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197-Pingüino. Por Marianma Reyes

         Nunca me había fijado en los pingüinos. En general nunca me han gustado las aves. Es un asco que arrastro desde pequeña y que está irremediablemente unido al recuerdo de mi hermano.

         A mi hermano sí le gustan los pájaros. Tanto que, en su época de adolescente, llegó a acumular cuarenta jaulas, como cuarenta manchas, y las colocó en la pared principal del garaje de casa, a pesar de la oposición de mi madre. Esa pared se convirtió, entonces, en una de esas paredes mosaico hechas con fotografías enmarcadas, enmarcadas en marcos semejantes en tamaño y color.

Sí, eso eran las cuarenta jaulas, cuarenta manchas sonando y oliendo. Cuarenta manchas que sonaban mientras hubiera luz y que, ni aún de noche, dejaban de oler. Y ese olor me ha acompañado durante toda mi vida, provocando siempre la misma y asquerosa asociación: pájaro-olor a alpiste y a mierda-ganas de vomitar.

         En realidad, los pájaros también me daban lástima. Yo tenía compañeros en el instituto que, al igual que mi hermano, salían los fines de semana a cazarlos, cuando se levantaba la veda. Pero, a diferencia de mi hermano que los respetaba y los cuidaba, hasta donde puede permitírselo una persona que encierra pájaros en una triste jaula,  recuerdo cómo ellos se jactaban de haber cogido más de un centenar en una sola mañana y de haberles retorcido el pescuezo a noventa de ellos porque no eran de su agrado, porque no cantaban o porque eran feos. También recuerdo a los otros niños de mi calle que se divertían manejando un tirachinas, ya fuera para romper cristales, ya fuera para alcanzar a uno de estos pobres bichos en pleno vuelo, con el consiguiente perjuicio. A mi hermano le mataron uno de los pájaros a los que más quería dentro de su propia jaula, una mañana en que decidió sacarlo a que le diera el sol y creyó situarlo a salvo, colocándolo en el poyete de la ventana, al amparo de la reja.

En definitiva, que daba igual que volaran o no y yo, por eso, llegué a creer que los pájaros eran, por encima de cualquier otra cosa, animales frágiles y desgraciados. Creía que eran tan vulnerables que un simple pegote de liria en el que cayeran de mala manera servía para “estropearlos” y creía que, con tan sólo dos patas, salvo volar, qué cosa más podían hacer.

Pero este asco que se remonta a la infancia no es lo único que recuerdo de aquella época. También entonces desarrollé un miedo irracional a la posibilidad de perder algo de mí. Sufría si se me caía el pelo y esto ocurría cada vez que los nervios afloraban en mi vida, o sea, a cada dos por tres. Me angustiaba perder una muela, cuando ya sabía que no había otra de repuesto empujando desde abajo y veía el hueco, ¡irremediablemente un hueco descorazonador! que, además, me obligaba a reír con la boca entreabierta y la mano siempre por delante como una embajadora. Pensaba con horror cómo podría vivir si me ocurriera lo mismo que a la hija de la Chari, que era diabética y de una subida de azúcar se había quedado ciega. Todos los niños de la calle vivimos este drama ajeno con intensidad y con el alivio de que hubiera sido precisamente eso, un drama ajeno. Así que todos la compadecíamos y, por temor a  que el desastre volviera a suceder en carne propia, recuerdo que estuvimos ¡casi un mes entero sin probar una chuche…! Era, como digo, un miedo irracional a la pérdida irreversible de cualquier trocito de cuerpo, miedo que se mantuvo hasta la edad adulta y que se vio alimentado por la suerte de no haber sufrido ni siquiera una de las operaciones que a menudo relataban mis amigos (“a María la han operado de apendicitis”, “a Pedro le han quitado las amígdalas”), o por la suerte de no haber lucido nunca escayola alguna que ensuciar con una colección de firmas horteras.

Pero no tuve tiempo de pensar en ello el día del accidente, porque todos los detalles del impacto se han borrado. Los médicos me dicen que es un proceso normal. Que el cerebro entierra estos acontecimientos tan dramáticos como mejor solución para sobrevivir al dolor. Y yo no me empeño en recordar nada, más allá de aquella tarde maravillosa en la que decidí acepar la invitación de Jaime y lo poco que me queda del día siguiente.

 Es cierto que nunca me gustaron las motos, pero menos aún me gustaba toda esa colección de miedos que fui atesorando desde pequeña, y que me hacían sentir como una anciana aquejada con el síndrome de Diógenes. Sí, vivía acumulando miedos-basura y ahora que me acercaba a la treintena comenzaban a pesarme de forma exponencial con cada cumpleaños, invocando a la desesperada el surgimiento de una valentía de la que siempre carecí.  Como digo, siempre había odiado las motos, por eso la invitación de Jaime me pareció la mejor manera de comenzar. Era la ocasión pintada y, haciendo gala de una energía también desacostumbrada hasta entonces, decidí olvidar esas noticias que engullía con cada telediario y que obsesivamente me hablaban de  accidentes sufridos por motoristas, accidentes que terminaban, en el mejor de los casos (si es que consideramos que la muerte es la peor de las cosas que puedan ocurrirnos), con alguna amputación por culpa de esos quitamiedos que ellos decían que eran como cuchillas quitavidas, y quedamos para salir sobre las seis de la mañana.

