Cuando mi madre me presentó a Crisantemo sufrí una gran desilusión: ésa no era la mascota que yo había pedido.
Miré ese montón de ropa que se retorcía y berreaba, di media vuelta y salí de la habitación dejando a mis padres con las bocas abiertas en forma de O mayúscula.
Una vez que me hice a la idea de que tendría que conformarme con él, me propuse convertir a Crisantemo en una jirafa. Mi sueño era ser cazador en las sabanas africanas, así que pensé que sería bueno comenzar a practicar con animales salvajes.
Tuve que aplazar muchos meses mis propósitos. Crisantemo estaba siempre metido en la cuna, y mi madre montando guardia a su lado. No se separaba de él ni un segundo. Era imposible ninguna aproximación desde ese flanco.
Cuando empezó a gatear fue diferente. Lo perseguía por toda la casa intentando atraparle con una cuerda. Una vez, conseguí echarle el lazo alrededor del cuello y le detuve en seco. Mi madre, al ver aquello, en vez de felicitarme por mi pericia, empezó a sacudirme y no paró hasta que me ardió esa parte del cuerpo que no se puede mencionar.
En el día de su cumpleaños le regalé una corbata vieja de papá y unos calcetines amarillos con lunares negros. Quería que se pareciera a una jirafa, pero cuando se los puse seguía siendo el mismo Crisantemo de siempre, con corbata y calcetines. Su cara de queso, sus ojos chinos, sus mofletes redondos y su pelo de punta rodeándolo todo. Enteramente un crisantemo. A mi madre no le hacía mucha gracia el nombre, pero hasta ella tuvo que reconocer que le quedaba perfecto.
Parecía que tendría que resignarme. Renunciar a mi jirafa africana, y conformarme con un hermano, sin más. Estos pensamientos me atormentaban mientras me dedicaba a sacar una a una las plumas de la almohada. Al mirar el montón de plumas que no paraba de crecer, se me ocurrió una idea brillante.
Fui a buscar a Crisantemo, que estaba viendo dibujos absolutamente inmóvil. Su boca abierta en forma de O mayúscula. No fue difícil convencerle. Lo mejor de Crisantemo era que siempre estaba dispuesto a explorar nuevos horizontes a mi lado.
Cuando llegó mamá, la agarré del brazo y tiré de ella conduciéndola con los ojos cerrados hasta el cuarto de baño. Le di permiso para que los abriera y también abrió su boca en forma de O mayúscula.
Ahí estaba Crisantemo, sentado en el orinal, su nido, mientras empollaba una pelota de tenis amarilla. Su cuerpo desnudo y toda su cara, iluminada por una enorme sonrisa, estaban cubiertos de plumas blancas. Un poco de pegamento y la almohada de mis padres, habían convertido a Crisantemo en un avestruz de primera.
En vez de felicitarme por mi nueva mascota, mi madre me agarró de la oreja arrastrándome hasta mi cuarto, del que me prohibió salir hasta el día siguiente.
Fueron muchas mascotas las que inventé gracias a la ayuda de Crisantemo, presto en todo momento a seguirme a todas partes, a participar en todas mis empresas. Ahora que no está, echo de menos sus ojos cariñosos de perro fiel.
Fue mucho más tarde cuando me di cuenta de que mi hermano era realmente especial. Tenía síndrome de Down y una afección cardiaca que pronto se lo llevó de nuestro lado. Con su ausencia terminaron también mis sueños de aventuras en tierras africanas…