EL RELOJERO SE ASOMÓ al cadáver que yacía en la mesa del forense y se puso las lentes. Pretendía ver más de lo que a simple vista veía y señaló con su dedo por debajo de las costillas, donde comienza el estómago. El forense obedeció. Cortó con el bisturí donde se le indicaba. Hizo una incisión horizontal de unos doce centímetros, separó la carne, manejó con sus dedos allá dentro y dio un grito de júbilo cuando encontró un anillo de oro, mirando aterrado al que le había pagado por investigar dentro del cuerpo de ese muerto.
-¿Busca un anillo? –preguntó el forense.
-No, un reloj. Esté tranquilo, siempre fue un hombre de buche generoso.
Ante la respuesta, el forense siguió removiendo hasta que halló lo que se le había encargado buscar. Aterrado, rescató antes unos pendientes y un gemelo; después vino el reloj. Se lo entregó al relojero. Éste lo limpió con su pañuelo, le dio cuerda y se lo puso en el oído. Todavía funcionaba. Estaba satisfecho con la búsqueda incansable del forense y además de pagarle el trabajo le dejó quedarse con todo lo que había encontrado.
¿Qué cara pondría Odette al dárselo? Los tertulianos estarían reunidos, hablando de aventureros y novelas. Y él entraría decidido. Se acercaría a ella. Le diría al oído que ya está, que cuando la reunión acabase él le esperaba donde siempre, en el bar de la esquina, nada más cruzar la calle, porque tenía una cosa muy importante que darle, su supervivencia cambiaría tras el regalo. El relojero analizaba la estrategia a seguir y repasaba con sus dedos –pese a estar ya bien relucientes- los bordes del reloj, por si algún resto molesto hubiese quedado incrustado. Antes de entrar en la sala puso la mejor de sus sonrisas al pisar la moqueta.
-¡Ya le tenemos aquí! –exclamó el presidente del club al verle llegar.
-¿No te lo decía yo? Viene seguro, aquí lo tienes querida –susurró al oído de Odette la Sra. Pasalodos mientras se arreglaba su moño.
-Bienvenido, amigo –le dijo el escritor tendiéndole su mano afilada.
Esa tarde, además de Odette, se había reunido en el salón del club el escritor, un pintor, el presidente del club y su enorme bigote, y la Sra. Pasalodos, una antigua cocinera. Eran los habituales para la crítica literaria. Y el salón reservado para la tertulia era una estancia con los invitados sentados en círculo. El color granate dominaba la felpa de las sillas, el revestido de las paredes, el enmoquetado del piso, las cortinas, las mesas. Y no podía ocultar su pasado de salón de variedades, bohemio y recargado.
-Querido, hablamos de Proust y su novelita “Un amor de Swann” –le anunció la Sra. Pasalodos- :Los celos, los celos… Entran por la piel, parece que son un pequeño catarro y ¡pam!, se acabó, terminan por ocuparlo todo.
El relojero se sentó al lado de Odette y la miró a los ojos. Después, mientras la conversación dirigía sus derroteros, le tomó la mano y la puso en el bolsillo de su chaleco, balbuciendo que ya había encontrado su reloj de prometida y que ahora no tenía otra solución mas que decir que sí o no, dar una respuesta. La Sra. Pasalodos, experta en escuchar conversaciones ajenas, le dio un codazo a Odette y movió la cabeza con un gesto afirmativo, como si ella fuera la interesada en el compromiso.
-¿Qué opina de los celos en la novela de Proust, relojero? –preguntó el presidente rompiendo el cuchicheo entre él y Odette, al tiempo que afinaba su bigote.
El interpelado rió mostrando los dientes y besó la mano de Odette.
– Al final uno se acaba casando, como Swann en la novela –contestó.
