{"id":162,"date":"2006-03-21T13:25:40","date_gmt":"2006-03-21T12:25:40","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=162"},"modified":"2006-03-21T13:25:40","modified_gmt":"2006-03-21T12:25:40","slug":"130-pan-duro-por-blacaman","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=162","title":{"rendered":"130- Pan duro.  Por Blacam\u00e1n"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA\">Han pasado cuarenta a\u00f1os y a\u00fan recuerdo como si fuera hoy el d\u00eda en que el Pelotari llam\u00f3 a la puerta una ma\u00f1ana en que estaba yo solo en casa.<font face=\"Times New Roman\" color=\"#000000\" size=\"3\"><!--more--><\/font> Supe que era \u00e9l por la forma de llamar: un picotazo en el timbre seguido de dos golpes secos. Yo entonces ten\u00eda nueve a\u00f1os y mucho miedo, miedo de su figura mugrienta y desharrapada, de sus ojos alucinados, de sus gre\u00f1as y barba pegajosas. Pero sobre todo ten\u00eda miedo de sus manos: enormes, con las u\u00f1as largas y sucias; unas manos a veces tan hinchadas y amoratadas que me recordaban al perro ahogado que un d\u00eda vi flotando en un r\u00edo.<br \/>\nEl Pelotari era uno de los tres pobres que mendigaban por mi barrio. Los otros dos no ten\u00edan nombre ni mote conocido, eran s\u00f3lo pobres, sin m\u00e1s. Estos no me daban demasiado miedo, ni siquiera cuando me acerqu\u00e9 a ellos para comprobar el tama\u00f1o de sus manos, pues hasta ese d\u00eda yo hab\u00eda pensado que a todos los pobres les crec\u00edan las manos, como al Pelotari, de tanto pedir limosnas. Entre los tres se repart\u00edan el territorio, pero no eran pobres an\u00f3nimos como los de ahora, sino que llamaban a las puertas de las casas con la misma o mayor asiduidad que el cobrador de la luz o de las pompas f\u00fanebres. Quiero decir que el Pelotari era nuestro pobre, y que era como de la familia. Aun as\u00ed, su figura de espanto, sus ojos de loco me atemorizaban<br \/>\nAquella ma\u00f1ana, cuando el Pelotari llam\u00f3 a la puerta, mi madre hab\u00eda salido al mercado y yo estaba solo en casa, jugando en el pasillo, sin atreverme a entrar en el sal\u00f3n porque all\u00ed, sobre el aparador y frente a un plato con aceite en el que ard\u00edan unas lamparillas, se encontraba la Virgen Peregrina, dentro de una peque\u00f1a capilla de madera con un cristal protector y una ranura para las limosnas. Y aunque ya era costumbre que cada cierto tiempo la Virgen llegara a nuestra casa de la mano del vecino que nos preced\u00eda en la lista de devotos, s\u00f3lo en aquella ocasi\u00f3n me hab\u00eda hablado mi madre de su poder para hacer milagros y para leer mis pensamientos. Por eso andaba yo aquel d\u00eda con el sigilo de los gatos y en lucha conmigo mismo, espantando mis pensamientos, no fuera Nuestra Se\u00f1ora \u2015as\u00ed la llamaba mi madre\u2015 a leerme en la cabeza que en su visita anterior yo hab\u00eda robado, con la ayuda de un cuchillo que introduje en la ranura, cinco pesetas de su caja de limosnas.<br \/>\nMe sobresalt\u00e9 al o\u00edr el timbre, pero no fue hasta escuchar los dos golpes en la puerta que el coraz\u00f3n empez\u00f3 a latirme con fuerza. Imagin\u00e9 el dedo gigante y renegrido del Pelotari pulsando el interruptor, y luego su pu\u00f1o poderoso golpeando por dos veces. Como mi madre hab\u00eda salido, yo no pod\u00eda esconderme agarrado a su falda y observar al Pelotari con esa mezcla de temor y atracci\u00f3n que me provocaba. As\u00ed que mi primera intenci\u00f3n fue la de correr hasta mi cuarto, el m\u00e1s alejado de la puerta de la calle, y esconderme debajo de la cama a esperar que mi madre regresara. Pero hice lo contrario: me quit\u00e9 los zapatos, camin\u00e9 de puntillas hasta la puerta y all\u00ed me qued\u00e9 con la respiraci\u00f3n contenida, a la escucha de los movimientos que pudiera hacer el Pelotari, a qui\u00e9n ya me imaginaba creci\u00e9ndole la mano pedig\u00fce\u00f1a hasta alcanzar dimensiones de prodigio, como si el zoom de una c\u00e1mara de cine la proyectara hacia m\u00ed.