{"id":19,"date":"2007-02-28T09:23:25","date_gmt":"2007-02-28T08:23:25","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/4certamen\/?p=19"},"modified":"2016-04-24T23:24:59","modified_gmt":"2016-04-24T22:24:59","slug":"4-en-honor-a-la-verdad-por-artemisa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/4certamen\/?p=19","title":{"rendered":"4- En honor a la verdad. Por Artemisa"},"content":{"rendered":"<div class=\"pdfprnt-buttons pdfprnt-buttons-post pdfprnt-top-right\"><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.es\/4certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F19&print=pdf\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-pdf\" target=\"_blank\"><img src=\"https:\/\/www.canal-literatura.es\/4certamen\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/pdf.png\" alt=\"image_pdf\" title=\"View PDF\" \/><\/a><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.es\/4certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F19&print=print\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-print\" target=\"_blank\"><img src=\"https:\/\/www.canal-literatura.es\/4certamen\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/print.png\" alt=\"image_print\" title=\"Print Content\" \/><\/a><\/div><p style=\"text-align: justify;\">\u00a0Una mara\u00f1a de hormigas cruzaba la puerta del edificio gubernamental. Hormigas apresuradas, hormigas de uniforme, hormigas en pos de una oficina, hombres de mirada penetrante, hombres que se sab\u00edan hombres, mujeres de ciudad, mujeres reci\u00e9n ascendidas, mujeres con poder, jefes, t\u00e9cnicos, funcionarios\u2026<!--more--><br \/>\nLa imagen de la puerta del hormiguero bastaba para manifestar el orden de los asuntos p\u00fablicos y su impoluta laboriosidad.<br \/>\nNadie reparaba en el centinela.<br \/>\nY Marcel Briand aguardaba cerca del coche oficial, leyendo con precisi\u00f3n las miradas, revisando cada movimiento con escr\u00fapulo, calculando la falsedad que habita en la gente normal. \u00c9l parec\u00eda ser el \u00fanico que observaba con pulcritud, a raz\u00f3n de incertidumbre por hormiga, con la mirada quieta frente al edificio.<br \/>\nLa discusi\u00f3n de una pareja alert\u00f3 de inmediato los sentidos de Marcel. En las inmediaciones de su vigilancia, una mujer negaba y lloraba a voz en grito, un hombre ped\u00eda perd\u00f3n; el hombre trataba de marcharse, la mujer se lo imped\u00eda. La pelea de enamorados suced\u00eda a pocos pasos de la puerta principal.<br \/>\nAconteci\u00f3 lo irremediable.<br \/>\nLa gente que iba a entrar, o que se dispon\u00eda a salir, permaneci\u00f3 quieta, y el corro de personas curiosas que se form\u00f3 ante la puerta hizo comprender al centinela la gravedad del momento. En un soplo, la calma da paso a la furia, la lluvia torna en diluvio, el viento apacible en hurac\u00e1n, un nudo de cat\u00e1strofes que de pronto descargan estent\u00f3reas, peligros desnudos a la intemperie y nervios a flor de piel. Por eso Marcel supo lo que ten\u00eda que hacer, porque \u00e9l ya no estaba solo.<br \/>\nEl segundo hombre era joven, con ojos de anciano.