Carlos y Marta viven sobre un sofá de tres plazas, tan cercanos en distancia como alejados en pensamientos. Pasan las tardes, que a veces parecen días enteros, mirando hacia la misma ventana: un televisor cuyo rumor les sirve para evitar conversaciones, las suyas.
Hace apenas unos meses que se quedaron solos, aunque, en realidad, hace años que no se sienten juntos. Hace apenas unos meses que su único hijo se marchó a buscar su propia vida, y esa partida -la del eslabón de la familia que unía al resto: ellos- les ayudó a ver que donde creían tener un hogar sólo había una casa.
Ambos descubrieron ese secreto por separado pero ninguno quiso expresarlo en voz alta, quizás porque hace ya tiempo que la mayoría de sus diálogos se producen entre susurros. Quizás porque una relación varada en el tiempo no se hunde mientras no haya olas, ni tormentas, ni reproches, ni palabras que obliguen a achicar sentimientos escondidos.
Marta y Carlos, en lugar de sentarse juntos, lo hacen uno al lado del otro; en lugar de abrazar sus manos, luchan por, en un espacio tan reducido, no molestarse demasiado; en lugar de contar sus vidas prefieren mantenerlas en silencio, en el interior de una cabeza que se está llenando de secretos.
Cada tarde ambos miran hacia esa misma ventana pensando en cosas demasiado distintas; Marta, desde hace unas semanas, en el nuevo monitor de un gimnasio del que cada día regresa más tarde. Un chico que, en cada movimiento, se acerca más a su piel; que, en cada palabra, le hace sentir cosas que hace tiempo -años- no sentía. Recuerda ahora lo ocurrido esa misma tarde, antes de ducharse, antes de meterse en el coche para regresar a una casa de color sofá y olor tele. Y ese recordar del deseo de un cuerpo ajeno, le golpea en el interior de una conciencia cada vez más débil, más difusa; en una conciencia que ya no es capaz de distinguir el límite entre el intento y el engaño.
Despierta de sus recuerdos sobre el mismo lugar de cada día, y mira a su marido comprendiendo que la infidelidad no siempre es física. No podría diferenciar entre deseos y sentimientos, porque ambos se mezclan de la misma forma en que lo hacen la sal y la sangre: generando dolor.
Y así, entre confusión, acerca su mano a un Carlos que la acoge sin fuerza, sin dejar de mirar al frente porque continúa pensando en Rebeca, la nueva compañera de trabajo, la chica que entró hace unas semanas con falda corta, pelo largo y sonrisa nueva. Piensa ya en mañana, recordando lo que ha pasado hoy; con la esperanza de que esas hormigas que desaparecieron hace tanto tiempo y ahora han vuelto, se queden en su estómago, al menos unos días más.
Aprovechan una pausa en la tele para hacer también una pausa en esas segundas vidas que alojan en sus cabezas; ésas que son incapaces de hacer realidad pero, a la vez, incapaces de dejar de lado. Saben que, aunque entre sus dedos apenas queda cariño, nunca habrá nuevas manos a las que abrazar porque las otras vidas, las de sus mentes, sólo son posibles ahí. Porque intentar hacerlas realidad sería, en realidad, no hacerlas.
– ¿Cambio?
– Vale, el mando está por ahí…
Tres mandos que hacen las veces de brazos invisibles de cuerpos acomodados. Tres mandos suficientes para manejar un alrededor en el que ya no hay sorpresas. Sobre la mesa de cristal, el gris, el de la tele, el que pulsa Carlos para ver un pasar de canales que le sirve de excusa para, a su vez, dejar pasar el tiempo.
– No hacen nada bueno, ¿vamos a dormir?
– Diez minutos más…
Marta se acurruca junto a Carlos, encontrando calor sin buscar cariño. Ella vuelve a esa tarde extraña donde una mujer de cuarenta y cuatro años ha estado tonteando con un chico de apenas veinte. Una tarde que le ha regalado los diez minutos más excitantes de los últimos años, diez minutos durante los que ha sentido algo en su interior que no ha debido sentir. Todo ha ocurrido sin premeditación: ella se ha quedado -agotada- en el suelo después de la clase, él se ha acercado para ver cómo estaba… y ambos han permanecido solos en la sala. Tan solos como lo han estado esa misma mañana Carlos y Rebeca, frente a una máquina de café que ha servido de excusa para que, también, ambas pieles se rozaran. Ha ocurrido en el pasar de un vaso de una mano a otra que, quizás, ha durado demasiado.
La película interrumpe de nuevo los anuncios ante un sofá que ninguno de los dos tiene intención de abandonar; aún les quedan tantas cosas por recordar. Se acomodan el uno contra el otro, y ésa es la palabra que define una relación que sólo huele a pasado: comodidad. Ambos cómodos, porque en eso ha quedado toda la vida que compartieron: en dos cuerpos que se resignan a esperar, sobre un sofá, un tren que les lleve a alguna parte.
