{"id":126,"date":"2006-03-14T15:51:00","date_gmt":"2006-03-14T14:51:00","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=126"},"modified":"2006-03-14T15:51:00","modified_gmt":"2006-03-14T14:51:00","slug":"98-retratos-de-silverio-lucia-por-castellio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=126","title":{"rendered":"98- Retratos de Silverio: Luc\u00eda. Por Castellio"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA\">Silverio era fot\u00f3grafo. S\u00f3lo hac\u00eda retratos y todos, o casi todos, los guardaba. Los ten\u00eda de todos los colores.<!--more-->\u00a0Las miradas de los habitantes de Vejer de la Frontera, aquel pueblo gaditano de lo alto de la colina, restaban adheridas a las lentes de su c\u00e1mara mientras, m\u00e1s all\u00e1 de \u00e9stas, las vidas prosegu\u00edan sus quehaceres. \u201cPara la posteridad\u201d, sonre\u00eda Silverio tras cada retrato. Y as\u00ed era.<br \/>\nCuando visitamos Vejer a comienzos del pasado septiembre, en la plaza del ayuntamiento hab\u00eda una placa que nos llam\u00f3 la atenci\u00f3n; dec\u00eda as\u00ed:<\/p>\n<p>En este lugar un fot\u00f3grafo amigo de todos, de gran coraz\u00f3n y bondad, con su c\u00e1mara en ristre, siempre regalando sonrisas, entreg\u00f3 los a\u00f1os de su vida a Vejer.<br \/>\nSiempre contigo Silverio.<\/p>\n<p>Gracias a tu imaginaci\u00f3n, Elba, entramos sin pudor en el viejo estudio de Silverio. All\u00ed viv\u00eda una de sus hijas, que amablemente nos dej\u00f3 pasar y enredar tranquilamente entre donde rondan, en alegre desorden, las posteridades del pueblo. Entre las fotos que enseguida nos atrajeron estaba la de la joven Luc\u00eda, de mirada tan limpia e inquieta que parec\u00eda cruzada por el viento. Su mirada permanec\u00eda de este modo eterna sobre el papel fotogr\u00e1fico, enso\u00f1ada y ajena a las vicisitudes que hoy, d\u00e9cadas despu\u00e9s, hacen de do\u00f1a Luc\u00eda una figura asaltada por la fatiga de las arrugas. A menudo acude a este estudio, nos comenta la hija del fot\u00f3grafo, no s\u00e9 muy bien para qu\u00e9, pero coge el retrato entre sus manos y se sienta en la terraza, mirando al horizonte.<br \/>\nLa nostalgia es una tristeza que nos atrae y a menudo nos reconforta; como un deseo pasado por agua, como el fuego incandescente bajo el hielo. Luc\u00eda siente la lluvia de ese fuego tras los pliegues de su encanecida mirada, mientras pasan por ella los pasados que fueron persiguiendo a los que pudieron ser.<br \/>\nEn la foto que le hizo Silverio, Luc\u00eda aparece sentada sobre una silla de madera cuyo respaldo acarician unas manos ya entonces agrietadas por la dureza del campo. Su marido, Juan Rodr\u00edguez, muri\u00f3 hace m\u00e1s de veinte a\u00f1os y jam\u00e1s conoci\u00f3 a aquella otra Luc\u00eda del retrato, tan viva. \u00c9l ven\u00eda de los arrabales del puerto de C\u00e1diz y toda su vida hab\u00eda respirado al mar d\u00e1ndole por supuesto, como no se piensa un brazo, como se dan los pasos. Cuando conoci\u00f3 a Luc\u00eda, \u00e9sta ven\u00eda de velar a su padre. A \u00e9l entonces le hab\u00eda sorprendido su belleza. Tambi\u00e9n su luto extra\u00f1o, la sonrisa. No lo pens\u00f3 ni un instante y march\u00f3 a Vejer, donde al tiempo se casaron. All\u00ed siempre lo trataron bien, pero no dej\u00f3 jam\u00e1s de ser Juan Rodr\u00edguez, aquel forastero al que le faltaba el mar.