{"id":150,"date":"2006-03-16T18:07:28","date_gmt":"2006-03-16T17:07:28","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=150"},"modified":"2006-03-16T18:07:28","modified_gmt":"2006-03-16T17:07:28","slug":"119-demonios-al-horno-por-gutierrez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=150","title":{"rendered":"119- Demonios al horno. Por Guti\u00e9rrez"},"content":{"rendered":"<p class=\"MsoNormal\" style=\"margin: 0cm 0cm 0pt\"><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana\">El padre de Basilio Lobo deja atr\u00e1s la ciudad. Conduce bajo la lluvia y, por primera vez, hace el recorrido hacia el internado.<!--more-->\u00a0A su lado, el joven pasajero por el camino que lleva no s\u00f3lo al castigo de una travesura, sino al destierro que hace levantar la casa cuando la ni\u00f1ez estorba. \u00bfQu\u00e9 oculta el sumidero educativo que irradia tanta potencia?, \u00bfqu\u00e9 fuerza primitiva contempla Basilio desde la ventanilla? Los ni\u00f1os han guardado el secreto en los cuartos oscuros, al tiempo que lo han hecho tras las ventanas del monumental edificio, as\u00ed como delante de la verja de este internado. La misma tristeza infinita, en derredor. La grieta por la que dejarles caer. Abismo fuliginoso. Foso en el que ahora Basilio se precipita solo. De modo que, al apagar el motor del coche, ni un crujido, s\u00f3lo la miserable ejecuci\u00f3n del reo en el pat\u00edbulo. Despu\u00e9s, un soplo de aire fr\u00edo, brioso, duro. Y ce\u00f1o fruncido en el padre de Basilio que, visiblemente irritado, no oculta su aspereza cuando se despide de su hijo: \u201cP\u00f3rtate bien, Basilio. Por una vez en tu vida s\u00e9 bueno\u2026 \u00a1y, por Dios, ponte a estudiar que me tienes hasta los cojones!\u201d, como si le lanzase un ladrillo.<\/p>\n<p>Hundido en el asiento, los ojos del peque\u00f1o permanecen muy abiertos un buen rato. Como si al agrandarlos, estuviese asimilando. Como si al ensancharlos, estuviese adivinando, comprendiendo. Y al girar la cabeza, de repente, un paraguas y, bajo su ala negra, el joven director de la fortaleza. Gratitud en el apret\u00f3n de manos al bajarse del coche, dos anchas frentes y un paraguas se entienden, cuchichean, asienten. Palabras sueltas. Palabras mojadas. L\u00edquidas. Un beso r\u00e1pido, el parabrisas se agita de un lado a otro cantando \u201cadi\u00f3s con el coraz\u00f3n\u201d, en el vest\u00edbulo, Basilio y su maleta.<\/p>\n<p>&#8211; Basilio, \u00bfme est\u00e1s escuchando?<\/p>\n<p>&#8211; S\u00ed, se\u00f1or Director.<\/p>\n<p>Pero Basilio no escucha ni media palabra, con frecuencia el mundo de los adultos no le hace compa\u00f1\u00eda y le resulta imposible mantener una comunicaci\u00f3n. Por eso sus palabras no se posan, se desvanecen por su garganta. Desaparecen a la manera del infante que no est\u00e1 inmerso en la nada, sino rodeado de los universos de anta\u00f1o donde florece la magia. Cuando flotar es posible. Flotar&#8230; Agravios resueltos con diligencia, enigmas descifrados con inteligencia, aventuras de explorador, \u00bfo \u201cviajar\u201d por diversi\u00f3n? O por no tomarse la molestia de reconocerse a s\u00ed mismo como un ni\u00f1o corriente y moliente, semejante al resto. As\u00ed emerge, de espaldas a la realidad, Basilio convertido en leyenda, sensible a su misterioso destino, a la belleza del pasado, a la quietud de las cosas, sobre lugares remotos donde a nadie se le concede el privilegio de asomarse, entre quimeras flotantes. Y todo le parece superficial. Excepto verse vestido de guerrero cartagin\u00e9s o de centuri\u00f3n romano, con armadura o con traje de superh\u00e9roe, las prendas que se le antojan entonces puras, pr\u00edstinas, enigm\u00e1ticamente delicadas. Pero esta vez no. Esta vez, Basilio, presente en el vest\u00edbulo, est\u00e1 buscando la puerta de su celda para echarse a llorar.