{"id":99,"date":"2006-03-14T12:17:10","date_gmt":"2006-03-14T11:17:10","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=99"},"modified":"2018-03-01T21:10:57","modified_gmt":"2018-03-01T20:10:57","slug":"72-ultimas-reflexiones-de-anastasia-richter-por-soledad-vargas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/3certamen\/?p=99","title":{"rendered":"72- ULTIMAS REFLEXIONES DE ANASTASIA RICHTER. Por SOLEDAD VARGAS"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA\">Cuando la supervisora de celda ha entrado con sigilo para decirme que tengo derecho a un \u00faltimo deseo, me he re\u00eddo como una loca y le he ense\u00f1ado los dientes. Ha corrido hacia la salida espantada; es humana y por eso su miedo es ilimitado.<!--more-->\u00a0Sabe que debe mantener todo tipo de precauci\u00f3n con un androide condenado a la pena m\u00e1xima. En su hu\u00edda ha volcado la papelera llena de dibujos; figuras sin rostro, animales sin bigotes y estrellas poco definidas han cubierto el suelo. Mi capacidad de pintar, como mi capacidad de compresi\u00f3n, es limitada. Juego con la improvisaci\u00f3n pero hay veces que la falta de criterio me descubre. Mis creadores consiguieron sin embargo, de forma involuntaria, estimular fuertemente mi capacidad afectiva. En su af\u00e1n por dotarme de una inteligencia mayor, lograron un desarrollo emocional de dudoso origen e impredecibles consecuencias. Me hicieron dependiente, una palabra abstracta que en mi sistema se reduce a un ajuste distinto entre v\u00e1lvulas y una complicada programaci\u00f3n de implantes y microchips. El resultado es que tiendo a las carencias, colecciono imperfecciones y siempre elijo mediante criterios dudosos\u2026 Me gustan las operaciones inexactas, los versos sin rima, las personas inconstantes o indecisas.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n me gustaba la doctora Sullivan. Era la mejor profesional de la planta; una eminencia. Todos respetaban sus decisiones pero s\u00f3lo yo la conoc\u00eda. La peque\u00f1a mujer que viv\u00eda bajo su uniforme de l\u00e1tex blanco no era la doctora que todos envidiaban. Y lo supe desde el momento en que abr\u00ed los ojos y la vi, con su pelo oscuro recogido en una preciosa pir\u00e1mide y aquellos p\u00f3mulos marm\u00f3reos que de inmediato dese\u00e9 acariciar. La doctora Sullivan pertenec\u00eda al equipo que intervino en mi creaci\u00f3n. Era, en cierta forma, mi madre, o m\u00e1s bien por cuesti\u00f3n de edad, mi hermana. Yo aspiraba a que fuera mi compa\u00f1era, mi amante. Los androides somos asexuados, han eliminado del programa los experimentos para implantar sensores de placer vinculados a actos de car\u00e1cter sexual. Pero yo quer\u00eda que fuera mi amante; es decir, que durmiera conmigo, que se preocupara de recargar mi bater\u00eda de emergencia, que limpiara con un cepillito mis pesta\u00f1as cuando se cubr\u00edan de polvo gal\u00e1ctico\u2026<\/p>\n<p>Me explic\u00f3 mil veces que lo que yo llamaba amor s\u00f3lo era un fen\u00f3meno llamado impronta. Instinto primario. Tendencia innata. Un factor que, sin saber muy bien c\u00f3mo, se les hab\u00eda colado en el experimento. Sus palabras siempre me parec\u00edan dulces &#8211; aunque mi sentido del gusto es imperfecto y por eso en lugar de chupar los caramelos reconstituyentes, los mastico y los destrozo con mis muelas e incluso una vez me arranqu\u00e9 parte de la lengua y me la tuvieron que reparar-. Me habl\u00f3 de los patos, de c\u00f3mo se fijan en la primera imagen que ven y la siguen aqu\u00ed y all\u00e1, pero a m\u00ed no me interesaban esos animales prehist\u00f3ricos. No me importaban las causas cient\u00edficas de mi comportamiento; s\u00f3lo sab\u00eda que ella era mi destino. Sus huellas guiar\u00edan mi camino y sus deseos despertar\u00edan mis ambiciones.