La respuesta inquietó a los reunidos, y en especial a Odette que sacó del bolso su abanico, utilizándolo descaradamente en un acceso nervioso al ver que, tras el comentario, los ojos del relojero se habían fijado en ella. El presidente sonrió y la sonrisa pasó por todos, pero no convenció a Odette que, nerviosa y con una mano secuestrada por el relojero y otra abanicándose sin tregua, bajó la mirada para que no se le notara el sonrojo.
-Entonces, ¿para cuándo la boda? –preguntó el presidente.
-Imposible, me lo hubiera dicho a mí… –saltó la Sra. Pasalodos.
El relojero se levantó de la silla y clavó la rodilla derecha en el suelo.
-¿Para cuándo la boda, Odette? –repitió declarándose.
Ella, violentada por la revelación espontánea, bajó aún más la vista y giró la cabeza. Asomaba un ronroneo, el indicio del llanto. La Sra. también había optado por levantarse y llevar la cara de Odette a su pecho de cocinera en un acceso maternal.
-Entonces, es verdad. ¡Van a casarse! –chilló el escritor ilusionado.
-¡Asesino! -el pintor acusó con el dedo al relojero de repente, saltó de su silla y se abalanzó contra él.
Nadie pudo detenerle. Veían la acción de ese momento como imposible. Jamás se había pasado a las manos en la tertulia, pese a las disputas entre defensores y detractores del realismo clásico, y no tenían un plan ante la emergencia. Entre golpes el pintor le acusaba de haber matado al joyero, otro de sus insignes integrantes. Al principio utilizó los puños pero después pasó a apretarle con sus manos la garganta. Odette ante tanta violencia defendió al que se le había prometido y pegaba con el abanico en la cabeza del contrario. Pero hasta que el escritor y el presidente no reaccionaron (cerca de la asfixia) y agarraron al pintor, haciendo que antes de nada, soltase el cuello del relojero, se temió por la vida de éste. La Sra. Pasalodos para entonces se había desmayado.
Presidente y escritor llevaron al pintor a su silla, lo hicieron sentar. Odette se ocupaba de reincorporar al relojero y darle aliento con besos tímidos en la mejilla. Cuando se calmaron los ánimos, todos volvieron a ocupar sus puestos. Con la vigilancia puesta en el odio del pintor, reanimaron a la Señora, que despertó como si hubiese salido de un trance.
-Queridos, ¿qué ha pasado? ¿Ha muerto alguien?
-¡Ha matado al joyero! –saltó una vez más de la silla el pintor.
Intentó la agresión sin éxito. El escritor, que estaba sentado a su lado, ya le agarraba del brazo y prometía partírselo (a pesar de su delgadez de escritor lo intentaría) si hacía otra locura. Y ante la amenaza de un brazo menos para pintar, el otro se tranquilizó.
-Creo que debe explicarnos algo –dijo serio el presidente. Y como no sabía quién de los dos debía hacerlo miró a uno y a otro con el bigote caído.
-Yo lo vi –relataba el pintor-. Esta mañana él perseguía al joyero por la calle principal y al llegar a uno de los callejones por donde siempre gira el otro para ir a su negocio, el asesino le dio con el bastón una y otra vez en la cabeza, hasta la muerte.
-Caramba querido ¡qué imprudencia! –interrumpía la Sra. Pasalodos.
Odette había dejado de secarle el sudor de la frente al relojero. Si en un principio había dudado del pintor (siempre había sido un artista y todos los artistas para ella eran caprichosos), después, viendo la cara que el inculpado ponía, el nervio que se movía de un lado a otro de sus labios, dejó de pasar su pañuelo de dama soltera por la frente de él, horrorizada. La Sra. Pasalodos viendo la reacción de Odette se la llevó una vez más hacia su pecho de cocinera, consolándola con palmaditas en la espalda.
-¿Qué tiene que decir a todo esto? –preguntó el Presidente.
El relojero se levantó de la silla y se alisó el traje arrugado en el trance anterior.
-Miren –sacó del bolsillo el reloj y lo mostró a todos-: El reloj de prometida. ¿Saben dónde lo encontré? –preguntó señalando a su estómago-. ¿Y saben en quién lo encontré?
