{"id":167,"date":"2006-03-21T14:42:21","date_gmt":"2006-03-21T13:42:21","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=167"},"modified":"2006-03-21T15:37:55","modified_gmt":"2006-03-21T14:37:55","slug":"135-el-angel-caido-por-el-guardian-del-centeno","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=167","title":{"rendered":"135- El \u00e1ngel ca\u00eddo.  Por El guardian del centeno."},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'\">Podr\u00eda decirse que la decisi\u00f3n fue de los dos. Aunque la previa necesidad fue parida por ella: setenta metros cuadrados bien orde\u00f1ados, con vistas al parquecito de abajo, daban justo para los tres, pero no para el abuelo Jerem\u00edas una vez que enviud\u00f3.<!--more--><\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'\" \/><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'\">As\u00ed que mudaron casa un domingo en el que hasta el tiempo debi\u00f3 de equivocarse pues, aunque anunciaron lluvias torrenciales, el sol luci\u00f3 con no demasiada rabia (lo otro, lo de que el chal\u00e9 lindara con el jard\u00edn del geri\u00e1trico, era algo que s\u00f3lo Marta Watson, o el fantasma de alas negras que lleg\u00f3 de lejos, pod\u00edan prever).<br \/>\nAll\u00e1, cada ma\u00f1ana, al otro lado del seto vivo que serv\u00eda de lindero y parapeto, hecho de aligustres con envoltura de espino artificial, paseaban los ancianos. Del lado del chal\u00e9 se sent\u00edan aquellos chapoteos furtivos, que delataban los besos prohibidos entre pensionistas viudos. O los rumores cansinos y desdentados que pastaban la hierba, hasta que el grito de una enfermera rasgaba el aire.<br \/>\nA los Watson no les pareci\u00f3 molestia lo del hospital de ancianos. Antes bien, lo prefirieron a los fragores de una hipot\u00e9tica familia ruidosa que hiciera fiestas interminables por las noches. Adem\u00e1s, con aquel aire limpio que bajaba de la sierra, el abuelo Jerem\u00edas no s\u00f3lo mejor\u00f3 de sus achaques, sino que, parejo a ello, bien pod\u00eda jugar todo el d\u00eda con su hija mientras ellos trabajaban, hasta caer exhaustos, y as\u00ed se ahorraban pagarle a la canguro, y tambi\u00e9n a la institutriz.<br \/>\nRespecto a Mar\u00eda Watson, se podr\u00eda decir que con poco m\u00e1s hubiese sido feliz. Era todav\u00eda una mujer bonita, moderna si por tal entendemos un corte de pelo seg\u00fan lo vigente en las revistas de moda. Y el acompasar el tiempo entre el trabajo profesional y el dom\u00e9stico. Su vida se compon\u00eda de largas horas aporreando el teclado del ordenador, y cortos minutos que mediaban desde que llegaba a casa, besaba a la ni\u00f1a ya ba\u00f1ada en la frente, y la acostaba con un par de buenas noches dichas entre bostezos. Que Mar\u00eda Watson confesara, tales rutinas: ese neutro y escurridizo estar en cada minuto que nac\u00eda y mor\u00eda en su vida, le serv\u00edan para sentirse bien.<br \/>\nAs\u00ed fue hasta aquel d\u00eda en el que la perra vida le escupi\u00f3 en los ojos la imagen de una hija que ni ella misma conoc\u00eda: ayer mismo la hab\u00eda dejado acostada, luego de darle el biber\u00f3n, luego de acunarla pausadamente, luego de ponerle su chupete de elefantitos y estrellitas, pero hoy el presente se empe\u00f1aba en devolverle, no un beb\u00e9 que regurgitara la leche artificial que le daba, sino una ni\u00f1a demasiado alta, de mofletes demasiado regordetes, demasiado habladora que ya empezaba su tercer a\u00f1o de escuela.<br \/>\nLa volvi\u00f3 a mirar una tarde de s\u00e1bado desde la mecedora: observ\u00f3 todos y cada uno de los mil\u00edmetros que ya hab\u00eda crecido su cuerpecito obstinado, terco en avejentar a su madre, tenaz en mostrar c\u00f3mo otro a\u00f1o m\u00e1s hab\u00eda pasado, otras 365 toneladas de sapos y arrugas que ya cayeron del calendario. El crecimiento de su hija eran sus pechos, m\u00e1s ca\u00eddos y blandos, redondeados ya en exceso. Era cada mil\u00edmetro de cana, de su boca avejentada, tanto que hasta la risa le terminaba doliendo. \u00bfEs que ella no ten\u00eda derecho a ser todav\u00eda joven, todav\u00eda feliz?