{"id":103,"date":"2006-03-14T12:28:49","date_gmt":"2006-03-14T11:28:49","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=103"},"modified":"2006-03-14T12:28:49","modified_gmt":"2006-03-14T11:28:49","slug":"76-la-espiral-infinita-por-tadeo-amable","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=103","title":{"rendered":"76- LA ESPIRAL INFINITA. Por TADEO AMABLE"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA\">Todo empez\u00f3 de ma\u00f1ana cuando el autob\u00fas enfil\u00f3 las Rondas. Las soberbias avenidas repletas de arboledas frondosas, ce\u00f1idas por amplias aceras.<!--more-->\u00a0Pronto borde\u00f3 La Florida y ascend\u00eda por La Lateral entre un tr\u00e1fico imparable, un tr\u00e1fico turbio y espeso, abri\u00e9ndose paso entre las l\u00edneas blancas de la calzada, entre la gente que se api\u00f1aba en las esquinas, o a las puertas de los comercios, o cruzaba la calle a un lado y a otro e iba a lo suyo, y nosotros, los pasajeros, nos dej\u00e1bamos mecer por el traqueteo suave de aquel veh\u00edculo rojo.<br \/>\nLa luz incid\u00eda arrancando los primeros brillos en los tejados negros, o lanzaba gui\u00f1os, o empujaba sombras y la ma\u00f1ana me pareci\u00f3 que iba a ser hermosa, tanto como para emplearla en descubrir la ciudad, o como para perderla poco a poco en alg\u00fan sue\u00f1o loco, porque la ma\u00f1ana nos emborrachaba de verde, o de azul y de rosa. Un d\u00eda de esos en los que amanece de primavera y hasta hace calor. Entre tanto el autob\u00fas recorr\u00eda los bulevares con una marcha cansina, ci\u00f1\u00e9ndose a las curvas, remoloneando en las rectas, arrim\u00e1ndose al bordillo con cuidado, como si midiese las distancias, expres\u00e1ndose con un carraspeo bronco de viejo cacharro curtido en un mill\u00f3n de viajes, mientras un grupo de ni\u00f1os alborotaba en la parte de atr\u00e1s, mientras un viejo le\u00eda un libro, a mi lado, y una se\u00f1ora con sombrero verde se acercaba a una ventanilla, sin duda que para curiosear, la primavera sin duda. Y una pareja se arrullaba con descaro, dos asientos m\u00e1s all\u00e1.<br \/>\nAl poco se encamin\u00f3 por la Avenida Casares, yo iba sentado en la fila de la derecha, m\u00e1s o menos en la mitad del pasillo, junto a la puerta de salida que se agitaba levemente con el movimiento de las ruedas sobre el adoquinado, y que se entreabr\u00eda durante unos segundos, y me lanzaba peque\u00f1as r\u00e1fagas de aire entre los huecos de las gomas que la enmarcaban, y casi era un juego infantil esquivar las rachas, el aire impaciente, y durante un rato me distrajo esa tonter\u00eda, y casi no o\u00eda a los chicos del fondo, ni al viejo toser, ni a la se\u00f1ora del sombrero verde como se re\u00eda, ni los besos de los enamorados, o como se afanaba en mirar. Y casi no escuchaba nada.<br \/>\nHasta que divis\u00e9 la marquesina de la parada que est\u00e1 junto al mercado de la calle Este, el poste blanco con el techo verde en la que dos tipos levantaron el brazo al mismo tiempo. Pero el autob\u00fas no detuvo su marcha al pasar junto a ellos. No fren\u00f3, ni realiz\u00f3 el m\u00e1s m\u00ednimo indicio de hacerlo, no quiso moderar el rumbo, o no supo, o no pudo. O s\u00f3lo que se le olvid\u00f3.<br \/>\nLuego el cacharro tosi\u00f3 con fuerza al rebasar la primera esquina, con un bramido que me pareci\u00f3 de cansancio sin alterar su ritmo, con un gru\u00f1ido que me pareci\u00f3 de sofoco. Y procedi\u00f3 sin inmutarse, como una flecha que sigue hasta que encuentre el blanco, y yo gir\u00e9 la cabeza. S\u00f3lo para ver como los tipos alzaban los brazos con un gesto brusco, con un gesto de queja, s\u00f3lo para ver como uno de ellos se apoyaba en el poste con cara de asombro, mientras el otro gritaba, porque el autob\u00fas se alejaba con nosotros dentro dejando un peque\u00f1o reguero de humo, de voces, lecturas y alg\u00fan beso perdido, o media mirada.<br \/>\nDespu\u00e9s busqu\u00e9 al conductor, adivin\u00e9 su espalda, la gorra le cubr\u00eda la cabeza, el cuello de la cazadora el rostro, y el espejo retrovisor me ense\u00f1\u00f3 unas gafas de sol que enfocaban al frente, con una fijeza que supuse monoton\u00eda, o aburrimiento, o indiferencia. Casi le disculp\u00e9, tantas horas sentado al volante le excusaban por saltarse una parada, por olvidar el reglamento, o por recrearse en la nada. All\u00e1, unos centenares de metros m\u00e1s abajo estaba el siguiente poste, a la vuelta de una rotonda llena de arbustos que en este tiempo florec\u00edan te\u00f1idos de un verde rabioso, que casi se alzaban solemnes, y hacia ella encar\u00f3 el autob\u00fas rojo como el que apunta a una diana, o como el que viaja a su antojo.