“Cuanto más se conoce, más se ama”
(Leonardo Da Vinci)
La cocina es un caos.
La madre trata de ordenar súbitamente el desorden que dejó la preparación de la torta de nueces. Entre halos de harina y cáscaras de huevo, suspirando una y otra vez mientras se refriega la frente con el mantel de manzanas para sacarse las gotitas de sudor y la histeria, ordena con impaciencia todo el desastre en la cocina. Penoso escenario, pensaba. La regla no me llega. Acto sacrílego. A la tía Doris nunca le llegaba de manera natural, que raro eso.
Dejo de pensar en tonteras…
La mujer ni siquiera tiene el televisor encendido, por lo que tiene poco factor de distracción y comienza a recordar esos cuadros de hace algunas semanas. Qué cuadros… Me meto por donde no me den el sol esos programas baratos, prefiero mil veces las noticias, aunque den calamidades siempre. Esa escena… Sintió que la cocina entera se le meneó al recordar el capítulo aquel y le flaquearon las articulaciones. Toda su ingenuidad tirada al fuego en milésimas de segundos.
Nunca creí haber sido así de indulgente. Así de preparada para tales cosas. Mi madre nunca me dijo que tales personas existían, pensaba, ¿será un peso generacional? ¿En qué me equivoqué? Si es que lo hice… Los viejos no se equivocan, es costumbre. Mi madre me vestía como esquimal y me subrayaba que nunca una señorita debía estar con las piernas abiertas, tenía que conversar sólo con gente que vistiera normal, jamás debía opinar de temas para grandes, nunca tenía que beber vino y debía coquetear con aquellos hombres que a simple vista parecieran igual que un bizcocho; exquisito, abundante de bolsillo e inofensivo; si el primer bocado sabía bueno, entonces era candidato para llevarlo al altar. Yo vestí a mi hija igual que una señorita, en la mitad del siglo XX, jugaba con muñecas, con moldes de arena, con sus pelotas de colores, con sus libros de ositos paternales y princesas de ámbar en castillos góticos pidiendo socorro a sus héroes reventados de testosterona, no sé qué fue, no sé, nunca la obligué a buscar ese bizcocho. Tal vez las princesas eran demasiado lindas en las páginas, tal vez los hombres que iban a rescatarlas eran demasiado ridículos o demasiado lerdos y se tropezaban con la cuerda al ir a rescatarlas del dragón rojo. Los hombres, bueno, en cualquier configuración, son tan avispados, tan brutos, tan neolíticos, dejan la cocina hecha un desastre, apenas se echan perfume, no lloran en el cine, bueno, no sería la descripción de algún heterosexual de aquí del barrio.
La madre se ríe.
Tan manos de hacha, como decía mi hija.
Mi hija. La mía, la que salió de mis entrañas, la que adoro y regañé mil veces sin pensarlo porque pensaba en que sólo estuviese bien.
Ese solcito con rulos, esa princesa que corría por estos mismos pasillos buscándome con afán, que aborrecía las sopas, que adoraba las mañanas desayunando conmigo con huevos revueltos en la boca y caricaturas al frente, que siempre estuvo ahí, que nunca estuvo lejos, que jamás dejó de ser ella. Nunca. Sólo en momentos… En que creí, bueno, quizás sea yo, no sé. Pobre hija mía. No te lo merecías. No te merecías tanto silencio ni malas caras. Sonríe maliciosamente, pero la sonrisa se le desaparece de un soplo. Inesperadamente aplasta con la suela del zapato una cáscara de huevo, y ni siquiera se toma la molestia de recogerla. Uf, la hora que es…
Pensar que todo este planeta gira en torno a la vida de las personas, no sé por qué existe eso que llaman egoísmo, no sé por qué, no sé cómo pudo, no sé cómo pudo aguantarse tanto, piensa.
La tía Doris si me hubiese pillado en ésas, me hubiera mandado al diablo. En el pequeño albergue de las niñitas del Sur, donde nos alimentábamos de Coca-Cola, pan integral y chocolates de cincuenta pesos, todo podría haber pasado. Estábamos lejos de la civilización, de la calamidad. La tía Doris era una de nosotros, siempre lo pensé. A pesar de sus hombros de camionero gringo, su panza de cerveza, su voz híbrida entre Greta Garbo y vendedor de pizzas callejeras y sus manteles de cuescos de manzanas mordidas, como senos embargados, siempre la quise. La tía Doris detestaba a los hombres por alguna razón. Algo pasa entremedio de los hombres y las mujeres que aún no logro entender. Quizás mi hija me lo advirtió. O quizás fui yo quien le inculcó…
No sé. O tal vez no quiero verlo. O, peor, siempre lo supe y me hice la lesa.
Siempre les pasa eso a los padres y madres criados en una tierra tan cavernícola, golpeada y pusilánime como Chile. Estamos con una vacuna para todo, hasta para los presagios y cosas extravagantes, que no están en nuestro álbum de fotos. Si no te casas con alguien que ubicas, o no tienes SIDA ni nada, tienes un siete. Pero si tienes cosas raras o dices que te gustan los peces vivos, da para todo. No importa ni lo conoces, pero eso es lo de menos. ¿Acaso le importa eso a un padre la opinión de otro? Vaya que sí. ¿Por qué? Eso es un misterio…
Un olor a gas increíble. El manjar, por la mierda, se me olvidó guardarlo. Todo sucio. Mejor me siento. Me cae una gotita por la frente. Ya. Limpio mejor.
En Puerto Montt todo era húmedo. Y una ricura de ambiente. Esas fotografías, son fantásticas, clones de la Josephine Baker, de la abuelita de al lado que le gustaba ver ‘He-Man’ y tragaba por litros su yerba mate, no sé porqué jamás me las quedé, si a la tía nunca les gustó tenerlas…
Nada.
