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117-Fosfenos. Por Gerberto de Aurillac

Abro los ojos.

Septentrión de ideas y desgracias, buscando diferencias por entre las similitudes, por células gemelas, siamesas que luchan a separarse, a ser y existir al margen del ser y existir del otro.

Septentrión de ideas.

Oscuridad, mas no completa, sombra más bien, tamiz de recuerdos y miserias, los tuyos, las mías, por de entre fuera hacia adentro. Verde, oscuro quizá, no hay luz, no hay sol. No hay sol, dónde está, te lo llevaste, no supo volver. No me dejaste comérmelo.

El suave viento que mece, brisa que susurra por entre hojas, por entre las raíces del ayer, del tiempo. Leve aire que juega a dibujarnos, a protegernos de lo que nosotros mismos llegamos a ser. Que posa en mi cuerpo, en los nuestros, motitas de polvo apenas entrevisto, apenas sentido, y, por ello, forzosamente real. Alrededor sólo árboles y vida. Alrededor sólo todo. Dentro, únicamente nada, nada que es todo, que juega a disfrazarse de nada, con tu nada que es mi todo.

Me levanto, alzo mi cuerpo, no pesa, no es, no soy. Me elevo sobre la hierba, veo más allá de mí, pero sólo atisbo troncos, verde y marrón, foquitos de luz que se escapan por aquí y por allá, estratos de irrealidad que juegan a colarse entre mis dedos. Me duele la cabeza. Veo pero no sé. Intento llegar a saber sin necesidad de haberlo sido.

Vuelvo a mirar. Nada. Sólo soledad. Soledad y vida.

Soledad entre la muerte.

Fosfenos, sólo fosfenos que huelen a mentiras, que saben a verdades.

Camino un poco, el bosque es cerrado, asfixiante. Agorafóbicamente claustrofóbico. Las ramas raspan mi rostro, dejando en él surquitos de existencia, ladridos de furiosa irrealidad.

A lo mejor grito, pero a lo mejor no.

Tampoco importa demasiado.

Un tronco, me abrazo a un tronco, áspero, rugoso, roble, enorme, intento rodearlo con mis bracitos, pero no llego, no puedo. Paso mi cara por él, primero suave, después más fuerte, hasta que un reguero de sangre queda repulsivamente adscrito a la corteza. Me duele. Sé que debo.

Ahora me separo unos centímetros del árbol, mirándome fijamente en aquella mancha rojiza que lo recubre. Me veo reflejado allí, como un espejo deformante, sólo miseria y muerte, sólo lo que fui. Yo no soy yo. Una enorme nube de moscas revolotea donde debiera estar mi cabeza, zumbando fungosamente de manera que parezco estar más vivo de lo que estoy. Albergando tantas vidas que son sólo muertes. Trozos de musgo y hojas secas mi pecho. Apenas dos virutas de humo muy negro mis piernas.

Así que chupo aquella mezcla de sangre y madera, la acarició con mis labios, la recorro con mi lengua, y me sabe amarga, y yo me alegro, porque eso es, precisamente, lo que buscaba.

Rasgará mis dientes por entre astillas de esperanza.

Pasa volando una nube de palomas. Cojo una piedra, apunto y, con todas mis fuerzas, la lanzo hacia ellas. Impactó de lleno a una, pobre, que iba resguardada dentro del grupo, ajena a todo, sin llegar a ser ella misma por estar inmersa en algo más grande, más denso.

Revienta en el aire.

No caen plumas, sangre y vísceras. Sólo palabras, palabras y frases.

Tinta y celulosa, eso cae.

Versos, de eso estaba hecha la condenada paloma. De versos ajados que se marchitan por entre mi piel y tus ojos.

Ahora, espera, ahora, miro más allá. Más allá de yo, de mi, de ello.

Allí, allí estás. Sentada en un tronco caído, podrido por tiempo y tormentas, miles, millones de gusanos que reptan por él como saliva entre piernas. A ti no te tocan, a ti no. Me miras, te miro.

Verde, oscuro, quizá.

Entonces un sonido, el sonido. Dulce y nacarado, entrando en mi mundo.

Junto a la mujer, de pie al lado de ella, hay un flautista. Jubón acre y camisa que fue blanca cuando las cosas ni eran. Iris negros en esclerótidas poderosamente blancas. Sonríe, el flautista. Lleva su instrumento, refulgente bajo el sol que no nos brilla, a los labios. Suena la música.

Yo te miro, tú te ríes, de una manera que no me gusta escuchar. Señalas al visitante.

Su flauta se mueve, gris y viscosa. Es una serpiente, una muy fina y nerviosa, que no para de moverse entre sus labios. Silba, sigue sonando la música.

Busco piedras, quiero reventar las tripas del ofidio y del trovador, ver sus vísceras pudrirse a mis pies, pupas y larvas masacrando la carne lacerada. No hay, se han ido, sólo hierba y tres o cuatro hongos. Cojo uno de los últimos, lo muerdo y escupo. Sabe salado y amargo. Sabe a tierra y a ti.

Resuenan palabras impuras en el aire, que está ahora algo más cargado, con olor a días de ayer. Calor, calor de bar en tragedia. Neones y falditas, de eso se viste ahora el bosque.

Te levantas, y tu vestido, blanco vapor sobre la piel morena y tersa, tu tela se pega de una manera forzosamente obscena. Vuelves a sonreír, yo no he dejado de temblar. Te acercas al músico, posas tu mano en su nuca, lo besas en los labios, mucho rato, regodeándote en el momento, ojo esquivo espiando mi reacción.

La serpiente, siseante y móvil, se agita ahora al lado de tus caderas, tan cerca que casi puedo olerla.

Entonces os separáis, me miras, te miro, el flautista nos mira a ambos a la vez, es imposible, pero él lo hace. Abres los brazos. Detrás de ti la maleza se abre, los árboles ceden, la selva deja de ser.

Dos caminos, eso hay detrás tuyo.

Al mirarme me traspasas, mientras sonríes llegas a matarme.

El flautista camina lentamente, hasta que se sienta en un tronco cortado, sierra perfecta, píe de vida ya terminada, que está a la vera de uno de los caminos. Acerca a su boca la flauta, es un instrumento de metal, puede que nunca dejara de serlo.

Toca.

La música hace que se me erice el vello. Mis dientes rechinan.

Cacofonía.

Te miro. No estás. Nada. Hay dos caminos. Junto a uno de ellos espera el bardo, arrancando sonidos al silencio.

Todo está bastante oscuro, pero su espada de ecos refulge.

No estás.

Cierro los ojos.

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