{"id":70,"date":"2006-03-08T16:20:55","date_gmt":"2006-03-08T15:20:55","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=70"},"modified":"2006-03-08T16:26:43","modified_gmt":"2006-03-08T15:26:43","slug":"45-historia-de-un-hombre-que-volvia-a-casa-por-hombre-libre","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=70","title":{"rendered":"45- Historia de un hombre que volv\u00eda a casa. Por Hombre libre"},"content":{"rendered":"<p class=\"MsoNormal\" style=\"margin: 0cm 0cm 0pt\"><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana\">Era uno de esos d\u00edas. S\u00ed, ya saben, uno de esos d\u00edas tristes en los que volver a casa, despacio, tranquilo, hace las delicias de la mente, que solitaria se revuelve sobre s\u00ed misma.<span style=\"font-size: 11pt\"><font color=\"#000000\"><font face=\"Times New Roman\"><!--more-->S<\/font><\/font><\/span>upongo que me entienden, les hablo de esa sensaci\u00f3n de levedad placentera que hace que el repetitivo camino de vuelta al hogar encarne un algo \u2013ll\u00e1menle desasosiego, relax, alivio- que no se aprecia el resto de los d\u00edas. El cuerpo quiere llegar a casa, descansar con may\u00fasculas, es decir, con todos los cachivaches que en casa de cada cual existen para tal efecto. Pero la mente, que revolotea de asunto en asunto, se calma por un momento, se posa en el extremo del p\u00e9talo de una hermosa flor, que con su peso acaricia la posibilidad de quebrarse, y susurra: \u201cRel\u00e1jate, disfruta de la hermosura que rodea lo cotidiano, olvida la hora que es, lo que har\u00e1s cuando llegues a casa y si archivaste aquellos documentos.\u201d El todo se convierte en accesorio, tan perfectamente prescindible que se aparta con un simple manotazo del horizonte de tu vida, y solo t\u00fa eres totalmente necesario. Te conviertes en alguien que sabe disfrutar de s\u00ed mismo.<br \/>\nEra uno de esos d\u00edas, y adem\u00e1s parec\u00eda que a todo el mundo le daba igual. La normalidad con la que se desarrollaba el d\u00eda a d\u00eda de los que despreocupadamente se cruzaban conmigo por las calles, estaba cercana a dejarme sorprendido. Alg\u00fan juego de sentimientos dentro de m\u00ed, me hac\u00eda sentirme decepcionado por el poco inter\u00e9s que mostraban por m\u00ed mis semejantes. Quiero decir, no me refiero a la gente cercana a m\u00ed, sino a cualquiera de los desconocidos que paseaban por las calles de mi ciudad. Adem\u00e1s el tiempo no acompa\u00f1aba, porque ni hac\u00eda un calor pegajoso del que poder quejarse, ni llov\u00eda a cantaros contra la calva que acreditaba que hac\u00eda ya tiempo que dej\u00e9 de ser joven. Y en general, todo parec\u00eda igual de poco importante.<br \/>\nMe mantuve caminando por la misma acera recta que me llevaba hasta mi barrio de viejas casas color ceniza, donde los trazados de las calles eran a menudo extra\u00f1amente quebrados por chabolas que nunca debieron construirse. Me mantuve en esa acera hasta que, llegando a mi barrio, a lo lejos puede ver como dos personas, un hombre y una mujer, ataviados con zapatillas de casa, discut\u00edan en el portal de su casa con maneras que a mi me parecieron violentas. Ella llevaba un bat\u00edn rosa con un estampado azul, que necesitaba desde mucho tiempo atr\u00e1s el abrazo del detergente. \u00c9l ten\u00eda la cara marcada por los tristes finales de noches de borrachera y su cara me sonaba de haberle visto ya antes. Me cambi\u00e9 de acera sin inmutarme demasiado e intentando no mirar descaradamente, pero por supuesto sin dejar de mirar. Creo que subconscientemente esperaba el momento en el que \u00e9l se cansase de la discusi\u00f3n y decidiese zanjarla de un tortazo. No tard\u00f3 en llegar. \u00c9l la golpeo con el pu\u00f1o cerrado de tal manera que la hizo moverse hacia atr\u00e1s metro y medio antes de desplomarse, y sin embargo \u00e9l permaneci\u00f3 firme ante ella