I
Para cuando la situación se volvió insoportable y precaria para la familia Steven Harrison allá por el mes de Marzo del año 2009 las maletas llenas; de recuerdos lastimosos, de sueños, y de esperanzas -puestas en una nueva vida, en un mínimo recodo de supervivencia- ya estaban preparadas en el porche de su antigua casa y con el acompañamiento de una luna llena que brillaba inocente y cándida sobre la chapa oscura, a la espera de que Sam el cabeza de familia los recogiera con su antiguo y frágil coche, este andrajoso y destartalado vehículo exhalaba humo cada vez que encendía el motor. Hacia un sonoro clic rasposo que crispaba los nervios tanto de Sam como de su familia, y además la tapicería apestaba a mofeta de ahí se entienden las arcadas que pronunciaban cada vez que se subían, y especialmente eran los más pequeños (Claudio y Sofía) los que más sentían estas bocanadas asquerosas. – ¿Cuando cambiaremos de coche? No soporto este hedor a mofeta muerta- decía Laura la mujer de Sam y la madre de aquellos hermosos niños que ya se pegaban por sentarse al lado de la ventana izquierda, la única que podía bajarse. Claudio consiguió apearse de la ventana y nada pudo hacer su hermana para echarlo, era el hermano mayor y a pesar de contar tan solo con ocho años contaba con una fuerza descomunal; una fuerza que con los años agravaría la etapa adolescente- la adolescencia es tierra virgen para quien la padece. No puede ser obviada y es por eso que la mente se rebate en demasiadas ocasiones con los estímulos físicos en un ring que se puede saldar con un dolor poco aconsejable- al contrario de su hermana Sofía que a sus siete años parecía una muñequita Barbie a punto de romperse en dos por la fuerza gravitatoria de la cadera. Much, el perro Golden Retriever de la familia-llamado así con el fin de homenajear al gran pintor que retrató la locura en forma de grito- también se acomodaba al vehículo como podía y siempre babeaba sobre el tapiz, pero eso no parecía importarle a nadie, una baba mas una baba menos no se notaba ni cambiaba nada; el coche seguía siendo un cachivache sin armonía- Papa este coche se asemeja al de Pedro- el de los dibujos de los Picapiedra-, tan solo nos falta descalzarnos para entender que el coche se empuja y se lleva con nuestras extremidades inferiores- Dijo con burla Claudio mientras ya asomaba la cabeza por la ventana, cual perro mareado. Sam sonrió tras las divertidas ocurrencias de su hijo mientras se fumaba un pitillo antes de comenzar con el viaje, estaba nervioso porque esperaba que el nuevo hogar que les aguardaba en la costa fuera del agrado de su mujer y de sus hijos, y también estaba nervioso porque sería la primera vez que se dedicara a vender pescado en un mercado marítimo. Anteriormente se había dedicado a escribir libros que nunca salieron al mercado porque su editor era un alcohólico que se tambaleaba inconsciente desde ya incluso al amanecer y cuando estaba lúcido no atinaba a entender los escritos de Sam, realizaba también chapuzas de fontanería en las viviendas colindantes de su casa y también solía actuar de enterrador en el cementerio de la localidad. De aquella localidad ya no quedaba su nombre grabado en la memoria de esta familia y gracias a dios porque desde que llegaron, hacia ya más de doce años desde Canadá no habían hecho más que sufrir desgracias. El cambio de idioma les confundió por completo al recién establecido matrimonio, tanto es así que nunca se acomodaron a ese pueblo español que tanto les observaba. Se sentían observados hasta incluso cuando hacían el amor. Se sentían presos de figuras fantasmales que se guiaban solitarias por la casa. Ambos enamorados no entendían porque eligieron aquel pueblo de Toledo de cuyo nombre ya digo temen recordar; Primero fue la pérdida de su hija Elena que con cuatro años cayó en un pozo de