{"id":55,"date":"2008-03-13T21:54:54","date_gmt":"2008-03-13T20:54:54","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/5certamen\/?p=55"},"modified":"2008-03-13T22:06:07","modified_gmt":"2008-03-13T21:06:07","slug":"38-cambio-de-bando-por-el-leal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/5certamen\/?p=55","title":{"rendered":"38- Cambio de bando. Por El Leal"},"content":{"rendered":"<p>Se acerca la hora de la misi\u00f3n. Me he sentado en uno de los bancos al otro lado de su casa para verla llegar. Consulto el reloj por \u00faltima vez: diez minutos sobre la hora registrada por la vigilancia. Miro el cielo, finalmente fue el sol el que gan\u00f3 la batalla.<!--more-->\u00a0Qui\u00e9n gan\u00f3 la batalla, mi batalla. Calibro, \u00bfcu\u00e1ntos a\u00f1os? \u00bfDoce, quince? Demasiados. Vendavales de olvido que se llevaron los \u00faltimos posos de aquella historia. Hoy he estado buscando alg\u00fan rastro por las calles de esta ciudad; el sirimiri, esa lluvia que s\u00f3lo moja a los tontos, ha erizado mis cabellos, ha empapado mis ropas, tambi\u00e9n la vieja cartera que ahora cobija su fotograf\u00eda, su historia (pero no su historia verdadera). Siempre regresa caminando desde su despacho en el Juzgado, apenas tres manzanas, objetivo asequible: siempre los mismos horarios, siempre los mismos ojos color miel. Dos ni\u00f1os se detienen ante el portal de su casa, las carteras a la espalda. Se acab\u00f3 la jornada y van hablando de ni\u00f1os magos, de h\u00e9roes y de batallas mientras mordisquean su merienda, golosinas de grasa. Contra ellos no es, mejor que se alejen.<\/p>\n<p>Hoy llov\u00eda desde muy temprano; sin embargo, esta ma\u00f1ana he encontrado cientos de turistas: antes nadie ven\u00eda por estas tierras, demasiado miedo. Presentan un aspecto desganado y festivo cuando merodean en torno a ese nuevo museo, que hace a\u00f1os tampoco exist\u00eda. Me he detenido a contemplar la inmensa mole, sinuosas curvas de acero o de hierro o de titanio, qui\u00e9n sabe. Quieren que dure para siempre y utlizan materiales indestructibles. Ilusos. Una decisi\u00f3n de arriba, un objetivo poco vigilado&#8230; y zas, ya est\u00e1, os quedasteis sin museo. Antes me conmov\u00eda esa sensaci\u00f3n de ser el due\u00f1o del mundo, ah\u00ed est\u00e1 tu museo, ah\u00ed est\u00e1s t\u00fa&#8230; mientras nosotros no digamos lo contrario. Somos como DIOS, as\u00ed, con may\u00fasculas. Ahora ya no s\u00e9 si me gusta o si me conmueve. No me agrad\u00f3 que me dieran esta misi\u00f3n. Nada de implicarse, \u00bfsabes? Es la lucha armada, compa\u00f1ero. O ellos o t\u00fa. O ella o yo. Ya no llueve. Dos turistas se me acercan, se\u00f1or, una foto por favor. C\u00f3mo no, la mejor de mis sonrisas, no despertar sospechas, un disparo al bot\u00f3n, s\u00ed, de eso s\u00e9 bastante. Sonr\u00eden est\u00fapidamente, como todos los turistas en todas las fotos: el cuello erguido y sin saber muy bien c\u00f3mo disponer los brazos. Clic. Muchas gracias, se\u00f1or, no hay de qu\u00e9. Bye-bye, agur. Se marchan felices, pronto abandonar\u00e1n esta ciudad, pero yo no me voy, aqu\u00ed me quedo. Con la maldita misi\u00f3n de esta tarde.<\/p>\n<p>En este lugar, antes del museo hab\u00eda un descampado que la fuerza de la costumbre convirti\u00f3 en cementerio de barcos. Alguna vez nos acercamos, ella y yo, y d\u00e1bamos aire a nuestros amores secretos. Nada de implicarse. Con nadie. Mucho menos con una futura fiscal o magistrada, qu\u00e9 m\u00e1s da. Lo primero es la lucha, compa\u00f1ero. Mir\u00e1bamos en silencio los hierron retorcidos como entra\u00f1as. Yo pensaba en la derrota y procuraba que nuestros ojos no se encontraran. All\u00ed nunca hab\u00eda turistas; alguna vez se ve\u00edan maleantes, muchos perros callejeros, alguna rata. Pero ah\u00ed, entre los barcos muertos, pod\u00edamos respirar hondo, hablar alto, caminar sin detenernos a buscar los ecos de otros pasos, jugar a inventarnos otras vidas. Renuncia, I\u00f1aki, podr\u00e1n comprenderlo, te ayudar\u00e9 a esconderte. Mis ojos en las tripas de los barcos, pat\u00e9ticos sarmientos implorando ayuda. Pero yo no quiero ayuda, no quiero conocer la derrota. No te entiendo, I\u00f1aki. No, no me entiendes.