con el \u00fanico movimiento leve de su larga y morena melena balance\u00e1ndose. Ella todav\u00eda tendida en el suelo, levant\u00f3 la cara y le dedic\u00f3 una mirada de toro herido y humillado, que solo tiene la barrera para protegerse. A medida que me acercaba contemplando la escena, pude distinguir como un peque\u00f1o perro, de pelo rizado y sucio, ladraba con energ\u00eda a quien acababa de golpear a su due\u00f1a. Ladraba con todas las fuerzas que la lealtad pod\u00eda conferir a un animal tan peque\u00f1o. Alternaba sus ladridos con gru\u00f1idos, y de esta forma se erig\u00eda como un t\u00f3tem de la sensatez en medio de aquel desierto. El perro esquiv\u00f3 una patada con poca fuerza que buscaba recordarle los insignificante que era. La mujer se levant\u00f3 del suelo y se meti\u00f3 en el portal.<br \/>\nSolamente una vez presenciada la escena completa pude mirar de nuevo a ning\u00fan sitio. Pude no pensar en el hecho de que un insignificante perro fuese m\u00e1s valiente que yo, pero decid\u00ed hacerlo. Creo que me sent\u00ed con fuerzas para hacerlo porque sab\u00eda perfectamente a que conclusi\u00f3n llegar\u00eda. Acabar\u00eda pensando que mi falta de sensibilidad ante este tipo de cosas es algo usual entre los que hemos crecido en un sitio como mi barrio. Enti\u00e9ndanme, no me las quiero dar de chico problem\u00e1tico que tuvo una infancia dif\u00edcil, afortunadamente la autoridad de mi padre no pasaba pegar a mi madre. Pero en un sitio tan peque\u00f1o, todos, incluso los ni\u00f1os, sab\u00edamos quien pegaba a quien; y tambi\u00e9n sab\u00edamos \u2013porque nos lo hab\u00edan ense\u00f1ado- que esas eran cosas en las que no hab\u00eda que inmiscuirse. Sin ir m\u00e1s lejos, mi t\u00edo, el hermano de mi madre, un hombre bajito y malhumorado que se ganaba la vida trapicheando, robando y haciendo otras cosas de dudosa honorabilidad, era el macabro autor de los moratones que a veces luc\u00edan mis primos por todo el cuerpo. Y all\u00ed nunca pasaba nada, es decir, tuve una suerte de padres que aunque casi analfabetos, me explicaban con bastante atino que tipo de cosas estaban bien y cuales no; pero nunca pasaba nada.<br \/>\nY as\u00ed arreglaba mi conflicto sobre lo insensible de mi existencia: el barrio, los ambientes, las compa\u00f1\u00edas y otra vez el barrio. Salir de all\u00ed todos los d\u00edas para trabajar en el centro no me iba a imbuir de sensibilidad poco a poco, demasiado tarde para alguien de mi edad. Pero lo que si provocaba era que me diese cuenta de mi carencia y me lamentase por ser consciente de mi desgracia, es decir, dos veces desgraciado. A veces, el \u00fanico consuelo que encontraba, era pensar que hab\u00eda quienes pasaban el d\u00eda sin haber salido de ese agujero situado a las afueras de ese otro gran agujero mas elegante. Amanec\u00edan, viv\u00edan y ve\u00edan atardecer con el mismo horizonte; nac\u00edan, crec\u00edan y mor\u00edan rodeados del mismo olor a esperanza muerta. No me malinterpreten, en realidad no es para tanto, solo es cuesti\u00f3n de acostumbrarse. Yo en cambio hab\u00eda conseguido lo que de peque\u00f1o era mi sue\u00f1o: desligarme por unas horas de aquel mundo, mi mundo; para ir a parar a ese otro que se ve\u00eda por la tele, el de la gente que vive atareada en la ciudad entre el clamor de los acelerones y el rumor de la muchedumbre. Lo hab\u00eda conseguido pr\u00e1cticamente solo, bueno, gracias a la ayuda de mis padres, que me ense\u00f1aron a volcarme en mis estudios a la par que mis amigos me ense\u00f1aban a robar chucher\u00edas en las tiendas. Tambi\u00e9n hab\u00eda conseguido un trabajo, nada excesivamente bueno, solo mesa propia y una larga cadena de mando en la que yo era el escal\u00f3n m\u00e1s bajo; pero me permit\u00eda realizar cada ma\u00f1ana mi sue\u00f1o en forma de hu\u00edda. Invert\u00ed el dinero que ganaba en cuidar a mi