<\/p>\n<p>Sucedi\u00f3 que, al margen de su teor\u00eda de la impronta y la atracci\u00f3n que sent\u00eda por ella, la doctora Sullivan ten\u00eda un car\u00e1cter encantador que me colmaba de felicidad. Sus indecisiones, nunca reconocidas en el ambiente laboral, eran mi delicia. Ten\u00eda hobbies obsoletos y al coser se pinchaba una y otra vez con las agujas y dejaba las labores identificadas con su grupo sangu\u00edneo. Le gustaba cocinar y cantaba cancioncillas mientras cortaba hortalizas naturales, de esas que ya nadie utiliza porque son muy caras y muchas veces t\u00f3xicas. A veces me contaba cuentos de los que nunca recordaba el final y, cuando pase\u00e1bamos cogidas de la mano, se perd\u00eda y no sab\u00eda regresar al estudio sin ayuda de un teletaxi. Yo hubiera podido guiarla, mi unidad central dispon\u00eda de todas las referencias espaciales necesarias, pero disfrutaba al observar su comportamiento, sus dudas y aciertos, y por eso recurr\u00eda al truco de la desconexi\u00f3n temporal involuntaria. Ella sospechaba y juraba reajustarme, pero una vez en casa parec\u00eda olvidarlo todo.<\/p>\n<p>En los d\u00edas de autosuficiencia y \u00e9xitos laborales dec\u00eda que mi sonrisa le pon\u00eda nerviosa y que a veces mis abrazos le imped\u00edan coger una postura c\u00f3moda durante el sue\u00f1o. Creo que deseaba mantenerme a distancia; ya se hab\u00eda dado cuenta de que lo que sent\u00eda por ella era mucho mayor de lo que ella sentir\u00eda nunca por nadie. Pero otras veces, sobretodo los atardeceres lluviosos o las noches fr\u00edas de estrellas fugaces, cuando se sentaba en la esquina del cuarto y se abrazaba las rodillas, yo sab\u00eda que me necesitaba. Me acercaba y le acariciaba el pelo. Guiaba mi mano y llevaba mis dedos a sus orejas, a sus p\u00e1rpados, a sus labios que se mov\u00edan bajo mis yemas. Aunque no entend\u00eda sus palabras, si es que ten\u00edan un sentido, mis sensores de bienestar se activaban y recib\u00eda descargas precisas y certeras.<\/p>\n<p>Luego lleg\u00f3 aquel est\u00fapido doctor que le enviaba regalos previsibles y tarjetas que rimaban en consonante. Sab\u00eda que no le conven\u00eda; utilizaba corbatas amarillas, calcetines fluorescentes y su mirada era hip\u00f3crita. El primer d\u00eda que la acompa\u00f1\u00f3 a casa me present\u00f3 como Anastasia, su asistente. El reconoci\u00f3 mi modelo y dijo que ten\u00eda dudas sobre la efectividad de la \u00faltima generaci\u00f3n. Errores de serie, fallos en el control de calidad, fueron algunos de los t\u00e9rminos que utiliz\u00f3 mientras su mano reposaba sobre la rodilla de la doctora. El doctor Valley se convirti\u00f3 en una presencia molesta que alter\u00f3 nuestros h\u00e1bitos cotidianos. Y para que le record\u00e1ramos, incluso en los escasos d\u00edas que no acud\u00eda a visitarnos, regal\u00f3 a la doctora una mascota; un h\u00e1mster semi XX. Los semi XX son imitaciones de calidad y f\u00e1ciles de cuidar. Est\u00e1n dise\u00f1ados para que se muestren cari\u00f1osos, independientes o incluso agresivos, dependiendo del talante del amo. El nuestro, al que la doctora Sullivan llam\u00f3 XIM, fue programado en el nivel 1, por eso era tontorr\u00f3n y zalamero. Le chupaba las zapatillas cuando llegaba a casa y ella lo estrechaba entre sus brazos.