aguas residuales; sufrió traumatismos varios y el más grave fue en la parte occipital de la cabeza, sus pulmones también se encharcaron a causa del agua residual que se mecía sobria en dicho pozo y qué decir del Padre de Sam- el cual llegó más tarde a aquella población española y en cambio se adaptó cual camaleón en un árbol. No tuvo problemas con el idioma, pues sus padres habían sido de nacionalidad española. Estos habían tenido que emigrar a Canadá cuando comenzó la primera guerra mundial, más o menos. Nunca hay fechas exactas que valgan- al que dispararon en el pecho con una escopeta de caza mientras acudía a una cacería. Nunca se supo de quien era la escopeta, pues el dueño hacía tiempo que se la había venido a un joven de otra comarca, del cual desconocía su nombre. Pero la cosa no acaba ahí, ya que Claudio aún hablaba con su hermana difunta por las noches, e incluso decía que dormía en su cama; según él su hermana exhalaba aliento que le calentaba las orejas y en otras ocasiones jugaban al escondite en el jardín floreado. Pero su madre entendió que aquel comportamiento se debía a una película que había visto con anterioridad y que se asemejaba a la situación que vivía. No fue así y el estado del joven se convirtió en una psicosis colectiva que embriagaba el ambiente con la presencia perfumada de Elena. Por eso decidieron cambiar el rumbo de sus vidas. Nada les ataba a ese lugar que siempre hubieron maldecido. El recuerdo de una hija perdida era suficiente para desprenderse de toda una vida. Tras estas cavilaciones, Sam, puso las manos sobre el volante de cuero y el viaje comenzó sin más incidentes que el atropello de unos ratoncillos de campo llamados Topillos. Nadie los echaría de menos en los cultivos. Ese podría ser el mejor regalo de despedida para los vecinos. Seguro.
II
Cuando llegaron al pueblo costero de Castro Urdiales (Cantabria) y bajaron de aquel maldito coche sintieron de pronto el azote de un aire limpio y curativo, que hacía que los pulmones de Sam y de Laura se olvidaran el carboncillo que se extendía en dicho órganos; y qué decir de los pulmones y bronquios de Claudio que a pesar de su asma sentían que eran libres, al fin. El cielo lucia sin nubes, con un sol abrasador que cocía la arena a imagen y semejanza de un huevo frito y las gaviotas ondeaban sobre un mar plagado de sensaciones olfatorias- a las cuales se tendría que acostumbrar el padre de familia, su trabajo lo exigía desde aquel entonces-, olía a pescado, olía a libertad, olía a lo que nunca reconocieron sus olfatos. Sofía corrió tras Munch que salió como una exhalación del coche, seguramente con la premura de hacer sus necesidades, unas necesidades que había aguantado demasiado y como no para desperezar sus articulaciones nerviosas; y mientras Sofía sentía el cosquilleo de la arena introducirse por las hendiduras de los dedos de sus pies. Era tan gratificante aquella sensación que su mundo se paró para dar rienda suelta a su imaginación infantil. Claudio al ver los columpios que se mecían con el azote del viento decidió darles la oportunidad de sentir sus glúteos, unos glúteos que jamás hubieran sujetado, eso seguro; eran unos columpios envejecidos y pobres, pues se trataban de varias ruedas colgadas a unos árboles tísicos. Su nuevo hogar se asemejaba al de las películas románticas que habían visto, aunque esta era un poco mas sombría pues lo único que le daba luz era tan bello paisaje exterior. La casa se sujetaba a nivel del mar y las olas chocaban contra está produciendo unos sonoros chss muy parecidos a cuando te acercas una caracola vacía al oído, aunque más exageradamente la primera. Lo único que diferenciaba a aquella casa de las más comunes por aquella zona, era que en las cornisas se sujetaban unas especies de gárgolas que daban susto; parecían seres mitológicos anclados a cierta inmovilidad permanente, no sentían, ni padecían, pero el tiempo y el azote de las cacas de las gaviotas les habían descolorido su color original. La más espeluznante de todas parecía observar a los recién llegados mientras intentaba levantar el vuelo con unas alas apostadas en su espalda.