<\/p>\n<p>He continuado mi paseo. Me interno por la cuadr\u00edcula de calles que conducen a la Gran V\u00eda. Sem\u00e1foros ultramodernos, dise\u00f1o urbano en todas las esquinas. Adornos de mona vestida de seda. Mujeres de elegantes melenas rubias, colgantes de oro y abrigo de piel, aunque no haga fr\u00edo. Caminan sonrientes, charlando animadas, a veces se agarran del brazo para sentirse m\u00e1s fuertes. Saben que tienen algo que temer. Es la lucha armada, compa\u00f1ero. Hombres de traje azul oscuro y corbata de color brillante: avanzan a grandes zancadas, ojos de lince, es gracias a nosotros que esta sociedad marcha. O ellos o t\u00fa, compa\u00f1ero. Pero tambi\u00e9n aqu\u00ed caminan muchos hermanos. Esos rasgos alargados de pureza de sangre, ojos verde pino, p\u00f3mulos arcaicos de reliquia prehist\u00f3rica. Este era mi pueblo. Hace diez, quince a\u00f1os, demasiados. Ahora mi pueblo son los comandos, las huidas, la frontera. Sin embargo, sigo luchando por ellos. Noto en el est\u00f3mago un ardor de guerra trasnochada. Me doy cuenta de que tengo hambre y encamino mis pasos hacia la calle de las tabernas. La lluvia ha dejado en el aire un rastro de humedad. El sol perfora las nubes y recalienta el ambiente creando la pesadez propia de esta ciudad: nunca se sabe si es verano o invierno. Excepto por los abrigos de piel. Ellos son hoy mi calendario. Ellos y la misi\u00f3n de esta tarde. Una fotograf\u00eda que me quema en la cartera. Una decisi\u00f3n tomada, el comando se desplaza, no hubo tiempo para despedidas.<\/p>\n<p>Ahora otros j\u00f3venes de etnia pura dificultan mi paso por la estrecha calleja. Apoyan sus vasos en los techos de los coches aparcados, o se sientan displicentes sobre el motor. Levantan la barbilla, desafiantes, ojal\u00e1 que alg\u00fan due\u00f1o se atreva a increparnos; estamos deseando enfrentarnos, demostrar que somos nosotros los due\u00f1os, los de la calle. Me acerco a la esquina, me sorprendo. Todav\u00eda existe nuestra vieja taberna. Sobre la puerta, una s\u00e1bana desplegada convoca, con letras rojas como la sangre, a la pr\u00f3xima manifestaci\u00f3n. Dentro del local, fragor de muchedumbre, vaho de vino y de lluvia errante. Como un ej\u00e9rcito dispuesto a atacar, las tapas se alinean sobre la barra. El humo de los cigarrillos planea directamente sobre ellas, el suelo lleno de servilletas de papel que nadie se molesta en retirar, al cuerno con la higiene, esto es la taberna, aqu\u00ed se viene a tomar chatos, \u00a1a\u00fapa!, todos se conocen, a m\u00ed ya no me conocen aqu\u00ed. Tampoco veo a Manolo, con ese delantal blanco que besaba el suelo y se le enredaba en los pies al servir los vinos. Como un camarero a la antigua usanza. Qu\u00e9 os saco. Lo de siempre, Manolo; \u00bfy para ella?, para m\u00ed tambi\u00e9n. Siempre tratando de integrarse, pero el amor est\u00e1 por encima de todo, I\u00f1aki. T\u00fa no lo entiendes. No, no lo entiendo. Apuro mi bebida de un trago, apagar la guerra, la guerra trasnochada. Mis dedos acarician la h\u00fameda cartera donde se esconde su imagen. Captada abriendo la puerta de su coche, ajena, inocente al ojo que la esp\u00eda y dispara la foto. Apretar el bot\u00f3n, s\u00ed, de eso s\u00e9 bastante. Los dos turistas me sonre\u00edan sin saber que soy yo el que decide su vida o su muerte. Pero con ella la decisi\u00f3n est\u00e1 tomada, no la tom\u00e9 yo, cumplir la misi\u00f3n, es una de ellos, sent\u00f3 en el banquillo a demasiados compa\u00f1eros. Ella sola se lo busc\u00f3. Inocente, ajena en la foto, con sus ojos color miel concentrados en la cerradura que en un instante se abrir\u00e1. Viste una camiseta de verano sin mangas, sus brazos torneados, el mismo cuerpo estrecho, las suaves curvas, cu\u00e1ntos a\u00f1os, doce, quince, demasiados, los hombros dorados. La algarab\u00eda de la taberna se intensifica, me noto mareado, el est\u00f3mago a\u00fan vac\u00edo. Miro hacia el camarero, me estaba observando, Manolo, algo para picar; \u00bftambi\u00e9n para ella?, tambi\u00e9n. M\u00e1xima alerta, por qu\u00e9 me mira, \u00e9ste es mi