<br \/>\nAl Pelotari mi madre sol\u00eda darle un trozo de pan duro, y aunque yo le tem\u00eda, me parec\u00eda injusto que comiera de un pan destinado a la basura. Mi madre ya me hab\u00eda explicado que pod\u00edan hacerse sopas con los mendrugos porque el pan se ablandaba con el caldo, y si bien sus palabras no me convencieron, no dije nada, pues a los nueve a\u00f1os uno se cansa de hacer preguntas para las que no halla respuesta. Tampoco entend\u00eda que el pan fuera bendito y tuvi\u00e9ramos que besarlo cuando se ca\u00eda al suelo, pero no hici\u00e9ramos lo mismo con una manzana o una naranja. Ni entend\u00eda por qu\u00e9 las mariquitas eran, seg\u00fan palabras de mi madre, animalitos de Dios y, por tanto, ten\u00edamos que dejarlas vivir, mientras pod\u00edamos aplastar con la suela del zapato a las cucarachas, que eran unos asquerosos bichos del diablo. Pero sobre todo, no entend\u00eda por qu\u00e9 exist\u00edan los pobres.<br \/>\nEn silencio, detr\u00e1s de la puerta, atrapado por el miedo imagin\u00e9 que el Pelotari me se\u00f1alaba con el dedo, que sus ojos se clavaban en los m\u00edos para escarbar en mis entra\u00f1as, y no tard\u00e9 mucho en convencerme de que el experto pordiosero hab\u00eda encontrado las inmundicias de mi alma, que conoc\u00eda ya mi pecado tan celosamente guardado, escamoteado incluso a mi confesor. Y de pronto el Pelotari era mi penitencia, o peor, el Infierno mismo esper\u00e1ndome al otro lado de la puerta. Y para defenderme de la angustia que esa idea me produc\u00eda, record\u00e9 que mi padre \u2015quien aprovechaba cualquier circunstancia para sermonear con una historia edificante\u2015 me hab\u00eda explicado que los pobres no nac\u00edan pobres, sino que se hac\u00edan pobres porque no quer\u00edan trabajar, o porque al carecer de estudios no encontraban trabajo, y que detr\u00e1s de la sucia apariencia del Pelotari se escond\u00eda un hombre como \u00e9l y como el abuelo. As\u00ed pues, intent\u00e9 con la imaginaci\u00f3n pelar al Pelotari igual que a una cebolla, quitarle cada capa de mugre, los harapos, la barba larga y enmara\u00f1ada, hasta dejarle en el hombre que mi padre me hab\u00eda dibujado, dejarle incluso en el jugador de pelota vasca que, seg\u00fan se rumoreaba por el barrio, fue en otro tiempo. No lo consegu\u00ed: el Pelotari, oscuro habitante de la basura, pordiosero escarbando en las almas, me recordaba a las cucarachas, esos animales del diablo, y su hedor me llegaba a trav\u00e9s de la puerta. Y lo peor de todo: ven\u00eda a por m\u00ed.<br \/>\nDe nuevo resonaron dos golpes. Di un brinco, como si hubieran impactado en mi pecho. Y de nuevo el silencio. El Pelotari nunca hablaba. No s\u00e9 si era mudo, pero lo cierto es que jam\u00e1s le o\u00edmos pronunciar palabra alguna. Cuando mi madre le abr\u00eda la puerta, \u00e9l extend\u00eda la manaza y as\u00ed permanec\u00eda hasta que regres\u00e1bamos de la cocina \u2015mi madre delante y yo detr\u00e1s protegi\u00e9ndome con su cuerpo\u2015 para darle la limosna. Nunca le o\u00ed dar las gracias, ni siquiera cuando mi madre le ofrec\u00eda unas monedas que de pronto parec\u00edan encogerse y perder su valor en la palma de su mano enorme.<br \/>\nNo, el Pelotari no dec\u00eda nada, pero mi boca quer\u00eda gritar: \u201c\u00bfQui\u00e9n es?