Cesárea mira con rencor a la anciana que descansa en la cama. Se frota la nariz de cuervo con sus dedos sarmentosos, suspira y hunde la vista de nuevo en el libro que siempre la acompaña, la Biblia. Su principal afición es aprender versículos de memoria, sobre todo del Antiguo Testamento, mucho más terrorífico y sangriento que el Nuevo. Trata de concentrarse en el capítulo 19 del Génesis, uno de sus favoritos, donde se narra la destrucción de Sodoma, pero las últimas palabras de su tía antes de entrar en el coma revolotean insidiosas por su memoria. Las considera una burla, casi póstuma, de la vieja, siempre tan pagada de sí misma: “Queridas sobrinas, quiero haceros un encargo muy especial, quizás os parezca una tontería, pero pensad que se trata de última petición de una moribunda. En este baúl que siempre ha permanecido a los pies de mi cama guardo la prenda más estimada, la joya más valiosa que jamás haya podido lucir, mi primer vestido de novia. Sé que vosotras sabréis apreciar el valor que tiene y que lo cuidareis con esmero. No dudéis que el Señor, que todo lo ve, sabrá recompensaros”.
Cierra la Biblia con un golpe seco que destroza el silencio de la estancia, la espera la enerva. La estúpida de su hermana se retrasa, como siempre. Camila es como una niña, torpe y despistada, se embelesa con cualquier cosa. Cesárea lamenta una vez más haber compartido útero con ella, aunque al menos se desarrollaron en distintas bolsas y eso las dotó de físicos diferentes y de instintos contrarios. Sólo las unía su soltería que las mantenía virginales a pesar de sobrepasar con creces la cincuentena. Por eso las palabras de la anciana, encomendándoles su vestido de novia, le emponzoñan un poco más el corazón, las considera un último gesto de desprecio.
Obligadas a vivir juntas para reducir gastos, por costumbre y por el qué dirán; se odian con un rencor finamente trenzado, como el más complicado encaje de bolillos. Delante de la gente dan ejemplo de un amor fraternal que distan mucho de sentir. En la soledad del lúgubre piso de la calle Flores, con apenas setenta metros para compartir, se dedican palabras mordaces que la costumbre ha ido desposeyendo de su fuerza primigenia.
Ahora no se encuentran en el pisito de Flores, no, se han trasladado a la casa de su tía Sacramento, una anciana de más de ochenta años, aquejada de un cáncer de colon, que la mantiene postrada desde hace más de dos meses, tiempo que las hermanas Alcaraz llevan allí, asistiéndola, como buenas cristianas. No las guía el afán samaritano, la vieja posee una gran fortuna y, a pesar de haberse casado tres veces, cosa que indigna a las mellizas sobremanera; carece de descendientes u otros herederos que aquel par de lechuzas carnívoras.
Camila llega toda acalorada, enrojecida y con unas sospechosas manchas bajo las axilas, que mancillan su camisa beige con cuello bordado y hombreras. Se sienta sin preocuparse de arrugar la falda de corte largo y anticuado. El pelo corto, de rizo permanentado y teñido en un tono ceniciento, aparece despeinado, agitado por un viento inexistente. Sus facciones blandas, gelatinosas, se descuelgan en una abundante papada. Tan solo los ojillos, pequeños y oscuros como la pimienta negra, refulgen en aquel rostro redondo y colorado. De hombros estrechos y caderas anchas, sus piernas, gordezuelas y torcidas, parecen exhaustas por la pesada carga.
¾¿Dónde has estado?, hace rato que te esperaba ¾dijo Cesárea inquisitiva.
¾Me fui al Corte Inglés, ha quedado tan bonito, dicen que es uno de los más grandes y modernos de España. Fíjate tú, aquí mismito.
¾¿Y qué pintas tú en el Corte Inglés?
¾Miraba unos abrigos, el mío tiene más de cinco inviernos y pensé que cuando la tía se muera podría comprarme uno nuevo.
¾No pienses tanto, primero tiene que morirse y luego a ver qué nos deja.
Cesárea nota que su malhumor crece, no le hace ninguna gracia la idea de que su hermana tenga ideas propias con respecto a la herencia. No considera a Camila dotada para los números, ni para nada de la vida real, ella siempre anda enfrascada en telenovelas o leyendo libros románticos que la hacen flotar en un mundo imaginario, donde las pasiones se desatan y el amor siempre triunfa, un mundo de fantasía, construido a su medida.
Camila permanece callada. Mira a la anciana, que sigue sin moverse; lleva varios días en coma, el médico no le da más de una semana de vida. Siente un poco de pena por su tía Sacramento, siempre la ha tratado con corrección; no como el demonio de Cesárea, que se pasa los días insultándola. A pesar de ello, desea con todas sus fuerzas que se muera; reza cada noche, desgranando las cuentas del rosario. Si su hermana sospechara de dónde proviene ese anhelo, esas ansias por heredar, le pegaría un par de bofetadas, así que mejor que no se entere de nada. Que no sepa por qué ha llegado con el pelo revuelto y el pecho agitado, que nadie le hable de Modesto, el quiosquero del barrio. Que no le digan que los han visto juntos, casi pegados, fundidos en un beso, que nada tiene que envidiar a los que se dan los protagonistas de las telenovelas. Cesárea pensaría que él la quiere sólo por su dinero, por la fortuna que heredará cuando se muera la tía Sacramento. Y quizás lleve razón, pero Camila no quiere morir sola. Está harta de su cama fría, le falta el aliento de otra respiración a su lado, las palabras dulces de un hombre, aunque no sean sinceras. Y el quiosquero le ha prometido que se casará con ella, en cuanto se muera la vieja, así, con esas mismas palabras.