<br \/>\nApostado tras un coche de mudanzas, no muy lejos del edificio gubernamental, se ocultaba otro cazador haci\u00e9ndose irreconocible en la distancia. De cerca tampoco un mal gesto lo delataba. Un virtuoso de la caza mayor que no s\u00f3lo llevaba puesto su temple felino, sino tambi\u00e9n un mono de trabajo en el que estaba seguro de pasar inadvertido y, a juzgar por los resultados, atra\u00eda el aburrimiento. Cualquiera hubiera cre\u00eddo, al verle, que trabajaba para una empresa de transportes, como uno m\u00e1s, inmerso en sus quehaceres. Cada vez que se envolv\u00eda en un disfraz, en vez de cubrirse, mayor era el destape de sus necios modales y de esas mil tareas insignificantes en las que parec\u00eda afanarse sin hacer realmente nada, embozado en la piel de un cargador. Era guapo, por juventud. Su cabello largo, casta\u00f1o, lo recog\u00eda en una peque\u00f1a coleta. Vest\u00eda al dictado de la moda del transportista, la misma de sus compa\u00f1eros, dos hombres rudos a los que hab\u00eda conocido esa ma\u00f1ana. Cuando empiezas en un trabajo todo son gestos medidos en los que procuras ganarte la confianza ajena. \u00c9l ya hab\u00eda procurado ocultar el desd\u00e9n sincero que sent\u00eda por ellos. Quedaban apenas unos minutos para terminar la jornada, as\u00ed que ilumin\u00f3 su rostro con una sonrisa para parecer menos serio ante sus nuevos compa\u00f1eros, se sec\u00f3 el sudor de las manos con un trapo que hac\u00eda las veces de pa\u00f1uelo y busc\u00f3 al centinela en el horizonte.<br \/>\nAl final de la calle, la trifulca de enamorados parec\u00eda ir apag\u00e1ndose poco a poco. De all\u00ed ven\u00edan dos polic\u00edas a paso r\u00e1pido.<br \/>\nEl cazador les vio acercarse y ocult\u00f3 el revolver en el falso bolsillo de su chaqueta, s\u00f3lo un poco m\u00e1s. Aunque lo ideal es sentirlo como una prolongaci\u00f3n del cuerpo. No es un objeto provisional, no resulta f\u00e1cil cogerle el truco, ni siquiera tras muchos intentos, porque no hay dos rev\u00f3lveres iguales. Para un pistolero, el arma no es suficiente. En realidad, existe un problema de templanza que cada cual resuelve a su manera. Para este cazador, palpar el bulto de su revolver era siempre energ\u00eda pura.<br \/>\nUno de aquellos polic\u00edas pas\u00f3 de largo; el otro se detuvo delante del cami\u00f3n.<br \/>\nEstaba muy cerca e irradiaba mando, tan cabreado que examinaba la escena con sorpresa total por el desorden que formaban las carretillas y las cajas embaladas sobre la carretera. Sin embargo escuch\u00f3 c\u00f3mo le apremiaban por radio. Cuando la vida marcial te reclama todo son obediencias y disciplinas abiertas. Por eso no imparti\u00f3 la orden de desalojo que empezaba a nacer en su boca y ech\u00f3 a caminar calle arriba esfum\u00e1ndose entre la gente.<br \/>\nEl cazador le vio alejarse sin pesta\u00f1ear.<br \/>\nA escasos metros, Marcel Briand no daba cr\u00e9dito al cementerio de besos en que se hab\u00eda convertido la otrora discusi\u00f3n de la pareja. En las inmediaciones de su vigilancia, la mujer besaba y abrazaba con pasi\u00f3n, el hombre sonre\u00eda tranquilo; la mujer le llenaba de caricias, \u00e9l no se lo imped\u00eda.<br \/>\nAquel dramatismo de amor\u2026<br \/>\nAmores de una angustia suprema y una alegr\u00eda insondable. La relaci\u00f3n m\u00e1s din\u00e1mica del universo. Una fuerza de naturaleza abrasadora que lo quiere todo, que a menudo jalona la realidad o navega en la f\u00e1bula, implorando para s\u00ed una entrega nada menos que absoluta. Y entonces Marcel, el descubridor de los signos ocultos, se qued\u00f3 fr\u00edo, y entorn\u00f3 sus ojos ante esos d\u00edscolos amantes porque carec\u00eda de credibilidad todo aquel sentimiento. Por lo menos all\u00ed, en aquella puerta del edificio gubernamental, en pleno Bilbao.