La idea consistía en ver el amanecer desde las arenas de Calblanque y jamás, por mil accidentes que viva, olvidaré la sensación de aquel momento. No hubo que esperar la llegada al parque natural para que comenzaran las primeras impresiones. Primeras y muy placenteras, porque nunca hasta ese día pude entender eso que Mª Luisa me contaba de los viajes en moto que cada verano hacía con su Loren: ¡nena tienes que animarte a probarlo! Nada mejor que viajar en moto para entender una de las mejores dimensiones que tiene la palabra libertad, y, además está lo otro, ¿no has oído hablar de la soledad del motorista? Es emocionante, en serio te lo digo, pruébalo. No me engañaba, el desplazamiento sin chasis metálico que hiciera de mediador entre mi propio cuerpo y el resto del paisaje, hacía que éste se me ofreciera, como nunca antes, al alcance casi de mi mano. Era como estar en una de esas salas de cine tridimensionales que te convierten en parte integrante y activa de la película, borrando la frontera espacial entre el propio cuerpo y el objeto en cuestión. En mi caso, además, ese objeto era un paisaje de infarto en el que una carretera lisa y serpenteante trataba de camuflarse en la oscuridad de la noche pero, traicionada por la luz de la luna llena, que colgaba de un cielo insolentemente limpio y estrellado, se veía obligada a emerger y nos señalaba el camino hacia la playa, en medio de una llanura salpicada a lo lejos por fantasmagóricas elevaciones que apenas se intuían al principio del viaje y que, a medida que la noche se hacía pequeña en brazos del nuevo día, se nos fueron mostrando en toda su encantadora brevedad. ¡Jamás una autovía me había parecido tan bonita y sugerente! Y, como Jaime olvidó el juego de transmisores que me dijo tendría preparado, también pude vivir esa extraña sensación de saberme acompañada y, al mismo tiempo, tremendamente sola. Mª Luisa tenía razón. Era emocionante, no recordaba cuándo fue la última vez, pero ahora estaba a solas conmigo misma, sola dentro de mi cuerpo primero, y sola dentro del paisaje después, como si todos, paisaje, sentimientos y cuerpo, fueran una misma cosa capaz, no obstante, de desdoblarse a escalas diferentes, más pequeñas, al modo de esas muñecas rusas que se van tragando las unas a las otras.  Además, por primera vez en mucho tiempo, no podía pensar. No había lugar para las abstracciones. Toda la energía estaba concentrada en sentir, como si el cuerpo entero se hubiera convertido, sin más, en una extensa piel. Piel por dentro y piel por fuera, y sentir y sentir…

Ya se sabe que la vivencia del tiempo tiene un componente psicológico del que a veces es muy difícil sustraerse y, cuando todo el cuerpo se vuelve piel, no es difícil, simplemente es imposible. Por eso me sorprendí mucho cuando Jaime aminoró la velocidad de su Harley y enfilamos un camino de tierra: ¡apenas quedaban unos pocos minutos para llegar! Pero, si era una trayectoria de algo más de una hora y yo creía haber vivido tan sólo unos instantes, ¿qué parte del viaje me había perdido? Entonces caí en la cuenta de que el mío había sido un viaje paralelo, en esa dimensión subjetiva del tiempo, y traté de recuperarme lo más deprisa posible porque, al bajar de la moto, mi soledad se esfumaba y volvía a estar en compañía de Jaime, lo que por otra parte me apetecía como siempre.  El paisaje, por su parte, se empeñaba en permanecer. Seguía siendo igual de apabullante y de envolvente, y decidimos sentarnos en la arena  y abrazarnos debajo de un sol lejano y diminuto que lo teñía todo de violeta y colorado, y que, más que el astro rey, parecía la huella de un puntero láser. Pero ese sol pequeñito crecía por momentos y cuanto más grande parecía él, más pequeños nos sentíamos nosotros y entonces nos parecía que el único alivio era apretujarnos más y más…

Lo último que recuerdo fue la proposición de Jaime de aprovechar mi nueva conquista para ir a Pingüino, la concentración motera de invierno, que se celebra cada mes de enero. Acepté, me apetecía conocer Valladolid. El resto del día está casi perdido. Mi memoria sabrá por qué. Yo solo puedo especular pero he decidido dejar de hacerlo porque aquéllos fueron los últimos momentos en los que sentí la Felicidad, así con mayúsculas, y ahora que Jaime ya no puede estar conmigo y que esa palabra, Pingüino, se resiste a desdibujarse en mi memoria, como sí ocurrió con el resto del día, ahora la utilizo como si él me la enviara desde la nada, desde el cielo o desde donde quiera que esté y fuera la llave capaz de devolverme  la libertad perdida.

Por eso, ahora pienso en los pingüinos y vengo al acuario todos los días para ver si puedo aprender algo. Y por eso, desde ahora, las aves ya no me dan ni lástima ni asco. Como ellas, aprenderé a vivir sin manos.

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