{"id":88,"date":"2006-03-10T18:50:09","date_gmt":"2006-03-10T17:50:09","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=88"},"modified":"2006-03-10T18:50:09","modified_gmt":"2006-03-10T17:50:09","slug":"63-premio-inesperado-por-raul-restrepo-moncayo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=88","title":{"rendered":"63- Premio Inesperado. Por Raul Restrepo Moncayo"},"content":{"rendered":"<p>Cinco n\u00fameros que podr\u00edan cambiar el destino. Tres-dos-uno-cinco-siete. En ese orden.<!--more--> <\/p>\n<p>Margarita apretaba el billete de loter\u00eda en la mano, mientras se hac\u00eda paso a empujones a trav\u00e9s de la multitud que colmaba la feria bolivariana de navidad. El olor a fritanga, el humo de los chiringuitos y el calor sofocante creaban el ambiente navide\u00f1o tradicional de los \u00faltimos d\u00edas. Entre los villancicos, las gaitas, los aguinaldos y el reguetton, la muchedumbre se precipitaba a comprar los \u00faltimos regalos antes de nochebuena, en el medio de una piara de borrachos raqu\u00edticos disfrazados de San Nicol\u00e1s, y el centelleo hipnotizante de las luces que decoraban todos los puestos. Margarita trataba in\u00fatilmente de avanzar lo m\u00e1s r\u00e1pido posible. Se hacia tarde y no le gustaba llegar al rancho entrada la noche. <\/p>\n<p>Mientras hacia la cola en la parada de los \u00ab yises \u00bb que la llevar\u00edan hasta el rancho, Margarita pensaba en todo lo que se comprar\u00eda si se sacaba el premio gordo de la loter\u00eda. Lo primero ser\u00eda un carrito de bater\u00edas para Jonathan, de esos que se enchufan en la noche, y la ma\u00f1ana siguiente los chamos lo manejan como si fuese un carro de verdad. Eso ser\u00eda lo primero que comprar\u00eda, y se lo llevar\u00eda personalmente. Ya pod\u00eda imaginarse la sorpresa en su cara. En todo el pueblo no habr\u00eda otro ni\u00f1o con un regalo tan grande\u2026Y tambi\u00e9n le comprar\u00eda una ropita decente, de algod\u00f3n del bueno, del que no desti\u00f1e, no esas mierdas de poli\u00e9ster que hab\u00eda tenido que enviarle. Y comprar\u00eda un carro de verdad. Uno grande, para buscar a Jonathan y tra\u00e9rselo con ella. La \u00faltima vez que hablaron por tel\u00e9fono, Jonathan le hab\u00eda contado como le gustaban los carros, sobre todo el que hab\u00eda visto en la televisi\u00f3n, que se pod\u00eda manejar por caminos de tierra. Margarita pens\u00f3 que ciertamente eso era lo que necesitaban, porque los caminos para el pueblo, al igual que muchos otros en el pa\u00eds, dejaban mucho que desear.<\/p>\n<p>Buscar\u00eda a Jonathan y se lo traer\u00eda para Caracas. Alquilar\u00edan un apartamentico en Caricuao o en El Silencio \u2013cualquier sitio era mas seguro que ese barrio de mierda-. Todo depender\u00eda de cuanto se ganase realmente con el billete de loter\u00eda. Le comprar\u00eda una camita de carro de carreras. Las hab\u00eda visto por la televisi\u00f3n: son unas camas como b\u00f3lidos de formula uno, con un cubrecama de cuadros amarillos y negros. A Jonathan seguro que le gustar\u00eda mucho.<\/p>\n<p>Pero todos estos pensamientos le dejaban un sabor amargo en la boca. Sin saber absolutamente nada de estad\u00edstica, Margarita intu\u00eda que la probabilidad de ganarse la loter\u00eda eran las mismas que las de encontrarse con un hombre que valiese la pena. Y quiz\u00e1s por eso mismo estaba sola. Desde que tuvo que salir del pueblo y dejar a Jonathan reci\u00e9n nacido, Margarita se hab\u00eda jurado no enredarse nunca m\u00e1s con un hombre. La verg\u00fcenza de ser madre soltera en un pueblo de calles de tierra ya hab\u00eda sido suficiente escarmiento. Pero el tener que mudarse para Caracas para trabajar como cachifa hab\u00eda sido mucho peor.