{"id":73,"date":"2006-03-08T16:40:04","date_gmt":"2006-03-08T15:40:04","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=73"},"modified":"2006-03-08T16:40:04","modified_gmt":"2006-03-08T15:40:04","slug":"48-esperanza-de-barrio-por-fausto-alegre","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=73","title":{"rendered":"48- Esperanza de barrio. Por Fausto Alegre"},"content":{"rendered":"<p class=\"MsoNormal\" style=\"margin: 0cm 0cm 0pt\"><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana\">A partir de las nueve menos diez, la plaza del Nervio comienza a recibir merodeadores. Mujeres de mediana edad con el carrito de la compra, o madres j\u00f3venes acompa\u00f1adas de ni\u00f1os a\u00fan demasiado peque\u00f1os para meterlos en el colegio;<span style=\"font-size: 11pt\"><font color=\"#000000\"><font face=\"Times New Roman\"><!--more--><\/font><\/font><\/span>tipos con peluqu\u00edn y traje gastado, se\u00f1ores prejubilados, obreros forofos de equipos deportivos en mitad de tabla; abuelos achacosos, d\u00eda s\u00ed, d\u00eda tambi\u00e9n, y con las monedas justas para un caf\u00e9 en el centro social del perif\u00e9rico barrio que alberga la plaza del Nervio.<br \/>\nA partir de las nueve menos diez, esperan al ciego.<\/p>\n<p>Las liturgias son poderosas drogas que se nutren de la rutina y el miedo. El temor a lo desconocido alimenta los ritos y, parad\u00f3jicamente, las esperanzas. Los que mayores y m\u00e1s infundadas ilusiones albergan son los que tienen poco, pero conf\u00edan rotundamente en que ese poco crecer\u00e1. Los que nada tienen, sin embargo, son desesperados, nunca esperanzados, y esa crisis de fe les empuja al cambio, un cambio a peor, la mayor\u00eda de las veces. Por tanto, aquellos que tienen poco, caminan, igual, poco a poco. Ni siquiera conciben que el azar ponga el riesgo lo poco que tienen, sino que aspiran a obtener mejoras sin exponerse demasiado. El deseo concreto de nuevas posesiones, nuevos empleos, nuevos cuartos de ba\u00f1o, nuevos zapatos&#8230; crece a medida que se va teniendo, hasta que la insatisfacci\u00f3n sustituye a la esperanza, patrimonio de los que poco tienen, que visten sus d\u00edas de liturgias sin riesgos.<br \/>\nBili era famoso y esperado en la plaza del Nervio, a partir de las nueve menos diez.<\/p>\n<p>Cuando el reloj ronda las nueve, el gesto de los merodeadores se tensa y se cuenta m\u00e1s de un reojo entre un corro de se\u00f1oras que comen pipas, aparentemente despreocupadas y atentas a conversaciones dom\u00e9sticas. A esa hora, como si pasase un coche f\u00fanebre, instintivamente, los ni\u00f1os dejan de bramar en la zona del parque infantil. Cada escasos segundos, traviesa la plaza el acuoso silbido de la m\u00e1quina de caf\u00e9 Amazonas.<br \/>\nEl encargado del supermercado sube la persiana, pero nadie entra en la tienda.<br \/>\nAparece un coche verde conducido por una mujer mayor que, con gesto de disgusto, apenas se despide del hombre de corta estatura que baja del veh\u00edculo con aspecto ani\u00f1ado, y que precede sus pasos con un bast\u00f3n que repiquetea contra la acera.<\/p>\n<p>A Sergio Lopeta le llaman Bili porque, a primera vista, a todo el mundo le parece un cr\u00edo de doce a\u00f1os con mucho br\u00edo. Con m\u00e1s tiempo, el observador se da cuenta de que al chaval una barba le sombrea la cara y unas enormes ojeras malvas le cruzan casi de punta a punta los p\u00f3mulos. Con el trato, al conversador poco le cuesta entender que ese supuesto ni\u00f1o goza del don de una r\u00e9plica verbal r\u00e1pida como un tiro y de un gesto desafiante frente a los que pretenden re\u00edrse de \u00e9l, que siempre hay, porque la adversidad bien llevada provoca la envidia de los que se ahogan en vasos de agua.