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120- El carnicero. Por Bartleby

Inquieto, y con una libra de desolación, Amadeo Galtieri bajó la trapa de su negocio y advirtió, por segundo día consecutivo, que no había vendido ni un gramo de carne. Los clientes, fieles desde tiempo inmemorial, pasaban ahora de largo y si alguno se detenía ante la luna (para palparse los genitales o subirse las medias, por ejemplo), escondía la mirada  furtivo y se alejaba de ella con paso resuelto.

Amadeo Galtieri, dueño de la carnicería Lupita, se consideraba a sí mismo un profesional modélico. Era célebre la higiene de su tienda – situada en la parte noble de la ciudad – y la calidad de sus productos, selecta y apreciada, resultaba incuestionable. Los mesones más reputados le hacían numerosos pedidos y su lista de clientes, amplia y lujosa, era la envidia del gremio.

Tal vez por eso, o por no ser hombre que se abandonara a la adversidad, Amadeo persistía en ofrecer artículos tentadores. Las paletas de jamón escoltaban jugosos morcillos y las aves, especialmente los faisanes, exhibían un aspecto sensual. Aquella tarde, sin ir más lejos, había elaborado carne picada (mezclando, eso sí, algún que otro saldo) y sus cuchillos de acero sajón, bien afilados, fulgían expectantes. Amadeo confiaba en que aquel perjuicio fuese breve, o que como mucho no afectase a sus finanzas. Sin embargo, entre los que formaban su círculo íntimo, nadie lograba mitigar su congoja: los que, como su mujer, hablaban de la canícula, resultaban grotescos y quienes, como su amante, aludían a una burda conspiración, le ponía nervioso.

Así las cosas, y mientras se sucedían las deserciones, una noche sucedió algo inusual. Galtieri se despertó con una pizca de inquietud y bajó sofocado a la tienda. No era un hombre medroso, ni vacilante, aunque sí un poco aprensivo. Se colocó su batín de lino y fue encendiendo las luces. Amadeo pensó que aquella noche crecía como un árbol gigante, como una semilla de frutos ciegos. No obstante, quedaba poco tiempo de oscuridad y se insinuaba el claror del alba. Oyó entonces un sonido familiar que atribuyó a dos motivos: los ronquidos de su mujer, gélidos y feroces, o el borbotón de las cañerías, que nunca acababa de localizar. Se rascó el pene con urgencia e intentó afinar su oreja. Como explicamos, estaba próxima la madrugada y hacía un calor pegajoso. Eran las seis de la mañana de una tórrida noche de mayo y el suelo parecía hervir bajo sus pies. Fue al sentir el roce de sus alas cuando, por fin, lo identificó: el zumbido que ofendía sus oídos, con una monotonía de helicóptero, era el vuelo de una mosca.

 

 

Durante la siguiente semana, y a despecho de una primavera tardía, la ola de fuego se intensificó perversamente. Un viento funesto se desencadenó por los barrios, saturando de impurezas las calles. Una sinfonía de mierda abarrotaba las esquinas y extendía su hedor a lo lejos. Con todo, Amadeo seguía en sus trece, su pugna lenta y heroica. Las moscas hacían acrobacias, como pequeñas y astutas majorettes. Había algo peor que sus zumbidos, o los excrementos que dejaban al azar: su tendencia, casi obsesiva, a copular sobre los jamones.

Hacia el domingo, hartó de aquel desmadre, Amadeo se armó de coraje y adoptó una decisión pragmática. Cogió unos pinceles, fabricó un cartelón y lo colocó encima de la marquesina. Empleó cinco largas horas, en las que no apareció ningún cliente (entre tanto, promiscuas y bulliciosas, las moscas rozaban su cara, cagándole en los ojos con puntería). Usando una caligrafía esmerada, Galtieri redactó:

 

CERRADO TEMPORALMENTE

POR ANOMALÍAS TÉRMICAS.

