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20-Ninguna otra más. Por República

Hay un amanecer para cada persona. El mío es el recuerdo de tus ojos y tu sonrisa enmarcados por la cortina de humo que te envuelve mientras me hablas y poco a poco vas confesando que, has sentido algo especial alguna vez cuando has estado así conmigo. Yo también he empezado a confesar, ahora mi cuerpo entero ya no disimula, se erosiona a cada mirada y enrojece como presintiendo algo más. Si antes hablábamos sabiendo que nos escuchábamos, que disfrutábamos de nuestra conversación, ahora lo hacemos sabiendo que nos acariciamos y nos sentimos. Tengo la emoción metida en las entrañas, tengo la memoria perdida en el latigazo de tu imagen, las ganas controladas de salir corriendo en dirección a ti, la locura maravillosa e hiriente de encontrarte entre la multitud, en una tarde cálida, mientras todos los transeúntes que nos acompañan en nuestro recorrido sin rumbo nos miran y se preguntan curiosos, sorprendidos, que nos pasa. No queremos hablar de nuestras vidas, de esta madurez que nos confirma que envejecemos, queremos en cada instante perder la cabeza y creer que aún somos adolescentes emocionados, saltándose alguna regla. Yo te miro y se que siento lo mismo, la misma confusión, la mima lucidez de nuestras almas liberadas, el mismo deseo de vivir antes de que volvamos a convertirnos en serios y responsables padres para mirarnos resignados en el espejo de lo monótono, de la rutina gris, que nos hace ser seres perdidos y apagados. Te diría que me pidieras lo que quieras, tan segura estoy de dártelo, de querer esas horas contigo, a pesar de que luego la mentira sustituirá tanta vida entregada porque si. Qué magnitud insondable nos puso en este mismo camino a los dos, qué buscábamos para que nuestros nombres se unieran en un mismo instante sobre nuestras bocas en forma de saludo educado. Por qué al vernos nuestros latidos aceleraron el ritmo y pusieron rumbo al “quiero verte otra vez”. No sabremos contestar, ni tú ni yo podemos, o quizá no queramos hacerlo. Te escribo para que sepas lo que ya sabes, para escucharme a mi misma en este silencio de amanecer, para que cuando me leas, te descubras a ti en estas mismas líneas ansiosas”.

La mano tiembla, en esta era de nuevas tecnologías, ella ha preferido escribir una carta.

Carta con caligrafía preciosa. Carta sellada hace cuatro días, con matasellos de Canfranc. La mano tiembla, un nudo en la garganta y cosquillas en el estomago, enciende un cigarrillo que también se estremece entre sus labios e intenta imaginar su rostro tal y como lo vio la primera vez. Ella ha preferido escribir una carta, para que algo más de su personalidad le llegué en forma de texto sensible y sincero, quedando constancia de su pensamiento enamorado, porque las palabras se pueden gritar o susurrarse al oído, pero el tiempo se encarga ocioso de desdibujarlas y al final se sustituyen por otras, así, escritas, no habrá manera de que suceda, será como la resolución firmada de un juez sentenciando que, podrá volver a ellas mil y una veces, y ser siempre las mismas.

Dobla despacio el preciado folio, con cuidado lo devuelve a su sobre malherido y abre el libro por la página ciento veinticinco para depositarlo allí junto al mal de amores de Florentino Ariza suplicando a su diosa coronada que le ame.

Su rostro, su rostro fue el deshielo de los sentimientos, la vuelta a los sentidos desaparecidos en combates de años interminables de trabajo atribulado.

Sus ojos el motivo para no parpadear. Su cabello, la ansiedad del roce ligero entre sus dedos, el intento agradecido de llevarlo hasta su nariz y olerlo para que quede grabado como si de un dintel se tratara sobre su frente.

Empieza a llover, a su espalda la voz de su mujer le inunda y le ahoga y le recuerda, una vez más, que es tarde; sí es tarde, atina a contestar, asintiendo con la cabeza marcada por sus entradas prominentes, mientras mira como su pitillo se consume sobre el cenicero de verde malaquita.

Los pasos de ella ya no se escuchan en el piso superior, acaba de ocurrírsele una locura.

Oírla hablar de nuevo. La lluvia golpea insistente los cristales y él sale a la terraza sin importarle. Uno, dos, tres…cuatro.

Sí, hola -ella responde, tiene el corazón a punto de huir del pecho.

Hola, ¿cómo estás? -como un beso que la acaricia.

La ciudad es una llamarada de luces que se turnan, el goteo constante de ruidos inquietantes que dividen el ánimo de las personas que caminan presurosas mirando al suelo, pensando en nada.

Estoy bien ahora…

Sí, ahora están bien, oyéndose, saboreando los silencios, imaginando los gestos, las pupilas dilatadas, las manos que vienen y van nerviosas entre la ropa, buscando donde meterse, donde refugiarse, donde buscar la sensación distraída de algún recuerdo táctil. Lejos de sus propias vidas, en la vida hecha a medida que son sus encuentros fugaces, secretos, intensos, carentes de arrepentimiento, son voraces consumidores de felicidad.

¿Cuándo? –tímido balbuceo.

La lluvia le moja y sus palabras se pierden entre los estallidos de gotas impertinentes que se apoderan de su intimidad entusiasmada. Su enorme sombra brilla sobre las baldosas desgastadas que se destiñen en surcos de hilillos negros, y más allá acercándose despacio entre el resplandor áureo de las lámparas de grandes tulipas, la figura descalza y lánguida de la mujer se detiene, suspendida en el silencio cierto y doloroso de saber, que no hay nada que ella pueda hacer en esta noche ni en ninguna otra más.

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