Mientras, Cesárea sigue tejiendo sus planes, contempla complacida el rostro cada vez más demacrado de la anciana. Pocos días antes se había acercado a una clínica especializada en cirugía estética. Aunque ella se muestra orgullosa de sus facciones angulosas, herencia de los Alcaraz, conoce el gusto actual por los rostros más suaves y corrientes, caras de muñequitas en serie. Así que pretende rebajar a la mitad su nariz y doblar el grosor de sus labios, a eso añadirá un pequeño retoque en los párpados y un estiramiento de la piel del cuello. La chica tan amable que le atendió le había dicho que quedaría como una quinceañera. Ella se ve más bien como una madura actriz de cine, dotada de una belleza serena capaz de atraer, incluso, a hombres más jóvenes.
Las dos hermanas suspiran a la vez. Se miran recelosas, tratando de adivinar el motivo de los respectivos resuellos.
Esa noche las dos soñarán con sus vidas futuras. Se irán a la cama olvidándose de la moribunda y descansarán tranquilas en sus blandos colchones; no verán necesario acompañar a la tía en sus últimas horas, a fin de cuentas en su estado de coma ya no se entera de nada.
Sacramento despertó, fueron sólo unos minutos, vio la habitación vacía y supo que iba a morir, que Dios le permitía asomarse unos instantes a la vida para que pudiera despedirse de sus seres queridos; pero aquellas sobrinas, engendros del diablo, la habían dejado sola, a ella, que tan generosa estaba siendo. Lloró sin lágrimas y se fue apagando, mientras por la ventana se colaban las primeras luces de la mañana, emborronadas de tristeza.
Fue Camila quien la descubrió, pasadas las nueve. Le tocó las manos y notó el frío de la muerte colándose por los poros de su piel, pegó un respingo y salió disparada para avisar a su hermana. Las dos dieron saltos de alegría y corrieron por la casa, sabiéndola suya. Cesárea llamó a la compañía funeraria y ultimó los detalles, la velarían en el tanatorio, evitando así que la vivienda se les llenase de curiosos y vecinos cotillas. Por el qué dirán se vistieron de luto riguroso y soportaron el pésame de los asistentes, condolidas e impacientes, como buitres ante una carroña a la que no se les permite hincar el pico.
Pasaron tres días antes de que las llamara el abogado para hacer la lectura del testamento. Fueron jornadas de espera y de ansia, de alegría contenida, con pequeños rescoldos de miedo. Ese tiempo lo dedicaron a eliminar cualquier rastro de su tía. Quemaron sus fotos, tiraron a la basura toda su ropa, donaron a la parroquia sus libros. Sólo se quedaron con las joyas y los objetos de valor. En este afán por desterrar al fantasma de la muerta llegaron hasta su baúl de madera. Allí reposaba el vestido de novia de su tía, con el blanco apagado por el transcurso de los años, protegido de las polillas con bolas de alcanfor. Cesárea recordó las palabras de su tía y sus ojos brillaron con un destello de crueldad, no pensaba respetar la última voluntad de la anciana. Cogió la prenda con envidia y repugnancia a la vez, notó el susurro de la tela, algo acartonada. Sin ningún tipo de remordimiento la arrojó al fuego donde se consumían otras pertenencias de la difunta. Se quedó inmóvil, absorta en las llamas, deleitándose con el crepitar de la lumbre.
Ya en el bufete, observan curiosas los cientos de libros que adornan las paredes. Qué gasto más inútil, piensa Cesárea, que con su Biblia manoseada satisface todas sus ansias de lectura. Camila aprecia los muebles de caoba, la alfombra persa y la barba casi albina de don Rodrigo, el abogado de su tía, que se mueve acompasada a sus palabras. Apenas puede retener su corazón para que no salga disparado del pecho; mientras su hermana, más tranquila en apariencia, se clava las uñas en la palma de la mano para no gritarle al letrado que se de prisa, que deje a un lado toda esa jerga legal y vaya al grano.
¾Pues procedamos a la lectura ¾dijo por fin don Rodrigo.
Cuando termina las hermanas están pálidas, con la boca abierta, incapaces de articular palabra. Por fin Cesárea, haciendo acopio de fuerzas, dice:
¾¿Puede repetir lo último? No es posible que no nos haya dejado nada.
¾Como bien ha oído, todas las propiedades, inmuebles y cuentas bancarias pasarán a manos de una fundación, que utilizará estos fondos para realizar obras benéficas. Pero sí que les ha dejado algo. Mire le repito el párrafo “… a mis queridas sobrinas Cesárea y Casilda les dejo lo que más valor tiene para mí, mi vestido de novia, que se encuentra guardado en el arcón que hay en mi dormitorio”.
¾¡Menuda herencia!, un roñoso vestido de novia, que ya está convertido en cenizas.
Ahora el que palidece es el abogado, que traga saliva y pregunta, casi sin aire:
¾¿Han quemado el vestido de novia?
¾Sí, claro, y hemos tirado las cenizas a la basura, para qué queríamos ese trapo viejo en nuestra nueva vida.
¾Señoras, cuando su tía redactó el testamento me hizo partícipe de un secreto que me pidió que sólo se lo revelara a ustedes después de su muerte. Entre los pliegues de ese vestido, doña Sacramento cosió la llave y los datos de la caja de seguridad donde se guardan multitud de bonos y pagarés del estado. La cantidad allí depositada supera los dos millones de euros.
En el silencio sepulcral que se hizo en el despacho pareció oírse una carcajada que venía más allá de la pared, más allá del edificio, más allá de la ciudad, más allá…