00eda oir sin demasiada dificultad. \u201cMea culpa&#8230;\u201d La mayor\u00eda de los feligreses le miraban sin comprender; otros se miraban entre s\u00ed. \u201cMea culpa&#8230;\u201d Ahora el tono era bastante elevado. \u201cMea culpa! Mea culpa!\u201d No apartaba su mirada de la c\u00fapula, de las b\u00f3vedas. Y su voz, desde el fondo de su garganta, acusaba a gritos a nadie, reventaba contra nada. \u201cMea culpa! Mea culpa!\u201d Sus ojos en blanco, extraviado el gesto, las palabras que rebotaban una y otra vez contra las paredes del templo. Nadie se mov\u00eda, nadie respiraba. \u201cMea culpa! Mea culpa!\u201d\u2022 Y, de pronto, desde el banco delantero, una voz se uni\u00f3 a la suya. \u201cMea culpa! Mea culpa!\u201d Fabio Rinaldi, sudoroso, temblando, cay\u00f3 de rodillas junto al cl\u00e9rigo, para postrarse despu\u00e9s completamente tumbado en el suelo, con los brazos en cruz. \u201cMea culpa! Perd\u00f3name, p\u00e1ter! Perd\u00f3name!\u201d.<\/p>\n<p><\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mir\u00f3 hacia arriba. 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