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139-Como yo te quise… Por Gessamí

El ambiente era denso y sólo el cadencioso ascenso del humo  del cigarrillo recién apagado en el cenizal trazaba con holgura una línea serpenteante en la penumbra de la habitación. La temperatura era considerable mientras en el amplio y blanquecino lecho dos cuerpos entrelazados y sudorosos se afanaban en envolverse una y otra vez.

Jadeantes, los amantes se fundían armónicamente entre la dulce humedad de las sábanas sin apenas esbozar palabra alguna. Sus manos suavemente acariciaban sus tersas anatomías, agarrándose con fuerza en el amoroso combate.

Con el hálito contenido sus bocas no cesaban de besarse y de recorrer con inusitado mimo sus miembros exhaustos. Mientras tanto, los apasionados amantes con ternura se observaban mutuamente, pues todo parecía predestinado a sellar un furtivo encuentro en un amor verdadero.

Las manecillas del reloj fluían sin descanso mientras la blanquecina tez de ella se mezclaba con la piel bañada por el sol abrasador de su amor. La ceremonia iniciática continuaba sin apenas tregua y los recién iniciados sorbían cada segundo como nunca lo habían hecho hasta entonces.

Hicieron el amor con harta desmesura, dándose todo lo que hasta entonces habían secretamente guardado en sus vidas anteriores. Los dos eran desde ese álgido momento una misma cosa. No precisaron hablar. Todo estaba ya dicho.

En el fragor de su lucha por salir de su cuerpo e introducirse en el de su acompañante, los dos pretendientes olvidaron todo cuanto les había precedido como vidas anónimas para formar un solo espíritu y un único corazón. Estaban profundamente enamorados y, de este modo, sellaron su relación.

Después de horas de tenaz asueto, siguió una breve conversación en la que los amantes mostraron su emocionado llanto y admiración por cómo se habían desenvuelto dándose el uno al otro sin apenas pausa ni dilación.

Ya repuestos de su exhausta demostración, se miraron profundamente. En sus ojos ya no había pasión, era sencillamente afecto lo que quedaba. Con resignada desgana de vistieron, se aderezaron y siguieron con la aventura cotidiana de su sencillo y puro amor.

 

El paseo.

         Los dos enamorados perpetuaron su querer entre los escondidos y cuidados jardines de la ciudad. Si el amor y la naturaleza fueron creaciones de un dios, ellos eran la prueba de que la suposición era cierta, convirtiéndose en sus improvisados discípulos.

         Entrar en estos espacios era como una liberación para ambos, pues allí –ajenos a miradas y comentarios- todo les parecía nuevo, fresco, sensual… Como nuevos Adán y Eva, en su paraíso terrenal se hallaban y disfrutaban de sus paseos entre mimos, carantoñas, besos abrasadores y tierna conversación.

         Su amor se manifestaba en cada gesto, en cada palabra, en cada silencio ante el canto amortiguado de los pajarillos que aquí y allá revoloteaban. Las pobladas alamedas cobijaban su atracción y daban sentido a su honda admiración.

         No importaba que lloviera, pues a cubierto de un pequeño paraguas el contacto les aislaba de cualquier situación; tampoco que penumbra fuera amparados en su manto protector. Si el sol pujaba abrasador, su estima semejaba dulce brisa de amor.

         Aquellos paseos del amor… en los que el tiempo se detenía cansado de fluir ante tanta sinrazón y sus manos se unían con delicada pasión. Entre idas y venidas sus bocas se unían con inusitado ardor y los amantes levitaban al saberse postulantes de una misma religión.

         Si era al amanecer un frugal desayuno precedía su cortejo nupcial, pues sus corazones obedecían a un único palpitar. A mediodía, con el ánimo despierto los itinerarios se convertían en un juego de miradas sin igual, en la que la fuerza del espíritu todo lo parecía inundar y, al atardecer, su ansia se quedaba corta y necesitada de más… más tiempo con el que poder culminar tanto amor correspondido y que, tristemente, debía de esperar.