<\/p>\n<p>La doctora Sullivan y el doctor Valley sal\u00edan muchas tardes a pasear juntos. \u00c9l no se perd\u00eda; ten\u00eda un localizador sideral que nunca olvidaba, no como la doctora que lo hab\u00eda inutilizado al meterlo en la desinfectadora con los pantys. En alguna ocasi\u00f3n sospech\u00e9 que evitaban mi compa\u00f1\u00eda, ya que me dejaban al cuidado de la mascota en lugar de ponerla en stand-by. Pero algo en mi interior \u2013el generador de delirios, quiz\u00e1s- me dec\u00eda que ese no era un comportamiento digno de la doctora. Una vez a solas, cambiaba la programaci\u00f3n de la mascota a nivel 0, animal indefenso, y la encerraba en el armario, donde emit\u00eda terribles lamentos. Sub\u00eda el volumen de la reproductora de noticias para no o\u00edrla y me entreten\u00eda viendo a los soldados virtuales escondidos tras los sof\u00e1s -una nueva guerra en los anillos de Plut\u00f3n causada por la insurrecci\u00f3n- o la explosi\u00f3n de una nave en un caso de sabotaje. Mientras tanto el doctor y la doctora paseaban por la ciudad que cambiaba a cada instante \u2013los niveles de construcci\u00f3n eran altos y en tan solo unas horas una zona residencial pasaba a ser una torre de oficinas, o un vertedero- y yo me mord\u00eda mis u\u00f1as de pl\u00e1stico irrompible.<\/p>\n<p>Nuestras relaciones se hab\u00edan vuelto un poco tirantes, aunque yo pon\u00eda todo de mi parte para agradarla. Le hab\u00eda sentado mal el peque\u00f1o accidente dom\u00e9stico que sufri\u00f3 XIM. Una tarde de lluvia \u00e1cida, cuando el doctor Valley acudi\u00f3 a tomar una infusi\u00f3n macrobi\u00f3tica, la doctora me pidi\u00f3 que aireara al h\u00e1mster. Les dej\u00e9 a solas y di vueltas a la manzana arrastrando al est\u00fapido animal que emit\u00eda un lamentable sonido. Cuando sub\u00ed la doctora ten\u00eda las mejillas encendidas y la falda arrugada, efectos originados por la infusi\u00f3n que no ten\u00eda registrados en mi unidad central. Para no molestarles me fui a la cocina y met\u00ed a XIM en el microondas; estaba mojado y pod\u00eda constiparse. La explosi\u00f3n del h\u00e1mster les hizo acudir corriendo. La doctora estall\u00f3 en sollozos; hab\u00eda cogido cari\u00f1o al engendro. El doctor la abraz\u00f3 y yo me fui a mi habitaci\u00f3n a leer unos manuales aeroespaciales, ejercicio placentero que me tranquilizaba. Fue en ese momento, sumergida en mi mundo de reactores y fusiones nucleares, cuando se me ocurri\u00f3 que deb\u00eda hacer algo especial para celebrar nuestro primer a\u00f1o de convivencia.