Marta vuelve a recordar en el interior de su mente -y en alguna que otra parte de su cuerpo- el momento en el que se ha quedado junto a él, a solas, en la sala vacía. Ella tumbada en el suelo, boca arriba, agotada… y él, acercándose, alargando una mano para ayudarla a levantarse. Recuerda como se ha aferrado a ese brazo que era cuerda, que era salvavidas en el océano de la rutina. Se estremece en el sofá al pensar en la forma en que su cuerpo se ha elevado desde el suelo hasta la verticalidad completa. Y allí, frente a frente, en la ausencia de todo, han estado hablando sobre la importancia de trabajar la zona abdominal, especialmente la inferior. Y esa conversación, teórica en principio, ha llevado a la demostración práctica sobre el suelo, donde Javier -quizás a propósito, piensa Marta- ha levantado su camiseta para mostrarle la recompensa del sacrificio. Han sido esas pequeñas montañas de músculo y fibra, de agua y roca, las que han conseguido estremecer a una Marta que en su vida ha visto algo así tan cerca, tan real y tan… Una imagen libre de todo aquello que a su marido le sobra, ha sido el detonante para que, sin pedir permiso, su mano…
Carlos continúa preguntándose si los últimos cafés con Rebeca han durado más de lo necesario; si sus miradas se han cruzado con mayor frecuencia; si catorce años de diferencia son demasiados, o si el hecho de que sus faldas sean cada día más cortas y sus tacones más altos tiene algo que ver con él.
-¿Vamos a la cama? -le sorprende la voz de Marta.
-Sí -contesta un Marcos que intenta ocultar una pequeña erección sin que, en realidad, sea necesario; pues sabe que Marta no le tocará hoy, porque no toca, porque a ninguno de los dos les toca, porque no es sábado y es tarde, porque hay cosas que, con el tiempo, se van dejando en cualquier rincón de la casa…
Y, tras un beso y un buenas noches, se acuestan espalda contra espalda, mirando hacia universos contrarios, disfrutando de esas otras ilusiones que llevan en el interior de sus pijamas.
Marta se duerme recordando el trayecto de su mano sobre un vientre firme; sus dedos recorriendo paisajes que eran relieves de placer; sus yemas temblando entre células de ilusiones que humedecían partes privadas… Marcos lo hace deseando que sea mañana, con la ilusión de un muchacho de instituto, pensando en que -al igual que su mujer- debe comenzar a cuidarse, lo suficiente para que Rebeca note el cambio, lo necesario para que Marta no note nada.
Y ambos, con sus vidas imaginando otras, se sumergen en esa fase del sueño desde donde la rutina consigue que Carlos abrace a Marta; que ambos enmarañen sus dedos, sus manos y sus brazos; que se agarren como si nunca se hubieran soltado.
No son conscientes de que el arrimar de sus cabezas, implica también el acercar de sus pensamientos, convertidos ya en sueños -tal vez en pesadillas-. Y éstos, que no saben de límites físicos, comienzan a confundir mentes y cuerpos.
Marta se encuentra perdida en el interior de una gran sala, abarrotada de gente, sin apenas aire, sin apenas ropa. Lucha, de rodillas, entre miles de piernas, por alcanzar un cuerpo desnudo que se mantiene a la espera en una esquina perdida; un cuerpo que está más lejos cuanto más rápido avanza. Tras horas y horas gateando, finalmente llega al punto deseado; pero allí ya no hay nada. Se gira y descubre una sala vacía. Sólo quedan dos cuerpos que se juntan en el centro, en el suelo.
Carlos se encuentra, también desnudo, frente a una cafetera que, de pronto, se convierte en mujer: Rebeca. Una mujer que escapa a través de un pasillo infinito. Él la persigue y ella se deja perseguir, él grita y ella se gira, él intenta llegar a su lado y ella huye de nuevo… Y así pasa los minutos Carlos: corriendo, atravesando pasillos, subiendo y bajando escaleras, visitando habitaciones sin ventanas, abriendo puertas sin paredes… Finalmente llega a una enorme sala donde únicamente hay tres personas: dos de ellas están en el suelo, unidas, desnudas, en continuo movimiento; la tercera, acurrucada sobre la esquina más oscura, llora sin hacer ruido.
Él se acerca, en silencio, para descubrirla en su mismo sueño. Ambos se miran a los ojos como sólo antes se miraban. Se sientan -juntos, abrazados, con las manos encadenadas- para observar a la pareja que sigue unida en el centro de la sala -Rebeca y Javier-, recordando lo que hace tantos años tuvieron. Ambos en el mismo sueño, aunque en realidades distintas.