Cuentan que Fernando Robles llegó al Paraíso en pleno otoño, y quedó maravillado; había de todo; es decir: había todo lo que Fernando quería, incluido un guía personal para responder a sus preguntas y darle lo que deseara.
—Lástima —se lamentó Fernando, para sí y sin ánimos mayores; pero cuando vio que su guía lo miraba atentamente, se sintió en la obligación de explicarse—: Me habría gustado conocer París… Pero es un poco tarde para eso, ¿no?
—Por acá —le indicó el guía, y lo llevó hasta una puerta de color púrpura que estaba en una pared que tenía puertas una al lado de la otra, algunas del mismo color y otras no.
El guía le abrió la puerta púrpura y Fernando cruzó el umbral… Y allí estaba: la torre Eiffel, tal como la había visto en fotos y dibujos, incontables veces.
—¿Hay otra París en el Paraíso? —fue la pregunta que le surgió sin pensarla.
—Ésta es la verdadera —le explicó el guía.
Fernando habría querido saber más, pero eso lo habría demorado para conocer la ciudad y prefirió preguntar sobre las calles, los negocios, los parques, los museos, la bibliotecas…
Cuentan que Fernando Robles no sólo caminó hasta cansarse por la París verdadera, sino también por la verdadera Nueva York, la verdadera Londres, la verdadera Tokio, la verdadera Pekín, la verdadera Glasgow… Lo que es más, se encontraba ahora caminando vivamente por la verdadera Barcelona, al atardecer, con los reflejos del sol en el mar.
—Así que ¿puedo ir adonde quiera? —le preguntó al guía.
—Sí —fue la respuesta—; las puertas están en la pared para eso. El Paraíso es una mezcla desordenada de lugares, personas, objetos y animales, las puertas sirven para ordenarlos según el deseo de quien las cruce… Habrás notado, seguramente, que si te quedás en una de tus ciudades mucho tiempo y te distraés o te aburrís, ésta comienza a desordenarse y se convierte en el Paraíso tal cual lo viste a tu llegada.
—Es cierto —convino Fernando—; ha ser por eso que me gusta elegir otra puerta y cruzarla sin haber visto una ciudad por completo. Supongo que siempre puedo volver.
Cuentan que, pasado un cierto tiempo, Fernando tuvo una ocurrencia, pero no habló de ella con el guía. En cambio le preguntó:
—Vos… ¿Sos un ángel?
—Soy un guía. Tu guía. Ayer fui otra cosa y seré otra cosa mañana. Pero, hoy, soy tu guía. Si bien hay muchas respuestas a tu disposición, hay otras por las cuales tendrás que esperar; así es el orden y así el desorden, y nada de ello es porque sí, salvo cuando todo, sin excepción, es porque sí.
Fernando le sonrió, pero no estuvo seguro de que eso fuera lo apropiado. De todos modos, su guía no mostró señales de molestia, tampoco de calurosa adhesión.
Cuentan que Fernando Robles siguió visitando lugares de los que, en la Tierra, sólo había oído hablar; la ocurrencia de aquel día, sin embargo, regresaba a él cada tanto.
Una mañana, mientras tomaba un café en un diner de Chicago, le preguntó al guía:
—¿Seguro que puedo ir a cualquier parte? ¿Hay puertas para todos lados?
—Si el lugar tiene nombre y es un nombre que conozcas y puedas decirlo, o si es un lugar donde hayas estado, aun cuando no conozcas su nombre, habrá una puerta que te lleve ahí. —El guía dejó de hablar como si le diera tiempo a sus mismas palabras para que lo alcanzaran y revisarlas así y asegurarse de no haber cometido un error o dicho algo de más, o inconveniente.
Cuentan que, una noche, mientras fumaba en el banco número 3 de la plaza que estaba a seis cuadras de su casa de la infancia, el guía le anunció que se iba.
—Ya no te hago falta —le dijo.
—Pero me pueden surgir nuevas preguntas —le dijo Fernando, a modo de reparo.
—Si prestás atención a tus preguntas, verdadera atención, vas a ver que se contestan solas.
—¿Y todos los lugares que me quedan por ver?
—Nada más tenés que ir hasta la pared y abrir la puerta que más te guste.
—¿Y cómo voy a saber si es la puerta correcta?
—A esta altura… —El guía lo miró y se detuvo.— Deberías de haberte dado cuenta ya. ¿No?
—Sí; es cierto —le reconoció Fernando—. Pero me resultaba extraño… Y todavía me resulta extraño.
—¿Sí? ¿Qué?
—Que no importa la puerta… O bueno… Que sí importa… Porque la que elija siempre me va a llevar adonde quiera.
—¿Ves? Lo que te decía. Ya no me precisás.
—Esperá —Fernando sintió cómo aquella ocurrencia lo presionaba—. Si quiero, ¿puedo visitar el Infierno?
Cuentan que Fernando Robles tiró el pucho al piso y lo apagó con el pie y que, cuando subió la vista, el guía ya no estaba. Y fue en ese preciso momento cuando se dio cuenta de que no estaba solo… No fue que antes no hubiera nadie más en el Paraíso, sino que a Fernando no le había importado, no había reparado en los otros hasta ese momento. Y descubrió que los otros podían verlo también a él, y que podía hablar con ellos, compartirse con ellos.
Pasaron los días, los meses, los años… Pasaron y no pasaron, porque en el Paraíso era siempre el primer día; y el último. Pero, para nosotros, fue como si los días pasaran, y los meses, y los años… Hasta que, después de la siesta en una tarde lluviosa, se lavó la cara, se preparó un té, y le dijo a Charo, su compañera de banco del sexto grado, con quien para entonces compartía una casa en las afuera de Mar del Sud:
—Voy a salir; puede que me demore.
—No estarás pensando…
—Sh… No lo digas; tengo que ver cómo es. Nadie de mi familia anda por acá…
Charo se calló, pero tenía aquella cara de «ya te lo dije muchas veces».
Cuentan que Fernando Robles fue hasta la pared de siempre, abrió la puerta de color azul y pasó. Y fue como el primer día.
Allí estaban la torre Eiffel a orillas del Támesis y, un poco más allá, la estatua de Nelson en medio del Parque Chacabuco.
Hacia un costado, sentada en la parecita de la Fuente de Trevi se encontró a su madre, contaba unas monedas todavía mojadas:
—Son para comprarme la casa que siempre quise —le dijo sin más explicaciones y como si se hubieran visto el día anterior.
Sin sentarse y mirando hacia todas partes, Fernando se dijo:
—Pero… Acá todo es igual. El mismo desorden. Todo igual.
—¿Viniste a juntar monedas? Mirá que éstas son mías…
—Sí, ya sé —le respondió—. No te preocupes; no quiero tus monedas, tus verdaderas monedas.
No sin decepción, Fernando salió del parque y se metió en un bar; ahí se encontró con su padre.
—En esta mesa se pueden sentar nada más quienes tienen todas las respuestas —le dijo, claramente con el tono del que hace una advertencia.
Después de observarlo un rato, Fernando le dijo:
—A lo mejor podés explicarme, entonces, por qué el Infierno es igual que el Paraíso, ¿eh?
—¿Igual?… No; no es igual. Siempre tan equivocado vos. No me sorprende; vos sos el que nunca dejará de ser igual.
—¿Todas las respuestas, eh? —le replicó—; sí, ya veo. Bueno… Ya me tengo que ir.
Cuentan que Fernando Robles, contrariado sin poder remediarlo, regresó a la pared que tanto conocía. Y que, al llegar, no pudo evitar una sonrisa: No tenía puertas por ninguna parte.