La mente en blanco.
Un sinfín de tonteras.
Fotos, manjar, monólogos y pesimismo de adolescente. Bien tonta que me he puesto… ¡Por todos los Cielos! ¡Bol de mierda, infame, putanisa, mala porcelana, que casi se me cae! Estos deditos, la yugular, el estómago. La sola idea me vuelve loca. Pero, ¿realmente de qué estoy tan nerviosa? Si es que son nervios… No sé. Las ventanas, madre mía, que están sucias, pareciera que no se hubieran limpiado en años, un nido de alacranes, la axila jamás lavada de una casa, la última zona del cuerpo en enjabonarse, como el antebrazo que jamás nos refregamos con la toalla o el culo después de cagar sin suficiente dedicación.
El cuerpo es una sacra obra de arte, hija. Como un Da Vinci o un Caravaggio. Digno, hija. DIGNO. Para tenerlo protegido, como una cajita de pepitas de oro, la nariz, los senos, el útero, el corazón. La torta está divina. Divina me siento, y extraña, he sido una bruja fea y desagradable casi toda mi vida y esto me sobrepasa. Pero estoy contenta, ay Diosito Santo, parece canción del Puma…
Mis manos. Una toallita. Respiro.
El nervio, Dios mío, es una sensación que no he tenido nunca en la historia, es como si me invitaran a un bautizo todo pulcro y decente, sin manchitas de vaca, y alguien me dice al teléfono media hora después que se tratase de una orgía con máscaras venecianas.
Hija, Dios mío, te amo tanto, me has hecho enfurecer tantas veces, alegrado tantas otras, ¿qué cresta pasa con el mundo que después todo se me viene encima? ¿Me quieres igual que siempre? ¿Lo hice yo igual? ¿Tu papá? ¿Tus tíos? ¿Tus compañeras del colegio? ¿Alguien te ha querido tanto como yo?
No me odies ahora…Porque por fin entiendo todo. Antes fui una bruja, una zorra orgullosa, una vieja que no quería saber nada de mundo, la típica mamá de Chile Único, Grande, Nuestro, que cree que nada le puede pasar a ella, pero ahora no, hija. Te quiero como si fueses una rosa de mi patio, una ensalada, un santito, una joya de toda mi vida…
Solo que no es material, sino de mi cuerpo, de MÍ.
La madre trata de limpiar algo más acelerada que de costumbre porque los minutos prosperaban y ni siquiera había tenido tiempo para pasarse un rouge por los labios o una pizca de perfume por el mentón; lo único que tenía encima eran huellas digitales hechas a base de harina, trocitos de nuez y nervios.
De repente, divisa unas cabezas que cruzaron alrededor del patio delantero y supo que el momento que jamás imaginó tener ahora había llegado. Riachuelos de recuerdos, muñecas, guerreros y princesitas en el altar de oro…
Espero que le guste la torta. Espero que esta velada sea bendecida.
El timbre suena. Espectáculo al unísono.
A la piscina me tiro. Uno. Dos. Tres.
Crujir de la puerta. Respiro de nuevo. Mundo vivo, rojo, incandescente.
La madre agita la cabeza en pequeños terremotos, se arregla el pelo, se mira al espejo como una diva y cierra los ojos, mientras toma el manojo de la puerta y huele la mezcla de esencias en la cocina, nueces y manjares, memoria y el ahora…El telón se abre. Su hija enfrente con un paquete de regalos y otra persona a su lado. La madre la mira con expresión de jolgorio y anhelo. Tres personajes al fogón de la entrada de la casa. Sin esperar mucho, la abraza con fuerza, porque los brazos de una madre siempre son fuertes. Su hija le devuelve el abrazo en igual proporción; a su lado, hay una sonrisa que encandila con su curiosidad.
-Nunca te he visto con esa sonrisa- le dice la madre mientras le acaricia la nuca. Un flechazo. Fotografías de años atrás. Un cordelito. Un triciclo. Dos besos.
-Ya me hacía la idea de que nunca me verías así.
-Puede ser, hija, pero jamás transes en tu felicidad. Si no creo que me enojaré aún más…Hay que dejarse de tanta estupidez.
La hija la mira y se echa a reír. La madre mira a la otra persona con choque de recuerdos. Películas del año de la pera, un olor a amapolas y a pan integral.
-Bueno, así que tú eres. He escuchado tanto de ti que creo que ya te conozco.
-Créame, puedo ser eso y mucho más para su hija… Tiene usted suerte.
-¿Por qué me dice eso?
-Porque su hija lleva más años queriéndola a usted que a mí.
-Pero tú tienes más suerte. No sabes cuánta…Te ganaste la lotería, hija, te lo ganaste- le responde la madre.
La hija sólo dista a mirar la escena como una libélula.
-¿Por qué?- le pregunta de rebote.
-Porque eres la persona con la que ella quiere despertarse por las mañanas…
La madre sonríe como nunca y la esfera naranja del cielo le clava en las córneas unos penetrantes rayos de vida. La madre, como toda mujer que da vida, se alegra de que no es como otra más del montón.
Es el amor en escarlata. Sin palabras pueriles. En toda su expresión. Viva, lúbrica, cárnica, sólida, palpa, pálpate, pálmame, palpa, aquí, pasado y futuro en hueso, músculos y memoria. Las tres mujeres pasan a la casa y la torta de nuez es trozada en medio de festín de risas, fotografías de la pubertad y sabrosas anécdotas de la juventud, liquidando la tristeza por la cresta de la ola.