<\/p>\n<p>El jeep patinaba en las cuestas. Hab\u00eda llovido en la tarde, y los cauchos lisos no lo ayudaban. El chofer tir\u00f3 la toalla, y les informo a los pasajeros que \u00e9l llegaba hasta all\u00ed, y que quisieran o no, tendr\u00edan que bajarse y seguir a pie. Ya era bastante oscuro y las callejuelas del barrio no estaban especialmente iluminadas. Pero Margarita comprendi\u00f3 que no ten\u00eda muchas mas opciones, porque el pr\u00f3ximo jeep que podr\u00eda pasar tardar\u00eda mas de media hora en llegar.<\/p>\n<p>Encomend\u00e1ndose a Santa Luc\u00eda, Margarita se coloc\u00f3 fuertemente su cartera entre la axila y el pecho, y decidi\u00f3 apurar el paso hasta llegar al rancho. La violencia era la orden del d\u00eda en el barrio, aunque Margarita ya no se sobresaltaba en la noche con los tiroteos, que ahora hasta lograban arrullarla. Se imaginaba que eran fuegos artificiales, y que Jonathan y ella los contemplaban abrazados.<\/p>\n<p>Pero la realidad era mucho menos centelleante. Las guerras entre las bandas por el control de los mercados de droga ocasionaban m\u00e1s de un muerto a la semana, solamente en su barrio. La semana pasada hab\u00edan acorralado al \u00ab Majarete \u00bb tres escaleras mas abajo, y lo hab\u00edan dejado irreconocible. Bien es cierto que el \u00ab Majarete \u00bb no era ninguna hermanita de la caridad, pero descargarle veintitr\u00e9s balas en la cara era definitivamente m\u00e1s de lo normal.<\/p>\n<p>Mientras sub\u00eda las interminables escaleras que la llevar\u00edan hasta su casa, Margarita rezaba en silencio. No levantaba la mirada, por miedo a encontrarse a alguno de los matones de frente. Prefer\u00eda concentrarse en sus pasos, mientras musitaba sus oraciones al comp\u00e1s del taconeo de sus zapatos.<\/p>\n<p>Cuando abri\u00f3 la puerta del rancho, Margarita suspiro profundamente. Se sonre\u00eda cada vez que llegaba tarde al rancho. Asociaba ese momento con la sensaci\u00f3n de tocar la taima, cuando de ni\u00f1a jugaba a la ere en el patio de la escuela del pueblo. Era la sensaci\u00f3n de sentirse salvada, protegida, resguardada. Al abrigo de las persecuciones, reales o imaginarias.<\/p>\n<p>Se dirigi\u00f3 a la cocina, y monto el agua para un caf\u00e9. Estaba sola, porque su casera se hab\u00eda ido a pasar las fiestas con una prima, en el interior del pa\u00eds. Margarita hubiese querido estar con Jonathan, pero las finanzas no le alcanzaron. Los pasajes estaban muy caros en los d\u00edas alrededor de las fiestas, y Margarita hab\u00eda decidido, muy a su pesar, que mas val\u00eda esperar unos d\u00edas y pagar la mitad. Con el dinero que se ahorrase, bien podr\u00eda comprarle alg\u00fan regalo a Jonathan. <\/p>\n<p>Cuando el caf\u00e9 estuvo listo, se instal\u00f3 en la poltrona desvencijada frente al televisor, y comenz\u00f3 a zapear, buscando algo interesante. Entre uno y otro canal, Margarita encontr\u00f3 el sorteo de la loter\u00eda de navidad. Era uno de estos programas interminables, con cantantes, animadores, entrevistas, y la promesa del sorteo al final de la noche.<\/p>\n<p>Mientras la pareja de animadores cat\u00f3dicos se hac\u00edan chistes mutuos para llenar los espacios entre los cantantes, Margarita busco en su bolso el billete que hab\u00eda comprado en la tarde. Pens\u00f3 nuevamente en Jonathan, y en el carro de bater\u00edas que le comprar\u00eda. Se arrellan\u00f3 en el mueble nuevamente, mientras ruidos de explosiones y aullidos de perros ven\u00edan desde la calle. Margarita no se preocup\u00f3 demasiado. En esa \u00e9poca los cohetones disimulaban efectivamente los disparos.<\/p>\n<p>Tres-dos-uno-cinco-siete. Esos eran los n\u00fameros de su billete. Con la taza de caf\u00e9 en la mano, rele\u00eda los n\u00fameros, acariciando mentalmente el tendido de cuadros negros y amarillos.