<\/p>\n<p>No es precisamente all\u00ed a donde le dirigen, s\u00f3lo viaja a ese destino su maleta, tan desvencijada por fuera como parece estarlo el due\u00f1o. Ni\u00f1o y maleta; desgre\u00f1ados y cada uno por su lado. Si al menos hubiese permanecido la poes\u00eda entonces los rasgos de Basilio no resultan de dif\u00edcil registro: casi rubio, menudo, ojos claros, piel bonita, piel de esponja, de fulgor o de vainilla, o por parentesco con aquellos retratos que visten de lustre a los tiempos lit\u00fargicos. Sin embargo, tambi\u00e9n a la vista est\u00e1 que no es juicioso atender a la divina propuesta puesto que por su cabeza y vestimenta: ropa descosida, camisas arrugadas, calcetines ca\u00eddos, abundante cabellera que recuerda a un matorral, no es atrevido suponer que le lucen los demonios al chaval. Impresi\u00f3n que tampoco pas\u00f3 inadvertida en el barrio madrile\u00f1o donde viv\u00eda, ni en el colegio para \u201cni\u00f1os caros\u201d del que fue expulsado por cambiar los suspensos por aprobados.<\/p>\n<p>Ahora, en la clase de treinta alumnos del Internado de los Padres Escolapios, el Director est\u00e1 haciendo los honores. Ahora tambi\u00e9n, toda una infancia magullada, estropeada. Aqu\u00ed, camada de corta edad observando al compa\u00f1ero con descaro. Aqu\u00ed tambi\u00e9n, los ojos de Basilio perdidos, extraviados.<\/p>\n<p>&#8211; Basilio, \u00bfme est\u00e1s escuchando?<\/p>\n<p>&#8211; S\u00ed, se\u00f1or Director.<\/p>\n<p>Basilio no recibe a las palabras, responde su contestador autom\u00e1tico. Desde el escalofr\u00edo que le recorre el cuerpo, nuevos enigmas se le ofrecen flotando, \u00bfde qu\u00e9 color eran los sue\u00f1os?, \u00bfc\u00f3mo fue el esplendor de los inventos?, \u00bfc\u00f3mo se pon\u00eda en fuga la respiraci\u00f3n? Pero ni siquiera el absoluto silencio que parece haber en el aula le permite salir airoso de su jard\u00edn de posibilidades. Al regresar, disimulo en la primera fila que est\u00e1 llena de murmullos, de risas en el cogote y de un estr\u00e9pito de sillas al deslizarse, dilat\u00e1ndose, para que Basilio tome asiento. Y al tiempo que la puerta, la voz del Director se cierra: \u201cGuti\u00e9rrez, a la tarima, quiero ver en la pizarra los nombres apuntados de los que se porten mal. Guti\u00e9rrez, ya me entiendes\u201d, dando un portazo. Silencio sepulcral. Si acaso el chirrido que tapa el ata\u00fad y al peligro por anticipado. Pronto se descubre el rugido del tigre que, sin vigilancia, lanza una pelota de papel, dos, tres, cuatro, diez, con admirable punter\u00eda hacia el disciplinado Guti\u00e9rrez, que est\u00e1 sentado en la tarima y curado de espanto desde hace a\u00f1os. Luego sobreviene el aumento de la artiller\u00eda escolar: l\u00e1pices, reglas, cuadernos, libros de texto volando, aterrizando en la cabeza del reci\u00e9n llegado. Da igual que Basilio Lobo se agache o se esconda, ya se ha resuelto que \u00e9l tendr\u00e1 que batirse en duelo con Luis G\u00f3mez Robles \u201cEl tigre\u201d, natural