<br \/>\nCuarenta y nueve a\u00f1os de andar por el mundo eran m\u00e1s que suficientes para desenga\u00f1arlo. Bastante hab\u00eda hecho Marcel con detenerse a observar c\u00f3mo la gente franqueaba un sinf\u00edn de puertas o atravesaba grandes muros de citas previas y fr\u00edas correspondencias. Por su puerta, al menos, buena paga y pocas discusiones de pareja. Algo as\u00ed eran sus asuntos privados. Un incesante ir y venir de personas atareadas que le recordaba al centinela su propia existencia, alzada bajo t\u00e9mpanos de hielo. Quiz\u00e1 por eso no hab\u00eda contado a nadie que \u00e9l ya no ten\u00eda futuro, que hab\u00eda perdido la salud por sucumbir hasta el fondo en el placer de fumar. Con su c\u00e1ncer de pulm\u00f3n probablemente no fuese necesario esperar m\u00e1s aventuras. Por ahora disimulaba las crisis respiratorias haci\u00e9ndolas pasar por gripes eternas. Tan tranquilo. E ignoraba si la propuesta m\u00e9dica que hab\u00eda rechazado, aquella jodida medicaci\u00f3n en un caro hospital, serv\u00eda para algo. Con suerte se echar\u00eda a dormir y no despertar\u00eda jam\u00e1s. Un regalo. Pero alguien m\u00e1s intentaba por todos los medios entregarle otro presente envenenado.<br \/>\nEn ese momento, sonaron tres disparos, no, cuatro.<br \/>\nLuchaba contra el dolor de su brazo tratando de no perder el conocimiento. Se dej\u00f3 caer al suelo, agarr\u00e1ndose el hombro izquierdo. Estaba seguro de que pod\u00edan venir a rematarlo y entonces Marcel har\u00eda lo que fuese, golpear, disparar, ir hacia la puerta o lo que tuviese que hacer para llevarse al tirador por delante, pero, si le llegaba su hora, por nada del mundo, ni llegando en camilla medio muerto, ser\u00eda carne de hospital.<br \/>\nTen\u00eda una cita con su destino, tal vez un encuentro amargo\u2026<br \/>\nUnos meses atr\u00e1s, despu\u00e9s de inmunizarse contra los encuentros met\u00e1licos de los bares, conoci\u00f3 unos besos embriagadores que hicieron perder la cabeza a Marcel. Ella era una estudiante de medicina que besaba sin mesura. Su novio de toda la vida la hab\u00eda respetado y tratado con dulzura, en vano. Los besos crec\u00edan en entusiasmo, cargados de una sexualidad que la muchacha evidentemente se obligaba en entregar a todo hombre viviente, noche tras noche. Abrazaba con devoci\u00f3n, motivo por el cual dedujo lo que deb\u00eda pasar entre sus piernas: el novio le revisaba poco la cueva. Lo corrobor\u00f3 cuando la estudiante puso la mano en su sexo y la oy\u00f3 decir: \u201cTe prometo que no existe el ma\u00f1ana\u201d. Ella misma le dijo despu\u00e9s, cuando le reproch\u00f3 la mentira, que cuerpo y mente viajan en vagones diferentes, porque los amantes no pueden conocer de antemano d\u00f3nde queda la parada. Marcel no intent\u00f3 averiguar qu\u00e9 demonios pasaba por su cabeza al verla tan desorientada; quiz\u00e1s la hab\u00edan reverenciado en exceso o la hab\u00edan acariciado de un modo displicente; despu\u00e9s de todo, las preciosas estudiantes de medicina tienen cara de gozar pocos orgasmos.<br \/>\nFuese como fuese, Marcel se meti\u00f3 en un l\u00edo de faldas maravilloso, aun a costa de sacar billete s\u00f3lo de ida, ape\u00e1ndose del tren en marcha sin decir adi\u00f3s un mes m\u00e1s tarde.<br \/>\nAquel dramatismo de amor\u2026<br \/>\nAquella misma estudiante de medicina, a la que Marcel no extra\u00f1aba y que tan buenos viajes le hab\u00eda proporcionado, yac\u00eda ahora muerta en la puerta del edificio junto a su novio, que todav\u00eda sonre\u00eda. Dos balas hab\u00edan viajado hacia la pareja de enamorados para dejarlos callados. Reconciliados y acribillados en el coraz\u00f3n. Nada que objetar. Qui\u00e9n sabe qu\u00e9 tipo de felicidad que se negaron en vida les esperaba leg\u00edtimamente en la eternidad.