madre en sus \u00faltimos a\u00f1os de vida, pero de eso hace ya mucho. Cuando muri\u00f3, el dinero que cobraba pareci\u00f3 multiplicarse, y en vez de cambiar mi humilde estilo de vida decid\u00ed ahorrarlo. As\u00ed pude comprarme pronto una casa. No era gran cosa, un peque\u00f1o piso, que empez\u00f3 siendo barato y que acab\u00f3 siendo m\u00e1s barato todav\u00eda ante la inexistencia de compradores que quisiesen hacerlo suyo; pero por lo menos este s\u00ed estaba hecho de ladrillo. El bloque de pisos estaba en las afueras de mi barrio, de tal forma que todos los d\u00edas caminando hac\u00eda casa ten\u00eda que atravesar aquella pel\u00edcula mal contada que era la barriada que me vio crecer, y que me recordaba, muy a mi pesar, d\u00f3nde me encontraba. Si lo piensan es gracioso, cuando por fin consigue uno juntar algo de dinero, en vez de acercarse a su sue\u00f1o, acaba viviendo a las afueras de las afueras de su sue\u00f1o. Anta\u00f1o, en el solar vac\u00edo que nunca imagin\u00f3 que albergar\u00eda tal privilegio, acumulaba chatarra un hombre muy conocido por todos. El t\u00edo Juli\u00e1n se llamaba, aunque no se le conoc\u00eda sobrino alguno. Y era conocido porque, cualquiera que pudiese decir algo sobre \u00e9l, aseguraba categ\u00f3ricamente su valent\u00eda, ya que \u201csolo una cosa teme el t\u00edo Juli\u00e1n, los galones de la Benem\u00e9rita\u201d.<br \/>\nContinuaba mi camino, y el d\u00eda continuaba siendo uno de esos, ya saben: apagado y triste. Y el destino, con su humor de risa quebrada, decidi\u00f3 poner en mi camino a una de esas personas con las que normalmente te enfrentas, quiebras a izquierda o derecha y sales congratul\u00e1ndote con el alivio que te produce su no presencia. Uno de esos pesados de libro, que a menudo son buenas personas cuyo \u00fanico pecado es no poseer habilidad alguna en la conversaci\u00f3n. Con uno de esos me top\u00e9 sin quererlo. Con ese mejor dicho, era \u00e9l y no otro, el m\u00e1s, el rey del hast\u00edo en mi barrio. Un hombre del que sab\u00eda yo bien poco, no porque no se hubiese empe\u00f1ado en contarme sus mil aventuras y desventuras, sino por el poco inter\u00e9s que despertaban en mi persona. Con el tiempo, mi capacidad de abstracci\u00f3n me hab\u00eda regalado la habilidad de ignorar sin que se me notase. Puse mi mejor cara y fing\u00ed mi mejor saludo, y lo hice aun sabiendo que esto provocar\u00eda que mi paseo a solas acabase convirti\u00e9ndose en un paseo acompa\u00f1ado. No decepcion\u00f3 como de costumbre; se adhiri\u00f3 a m\u00ed como lo hacen dos enamorados en pleno brote de pasi\u00f3n, pero salvando las diferencias. Y disculpen que no les diga su nombre, no es una cuesti\u00f3n de anonimato, simplemente no puedo recordar si alguna vez llegu\u00e9 a saberlo. Algo o\u00ed al principio, creo que sobre algo que hab\u00eda pasado a alguien en alg\u00fan lugar, no muy lejos de donde nos encontr\u00e1bamos. Lo siento, mi poca concreci\u00f3n se excusa con el hecho de que pr\u00e1cticamente desde la primera frase que intercambi\u00f3 conmigo, su voz pas\u00f3 para m\u00ed a formar parte de ese ruido de fondo que nunca escuchamos. Retom\u00e9 nuestra conversaci\u00f3n, o su mon\u00f3logo si lo prefieren, en el momento en el que se desped\u00eda. Nuestros caminos se bifurcaban, banalidad que agradec\u00ed a Jesucristo, a Mahoma y a la diosa Fortuna a partes iguales.<br \/>\nMi camino se acababa. Dobl\u00e9 la esquina con entusiasmo y al fondo pude ver, alz\u00e1ndose t\u00edmidamente, el bloque de tres pisos. La fachada estaba ennegrecida por el pasar del tiempo y por la cadencia con la que transcurr\u00eda; y a esa fachada tan sucia, se asomaba peque\u00f1ita, la ventana de mi peque\u00f1a cocina. Por fin llegaba a casa.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Era uno de esos d\u00edas. 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