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122-Una Piedra Llamada Marta. Por Martobaldo

Habiendo hecho de mi vida lo que pude, y del resto de las cosas incluso menos que eso, me encontraba un día corrigiendo un lamentable resumen de Pitágoras, cuando un golpe en la puerta disipó mi atención. Me levanté con fastidio, planeando insultos para las probables bandadas de chicos que eran liberadas cada sábado a la tarde. . Afuera el sol brillaba y no había un alma. Sólo una piedra negra inquietaba el piso.

«Marta», dije. Habían pasado años, pero estaba idéntica. Es decir, en mejores épocas la habían adornado brazos, piernas y un cuello, pero fuera de esos pocos detalles era fácil de reconocer. La misma dureza, el mismo silencio, el mismo ademán desdeñoso.

«No te quedes ahí. Pasá, por favor». Tuve que tomarla en mi mano. Pensé en besarla pero un pudor me contuvo.

Le mostré la casa. Contra la pared del fondo juntaban polillas unas cajas vacías y un calendario seis años viejo, clavado en diciembre, con esa foto del gran cañón del colorado que tan bien quedaba.

Nos sentamos en los sillones del comedor. Bajo la luz del atardecer pude verla mejor. Era tal cual la recordaba: oscura, tersa, con sutiles brillos sagaces. Tres medias y tres diarios adornaban el piso. Noté su repugnancia y me apresuré a romper el incómodo silencio.

«Después de nuestro alejamiento oí de tu enfermedad… Pero se te ve bien… muy bien…» No era la línea a seguir. Uno no recuenta enfermedades cuando encuentra a alguien que no ve hace veinte años. Opté por hablarle de mí.

«Me recibí… Después viajé… Estuve casado… cuatro años… cuatro buenos años…» Eso la dejó muda. «Después del divorcio me mudé. Conseguí un puesto en un colegio. La paga no es particularmente mala y Filosofía no es mi materia, pero no me quejo. De algo hay que vivir, ¿no?»

Le mostré el álbum de fotos. Me ví como no recordaba haberme visto nunca, dorado y muscular y peludo. Había una foto suya en las últimas páginas, pero logré esquivarla. Alguna vez habíamos soñado con reducirnos a lo esencial, cada cual a su materia, a su animal, a su minúsculo y festivo elemento.

Salí de casa con cualquier excusa, para darle la oportunidad de una retirada discreta. Cuando volví todavía estaba ahí. La invité a cenar. Rodamos barranca abajo hasta el restaurante, hasta nos reímos, pero una vez servidos se rehusó a tocar el plato.

«Sabés», dije. «Siempre pensé en la posibilidad de una reconciliación…”

No hubo respuesta. Comprendí que el único propósito de su visita, su pequeña astuta venganza, era mofarse del irreparable fiasco en que mi vida había terminado.

En la curva de un barranco me deshice de ella. Durante unos instantes seguí sintiendo su peso invisible en mi mano. Cuando finalmente emprendí la vuelta me sentí cansado, pesado, como queriendo quedarme en el lugar. No para siempre, no… Sólo unos minutos… unas horas… un poco más de tiempo…

 

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