<br \/>\nLa vaga respuesta a esta \u00faltima pregunta, por extra\u00f1o que parezca, vino de la mano de su suegro Jerem\u00edas, que aquella misma tarde entibiada se agachaba, besaba la frente de Micaela, le acariciaba el pelo.<br \/>\n\u00bfQu\u00e9 derecho ten\u00eda \u00e9l a\u2026?<br \/>\n\u2014Deje a la ni\u00f1a en paz; no le manosee la cabeza, que ya sabe que no me gusta \u2014bram\u00f3 Mar\u00eda Watson escupiendo cada palabra con la suficiente repugnancia.<br \/>\nEl mismo edificio no le dio demasiada importancia al arrebato de aquel s\u00e1bado: sigui\u00f3 sin arrugarse, todo lo m\u00e1s le sali\u00f3 alguna grieta de asentamiento en el techo. O en un bajorrelieve decorado con angelotes pintados. Pero los ancianos, al otro lado del seto pinchudo que, salvo por el olor que ten\u00edan como a coles hervidas, le hab\u00edan sido hasta entonces indiferentes, empezaron, tal vez por los mismos motivos, a serle gravosos: Mar\u00eda Watson empez\u00f3 a detestarlos porque significaban el presagio certero de lo que ella iba a convertirse. Y, prolongados sus gemidos in\u00fatiles, saltadores de ese muro de aligustres y espinos que la separaban, estaba Jerem\u00edas que era su representante, su reflejo o su eco; esa Parca anticipante cuya mano, sucia guada\u00f1a artr\u00edtica, segu\u00eda ensuciando el pelo de su hija, seg\u00e1ndole la infancia, conduci\u00e9ndola de la manita tambi\u00e9n, por un paisaje pedregoso, desdibujado y lejano, pero igualmente certero, hasta esa misma muerte que los esperaba a todos; justo quedar\u00eda tiempo para tomar el \u00faltimo tranv\u00eda un par de meses antes; \u00e9se que paraba del otro lado del seto, el que se hac\u00eda cacas en los pantalones y gritaba, en boca de un anciano cualquiera:<br \/>\n\u2014Enfermera, me hice mierda.<br \/>\nQuien sabe entonces si por arrebatar a Micaela de las sucias garras del tiempo, o por celos, o porque tambi\u00e9n el demonio, en aquellos d\u00edas, se mud\u00f3 del infierno y se les instal\u00f3 en el recibidor, con su cola flam\u00edgera que aquel mes de julio sacudi\u00f3 por doquier, que Mar\u00eda Watson empez\u00f3 a no ver con buenos ojos la relaci\u00f3n entre abuelo y nieta.<br \/>\nY fue en agosto cuando se sucedieron los sue\u00f1os m\u00e1s truculentos. Del otro lado del muro los viejos sacaban sus manos esquel\u00e9ticas, de feas u\u00f1as largas de mugre, de dedos punzados por los pinchos de la alambrada. Entonces Jerem\u00edas empujaba a su nieta Micaela hacia el otro lado. Y la ni\u00f1a lloraba. Mam\u00e1, mamacita, gritaba la pobre.<br \/>\nPero, \u00bfqu\u00e9 mam\u00e1 ni mamacita iba a gritar si ella apenas la ve\u00eda a diario?, se preguntaba con amargura Mar\u00eda Watson a las ma\u00f1anas siguientes, entre caf\u00e9s solos y tibios, tostadas y zumos de naranjas, justo antes de irse a trabajar.<br \/>\nUna ma\u00f1ana de s\u00e1bado, en el recibidor del chal\u00e9, alguien con las alas negras danzaba, riendo como un loco. Al sacar la ropa de la lavadora, Mar\u00eda Watson contempl\u00f3 las peque\u00f1as bragas. En el aire pre\u00f1ado de hervores de la cocina aquellas braguitas se estiraron: por un momento tomaron la forma de un estilete, o mejor de daga con guarnici\u00f3n de puntillas. Era su filo rosa y cortante y las manos, nerviosas, las tomaron de las cachas de tela, as\u00ed, temblando, casi con asco.<br \/>\nLuego esas mismas manos atravesaron el pasillo, recargado de marinas; se introdujeron en el dormitorio del viejo, y las colocaron, h\u00famedas, arrugadas, debajo de la almohada.<br \/>\nCuando su marido lleg\u00f3 de trabajar aquel mismo s\u00e1bado, se encontr\u00f3 con un drama de hechos consumados. Su mujer se tiraba de los cabellos, gimoteaba, chillaba y daba dentelladas salvajes al mismo aire.<br \/>\n\u2014Mira lo que ten\u00eda el muy degenerado debajo de la almohada \u2014dijo Mar\u00eda Watson y exhibi\u00f3 la daga rosa, todav\u00eda h\u00fameda, a buen seguro mojada por las l\u00e1grimas y babas de un guarro.