<br \/>\nDe ni\u00f1a Luc\u00eda ten\u00eda un pelo largo y rubio que escapaba por entre las verjas de su casa hasta casi tocar el suelo. En cuanto cumpli\u00f3 doce a\u00f1os su padre le impidi\u00f3 salir sola del hogar, pues uno no se pod\u00eda arriesgar a truncar una buena boda por un descuido adolescente. As\u00ed razonaba su padre, mientras su madre callaba, pues hac\u00eda tiempo que hab\u00eda muerto; tanto, que Luc\u00eda apenas pensaba en ella. Cuando la recordaba \u2014apenas leves sensaciones, quiz\u00e1s alg\u00fan olor despistado\u2014, la nostalgia se apoderaba de ella con el \u00edmpetu inconsciente de no saberse nostalgia.<br \/>\nSu casa estaba situada en una de las calles que nacen de la iglesia; as\u00ed, a cada hora, las campanas le recordaban en qu\u00e9 lugar del mundo se encontraba, y su imaginaci\u00f3n descend\u00eda atropellada para regresar a la aridez de la casa tras los barrotes, al silencio de la mente. Sin embargo, cuando el rumor de la noche tra\u00eda en su ta\u00f1ido a las doce, suced\u00eda algo sorprendente: las verjas de la ventana se doblaban de tal modo que la peque\u00f1a Luc\u00eda pod\u00eda saltar entre ellas para que su cabello volase por las oscuras calles de Vejer. Siempre se dirig\u00eda al r\u00edo, acompa\u00f1ada de los gatos, y all\u00ed se ba\u00f1aba desnuda, primavera tras primavera, frente a decenas de peque\u00f1os ojos luminosos.<br \/>\nA Vejer, como a cada rinc\u00f3n de Espa\u00f1a, tambi\u00e9n hab\u00eda llegado la guerra. En aquel entonces Luc\u00eda era muy peque\u00f1a y todav\u00eda no saltaba entre los barrotes a la medianoche. Sus escasos recuerdos de todo aquello s\u00f3lo le mostraban tensiones y silencios, estampidas y llantos secos. Entonces, hab\u00eda visto como la dura cara de su abuela se contra\u00eda, agazap\u00e1ndose para siempre del mundo, y as\u00ed sigui\u00f3 toda su vida, callada y abstra\u00edda; loca. Todos sab\u00edan que le hab\u00edan matado a un hijo.<br \/>\nEl t\u00edo Ignacio nunca hab\u00eda sido otra cosa que el barbero del pueblo. Le apasionaba charlar con los vecinos mientras les afeitaba. Luc\u00eda recuerda el amplio sonido de su risa, tambi\u00e9n su bigote. Una ma\u00f1ana algunos bromistas le hab\u00edan atado a la silla mientras dorm\u00eda y se lo hab\u00edan afeitado, caus\u00e1ndole el primer y \u00fanico enfado que se le recordara. La abuela trataba de consolarle y de calmarle, mientras su hermano, el padre de Luc\u00eda, sonre\u00eda burl\u00f3n tras su verja. Cuando el golpe de Estado trajo la sangre a C\u00e1diz, emponzo\u00f1ando la mar, Ignacio pens\u00f3 que en Vejer no pasar\u00eda nada: no hab\u00eda se\u00f1oritos, el cura era republicano y la colina siempre les hab\u00eda hecho sentirse ajenos al mundo de ah\u00ed abajo. Sin embargo los bandos no tardaron en delimitarse, separando a los hermanos y atrayendo a las desgracias. Las tropas nacionales ocuparon el pueblo e Ignacio no supo comprender que eran tiempos de silencios, y continu\u00f3 hablando con cualquiera entre cuchillas y espejos que, en un triste suspiro, se hab\u00edan vuelto peligrosos. Una noche, como tantos otros, su cuerpo apareci\u00f3 varado en el r\u00edo. Nadie supo a qui\u00e9n ni por qu\u00e9 preguntar.