<\/p>\n<p>Decid\u00ed cocinar para ella. En una ocasi\u00f3n le hab\u00eda o\u00eddo decir que era un acto de amor y yo, aunque todav\u00eda no hab\u00eda conseguido entender la naturaleza compleja de esa palabra ambigua, sab\u00eda de su importancia. Cocinar, en nuestros tiempos de c\u00e1psulas enriquecidas y complejos sobreestimulantes, no dejaba de ser una extravagancia pero estaba dispuesta a todo por agradarla. Le\u00ed en unos minutos varias enciclopedias para conocer las reglas b\u00e1sicas y los principios fundamentales de la actividad. Descubr\u00ed que la finalidad de ese curioso ejercicio era producir placer, estimular los sentidos. Pero no iba a resultar sencillo; los androides no sabemos combinar alimentos, no reconocemos muchos sabores ni comprendemos los extra\u00f1os gustos humanos. No entend\u00eda los criterios por los que las gambas o los caracoles se pod\u00edan tomar de diversas formas y en cambio se consideraba de mal gusto cocinar cucarachas o ratones. Como quer\u00eda que el regalo fuera un acto de amor, eleg\u00ed un coraz\u00f3n; Me pareci\u00f3 una idea encantadora. Pens\u00e9 que el de su amigo el doctor ser\u00eda ideal, no en vano \u00e9l alardeaba de que era muy tierno. Yo sab\u00eda que lat\u00eda por ella y eso significaba que estaba en plena forma. Lo cocin\u00e9 a rayos lentos y lo dej\u00e9 cocerse en su propia sangre. Le a\u00f1ad\u00ed otros \u00f3rganos para que el banquete fuera grandioso; trozos de pulm\u00f3n, de cerebro, salteados con pedazos de intestino.<\/p>\n<p>Conoc\u00eda la importancia de la ambientaci\u00f3n; deb\u00eda, por tanto, decorar la mesa con elementos bellos. El libro suger\u00eda utilizar velas y flores, pero yo quer\u00eda algo m\u00e1s personal. La doctora amaba los p\u00e1jaros y las mariposas. Consegu\u00ed algunos semivivos en el mercado negro, a precio de oro, y los empal\u00e9. Quedaban hermosos sobre aquellas p\u00faas met\u00e1licas y su sangre, que se derramaba lentamente, dibujaba formas gest\u00e1lticas sobre el mantel de vinilo. Para darle un toque m\u00edo, eleg\u00ed unas turbinas y unas herramientas siderales de gran belleza y las coloqu\u00e9 junto a las copas. Hice un gran trabajo. Quer\u00eda que todo fuera especial.<\/p>\n<p>Pero ella no entendi\u00f3 mis esfuerzos por complacerla. Cre\u00ed que sus gritos eran de placer, pero estaba equivocada. Vomit\u00f3 junto a la mesa pero no me dej\u00f3 sostenerle la frente, quiz\u00e1s porque mis manos ten\u00edan a\u00fan restos de v\u00edsceras. Se desmay\u00f3 y, cuando recuper\u00f3 el sentido, pas\u00f3 varias horas sin pronunciar palabra. Cuando la polic\u00eda gal\u00e1ctica la interrog\u00f3, dijo que era un diab\u00f3lico ejercicio de venganza, como si no supieras que esa palabra no existe en mi programaci\u00f3n\u2026 No quiso volver a verme, ni se despidi\u00f3 de m\u00ed cuando me trajeron a esta celda y me condenaron a la pena mayor: desconexi\u00f3n.<\/p>\n<p>La celadora ha mencionado un \u00faltimo deseo, pero ha huido antes de escuchar mi respuesta. Ahora, en la soledad de este peque\u00f1o espacio, apenas unas horas antes del final, pienso cu\u00e1l ser\u00eda mi \u00faltima voluntad. Acariciar de nuevo sus p\u00f3mulos. Lamer las yemas de sus dedos tras su sesi\u00f3n de costura. O quiz\u00e1s perderme con ella por calles que desemboquen en un mar artificial, o en un desierto de residuos no t\u00f3xicos\u2026<\/p>\n<p>S\u00e9 que ahora deber\u00eda sentirme triste pero, como otras muchas cosas, tampoco s\u00e9 lo que es la tristeza.<\/p>\n<p>Me despedir\u00e9 con su imagen y eso ser\u00e1 suficiente.<\/p>\n<p>Por siempre suya.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuando la supervisora de celda ha entrado con sigilo para decirme que tengo derecho a un \u00faltimo deseo, me he re\u00eddo como una loca y le he ense\u00f1ado los dientes. 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