de M\u00f3stoles, s\u00e9ptimo curso y l\u00edder de los pesos pesados. Ya se ha tomado la decisi\u00f3n, y lo primero que se manifiesta en el encuentro entre el lobo y el tigre, por ins\u00f3lito que parezca, es lo poco equilibrado que est\u00e1 el mundo animal. Contacto extra\u00f1o y mort\u00edfero de necesidad. Las relaciones entre las especies siempre han sido dif\u00edciles de analizar. Porque avanza desde la \u00faltima fila el tigre de M\u00f3stoles que le da la bienvenida al lobo con este bello manejo de palabras: \u201c\u00a1Te voy a romper los dientes de un guantazo y luego meter\u00e9 tu cabeza en el cagadero!\u201d, demostrando lo bien que domina el tigre el arte de la amenaza. A Basilio, que ignora al energ\u00fameno, no se le oye replicar nada. Sobre el pupitre y en la hoja de un cuaderno que le lleg\u00f3 antes volando y de prestado, se ha puesto a dibujar dos figuras y un castillo sin adornos. A un lado del fort\u00edn, la due\u00f1a; al otro, alertando de que est\u00e1 m\u00e1s que dispuesto a meterse en peleas, un capit\u00e1n del ej\u00e9rcito espa\u00f1ol. Pero el tigre no se fija en el dibujo, se relame inclinado frente al enemigo, y lo que hace es alzar la mano de martillo para dejarla caer en el hocico del lobo. Bofet\u00f3n que nunca llegar\u00e1 a destino por gentileza del l\u00e1piz de Basilio que, en singular dardada y clavado en la sien de Luis G\u00f3mez Robles, ha hecho diana en perfecto equilibrio horizontal, como si al tigre le hubiese nacido cerca de la oreja una antena de tel\u00e9fono m\u00f3vil. Un chaval entonces sale del estupor, da por finalizado el combate, lleva al tigre al veterinario y, al volver, apunta el nombre de Basilio Lobo en la pizarra con letras menudas. S\u00ed, soy yo: Antonio Guti\u00e9rrez, el disciplinado, y aprovecho para presentarme como su m\u00e1s rendido servidor. Y aunque soy periodista y diplom\u00e1tico nunca se me ocurri\u00f3 contar antes esta historia, ya que yo lo que siempre he procurado es olvidar mi estancia en el internado de los Padres Escolapios, sentado en la tarima y curado de espanto. Pero ahora rememoro el d\u00eda en que conoc\u00ed a Basilio Lobo; a su padre que vino a buscarle esa misma ma\u00f1ana y que se lo llev\u00f3 muy lejos; a Luis \u201cEl tigre\u201d, al que le dieron dos puntos a escasos mil\u00edmetros de la sien y que cuando sali\u00f3 de la enfermer\u00eda ya no fue el mismo por mucho que procur\u00f3 mantener en el internado sus aires de mat\u00f3n, aunque apenas se dej\u00f3 ver; y al Director que nos castig\u00f3 a todos hasta fin de curso sin chocolate en la merienda. De golpe, me vienen los recuerdos uno tras otro. Y tendr\u00e1n que pasar casi treinta a\u00f1os antes de volver a ver a Basilio Lobo con aspecto de maduro angelical. Est\u00e1 sentado en el \u201cCaf\u00e9 del Mercado\u201d del madrile\u00f1o Fuencarral leyendo el peri\u00f3dico tan tranquilo, delante de m\u00ed. Mientras tanto, yo estoy escribiendo todo aquello, no sin cierta dificultad, sobre unas cuantas servilletas.<\/p>\n<p>&#8211; Oye, \u00bfme est\u00e1s escuchando?<\/p>\n<p>Un hombre enorme, de pie, me ense\u00f1a un cigarro.<\/p>\n<p>&#8211; Que si me das fuego, que no llevo.<\/p>\n<p>Me resulta vagamente familiar. No le tardo en contestar.<\/p>\n<p>&#8211; Ya me perdonar\u00e1s pero no fumo. Adem\u00e1s en este bar no se permite fumar.