DISPENSEN EL TRASTORNO

 

 

Nuestro héroe pensó que aquel proceder, por fuerza provisional, le otorgaría un respiro. Esa noche consiguió relajarse y conciliar un sueño reparador. Unas nubes color añil, con forma de pezón, se amasaban sobre la tierra. Soñó que caía sobre la ciudad un esperma manso, una sopa dulce y purificadora. Se despertó con una erección dominical y un punto volátil. Su mujer, en baja forma, le reprochó la inconveniencia. Nosotros creemos que fue oportuna y como prólogo es mejor así: el bueno de Amadeo no podía presentir, ni siquiera remotamente, los extraordinarios sucesos que vendrían después.

 

 

El juez había sido, si mal no recordaba, su último cliente. Había entrado con la toga al brazo, como solía, alzando su voz de tenor. El juez, un sujeto de gustos refinados, apreciaba la carne argentina. Era un hombre corpulento, sanguíneo, insuflado de un humor torrencial. Aquel día, sin embargo, se sabía mostrado un poco esquivo. Al despedirse, con tono lúgubre, le había susurrado:

– Espero que nos veamos pronto, Galtieri. Se avecinan graves mudanzas.

Esas palabras dejaron en Galtieri una inquietud palpable o, cuando menos, de leve ansiedad. Decidió que tenía que volver a verle y aclarar cuanto antes sus palabras.

Consciente de que debía causar buena impresión, Galtieri se bajó a El Corte Inglés y efectuó varias compras. Adquirió una corbata color salmón, unos zapatos con suela de crepé y un traje de seda fina. Su mujer, de natural roñosa, le recriminó el desembolso. Luego se fue al jardín y sacrificó una cabra. Sabía que era una práctica sancionable, pero pensó que merecía la pena. El pobre animal, con las ubres hinchadas, apenas se resistió. Envolvió los riñones en papel de arroz – una golosina – y se fue directo al autobús.

En el exterior, con insolencia luciferina, el viento obraba a su antojo. Se veían objetos extraviados, inertes, desplazándose sin ton ni son. Algunos, como los saltos de cama, parecían enloquecidos y otros, como las bufandas, volaban muy alto. Se enganchaban en los tiovivos, en las gárgolas, en los canalones que cruzaban los tejados. Por supuesto, también en las antenas, mezclando informativos y seriales. Amadeo pensó que en todo ello, en esa orgía callejera, subyacía un brío soez.

La doncella que le abrió – una criolla voluptuosa – le rogó que aguardara un instante. También lo miró de arriba abajo, minuciosamente, como si calibrase su peso. Amadeo se sintió, sin saber la causa, como un intruso: quizás porque no estaba habituado a pedir favores y, mucho menos, a gente principal. Oyó sus pesados pasos camino de los fogones y, con la espalda recta, ocupó una silla.

Las dimensiones del gabinete, y su estado melancólico, le hicieron visualizar un ataúd. Recordó un episodio de su niñez, pormenores antiguos, sucesos que creía enterrados: la tarde en que su padre, ciego de bourbon, lo llevó a una gresca de perros. Volvió a verse entre hombres rotundos y grasientos fajos de billetes. Era una época dura, insana, de una miseria apocalíptica. Recordó la plebe enjaulada y los ojos inyectados en sangre. Como entonces recordó otros detalles soeces y la pestilencia que invadía el corral. Un hedor que, con un pinchazo suave, le llegó en ese momento a la nariz.

La fetidez, ligeramente dulce, venía de la cocina. ¿De qué se trataba?, se preguntó Amadeo, que la encontraba vagamente familiar. Se frotó las manos ansioso, sin saber qué hacer. Dio finalmente unos pasos y, con voz vacilante, gritó:

– ¿Hay alguien?

La casa permanecía silenciosa, como las celosías de un convento. Era un chalé piramidal, de tres plantas, con una fachada de ladrillo visto. Amadeo se planteó tomar la salida, por si tenía que huir de allí. Decidió avanzar por el pasillo y encontró una puerta entornada. Al fondo, como un susurro glacial, identificó la voz del juez.

– Así que el bueno de Galtieri nos ha traído un obsequio…

– Sí, señor, unos riñones.

– ¿Riñones?

– Sí; muy tiernos.