<br \/>\nEl veh\u00edculo se acerc\u00f3 al objetivo, daba peque\u00f1os bandazos y se desliz\u00f3 con algo de hast\u00edo; lo not\u00e9 en seguida por la indolencia de sus movimientos, y un poco antes de que llegase se oy\u00f3 el timbre con el que otro viajero reclamaba su derecho a apearse. Era un tipo trajeado que portaba un malet\u00edn de cuero, y que consult\u00f3 su reloj con gesto hosco, que nos mir\u00f3 a todos y luego a la espalda del conductor y despu\u00e9s al cielo.<br \/>\nAhora s\u00ed que se detendr\u00eda, pens\u00e9. Esta vez no ten\u00eda disculpa y las aceras avanzaron despacio, o los \u00e1rboles se acercaban sin prisa y las caras de los que aguardaban bajo el resguardo del techo met\u00e1lico, en la calle, se hicieron reconocibles. Pero el ruido del motor no ces\u00f3, ni chirriaron las puertas al abrirse, porque no se movieron, ni la espalda del conductor se alter\u00f3, ni callaron las risas de los muchachos, o los juegos inocentes, ni los novios hablaron de otra cosa, o el viejo apart\u00f3 la cara del libro, o se le calm\u00f3 la tos. Ni se vieron nubes en el cielo.<br \/>\n\u00a1vaya por Dios!, otro descuido, otra torpeza. El tipo del traje gris y del malet\u00edn elegante no hizo nada, salvo una peque\u00f1a mueca cuando observ\u00f3 su reloj despacio, muy despacio, salvo alzar las cejas con desgana para mirar al techo, salvo sentarse con calma y mover un poco la cabeza. Nada, apenas nada.<br \/>\nNadie le prest\u00f3 atenci\u00f3n porque los escolares, que alborotaban en la parte de atr\u00e1s, no dejaban de alborotar con los cromos y con las trenzas de dos ni\u00f1as que se pusieron a su alcance, ni la se\u00f1ora del sombrero verde se apart\u00f3 de la ventanilla, o la chica con una camiseta azul, sentada unos metros m\u00e1s all\u00e1, renunci\u00f3 a limarse una u\u00f1a, ni los amantes a sus confidencias. Ni la espalda del conductor dej\u00f3 de mantenerse r\u00edgida y tiesa.<br \/>\nYo, el \u00fanico que abr\u00ed m\u00e1s los ojos, s\u00f3lo para ver que recorrimos m\u00e1s curvas y deshicimos m\u00e1s rectas, o superamos todas las cuestas, y hasta bajamos por los barrios del sur, lejos, muy lejos y ya decid\u00ed acomodarme en la primavera para advertir como en las paradas nos saludaban, o se re\u00edan, o nos dec\u00edan adi\u00f3s, o admiraban la carrera de este carrusel sin calma, y hasta un guardia nos hizo se\u00f1as sin que se le hiciese caso, y remontamos las rampas de la Estaci\u00f3n Nueva sin detener la marcha. Yo me re\u00eda y disfrutaba y supe lo que es correr sin parar, casi volar.<br \/>\nLuego embocamos la Calle Mayor y all\u00ed aceler\u00e1bamos m\u00e1s, ya era una flecha roja. Dejamos atr\u00e1s Siete Iglesias, me percat\u00e9 con indiferencia, y los Bulevares Largos o las f\u00e1bricas del Este y rodeamos el Parque Central y hasta un poco m\u00e1s all\u00e1, me daba igual un sitio que otro porque dentro de aquel espacio no se detuvieron las charlas, o los juegos de los chicos, ni las miradas al libro, o los besos, ni se alter\u00f3 la espalda del conductor sordo, o las gafas del conductor ciego, ni el volante del autob\u00fas rojo, ni uno, ni todos. Era otra vida, otra calma, otro mundo que lat\u00eda al vaiv\u00e9n de unas ruedas locas, al zarandeo de unas ruedas sin fin, de unas ruedas sin tregua.<br \/>\nY seguimos el camino circular y seguimos avanzando en espiral, o inventando l\u00edneas quebradas, porque traz\u00e1bamos perfiles rectos otra vez por las Rondas, luego por la Avenida Casares, por los barrios del Sur y la Transversal, o la curva de la Estaci\u00f3n Nueva y yo continuaba mirando. Y el verano nos alcanz\u00f3 en Florida, y el oto\u00f1o en la rotonda grande y la primera nevada en la avenida San Juan.<br \/>\nEntre la goma de las puertas se colaba ya un aire fr\u00edo, o seco y las gotas de lluvia, y pronto amaneci\u00f3 m\u00e1s tarde y anochec\u00eda antes, aunque los ni\u00f1os no dejaban de alborotar en esta espiral infinita y los amantes ya fueron padres, o el viejo recomenz\u00f3 el libro por duod\u00e9cima vez y no se cans\u00f3 de leer, o de toser, y yo no me agot\u00e9 de mirar las calles, observar como cambiaban, como crec\u00edan o como volaban y vi a\u00f1adir pisos nuevos y hasta derribar manzanas, el autob\u00fas volaba y vi como afloraban parques, y como tend\u00edan calzadas abiertas a nuestro paso, al de ese loco autob\u00fas, o como anulaban paradas para limpiar el camino de esta espiral sin destino. <\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Todo empez\u00f3 de ma\u00f1ana cuando el autob\u00fas enfil\u00f3 las Rondas. 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