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136-Princesas sin reino. Por Allegra Woodsen

Todo mi cuerpo está en tensión. Mi piel se estremece como mecida por un suave soplo de inexistente viento, y mis sentidos perciben el peligro, una situación fuera de lo común incluso antes de poder verlo. 

Noto tu presencia, sé que eres tú. Siempre te ríes cuando te descubro caminando hacia mí, lenta y sigilosamente, como si quisieras abrazarme por detrás sin que me diera cuenta; pero noto tus ojos clavados en mi nuca, siempre inconfundible y sé que esa risa tan solo es la expresión de tu extrañeza, y es en ese instante cuando se esfuma tu seguridad. A veces, me hago la sorprendida y dejo que vengas hasta mí, pero esa luz opaca en mis ojos, ausente, y la falsa sorpresa que delatan mis torpes y estudiados movimientos no son del todo creíbles.

Pero hoy…es diferente. Me dejo caer entre tus brazos como el cachorro que corre a refugiarse en su madre, indefenso. Pensándolo bien, no somos tan diferentes de las crías. Buscamos el cariño y la protección como ellas, nos dejamos guiar sin más, sorprendidos y acobardados por la vorágine de colores y formas que componen el mundo, tu mundo.

Hoy, una venda cubre mis ojos y yo me lanzo al vacío, esperando que no me dejes caer, que tus brazos me acojan como cada noche. Hoy, los caprichos del destino harán que todo cambie…o quizá yo debía haber aceptado las señales que desde hace tiempo percibía, invisibles a tus ojos, pero decisivas al fin y al cabo para los dos.

En mi mente, un huracán de recuerdos, de sensaciones, colores brillantes de aquel verano en que mi mundo se hizo a un lado para dejarte paso a ti. Parece todo tan lejano… aquel día, el primero.  Yo paseaba por la playa, recién llegada a este mundo que para mí era tan lejano a pesar de estar tan cerca; como un niño que inspira con avidez las sensaciones nuevas, que observa con los ojos brillantes, expectantes, todo lo que le rodea. Tal vez fue eso lo que te llamó la atención de mí. Esos aires de “misterio”, como tú decías. Un aire de madura inocencia, de inocente perfección que no pasaba desapercibida a ojos de nadie. Pero tú, cosas del destino, supiste ver más allá de eso. Siempre supiste que era diferente, y eso debería haberte hecho retroceder. Yo sabía que tú tenías miedo cuando pasabas horas mirándome mientras suponías que yo dormía y no podía verte. Esa sombra que cruzaba tus ojos y las arruguitas de la frente que indicaban que estabas pensativo, cada vez que tocabas mi piel. Sabía que te causaba curiosidad mi forma de actuar, y que reías para liberarte de aquellos pensamientos que te avisaban de que todo era demasiado extraño.  Sentía tu mirada clavada en mi cuando salía a pasear por la orilla de la playa, la misma en que nos conocimos, y observaba el mundo desde unos ojos ávidos de sensaciones nuevas, como si nunca antes hubiera sentido la fina arena deslizarse entre mis dedos, como si las redes que los pescadores tejían en el puerto fueran el mayor y a la vez más terrorífico (cómo explicarte que para mí lo era) invento que jamás hubiera visto y el más sencillo edificio, un milagro de la arquitectura.

Me gustaba sentirte ahí, silencioso pero vigilante, y a ti te encantaba hacerlo, sentirte un espía de mi locura. 

A mi mente llega con claridad cada paso que dimos juntos, cada una de las frases que dijiste y que a mí me hacían pensar, abriendo un mundo que no era el mío y del que nunca antes había formado parte. Sonrío al recordar (ahora entiendo lo que es la melancolía, aquel sentimiento que no sabías cómo explicarme) que a veces tu inocencia te hacia estar más cerca de la verdad sobre mí. Cuando me hiciste comprender lo que era el amor…Y a la vez supe lo que era el miedo. Miedo a llegar a quererte tanto como tú a mí, a destrozarte el corazón cuando llegara este día.

Y ahora las lágrimas bañan mi rostro, ahora soy yo la que te observa mientras duermes. Sé que tal vez no me perdones, tú mismo me dijiste una vez que el rencor es el mayor defecto del hombre, sé que no entenderás  mi marcha, pero también sé que tu corazón te decía que este momento iba a llegar. No sabías por qué, no quisiste preguntarme, pero algo te decía que yo no sería eterna. Que una mañana encontrarías mi lado de la cama vacío, las sábanas impregnadas aún de mi perfume, y te verías bruscamente obligado a despertar de nuestro sueño eterno.

Y, no sé por qué, supongo que  son cosas del amor,  sé que aunque jamás podré volver a tu lado, la intuición te dirá dónde buscarme.

Algún día, cuando el dolor deje de aprisionar tu pecho y tu mente sea capaz de asimilarlo, recordarás el olor de mi piel al despertar, los tonos caoba que cada rayo de luz del atardecer  hacía aparecer en mi pelo, el sabor de mis labios con los tuyos…Y volverás a la playa, nuestra playa. Mirarás a lo lejos, sabiendo que desde algún lugar sigo contigo.

Seré cada uno de los reflejos del sol en el agua; cada gota salada que salpique tu rostro desde el malecón donde siempre me encontrabas, ausente; cada uno de los pececillos de lomos plateados que veas pasar junto a tus pies en los paseos infinitos por la playa.  Porque soy el mar, lo necesito, porque una sirena es más que una mujer con escamas, es más que un bello canto asesino que atrae a los marineros a despeñarse contra las rocas…

Porque ser una sirena como yo, desterrada a la vida terrestre, confinada a vivir durante un eterno periodo acuático, incomprensible para cualquier humano, en un mundo de envidia, dolor, guerras y miedos en el que la única luz es el amor, es como ser una princesa sin su reino.

Pero ha llegado la hora de volver. Mi piel se debilita sin el contacto con el agua salada y mis pulmones, ahogados en esta ciudad gris, necesitan sentir el oxígeno puro del mar.

Si hay algo que aprendí junto a ti fue a amar, y tú me enseñaste que un beso jamás se olvida… entonces, el amor nunca dejará de serlo, y aunque ya no esté, seré tu princesa, tu princesa sin reino.

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