         Los anocheceres se convertían en el triste telón del broche final, donde todo quedaba interrumpido muy a su pesar. Con el alma henchida, cada uno volvía a su común transitar, apenado de no poder continuar con su amor verdadero y disfrutar del sentimiento que los unía ante la adversidad.

         Aquellos paseos del amor, cuántos sentimientos esparcieron allí por donde transcurrieron, dejando su imperecedera huella escrita para volver un día a ser recorrida…

 

El viaje.

         Los amantes una otoñal tarde emprendieron un corto viaje a una anónima ciudad mediterránea; sus pechos palpitaban como no lo habían hecho jamás, pues sus ganas de verse  estaban por encima del bien y también del mal.

         Mientras él llegaba haciendo atajos a la morada de su acompañante, ella impaciente se acicalaba para parecer más guapa todavía. Las carreteras a rebosar estaban en horas de tránsito fugaz pero, a pesar de ello, su desbordante ilusión minimizaba el tráfico y con desbordante alegría se acercaba paso a paso al punto elegido.

         Una minúscula bolsa de viaje era su compañera de equipaje, pues nada le hacía más falta que tener a su lado a quien tanto amaba. Ella, a quien cualquier vestido le sentaba como a una modelo ponerse de gala, apareció de súbito con una abierta sonrisa que para sí quisieran las hadas.

         Emprendieron la marcha después de recorrerse con sus miradas y de un cortés beso que, en sí mismo, lo justificaba todo. Era de noche, su oscuridad lo cubría todo excepto las minúsculas luces amarillentas que con rapidez iban dejando tras de sí.

         Sus manos se entrelazaron con inusitada fuerza, como signo innecesario pero símbolo vivo de su pertenencia mutua y sus respiraciones ahondar hacían el mismo aire que respiraban. De vez en cuando, él le echaba una vista y ella –con pícara complicidad- sus delicadas caricias le asía.

         A su paso, la gran ciudad quedó pronto a sus espaldas y multitud de pueblos comitiva semejaban en su veloz cortejo hacía su deseado destino. La conversación no se hizo esperar y lentamente se desarrollaba en un ambiente de increíble paz.

         A las horas de transitar, acordaron detenerse en uno de esos puntos inéditos donde el anonimato es la tónica general. Allí, como si ambos hubieran vivido años juntos, se cuidaron de que todo fuera como en un cuento ideal. Una frugal comida hizo ella, él necesitó de más, aunque el hecho de sentarse uno frente al otro les distrajo de la aparente normalidad. Sus ojos hablaban por sí solos del afecto y la ternura que se dispensaban, qué más daba el lugar.

         Vueltos al exterior, ella degustó uno de los cigarrillos que, de vez en cuando, solía saborear. Él la contemplaba admirado de su gracia natural. Emprendida de nuevo la marcha sus manos se volvieron a entrelazar en un interminable juego amoroso para el que no había escrito final.

         Llegados a su soñado destino otoñal, altas horas de la noche eran ya, con sus ligeros pertrechos se dirigieron ansiosamente a su habitación matrimonial, donde una vez depositados con sumo cuidado se fundieron en un abrazo pasional que apenas les dejaba respirar. Pero ya habría tiempo de consumar lo que sus almas venían haciendo desde tanto tiempo ya en la secreta discreción de su cotidianidad.

         Era una noche primaveral la que íntimamente gozaron fuertemente abrazados en un paseo por la ciudad. Bullía ésta de gente en sus terrazas disfrutando de unas horas de merecido asueto, a lo que los amantes eran ajenos a lo largo de su amoroso trayecto.

         Llegaron a la playa con el deseo de contemplar la luna llena que en sus marinas aguas se reflejaba, sorbiendo pausadamente tanta belleza a las puertas del alba. Sus brazos se agarraban con frenesí y sus bocas se buscaban ansiosas por sellar tanto amor al pie de la arena.

         Ambos se distrajeron en un ajetreado bar de copas, a la espera de darse el uno enteramente al otro. Sin embargo, allí decidieron dar un respiro a tanta pasión escondida y degustaron los licores que les habían servido.