<br \/>\nHab\u00edan sonado tres disparos, no, cuatro. El cuarto tambi\u00e9n hab\u00eda hecho blanco. Otro blanco.<br \/>\nEl cazador sangraba por el feo boquete abierto en su pierna. Una herida que lo ten\u00eda todo para hacer retroceder incluso a un soldado de los tercios de Flandes. Pero la bizarr\u00eda vale la pena. Y hacer el esfuerzo de olvidar las dolientes punzadas equival\u00eda a salvar el pellejo. <!--more-->Eso era precisamente lo que hizo a la muchedumbre correr presa de los nervios, despavorida, calle abajo. Fue s\u00f3lo entonces cuando los dos rev\u00f3lveres terminaron de sellar el contrato.<br \/>\nSe oy\u00f3 un definitivo disparo.<br \/>\nLa muerte de Marcel Briand no fue lamentada por muchos.<br \/>\nY un pol\u00edtico lo celebraba, sacando fuerzas ante la prensa, persuadiendo a los que opinaban que pronto abandonar\u00eda el pa\u00eds, manifest\u00e1ndose sofrenado en sus declaraciones y sin despertar excesiva simpat\u00eda aunque s\u00ed curiosidad por el atentado. Pero de vez en cuando, era rotundo al afirmar que lo \u00fanico que de verdad deseaba era continuar trabajando en la administraci\u00f3n de los asuntos p\u00fablicos, echando as\u00ed el cerrojo a futuras especulaciones. Y a las obras de los locos. La simple idea de verse rodeado de alas benefactoras tal vez le infund\u00eda valor. Valor y algo m\u00e1s.<br \/>\nUna entereza semejante a la que demostraron tener los familiares de los ca\u00eddos aquel d\u00eda, en acto de servicio: Francisco Mateos, sin amigos en el Cuerpo de Polic\u00eda; y Rosa Mainar, estudiante de medicina s\u00f3lo cuando frecuentaba bares de sospechosos. Dos almas llenas de decencia, como cebos que descubren asesinos sac\u00e1ndolos de su escondite. Y de renuncia, si les cuesta la vida.<br \/>\nEl cazador conoc\u00eda bien aquellas sombras.<br \/>\nSu providencia le hizo pasar dos semanas en el hospital, despu\u00e9s ocho meses de rehabilitaci\u00f3n, y finalmente repararon su maltrecha pierna. Pero no todo puede repararse. A pesar de matar al enemigo p\u00fablico m\u00e1s temido desde los tiempos de Franco y salvar la vida de aquel pol\u00edtico, el cazador no estaba satisfecho. Y en honor a la verdad, parec\u00eda preocupado. Lo que acontec\u00eda en los mentideros, la singular manera que ten\u00edan de recordar al centinela, era algo que le dejaba at\u00f3nito. Desde que una pl\u00e9yade de periodistas se explayaba a diario, no exist\u00eda otra conversaci\u00f3n que las relevancias y minucias que hab\u00eda fanatizado a Marcel Briand, a lo largo de su vida, hasta dotarle de un aire tan intelectual que ni siquiera mencionaban a las personas que hab\u00eda liquidado. Luego evocaban al mandatario, felicit\u00e1ndose por la acci\u00f3n policial del cazador, sin dejar de sonre\u00edr.<br \/>\nPorque para el mundo del d\u00eda a d\u00eda, todo se desvanece en la memoria creyendo que el tiempo avanza libre de porquer\u00eda si lo sepultas bajo grandes mentiras. Y sin atisbo de conciencia. La mayor de las desidias.<br \/>\nDesde entonces, el cazador que escolta entre las sombras sigue protegiendo vidas, camuflado de cualquiera. Por lo menos all\u00ed, en aquella puerta del edificio gubernamental, en Bilbao.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00a0Una mara\u00f1a de hormigas cruzaba la puerta del edificio gubernamental. 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