<br \/>\nExcepto su fluidez verbal, que \u00e9l mismo reconoc\u00eda en ocasiones como demasiado hiriente, el resto de razones por las cuales le llamaban Bili -su barba, sus ojeras y su escasa estatura-, eran dif\u00edcilmente constatables para Sergio Lopeta, ciego de nacimiento.<\/p>\n<p>La gente compra los cupones de Bili con codicia, pero tambi\u00e9n con prudencia. Quien acumula m\u00e1s de tres o cuatro boletos recibe miradas de censura y reproche. Al fin y al cabo, en el barrio todos se conocen y nadie pretende buscarse enemigos que, adem\u00e1s, puedan contar por ah\u00ed, en el caso de que se produzca la esperada conversi\u00f3n de Bili, qui\u00e9n es multimillonario y d\u00f3nde vive. Tambi\u00e9n es cierto que la voz de lo que ocurre con Bili debi\u00f3 de correrse entre personas de los distritos cercanos, pues la cola que se forma frente al ciego se nutre cada vez m\u00e1s de gente desconocida para los residentes en el entorno de la plaza del Nervio.<\/p>\n<p>Su madre, do\u00f1a Carmela, lo afili\u00f3 a la ONCE y se empe\u00f1\u00f3 en que Sergio Lopeta se apuntase a todos los cursos posibles para esquivar uno de los destinos comunes que se presupone a los ciegos: vender cupones. Do\u00f1a Carmela sufr\u00eda de prejuicios generalizados y algunos engendrados por ella misma, como era la mala mirada hacia los vendedores de cupones, vaya a saberse porqu\u00e9. Sin embargo, por las iron\u00edas que la fortuna se encarga de poner en el rumbo de los empecinados en caminar hacia una sola direcci\u00f3n, Sergio no logr\u00f3 aficionarse por ninguna de las posibles salidas profesionales que le ofrec\u00edan desde la Organizaci\u00f3n.<br \/>\nLa raz\u00f3n de sus fracasos era simple y rotunda: Sergio, desde ni\u00f1o tuvo muy mala suerte para todo. El infortunio que acompa\u00f1\u00f3 al ciego desde peque\u00f1o le iba poniendo trabas en todo aquello que, a instancias de su madre, se propon\u00eda.<br \/>\n-Eres como tu padre, hijo, pobrecito, qu\u00e9 mala suerte tienes, sol\u00eda comentar ella al ver sumergirse su gozo en un pozo. V\u00edctor Lopeta hab\u00eda muerto tras sufrir una descarga de 200.000 voltios a causa de un rayo ca\u00eddo en la \u00fanica gran tormenta el\u00e9ctrica registrada durante el verano de 1970 en Valencia. Tres meses despu\u00e9s de dejar viuda a do\u00f1a Carmela, naci\u00f3 su hijo, hu\u00e9rfano de padre y absolutamente ciego.<\/p>\n<p>Durante las primeras semanas, a nadie extra\u00f1\u00f3 que Bili acudiese a la puerta del supermercado de la plaza del Nervio con un solo n\u00famero de venta. No le daban m\u00e1s, seg\u00fan dec\u00eda. Fuera por lo que fuera, el caso es que Bili cada d\u00eda \u00fanicamente vend\u00eda cupones de un n\u00famero, que acostumbraba a ser horroroso, salpicado de ceros a izquierda y derecha de alg\u00fan triste uno o, a\u00fan peor, seis.<br \/>\nPasaron tres meses y sus clientes comenzaron a preguntarse por qu\u00e9 nunca tocaba ni siquiera el reintegro de los n\u00fameros que vend\u00eda Bili.<br \/>\nLos m\u00e1s bondadosos compradores de cupones atribuyeron la situaci\u00f3n a una especie de novatada del azar. Sin embargo, fruto de aquellos comentarios iniciales y, en apariencia, inocentes, la clientela de Bili mengu\u00f3 considerablemente. A los seis meses, sin un m\u00edsero reintegro en su haber, el ciego apenas lograba vender media docena de cupones diarios.