<\/p>\n<p>Mi dedo \u00edndice se\u00f1ala hacia el cartel del Ministerio de Sanidad que est\u00e1 pegado por todas partes, y mi gesto no le pasa desapercibido al fumador que me eval\u00faa con su \u201cDucados\u201d lentamente, midiendo lo que tardar\u00eda en darme una somanta de hostias crudas, supongo yo que el tiempo que suele tardar en fumarse un cigarro. Despu\u00e9s le brotan dos preguntas c\u00ednicas: \u201c\u00bfQu\u00e9 pasa, listillo?, \u00bfme vas a denunciar?\u201d. A lo yo que le contesto que ni mucho menos, que por m\u00ed se puede fumar todas las cajetillas de las empresas tabacaleras nacionales o extranjeras, que yo no discuto por un pitillo, que yo no discuto por nada, que yo\u2026 Que yo siempre he sabido tratar a las bestias pardas y mantenerme alejado de ellas, por eso no debo merecerle la pena y me ha dejado hablando solo, solt\u00e1ndome una mirada de desprecio, mientras \u00e9l se larga hacia la barra mascullando \u201cpandilla de mamones\u201d ya que nadie le hace el menor caso en la cafeter\u00eda al farruco \u201cDucados\u201d, ni un t\u00edmido mechero asoma entre las tazas de caf\u00e9. Adem\u00e1s, al ponerse de perfil, cerca de la sien una fea y oscura cicatriz que se acerca, cigarro en boca, hacia la mesa en la que est\u00e1 leyendo Basilio, ajeno a todo. Y yo no s\u00e9 muy bien el motivo, pero me he puesto a palpar una pluma grande, de esas antiguas, que guardo en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta.<\/p>\n<p>&#8211; Rubio, \u00bfme enciendes el \u201ccilindr\u00edn\u201d?<\/p>\n<p>Mucho antes de terminar la pregunta, un f\u00f3sforo prende su cigarro, a continuaci\u00f3n, se escucha el t\u00edpico e incontrolado acceso de tos. Sin levantar la mirada del peri\u00f3dico, una galanter\u00eda del caballero de la mesa: \u201c\u00bfLe duele esa cicatriz?\u201d. Larga carraspera, ronquera, humo que le replica: \u201cEstas heridas del colegio, machote, ni son cornadas ni son nada\u201d. Cabeza alta, sost\u00e9n de miradas; el hombre distinguido a\u00f1ade: \u201cSupongo que le doler\u00e1 m\u00e1s cuando llueve, cuando llueve mucho, \u00bfverdad?\u201d. Las volutas de humo negro se frenan en seco para protestar: \u201cYa te dije antes que no me duele nada\u201d. La caballerosidad en alza se\u00f1ala: \u201cSi\u00e9ntese en mi mesa, por favor, pida lo que quiera\u201d. Pero aparece el recuerdo y, pu\u00f1o cerrado, el fumador estalla: \u201c\u00a1T\u00fa\u2026Te voy a arrancar las entra\u00f1as y las pondr\u00e9 a asar en un horno, hijo del demonio!\u201d. Carcajadas magn\u00edficas en la cafeter\u00eda que m\u00e1s tarde le aseveran con elegancia: \u201cSiempre has amenazado de lo lindo, tigre. No te apures, ya tendr\u00e1s tiempo despu\u00e9s\u201d. Perplejo, la tosquedad interroga: \u201c\u00bfDespu\u00e9s de qu\u00e9?\u201d. Y Basilio, sin perder la refinada compostura, responde: \u201cDespu\u00e9s de que salde una vieja deuda de honor. Quiero darme la satisfacci\u00f3n de romperle la cara al mezquino del internado que est\u00e1 escribiendo justo detr\u00e1s de m\u00ed. \u00a1Chivato hasta la m\u00e9dula!\u201d.<\/p>\n<p>Ruido de sillas. \u00a1Demonios! \u00a1Me han reconocido! Por si alguien lee estas letras y como es costumbre del rendido servidor, quiero que sepa que acabo de dejar apuntados los nombres de mis criminales en esta servilleta.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El padre de Basilio Lobo deja atr\u00e1s la ciudad. 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