<\/p>\n<p>La cantante de turno hab\u00eda finalizado su prestaci\u00f3n, y el gran momento hab\u00eda llegado. Las bolitas fueron verificadas por las autoridades de rigor, mientras los animadores las introduc\u00edan lentamente en la m\u00e1quina, mientras las contaban en voz alta, junto con el p\u00fablico presente en el estudio. El largo dedo \u00edndice de la animadora activ\u00f3 el ventilador con el que comenzaron a moverse las bolitas. Con una sonrisa de publicidad de dent\u00edfrico, y una voz de transformista con gripe, la animadora anuncio el primer n\u00famero sorteado: el n\u00famero tres.<\/p>\n<p>Margarita se sonri\u00f3, pensando que la cosa no hab\u00eda empezado mal. A lo mejor aqu\u00ed esta mi regalo de navidad, se dijo. Las bolitas segu\u00edan saltando en la m\u00e1quina transparente, hasta que una de ellas entr\u00f3 nuevamente en el peque\u00f1o conducto que la llev\u00f3 a detenerse al lado de su compa\u00f1era. El n\u00famero dos. <\/p>\n<p>Margarita sinti\u00f3 un escalofri\u00f3. Se le eriz\u00f3 la piel y se incorpor\u00f3 del sill\u00f3n. Sinti\u00f3 como si un l\u00e1tigo de adrenalina le recorr\u00eda todo el cuerpo. Ve\u00eda los n\u00fameros en la pantalla del televisor, y los comparaba con n\u00fameros en su billete. Su coraz\u00f3n comenz\u00f3 a latir perceptiblemente m\u00e1s r\u00e1pido.<\/p>\n<p>El animador, micr\u00f3fono en mano, enviaba saludos a las distintas provincias del pa\u00eds, convencido de que eso lo hac\u00eda m\u00e1s popular. Una nueva bolita rodaba por el conducto transparente. El animador confirm\u00f3 lo que Margarita ya ve\u00eda: el n\u00famero uno.<\/p>\n<p>Se llev\u00f3 las manos al pecho. Pens\u00f3 en Jonathan. Comenz\u00f3 a re\u00edrse nerviosamente. Su cuerpo estaba tenso, los dedos crispados sosteniendo el billete que podr\u00eda ser ganador. La boca seca, el coraz\u00f3n arrugado. Las detonaciones y los aullidos de fondo. El mismo regetton de la feria bolivariana de navidad comenz\u00f3 a sonar a lo lejos.<\/p>\n<p>Los animadores, abrazados y deseando los mejor en estas fiestas, se esforzaban en llenar el tiempo, mientras las caprichosas bolitas blancas continuaban saltando en la maquina sorteadora. Al tiempo que se estiraba el vestido de lentejuelas naranja, la animadora cant\u00f3 la cifra inscrita en la cuarta bolita: el n\u00famero cinco.<\/p>\n<p>Margarita comenz\u00f3 a llorar. El coraz\u00f3n se le sal\u00eda por la boca. El billete de loter\u00eda estaba completamente arrugado entre sus manos, mientras ella agitaba r\u00edtmicamente los brazos y las piernas, intentando controlarse. Rezaba, al tiempo que repet\u00eda la frase \u201cJonathan, el siete\u201d, como un sortilegio liberador del hechizo maldito de la pobreza. El regetton parec\u00eda invadir todas las estancias del rancho, opacando las estupideces de los animadores. Las detonaciones y los aullidos llegaban al cl\u00edmax. Las bolitas saltaban en c\u00e1mara lenta. Ninguna se atrev\u00eda a entrar en el conducto transparente.<\/p>\n<p>Al final, una de ellas se atrevi\u00f3 a salir. Lentamente comenz\u00f3 a rodar, para reunirse con sus compa\u00f1eras. Margarita reten\u00eda el aliento. La bolita rodaba y rodaba, sin que se pudiese identificar el n\u00famero que en ella estaba. El conducto parec\u00eda haberse extendido por kil\u00f3metros. La bolita finalmente se detuvo al tiempo que se quebraba un cristal en la ventana.<\/p>\n<p>*<\/p>\n<p>A Margarita la encontraron tres d\u00edas despu\u00e9s, completamente r\u00edgida y en el medio de un charco de sangre seca. Ten\u00eda una ligera sonrisa en los labios, y unas marcas de rimel corrido en las mejillas. Una bala perdida durante un tiroteo entre bandas, hab\u00eda entrado por la ventana del rancho, mat\u00e1ndola al instante.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cinco n\u00fameros que podr\u00edan cambiar el destino. Tres-dos-uno-cinco-siete. 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