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191-El Viejo Cachilo. Por Vanderhagen

Se levanta por la mañana, con desilusión. Una  vez más.

El viejo Cachilo ya se olvidó incluso de su nombre.

Quizás no entiende que todavía tiene algo que hacer por  aquí, porque espera un día no despertar más.

Está cansado, hastiado y  hasta aburrido; pero sabe que está bien; y es eso precisamente lo que más le enferma a pesar de su buena salud; se coloca las gafas y se pone un zapato, el otro lo tendrá que buscar, pues no recuerda dónde puede estar… eso es lo que sucede cuando a la vida se le agrega demasiado vino para endulzarla con el azúcar del olvido.

El viejo, terco y áspero lo encuentra justo debajo del perchero; como diciendo

— Aquí estoy, medio colgado.

Del abrigo que ahí encontró rescata un cigarrillo, listo para ser desayunado; lo enciende y se mueve, no con mucha prisa, a una cocina que lo espera vacía, pero con luz y con la frescura de la brisa, para que con un jarro caliente su sangre y vista de vida su frío alicatado.

El viejo Cachilo incluso hoy no sabe que tiene una hija y que minutos hace que es abuelo.

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