- Era demasiado bonito el paisaje, algo tenía que haber de anormal en la casa, sino no sería habitual en nuestras vidas. ¿No crees cariño?- Dijo Laura mientras desviaba la mirada de aquellas figuras tétricas. -Tienes razón, bueno la verdad es que siempre la tienes. Esta casa es esplendida si no fuera por esos seres que parecen observarnos. Se asemejan a los vecinos que tuvimos antes, lo único es que estos no se atreven a quejarse- sonrió Sam con sarcasmo mientras hacia una pausa con el fin de añadir algo mas.-…Mañana por la mañana antes de irme a trabajar me subiré al tejado e intentaré quitar a esos desaboríos seres, si es que se dejan claro.- Pero ten cuidado mi amor- dijo con nerviosismo Laura mientras besaba a su amor con necesidad. –Mañana será otro día. Venga chicos es hora de entrar en casa- Les dijo Laura con ternura. La casa por dentro era bella y hermosa, pues parecía estar vestida con bambú, de carácter asiático. Nada más entrar se observaba una gran chimenea que se iniciaba eléctricamente, una gran mesa de madera maciza coronaba el salón con galantería y gusto y qué decir de las sillas que hacían juego con la mesa. Parecía una posada moderna aunque con cierto toque clásico. Tras un breve pasillo a la izquierda de la chimenea se encontraban las habitaciones bien amuebladas y un baño escueto en el cual se tambaleaba un enorme espejo, que hacia un poco más grande aquel habitáculo. Claudio y Sofía se quedaron con una habitación que contenía literas, y enseguida fue Sofía quien decidió quedarse con la de abajo porque le daban miedo las alturas. Mejor para Claudio al que le encantaba mirar por la ventana, las estrellas le hipnotizaban y se sentía parte de un cuento con final feliz y qué decir del olor del mar que le venía muy bien para sus pulmones constipados. Aquella primera noche creyó escuchar sonidos provenientes de delfines y soñó con esa situación, viéndose sumergido en aquellas aguas que transportaban delfines juguetones. Hacían burbujas increíbles con sus narices alargadas y se imitaban. Tan relajante era aquel sueño que amaneció con una mancha en las sábanas de su cama. Su madre se preocupó por la ansiedad del joven, pero él le comunico que había sido la mejor noche de su corta vida. Entonces Laura se relajó y volvió a enterrar los miedos.
Al día siguiente, Sam, intentó quitar las gárgolas de la cornisa: y especialmente aquella que parecía mirarles desde el mundano cielo; pero fracasó en el intento. No había forma de eliminarlas de aquel lugar y encima casi se mata al resbalarse de la escalera. Tuvo suerte de amarrarse con fuerza al saliente, ese podría haber sido su fin. La gárgola seguiría riéndose burlescamente durante mucho tiempo. – ¿Ya quitaste las gárgolas?- Dijo Laura mientras le preparaba una limonada a su sediento marido.- Pues lo cierto es que me ha sido imposible y encima casi me mato en el intento.-dijo Sam mientras aún se sujetaba las piernas por el tembleque.
Aquella noche Claudio había quedado con unos vecinos de su misma edad para pasar la noche en la playa. Era la primera vez que le dejaban salir y estaba eufórico. La luna brillaba sobria. La noche parecía transcurrir tranquila hasta que escuchó la guasona sonrisa de la gárgola provenir de su interior; seguidamente esta figura desdibujada empujó al joven hacia el mar con el fin de que viera a su difunta hermana anunciarse con vestido virginal en el oscuro mar, cual musa satírica. Claudio se lanzó al mar desnudo y con los sentidos puestos en el encuentro. Se hundió. La gárgola se regocijo burlesca.