{"id":84,"date":"2008-03-25T23:57:36","date_gmt":"2008-03-25T22:57:36","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/5certamen\/?p=84"},"modified":"2008-05-15T17:57:06","modified_gmt":"2008-05-15T16:57:06","slug":"67-desde-nina-le-gustaba-el-piano-por-leon-sessin","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/5certamen\/?p=84","title":{"rendered":"67-Desde ni\u00f1a le gustaba el piano. Por Le\u00f3n Sessin"},"content":{"rendered":"<p>Desde ni\u00f1a le gustaba el piano. Mucho le gustaba. Tanto que hart\u00f3 a sus padres con la obstinada solicitud de que le permitieran\u00a0 estudiarlo. <!--more-->Al fin, tras a\u00f1os de constancia, logr\u00f3 que se lo compraran y contratasen a un profesor que, apenas la vio, dict\u00f3 sentencia: -\u201cNo sirve para esto. Tiene los dedos cortos y las manos regordetas. Ser\u00e1 in\u00fatil adiestrarla con algo que no sea un tambor\u201d. Y, como para darse el lujo de garantizar su vaticinio, se consagr\u00f3 a ense\u00f1arle con negatividad manifiesta, sin entusiasmo hasta que, al cabo de arduos y tortuosos intentos de acatar instrucciones, con las mu\u00f1ecas doloridas y la confianza hecha trizas, Luc\u00eda desisti\u00f3, vencida por la reprobaci\u00f3n implacable. El profesor desapareci\u00f3 y el piano qued\u00f3 mudo desde entonces.<br \/>\nSu boda fue el pretexto razonable que encontraron sus padres para deshacerse del piano, que de alguna forma estorbaba y s\u00f3lo les serv\u00eda para asentar una vasija de cer\u00e1mica. El joven esposo apreci\u00f3 la antig\u00fcedad, ponder\u00f3 la exquisitez de sus l\u00edneas y lo alberg\u00f3 en un sitio de privilegio en el sal\u00f3n. Ninguno de sus hijos se interes\u00f3 en \u00e9l, como mucho, y cada tanto, le arrimaban una silla y lo usaban como escritorio para hacer las tareas escolares. Luc\u00eda y el piano se fueron quedando solos. Muerto el esposo, primero. Partiendo del nido los hijos, despu\u00e9s. A veces, en la media luz de los ocasos, Luc\u00eda se arrebujaba en el sill\u00f3n y desde all\u00ed miraba el piano. Considerando cu\u00e1nto gozo pod\u00edan haber compartido. Y aunque la vejez avanzaba sobre ella, encaneci\u00e9ndola y arrug\u00e1ndola, al piano le sentaban mejor las d\u00e9cadas y se ve\u00eda espl\u00e9ndido, rey absoluto de todos sus ocultos pensamientos. Luc\u00eda contemplaba sus manos, peque\u00f1as y macizas, tan h\u00e1biles para la costura y la cocina, tan enamoradas del piano&#8230; que, sin que lo premeditara, lo rozaban cuando caminaba a su lado. Las pon\u00eda palmas arriba y examinaba los mont\u00edculos rollizos que la tapizaban; luego las volv\u00eda del rev\u00e9s y observaba fijamente los nudillos r\u00edgidos, las u\u00f1as breves y redondas. Y una mueca de desconsuelo se le dibujaba en el rostro y la forzaba a meter las manos en los bolsillos para no verlas. Para no odiarlas y odiarse. Para olvidar.<\/p>\n<p>Se preguntaba si el piano ser\u00eda capaz de aceptarla tal cual era, si adivinar\u00eda cu\u00e1nto deseo le habitaba el coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Una noche, no pudo resistir m\u00e1s. Se rindi\u00f3 a la tentaci\u00f3n de aproximarse al piano, lentamente, presinti\u00e9ndolo antes de palparlo, con las mejillas arreboladas y una efervescencia corri\u00e9ndole por las venas que le costaba sosegar. Juguete\u00f3 sobre las teclas sin provocarle sonido. Disfrutando cada minuto de expectaci\u00f3n, retrasando el encuentro. Tuvo la sensaci\u00f3n de que al piano tambi\u00e9n lo pose\u00eda una pasi\u00f3n creciente y silenciada que le lat\u00eda por dentro. Tom\u00f3 asiento y meti\u00f3 sus piernas entre las patas del piano, sintiendo que ocupaba el \u00fanico lugar reservado para ella en esta vida, emergiendo por sus poros un calor visceral. Las teclas estaban suaves y ced\u00edan a la m\u00ednima presi\u00f3n. Hizo sonar algunas notas dispersas, espaciadas entre s\u00ed el lapso en que la ac\u00fastica del sal\u00f3n las reverber\u00f3 entre las paredes. Cerr\u00f3 los ojos, corrigi\u00f3 la postura en el taburete, y dej\u00f3 que sus manos le sorbieran al piano una melod\u00eda m\u00f3rbida que chisporrote\u00f3 originando dos flamas azul celestes que danzaron, empalm\u00e1ndose, evit\u00e1ndose, incit\u00e1ndose, alternativamente. Imagin\u00f3 que la m\u00fasica zarpaba por la punta de sus dedos y se difund\u00eda por las teclas impregnando la madera, rebotando en la oquedad y espoleando la tapa en busca de salida. Arremeti\u00f3, ebria de dicha, arranc\u00e1ndole al piano una conjunci\u00f3n de sones salvajes. La m\u00fasica, loca de encierro, pugnaba por evadirse entre las teclas y se topaba con las yemas que la obligaban a recaminar los listones de madera, haci\u00e9ndolos arder como brasas que refulg\u00edan en la lobreguez y lanzando chispas imperceptibles sobre la alfombra. Un fuego bello e inquieto form\u00f3 una corona en derredor de ambos, las llamas bailaban encantadoras, estirando sus cuellos luengos hacia el techo. La m\u00fasica se dej\u00f3 caer chorreando hacia el suelo como un l\u00edquido burbujeante e inflamable que, enseguida, era besado por alguna de las chispas y nutr\u00eda la hoguera.<\/p>\n<p>Luc\u00eda se balanceaba, hechizada, y pens\u00f3 que hab\u00eda descubierto la gloria. Se dijo que la gloria era como una antorcha sagrada, que emit\u00eda crujidos r\u00edtmicos, que le ampollaba la piel y la consum\u00eda. Y eligi\u00f3 morir envuelta por la m\u00fasica encendida que saturaba todos los espacios, cruel y amorosa. Se entreg\u00f3 al abrazo hasta que no qued\u00f3 de ella m\u00e1s que un pu\u00f1ado de cenizas.<\/p>\n<p>La encontraron al d\u00eda siguiente, sentada en el taburete, ladeada sobre el piano. Un m\u00e9dico dictamin\u00f3 la paparruchada de que su coraz\u00f3n se hab\u00eda detenido. Nadie pudo refutarlo. El piano, \u00fanico testigo, no pudo confesar que se hab\u00eda muerto incendiada de amor. Y volvi\u00f3 a quedar mudo, para siempre.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Desde ni\u00f1a le gustaba el piano. Mucho le gustaba. 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