Los asistentes se miraron entre ellos, el pintor dejó de estar en tensión, ladeó la cabeza a un lado, procurando que fuese su ojo de artista el que fotografiara el momento por si después lo necesitaba para alguna que otra obra, y observó la escena con interés. Todos conocían de la lucha insistente entre él y el joyero por los favores y amores de Odette, pero ninguno hubiera llegado a pensar en una actitud tan lamentable.
-¿Se tragó el reloj de prometida? –preguntó el escritor soltando del brazo el pintor y sacando su libro de notas rápidamente.
-Así fue, él sabía que usted se lo iba a regalar y se lo comió -dedujo el pintor.
-Debió escucharlo. De mi boca. Se lo dije a ella hace tiempo, que lo primero que le regalaría, si alguna vez decidiera sobre ella y lo nuestro, sería el reloj de mi madre.
-¿Se lo robó entonces? –repitió asombrado el escritor, sin perder nota.
-¡Siempre supe que jugaba sucio! -prorrumpió el presidente en defensa del inculpado.
-¿Y cómo me arriesgué al saber que estaba allí? ¿Quién si no él hubiera sido? ¿Quién temblaba al ver que ella me pertenecía? ¿Saben acaso lo que puede tragar un joyero un día cualquiera? ¡Una locura! –gritó el relojero entre carcajadas.
-Siga, siga, siga –apremió el pintor saltando de la silla y yendo de un lado a otro de la sala granate, intentando averiguar el ángulo mágico del retrato.
-Tras mis averiguaciones, un par de golpes de bastón sirvieron para confirmar lo que su estómago ocultaba. ¡Un tesoro señores! ¡Lo que yo les diga! Y entre tanto, y entre todo ello, mi promesa recuperada.
Seguro de sí mismo, el relojero fue hacia Odette y le ofreció el regalo, pensó en todo lo que había tenido que hacer para recuperarlo, y en el valor que el presente alcanzaba para él y para su prometida. Y le preguntó si era un sí o un no lo que salía de esa boca tan admirable. Odette volvió a su rubor persistente y echó un vistazo a la Sra. Pasalodos, ésta no le devolvió la mirada, sino que miró, por primera vez en mucho tiempo al suelo, como si no supiera qué decir ante tanto. Odette dijo que sí, “demasiado lujo para mí, con segundero de oro”, susurró. Todos aplaudieron. El relojero abrazó a Odette, y pensó que estaba bien que ella creyera que el reloj tenía valor. Era de su madre y valor tenía, pero sentimental, material no, ninguno. Era un reloj de hacía un siglo y ésa era su valía pese a ser de latón: el tiempo y el amor de quien lo había conservado hasta entonces. Y en la reunión se siguió con la conversación: Proust y su novela, las magdalenas, los celos, las bodas, los bigotes de más, los buches agradecidos.
Y es cierto que a la Sra. Pasalodos, al salir de ella, varios señores que muy probablemente querían saber algo más que la hora, se la preguntaron. Pero ella se negó a darla hasta que estuvo lejos del club. Caminó apresurada. Evitó levantar la vista del suelo, escondiéndose de cualquier conocido, sorteando el contacto con el otro. Porque quién sabe qué hubiera pasado si alguien, cualquier mal pensado, hubiera titubeado sobre la propiedad del reloj de pulsera que llevaba la Sra. Pasalodos. “Un reloj como el de Odette, pero sin segundero de oro”, hubiera bromeado ante la imprudencia de las preguntas. Y debía evitar el enfrentamiento verbal porque ella era débil y de respuesta fácil. Aunque eso sí, sabía que bajo ningún pretexto debía revelar que un día (dos o tres días antes de que se abrieran un estómago inocente y generoso) y en una suerte inaudita, se encontró en la sala de reuniones del club ese reloj de pulsera que ahora llevaba. Perdido, bien solitario, sin reclamar a su dueño, debajo de una de esas horrorosas sillas revestidas con felpa de color granate.