– Oremos. En el nombre del padre, del hijo… –
Mientras los presentes se ponían en pie, en los primeros bancos se sucedían desgarradoras imágenes de dolor e incredulidad por Eva.
Su único pecado fue ser más guapa que Bárbara y no darse cuenta, no tener los arrojos necesarios para plantarle cara. La peor no solo era Bárbara, si no sus dos lacayas incondicionales que la seguían a todas partes, compensando así su gran falta de personalidad y humillando para superar sus propias inseguridades. Todo había ido bien hasta que un día Bárbara oyó por casualidad una conversación en la que unos chicos decían lo guapa y lista que era Eva. Ese día empezó la guerra. Si aprobaba un examen la llamaban empollona, si deliberadamente suspendía se reían de su ignorancia. Si se maquillaba la llamaban de todo y si iba sin arreglar no la dejaban entrar en clase por sucia. La llamaban gorda cuando comía los bocadillos de la cafetería y cuando dejó de hacerlo le recriminaban que estuviera a dieta, pues parecía anoréxica. Nadie jamás movió un dedo por ella y los recreos los pasaba sola, leyendo o llorando en el baño. El día de su cumpleaños lo pasaría sola en casa, pero no le importaba demasiado. Su abuela le había regalado el bonito abrigo rojo que le gustaba y milagrosamente no le habían dicho nada en clase cuando lo llevó. Al cogerlo del perchero para salir vio que en los bolsillos había grandes manchas de rotulador permanente que alguien había puesto allí. Con los ojos cegados por las lágrimas subió al tercer piso y sin dudar, saltó.
Al salir del templo los periodistas le pusieron un micro a Bárbara, y ésta, con su mejor pose de dolor dijo; – No entendemos que pudo haberle pasado. Todos la queríamos.-