Icono del sitio

121-Habitación 201. Por Noob

Caminaba cabizbajo y sin rumbo por una calle desconocida, dejando que mis pasos me llevaran a cualquier parte. El invierno más cruel que yo recordaba en mis 25 años castigaba mi rostro con furia. Los trozos de hielo impactaban con violencia en mi cuerpo, pero yo permanecía impasible. Mi cabeza era un hervidero de ideas descontroladas que amenazaban con estallar. ¿Por qué nunca sale nada bien?, me preguntaba sin cesar.

Me obligué a sentarme en un banco cercano. Las piernas me pesaban como si llevara una eternidad sin descansar y tenía el cansancio de un hombre que hubiera vivido dos veces. A lo lejos, una silueta empezaba a emerger del mar de viento y nieve que cubría todo. Su contorno difuso se tornó nítido cuando estuvo apenas a unos pasos de mí. Tenía el cabello castaño y los ojos color miel más dulces que había visto en mi vida. Su rostro parecía dibujado con trazos suaves y delicados. Se sentó a mi lado y me sonrió.

– Hola – dijo.

– Hola – alcancé a decir, sin salir de mi asombro.

– ¿Por qué estás triste? – preguntó sin vacilación

Y no sé por qué, sentado en ese banco perdido en medio la nada, con los labios temblando de frío y mi cuerpo a punto de desplomarse por el peso de los problemas, terminé contándole mi vida a aquella desconocida que oía con atención cada palabra que salía de mi boca.

Desconozco cuánto tiempo continuamos sentados ahí, hablando de todo y nada. De situaciones tan trascendentales de la vida y de si me gustaba más la nieve o la lluvia.

Se había hecho ya de noche y nuestra conversación no moría. De pronto dejamos de hablar, nos miramos a los ojos y dejamos que el silencio devorara la escena. Las palabras ya no eran necesarias;  sus ojos eran una invitación para mis sentidos. La luna le iluminaba ese rostro angelical que rezumaba una ternura casi palpable.

Empecé a andar sin importarme a dónde me llevaba; me sentía más ligero que nunca. El trayecto fue corto y nos detuvimos frente a las puertas de un hotel. “Nameless” rezaba el rótulo de la fachada. Un gigante de ladrillo y cemento se erigía antes nosotros.

La seguí a través de un pasillo con una alfombra que ahogaba nuestros pasos. Unos números dorados coronaban la puerta de su habitación.

Era una suite; el lujo que exhalaba de su interior no dejaba lugar a dudas. Una cama roja descansaba en medio, iluminada levemente por la luz dorada que arrojaban dos pequeñas lámparas. La calidez de la estancia era agradable y parecía acariciar mis sentidos.

La chica se acercó. Intenté preguntarle su nombre, pero posó su dedo índice sobre sus labios para indicarme que no hablara. “Cierra los ojos”, me susurró con ternura. Obedecí y la oscuridad me envolvió de inmediato. Nuestras bocas se encontraron al tiempo que nuestra ropa desaparecía. El calor de su piel me cautivó y el contorno de su cuerpo me hipnotizaba. Nos fundimos los dos como si fuera nuestro último día de vida.

Desperté a la mañana siguiente. Abrí los ojos y ella ya no estaba, pero la habitación seguía oliendo a sus besos. Había una nota: “Habitación 201. Te esperaré”.

Cada año, en esta fecha, pido la habitación 201, aspiro el olor que aún permanece encerrado en estas cuatro paredes y cierro los ojos, hasta que el sonido del susurro de un: “Cierra los ojos”, salido de aquella chica desconocida, me despierta. Entonces, aún permanezco con los ojos cerrados como ella me pidió. Temo abrirlos y encontrarme con una habitación vacía.  No quiero tentar a la suerte, sólo quiero agradecer a la chica que me rescató cuando sólo pensaba en quitarme la vida, esa mañana fría, ahora tan lejana…

VN:R_N [1.9.22_1171]
Rating: 6.2/10 (12 votes cast)
Salir de la versión móvil