territorio, \u00a1a\u00fapa, compa\u00f1ero!, las letras de sangre sobre la puerta, por qu\u00e9 esa mirada: me observa, \u00bfte saco algo para picar?, dale; por eso miraba, falsa alarma. \u00bfYa no est\u00e1 Manolo?, no, yo soy Jokin. De un solo bocado, devoro dos pinchos rezumantes de aceite, ansias de lobo hambriento, apagar ese ardor que me quema. Siento un hilillo de grasa que se desliza por mi barbilla, detengo su recorrido con una servilleta de papel y la arrojo al suelo, sin mirar d\u00f3nde cae, al cuerno la higiene. Encima de la barra, las aspas de un viejo ventilador revuelven el aire, olores h\u00famedos de cocinas, remolinos de grasa. Ya no hay ardor guerrero: hay na\u00fasea, na\u00fasea de aceite y de sangre. Intento pensar en otra cosa. Me vuelvo, apoyado en la barra, para observar a la gente que me rodea. Son cachorros de guerra, proyectos de futuros compa\u00f1eros, este idioma es s\u00f3lo nuestro, la pureza de sangre. As\u00ed, como \u00e9ramos nosotros entonces; yo, ella no: ella trataba siempre de integrarse, el amor por encima de todo. Duele imaginarla ahora aqu\u00ed, entre ellos, ya no trata de integrarse. Me mira con sus ojos color miel y me ofrece sus brazos cimbreantes, camiseta sin mangas, atenta a la cerradura, ajena al disparo, qu\u00e9 has hecho estos a\u00f1os, cu\u00e1ntos, diez, doce, demasiados. Qu\u00e9 he hecho estos a\u00f1os. He estado luchando, Carmen, he estado luchando. \u00bfHas ganado? No s\u00e9 si he ganado, ahora ya s\u00f3lo siento la na\u00fasea. Ni siquiera te despediste, por qu\u00e9 has venido, I\u00f1aki, si ya s\u00f3lo sientes na\u00faseas. El amor por encima de todo, Carmen.<\/p>\n<p>Un sudor fr\u00edo empapa ahora mis sienes. Me seco despacio con otra servilleta que no arrojo al suelo, al cuerno la taberna. Dejo unas monedas sobre la barra, una de ellas se escapa rodando, se desliza sobre la madera, Manolo la atrapa con un requiebro de mago, te quedas la vuelta, Manolo; gracias, me llamo Jokin, ya te lo he dicho. Me abro paso entre la gente, trato de ganar el ba\u00f1o, a veces debo empujar con los codos, el l\u00edquido oscila en los vasos de los cachorros, como un balanc\u00edn que se desborda, algunas gotas de vino se estrellan en mi ropa, la sangre que salpica tras el disparo, otro cabr\u00f3n ajusticiado, a veces me mancha el rostro, las gafas y entonces lo veo todo rojo, rojo de sangre, rojo de rabia, ya sube la na\u00fasea, las sienes de hielo&#8230; Vomito en el ba\u00f1o. Las rodillas siguen temblando, parecen de lana. Acomodo mis ropas, me mojo la frente, no despertar sospechas.<\/p>\n<p>Se acerca la hora de la misi\u00f3n. Encamino mis pasos hacia el domicilio que figura en su dossier (que no es su verdadera historia), el que se esconde en mi cartera, todav\u00eda mojada, a pesar del sol, el sol que finalmente gan\u00f3 la batalla y que ahora pica y calienta mis hombros, sus hombros redondos, mi nuca, disparo en la nuca, que nunca se encuentren los ojos, los ojos color miel. Me siento en uno de los bancos al otro lado de su casa, vigilo su llegada, el arma oculta. Los ni\u00f1os se alejan, contra ellos no es. Miro el reloj, ya se aproxima, me levanto, las rodillas de lana. Camina distra\u00edda, un abrigo de pa\u00f1o le cubre los hombros, los hombros dorados. Recuerdo sus brazos en la foto de la cartera, est\u00e1 h\u00fameda, pero me quema, sus suaves curvas, cu\u00e1ntos a\u00f1os, demasiados. Emboscado al amparo de un \u00e1rbol desnudo, espero a que pase de largo, buscar su nuca. Casi me roza al pasar, un segundo agazapado para aspirar su aroma, aroma a miel, mi mano al arma, un paso adelante, su nuca, controlar la na\u00fasea. Ella ha o\u00eddo el rumor de la duda y se vuelve. Sus ojos color miel. La lucha armada, o ellos o t\u00fa.<\/p>\n<p>Entonces, ella.<\/p>\n<p>Por qu\u00e9 has venido, I\u00f1aki.<\/p>\n<p>Quer\u00eda ganar la batalla.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Se acerca la hora de la misi\u00f3n. Me he sentado en uno de los bancos al otro lado de su casa para verla llegar. Consulto el reloj por \u00faltima vez: diez minutos sobre la hora registrada por la vigilancia. 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