<br \/>\nEl hijo de Ignacio no supo qui\u00e9n fue su padre hasta los quince a\u00f1os. Su madre hab\u00eda guardado un secreto que en Vejer se respetaba. El ni\u00f1o tambi\u00e9n se llamaba Ignacio y pronto anunci\u00f3 que de mayor quer\u00eda ser barbero. Madre e hijo se manten\u00edan apartados del padre de Luc\u00eda, con quien no se cruzaban saludos cuando \u00e9ste ven\u00eda de la iglesia, y s\u00f3lo guardaron una estrecha relaci\u00f3n con la abuela, a quien hab\u00edan cuidado con cari\u00f1o hasta su muerte. En aquel tiempo, Ignacio y su madre prefer\u00edan pasear los domingos por el r\u00edo, donde el ni\u00f1o jugaba y corr\u00eda, y la madre, pensativa, observaba sus aguas. El cura republicano de Vejer hab\u00eda sido fusilado en la primera posguerra; al parecer, se hab\u00eda descubierto un refugio en la sacrist\u00eda donde se ocultaban varios de los j\u00f3venes campesinos del pueblo. El sacerdote que le sustituy\u00f3 era muy serio y beato, pero le encantaba conversar tras la misa, al sol de la peque\u00f1a plaza de la iglesia. Luc\u00eda todav\u00eda recuerda las palabras del cura a su padre, a los doce a\u00f1os, y la sonrisa de su padre al decir se\u00f1or cura, pero qu\u00e9 raz\u00f3n tiene.<br \/>\nA sus quince a\u00f1os, por tanto, Ignacio comenz\u00f3 a saber de la guerra y de su historia. En un pueblo como Vejer, donde las casas serpentean blancas arriba y abajo, resulta dif\u00edcil expulsar un rumor. Los gatos los traen y los llevan por las noches, y a la ma\u00f1ana siguiente todo el pueblo se levanta sabiendo de las vidas de los dem\u00e1s. As\u00ed fue como Ignacio se enter\u00f3 de la suya una ma\u00f1ana de tormenta en la que el agua empapaba las pieles negras, blancas y atigradas de los gatos; estos dormitaban tras una dura noche en la que los empedrados de Vejer hab\u00edan acogido, entre el crepitar del agua y el rugido de los truenos, las memorias truculentas de la guerra. A partir de ese d\u00eda, Ignacio comenz\u00f3 a visitar el r\u00edo a todas horas, pensativo, como su madre los domingos.<br \/>\nUna noche de primavera el r\u00edo en calma le descubri\u00f3 el precioso cuerpo desnudo de Luc\u00eda, oculto bajo la oscuridad de las aguas, amenazado por la luz de una luna enorme que estaba a punto de estallar. Un par de oscuros ojos humanos se unieron a las decenas de peque\u00f1os ojos luminosos que observaban la escena, admirados ante el ba\u00f1o secreto de aquella ni\u00f1a.<br \/>\nA partir de esa noche, Ignacio baj\u00f3 al r\u00edo al atardecer de cada jornada, esperando agazapado en un viejo \u00e1rbol la venida de Luc\u00eda. El resto del d\u00eda lo pasaba embobado so\u00f1ando sus formas, reconstruy\u00e9ndola en im\u00e1genes mientras afeitaba, peinaba y cortaba los cabellos de los pocos vecinos que se atrev\u00edan a acudir a la nueva barber\u00eda, situada en el mismo local que la de su padre.<br \/>\nFue en esta \u00e9poca de miradas furtivas y m\u00e1s de un trasquil\u00f3n cuando el padre de ella viaj\u00f3 por unos d\u00edas a C\u00e1diz en busca de trabajo. Se necesitaba mucho personal para la construcci\u00f3n de barcos y hasta ahora en Vejer lo \u00fanico que hab\u00eda hecho, y sin grandes resultados, era labrar las tierras de las laderas. La ausencia del padre signific\u00f3 la libertad para Luc\u00eda, que al fin pudo salir a refrescarse tras el trabajo, poco antes del atardecer. Es as\u00ed como