\u201d \u2015 aunque yo sab\u00eda bien qui\u00e9n era\u2015, y ten\u00eda que apretar los labios para acallarla, y entrelazarme las manos para que no se me fueran hacia el picaporte, pues una parte de m\u00ed quer\u00eda abrir la puerta, enfrentarse al Pelotari, a sus ojos de adivino, aunque me castigara por las cinco pesetas que le hab\u00eda robado a la Virgen y tambi\u00e9n por el pan duro que mi madre le daba, pues de alguna forma yo entend\u00eda que la culpa de mi madre me inclu\u00eda a m\u00ed, su c\u00f3mplice silencioso y cobarde. Y de pronto, sin saber por qu\u00e9, sent\u00ed la necesidad de subirme a una banqueta y asomarme a la mirilla, pero s\u00f3lo con imaginar la cara del Pelotari, con pensar que tal vez \u00e9l hab\u00eda puesto su ojo de loco pegado al cristal, me empezaron a temblar las piernas. Pens\u00e9 entonces en aquello que mi madre tantas veces me hab\u00eda dicho: que Nuestra Se\u00f1ora pod\u00eda hacer milagros si se le rezaba con fe. As\u00ed que sal\u00ed corriendo hacia el comedor y me plant\u00e9 delante de la Virgen, pero sin atreverme a mirarla a los ojos. Las llamas de las lamparillas se agitaron al ritmo de mi respiraci\u00f3n jadeante, al ritmo de las palabras que torpemente pronunci\u00e9 en voz alta: \u201cSi haces que se vaya el Pelotari, nunca m\u00e1s robar\u00e9\u201d, le rogu\u00e9 a la Virgen, y me qued\u00e9 expectante, atento a cualquier ruido.<br \/>\nEl timbre no volvi\u00f3 a sonar, ni hubo m\u00e1s golpes, aunque pasado un rato o\u00ed abrirse la puerta de la calle. Me escond\u00ed detr\u00e1s del aparador, convencido de que el Pelotari, m\u00e1s poderoso que la Virgen, se iba a presentar en el sal\u00f3n, avanzando hacia m\u00ed con la mano extendida en forma de garra para castigarme por todos mis pecados, pero fue mi madre quien apareci\u00f3 cargada con las bolsas de la compra, dando resoplidos y quej\u00e1ndose de lo cara que estaba la vida. Me encontr\u00f3 temblando. \u201cNi que hubieras visto un fantasma\u201d, dijo al ver mi cara, y luego me puso la mano en la frente y dijo: \u201cTienes fiebre; habr\u00e1s cogido fr\u00edo\u201d. Esa era otra de las cosas que yo no entend\u00eda entonces: que por coger fr\u00edo estuviera ardiendo. Mi madre me oblig\u00f3 a acostarme y me puso el term\u00f3metro. Luego me dio a beber unos polvos diluidos en un vaso de agua, que tragu\u00e9 a peque\u00f1os sorbos amargos, entre arcadas, y me arrebuj\u00e9 despu\u00e9s debajo de las s\u00e1banas, feliz de que el Pelotari se hubiera marchado y de que mi madre trajinara por la casa, cantando esas coplas que cantaba a todas horas.<br \/>\nNo cont\u00e9 nada de lo que hab\u00eda sucedido, porque sin burlarse de m\u00ed, con esa forma suya de remansarme las emociones, mi madre habr\u00eda conseguido que mis temores parecieran rid\u00edculos. Y acaso por el silencio, y el remordimiento que escond\u00eda, esa misma noche so\u00f1\u00e9 que abr\u00eda la puerta de la casa y me encontraba al Pelotari apenas iluminado por las d\u00e9biles llamas con que ard\u00edan cinco monedas en la palma de su mano derecha, cinco monedas que eran a la vez, por esa m\u00e1gica cualidad que tienen los sue\u00f1os, cinco ojos delatores. Y aunque la mirada del Pelotari era tambi\u00e9n delatora, a\u00fan m\u00e1s terrible en la penumbra, y su aliento ol\u00eda a vino y podredumbre, yo le entregaba en su mano libre, la izquierda, una barra de pan tierno y caliente. Pero tampoco en el sue\u00f1o dec\u00eda nada el Pelotari, se daba media vuelta y empezaba a bajar por las escaleras, sin poder agarrarse al pasamano, tanteando los escalones con sus zapatos rotos y retorcidos, sin cordones, y luego giraba la cabeza para mirarme, y en su boca mellada, a la titubeante luz de las llamas, se dibujaba una sonrisa siniestra.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Han pasado cuarenta a\u00f1os y a\u00fan recuerdo como si fuera hoy el d\u00eda en que el Pelotari llam\u00f3 a la puerta una ma\u00f1ana en que estaba yo solo en casa.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[5],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/162"}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=162"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/162\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=162"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=162"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=162"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}