 – Bien, yo creo que este hombre nos quiere transmitir su lealtad.

– ¿Quiere que los congele, señor?

– Sí; los probaré el domingo.

Al otro lado de la puerta, ejerciendo de espía, Amadeo escuchaba petrificado. Tenso y redondo, balanceándose sobre los dos pies, parecía un huevo de Pascua. No entendía el sentido de la conversación, aunque le producía escalofríos. Imaginó una ciénaga con lagartos ávidos, reptiles chapoteando en busca de carne. Se persignó cuatro veces y pensó en salir corriendo. Hasta que, recortada como una luna, divisó la cara del juez.

– ¡Galtieri! – le espetó – ¡Qué alegría verlo! Pase, hombre, pase, no se quede ahí… ¡Sabía que en este trance contaríamos con su adhesión!

Girando suavemente los talones – con una elegancia de tanguista – el juez le dejó el paso franco y lo invitó a cruzar deprisa. A pesar de su edad otoñal y sus años de estrado, el juez conservaba un porte atlético y un aire de galán. Galtieri abrió unos ojos desmesurados y los frotó varias veces. Tuvo que aferrarse, para no desplomarse, al umbral de la puerta. Frente a él, troceando una pierna humana, la criada sonreía. Justo detrás, ayudándola, había un hombre desnudo. Estaba desnudo, pero sobre sus hombros llevaba una casulla y una máscara veneciana.

– Don Galtieri, ¿contamos con usted para la cena? – le interrogó la criada.

Antes de desplomarse, Amadeo osciló la córnea y reparó en el mentón del juez. Vio, sobre un rasguño profundo, una tirita de colores, con un cromo del pato Donald. Le pareció el mentón de un hombre cabal y, por lo demás, bastante piadoso. Todas esas cosas pensó Galtieri antes de orinarse abundantemente. Luego se fue deslizando hacia el suelo, poco a poco, con una sonrisa floja. En un segundo se hundió en una triste oscuridad, una penumbra de láudanos hirvientes. Aunque un poco antes, tendido sobre las baldosas, pudo advertir una circunstancia más: al juez le brillaba, maligna y soberbia, una muela de oro.

 

 

Extracto de la carta que Amadeo Galtieri envió a su padre una semana después, a Río Negro, Argentina:

“Estimado progenitor:

Creo que todo ha salido mejor de lo que esperaba y, desde luego, temía. He llegado a un acuerdo con las autoridades y si logro deshacerme de las moscas me renovarán la licencia. Mi amigo el juez ha sido extremadamente amable y ha actuado como un mentor. Como máximo sacerdote de la Logia Municipal, se portó espléndidamente y no reparó en elogios hacia mi persona. Insistió en que, siendo yo un empresario juicioso y un miembro honorable de la comunidad, merecía, al margen de mi origen étnico, otra oportunidad.

Reconozco que, vistas las cosas en su justa medida, mis reparos iniciales fueron algo necios. Cinco millones de personas en paro, sobre todo si son inmigrantes, representan un lastre para el país. Una lesión irreparable para la prosperidad y el destino de varias generaciones. Como expresaba el alcalde, comérnoslos, integrarlos en nuestro sistema digestivo, es un modo de síntesis. Devorarlos, agregó, es una forma de recordarlos para siempre.

El viento ha remitido y las nubes presagian lluvia. Mi nuevo negocio, querido padre, se seguirá llamando Lupita. Será, lo celebro, una casquería. Lo que no sé, a día de hoy, es cuándo me suministrarán los primeros cadáveres. Ya podrá imaginar que estas cosas llevan su tiempo, sus gestiones prolijas y minuciosas. El gobierno regional espera asumir más competencias antes de complementar medidas. Por si acaso, he adquirido una cámara suplementaria y la he instalado abajo. Confío en que ustedes, allá en la patria, superen esta época difícil.

Creo que en los Estados Unidos, después de la crisis financiera, empezaron por comerse a los indios.

Sin más, se despide afectuoso, su hijo Amadeo.

Posdata: Ya no oigo, afortunadamente, el vuelo de las moscas.

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