         Al volver, sus respiraciones se fueron acelerando, sus corazones incrementaron su pálpito y, con más insistencia si cabe, sus manos fuertemente se entrelazaron.

         En la cámara nupcial, los dos amantes se abrazaron sin cesar, sin apenas tiempo a palabras musitar. El uno para el otro eran sobre el manto virginal que cubría el lecho.

         Desprendidos de sus ligeros atavíos, dejaron al descubierto sus nerviosas anatomías, deseosas de palparse con sus manos y acariciarse con delirio. Sus labios se buscaban desesperados y los besos que de ellos brotaban les hacían subir al limbo.

         Su natural fogosidad hacía que sus cuerpos adoptaran incontables posturas, pues todo era poco en aquel momento de desatada furia. El sudor florecía de ambos cuerpos fundidos entre jadeos  y gemidos, no había lugar para palabras que no fueran: ¡Te adoro, amor mío!

         Al acto amoroso le siguió un sueño reparador, mientras ambos tiernamente se contemplaban agotados tras su frenético  esfuerzo. Un ligero sueño siguió a los hoplitas del amor, hasta que vueltos al fragor, iniciaron de nuevo su particular idilio conciliador.

         Sus organismos se agitaban una y otra vez, buscando hallar el uno en el otro el clímax del amor. No había tregua y todo parecía poco a pesar del cansancio que iba haciendo mella. Todo era nuevo, distinto y ambos se afanaban por darse entre sí lo mejor que tenían.

         Los amantes, en el cenit de su amor, abiertamente suspiraron al culminar su demostración. El círculo amoroso, entonces, se cerró; no había pareja de enamorados que, con tanta dedicación, se abriera a su amado oponente sólo por verdadero amor.

 

El adiós.

         Hacía muchos años que este pequeño manuscrito cubierto de polvo andaba perdido en un desván, entre pequeños recuerdos de unas vidas a punto de expirar.

         Sus ennegrecidas tapas custodiaban amarillentas y algo carcomidas páginas, unas escritas otras por laborar. Hallado casi por casualidad, acabó en las todavía bellas manos de ella que, estremecidas, con paciente delicadeza y ternura infinita las fue hojeando con curiosidad. Nunca las había ojeado, pues desconocía su existencia, y su lectura diminutas gotas de su lagrimal exprimió, que aparentar quería a pesar de lo avanzado de su edad.

         En ese mismo instante su memoria retrocedió a aquellos mágicos instantes que ella en primera persona interpretó, viniéndole a la cabeza los días de amor apasionado que marcaron su destino. Sus ojos, levemente enrojecidos, se perdieron en algún lugar, mientras sus dedos acariciaban tiernamente sobre su pecho el sencillo cuadernillo.

         Allí permaneció un largo momento sentada en la vieja mecedora al son del suave vaivén reparador. Tantas cosas vinieron a su mente en tiempo tan fugaz que no pudo evitar quedar plácidamente dormida de un breve sueño renovador.

         Mientras tanto, en el recoleto jardín de la casa, sentado en una silla de ruedas permanecía él. Abstraído de cuanto le rodeaba y semblante feliz. Vestido con desgana, asomaban por las bocamangas de su camisa unas manos temblorosas que conjugaban su  cadencia con los rítmicos movimientos de su cabeza. Su mirada desdibujada y su particular rictus denotaban la mella de una enfermedad degenerativa que meses atrás se había apoderado de su ajada anatomía.

         Repuesta ella del trance de encontrarse a solas con la más pura demostración de amor que jamás había recibido, volvió al lado de su amado. Le acarició la cara y su desaliñado cabello, besó su frente y se sintió honrada de hallarse con el hombre de su vida en la recta final de su terrenal morada.

          A las pocas semanas él dejó de respirar para habitar en otra vida distinta, a solas, sin nadie a quien poder amar. Ella perpetuó su recuerdo dejando escrito al pie de su tumba este epitafio: “Como yo te quise…”, dando fe de que el amor si es verdadero nunca muere… se transforma.

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