<br \/>\nBili nunca perdi\u00f3 el buen \u00e1nimo, a pesar de que en el bar donde almorzaba, El Amazonas, comenzaron a gastarle bromas gruesas para las que, no obstante, el ciego ten\u00eda r\u00e9plica certera y agresiva. De tal modo contestaba, que entre los parroquianos se comenz\u00f3 a pensar que la fama de mala leche que se atribuye a los cojos era mucho m\u00e1s apropiada en el caso de los ciegos.<br \/>\n-Dejad al chaval, joder-, apuntillaba siempre desde atr\u00e1s de la barra Gerardo, due\u00f1o del Amazonas y hombre de palabra, aunque de escasas palabras, no se sabe si por ignorancia e incultura, o, precisamente, por lo contrario. Como es habitual en los bares de barrio, entre la clientela abundaban los malintencionados con lengua de acero y mand\u00edbula de cristal, de esos a los que gusta dar pero protestan si reciben.<br \/>\nHasta que lleg\u00f3 un d\u00eda, con El Amazonas lleno de gente, en el que a Oliverio L\u00e1inez, el cincuent\u00f3n del peluqu\u00edn marr\u00f3n y el bigote blanco, que siempre fing\u00eda leer el peri\u00f3dico deportivo a pesar de costarle escribir su nombre correctamente, se le ocurri\u00f3 una nueva chanza.<br \/>\n-Joder, Bili, el d\u00eda que des algo, lo vas a dar todo de golpe.<br \/>\nY Bili, por una vez, call\u00f3.<br \/>\n-Dejad al chaval, joder.<br \/>\nSonrisas hubo muchas. L\u00e1inez, envalentonado, continu\u00f3 con su broma cada vez que Bili aparec\u00eda por El Amazonas para almorzar. Y Bili siempre call\u00f3.<br \/>\n-Dejad al chaval, joder.<br \/>\nUna ma\u00f1ana de mucho aire, esperando en el sem\u00e1foro de una mediana muy transitada, un golpe de viento levant\u00f3 de su sitio el peluqu\u00edn de L\u00e1inez, quien se sobresalt\u00f3, hizo un gesto para recuperarlo y, antes de poder decir este peluqu\u00edn es m\u00edo, tropez\u00f3 con un bordillo y cay\u00f3 sobre la carretera con tan mala suerte que coincidi\u00f3 con el paso del autob\u00fas urbano de la L\u00ednea 30.<br \/>\nEse d\u00eda, Bili vendi\u00f3 cupones acabados en 30, que, por supuesto, no tocaron.<br \/>\nDesde alg\u00fan lugar de la filosof\u00eda popular, en una mezcla de superstici\u00f3n y fatalismo, comenz\u00f3 a correrse la voz de que ese ciego con tan mala suerte deb\u00eda desprenderse de ella en alg\u00fan momento. Se aconsejaba entre los vecinos estar al tanto para aprovechar la conversi\u00f3n del desdichado en afortunado. Por una l\u00f3gica algo boba y tremenda, se consider\u00f3 que Bili ten\u00eda mucha suerte,<br \/>\nmala, ciertamente, pero mucha.<br \/>\nSin que nadie reconozca reuniones vecinales o debates entre residentes durante las semanas posteriores al accidente de L\u00e1inez, se extendi\u00f3 la idea de que lo probable era que en alg\u00fan momento la suerte de Bili cambiase de signo, pero no de cantidad.<\/p>\n<p>Delante de Bili se forma una cola ordenada de vecinos y forasteros.<br \/>\nLa plaza del Nervio es un punto de encuentro habitual de merodeadores, obreros que almuerzan en El Amazonas, madres que se re\u00fanen para tomar caf\u00e9 y jubilados sin nada mejor que hacer que esperar un golpe de suerte que les convierta en viejos nuevos ricos.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A partir de las nueve menos diez, la plaza del Nervio comienza a recibir merodeadores. 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