sorprendi\u00f3 a Ignacio agazap\u00e1ndose en el hueco del \u00e1rbol seco, como era su costumbre. Ni siquiera imagin\u00f3 ella lo que tal actitud ocultaba, as\u00ed que le llam\u00f3 sonriente por su nombre, contenta de al fin poder hablar con su primo. Este primer encuentro acab\u00f3 con ambos sentados en la ribera del r\u00edo, alternando el relato de sus vidas con la verg\u00fcenza de Ignacio, que ahora comprend\u00eda la iniquidad de sus guardias. En uno de los silencios de aquella noche, empujado por la mirada transparente con que ella le escuchaba, el chico se anim\u00f3 a confes\u00e1rselo, y Luc\u00eda, m\u00e1s que escandalizarse, se sinti\u00f3 secretamente honrada.<br \/>\nA\u00f1os despu\u00e9s do\u00f1a Luc\u00eda recordaba aquella ma\u00f1ana, la vuelta sonriente al pueblo poco antes de reencontrarse por sorpresa con su padre; cada uno por su lado pero ya juntos para siempre, mi amor, le hab\u00eda dicho Ignacio mientras \u00e9l se quedaba para un \u00faltimo chapuz\u00f3n. Luc\u00eda se hab\u00eda cruzado en la placita con Silverio, el joven fot\u00f3grafo del pueblo, y \u00e9ste le hab\u00eda pedido posar con una ansiedad imperativa. Silverio comprendi\u00f3 con su intuici\u00f3n habitual que la mirada nocturna y sensual del r\u00edo, de la pasi\u00f3n y del viento no eran eternas, y quiso atraparlas con su c\u00e1mara en cuanto se cruz\u00f3 con la chiquilla. Una Luc\u00eda divertida se aferraba poco despu\u00e9s a la tosca silla familiar, posando en la entrada de su casa mientras el fot\u00f3grafo estudiaba en silencio los \u00e1ngulos y la luz m\u00e1s adecuada. El pensamiento de ella volaba libre, ardiente, y su largo cabello rubio recog\u00eda todos los sue\u00f1os de los que eran capaces sus brillantes ojos en una mirada que, esa ma\u00f1ana, era eterna.<br \/>\nA\u00fan hoy, cuando Silverio hace apenas unos a\u00f1os que muri\u00f3, todav\u00eda se puede ver algunas noches a Luc\u00eda esperando a que suene la medianoche, aferrada a los barrotes, que entonces se doblar\u00e1n para que su largo cabello blanco vuele por entre las blancas casas de Vejer, arriba y abajo, y se ba\u00f1e en el r\u00edo donde ahogaron a su querido primo Ignacio, una ma\u00f1ana de primavera. La misma ma\u00f1ana que sucedi\u00f3 a la noche en que \u00e9l le confesaba sus robos; la misma en que ella sonre\u00eda a la c\u00e1mara de Silverio tras haber hecho el amor, torpe y deliciosamente, con su primo; la misma ma\u00f1ana en que Luc\u00eda acogi\u00f3 su \u00faltima felicidad.<br \/>\nLa madrugada que sigui\u00f3 a nuestro paseo este pasado septiembre, Elba, cuando todos en Vejer dorm\u00edamos, decenas de peque\u00f1os ojos luminosos observaban, como cada noche, el cuerpo avejentado de Luc\u00eda, que oculto bajo las aguas y amenazado por la p\u00e1lida luz de la luna sonre\u00eda extra\u00f1amente, mientras no cesaban de susurrarle el nombre del asesino de Ignacio. Entonces, cuando espeluznado yo trataba de escuchar el rumor que sub\u00eda por la colina, me tocaste, acariciaste mi espalda y tus besos ahuyentaron a todas mis pesadillas. Mientras en Vejer amanec\u00eda, nosotros nos am\u00e1bamos. <\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Silverio era fot\u00f3grafo. S\u00f3lo hac\u00eda retratos y todos, o casi todos, los guardaba. 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