<br \/>\nEl camino en coche que hizo Jerem\u00edas hasta el geri\u00e1trico dur\u00f3 dos minutos. Pero a \u00e9l le parecieron d\u00edas. El aire era tan espeso y ferrugiento, que teji\u00f3 unos barrotes imposibles que lo incomunicaron con el asiento delantero en el que su hijo conduc\u00eda. Blasfemando y rabiando, llorando. De nada sirvieron excusas, el no saber ni de qu\u00e9 se le acusaba. No se dio perfecta cuenta de que hab\u00eda mudado casa de nuevo hasta que, aquella misma noche, Jerem\u00edas intent\u00f3 salir.<br \/>\n\u2014\u00bfD\u00f3nde va? \u2014le pregunt\u00f3 un vigilante lo suficientemente musculoso como para golpear a cualquiera de aquellos ancianos sin sufrir tan siquiera un rasgu\u00f1o.<br \/>\nPas\u00f3 la noche inconsciente, luego que le dieron el calmante disuelto en zumo de naranja.<br \/>\nLo cierto es que en los meses siguientes no recibi\u00f3 visitas. Que el invierno lleg\u00f3 de s\u00fabito y tan fr\u00edo que todas ca\u00f1er\u00edas se congelaron. Los ancianos dejaron de lavarse para no enfermar de pulmon\u00eda. El aire eran cuchillas de afeitar pulverizadas que, al respirarlas, afeitaban los pulmones. Y en las piscinas de Piedras Blancas se pod\u00eda patinar sin miedo a que el hielo se quebrara.<br \/>\nPero a la primavera siguiente sucedi\u00f3 un juego hecho con espejos que los gorriones espiaron, mientras se mec\u00edan en las ramas. El juego empezaba as\u00ed: una ni\u00f1a preciosa sal\u00eda de un chal\u00e9 procurando que no la viera nadie, ni siquiera la cuidadora contratada que la vigilaba, y enfocaba el espejito adecuadamente para que los rayos del sol se reflejaran. De una ventana de geri\u00e1trico, uno de aquellos viejos grises, an\u00f3nimos e intercambiables, le respond\u00eda con otro espejito: un trozo triangular sacado de entre otros trozos triangulares, triste recompensa que qued\u00f3 del cristal azogado de un ba\u00f1o.<br \/>\nAs\u00ed deb\u00edan de comunicarse aquellos seres, insignificantes para las nubes que pasaban, con su lenguaje enigm\u00e1tico de reverberos fugaces en esa espesura indiferente, en esa verde costra de este planeta Tierra sin importancia. As\u00ed siguieron durante un par de semanas hasta que, una ma\u00f1ana de mi\u00e9rcoles, no se percataron de que esos juegos inocentes eran observados por unos ojos de mujer que hab\u00edan cogido la baja por depresi\u00f3n en la oficina. Despu\u00e9s de aquello ya no hubo m\u00e1s espejos ni soles.<br \/>\nUna tarde de mayo los vio partir. Eso que Jerem\u00edas no pudo o\u00edr fueron las conversaciones previas, los fingimientos y dramas: Mar\u00eda Watson no lo pod\u00eda tolerar, le dijo gimiendo a su marido; imposible soportarlo, cari\u00f1o, comprende que ah\u00ed mismo vive aquel hombre que la toc\u00f3. Que la sigue mirando a diario con esos mismos ojos\u2026, en fin, con esos ojos. Quien sabe si con su juego de espejitos y luces le insin\u00faa que le quiere tocar la vagina. O los pechos.<br \/>\nPasaron los d\u00edas, y en el chal\u00e9 abandonado no se registr\u00f3 movimiento alguno. La salud de Jerem\u00edas empeor\u00f3, considerable y repentinamente. As\u00ed hasta que un d\u00eda de agosto el anciano asom\u00f3 la cabeza por la ventana. Una persona, trajeada de negro, sali\u00f3 del chal\u00e9. Era un inquilino accidental que lo mir\u00f3, sonri\u00f3, abri\u00f3 con sus manos desnudas un agujero en el suelo. Y por \u00e9l se meti\u00f3.<br \/>\nLo \u00faltimo que Jerem\u00edas vio que desaparec\u00eda, sumido en la tierra, fueron sus alas negras. Por entre las cataratas de sus ojos, demasiado cansados, advirti\u00f3 que no eran negras del todo: una pincelada rosa y triangular onde\u00f3 un instante m\u00e1s y, al final, tambi\u00e9n desapareci\u00f3. Entonces el anciano sinti\u00f3 un dolor en el pecho. El \u00faltimo dolor que sentir\u00eda.<\/span><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'\"> <\/span><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'\">\u00a0<\/p>\n<p><\/span>\u00a0<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Podr\u00eda decirse que la decisi\u00f3n fue de los dos. 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