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141-Duro es el camino de la gloria. Por Fomalhaut

No esperaba que la cena de esa noche fuese precisamente una velada inolvidable, pero por desgracia se había convertido en una velada anómala hasta para las viandas, que ahora dormitaban solitarias en la cocina sin haber llegado a lucirse en el salón.

Después de todo, piensa que no está obligado a imaginar los sentimientos de todos los autores que pasan por la editorial, ni tampoco puede dedicar su tiempo a prestar oídos a los comentarios malintencionados que circulan entre los escritores, incluyendo sus rencillas personales.

El dueño de Ediciones Solemío, pensativo entre las sábanas, intenta descargar su propia responsabilidad ante lo sucedido para poder conciliar el sueño junto a una mujer muy, muy enojada.

Para él se ha convertido en una tradición que considera ineludible; cada Navidad organiza entre ocho y diez cenas en su propia casa. Y esta rutina por cierto, es algo que a la mujer muy, muy enojada le resulta cada año más difícil de soportar. Su acritud, sin duda, ha contribuido a desbaratar aún más el ambiente ya de por sí nefasto que se ha respirado en la dichosa cena; pero el librero se guarda mucho de echárselo en cara, pues no es su intención avivar el fuego que aún le caldea las orejas.

 

Por la soltura de estilo y las famosas incursiones irónicas de sus novelas, hubiera podido imaginarse que el creador del libro superventas del año, El bólido trapinchi, es un hombre alegre, extrovertido por demás, bien plantado, cordial, un ser, en fin, en armonía con la vida; pero no. Es un personaje taciturno, entrado en años, de tez amarillenta y una mirada que al dueño de la editorial le recuerda la de un perro apaleado. Y eso es algo que no comprende: cómo un hombre así consigue ésas mujeres, mejor dicho, ésas modelos renacentistas, todas obedeciendo a un mismo patrón: juventud, larga y ondulada melena, nariz recta, cutis nacarado, labios jugosos y sonrosados, y lo más asombroso, además de hermosas, inteligentes, cultas.

“Increíble”, pensó el editor, cuando Perro apaleado se presentó acompañado de una mujer fiel al modelo, cuyas crenchas pelirrojas se perdían en un escote de terciopelo grana. Atisbó un instante el fondo de aquellas profundidades, y después besó sus blancas mejillas con devoción de entendido: “es como un mazapán”, se dijo, relamiéndose instintivamente, en el mismo instante en que la mujer enojadísima le acuchilló con la mirada.

 

Al hombre de bigotito y cabello soldado al cráneo a base de brillantísima brillantina que llegó más tarde jamás se le habría ocurrido pensar que el reducido volumen de ventas de su novela La soledad del liquen se debiese a una pobre calidad; muy al contrario, está convencido de su absoluta superioridad: él es un escritor para minorías, un escritor verdaderamente literario -de hecho está íntimamente extrañado de que aún no se le haya concedido el Nobel – que desprecia las recompensas inmediatas.

Al dueño de Ediciones Solemío no se le oculta que este hombre nunca le ha terminado de caer bien, y que sintió cierto malestar cuando vio entrar al pequeño Hitler en el salón, nadando en esa desagradable loción Kencho para el afeitado, inundando el ambiente de un recargado perfume que hacía juego con su acompañante: una mujercita con el cabello ultrateñido y un entrecejo de comillas en negrita, ataviada con los mil y un complementos que marcan tendencia.

 

Entonces se hicieron las presentaciones.

Cuando Mazapán quiso besar a la portadora del entrecejo entrecomillado, ésta volvió la cabeza y emitió una especie de ruido gutural, “así debe ser cómo gruñe un oso cavernario”, se dijo el librero. Al mismo tiempo, el pequeño Hitler se limitó a alargar la mano hacia la bandeja de los turrones cuando Perro apaleado hizo ademán de estrechársela, dejándole con el brazo extendido en el aire.

“Dios mío”, pensó el editor, buscando la mirada cómplice de la mujer enojada, quien lo evitó mirando con mucho interés la superficie de una peladilla. Él creyó distinguir una sonrisita iluminando la comisura de sus labios.

Pero Perro apaleado era un hueso duro de roer.

– He leído su novela – afirmó, mirando a Hitlerito de frente. Muy interesante esa reflexión sobre el origen de la poesía, no recuerdo bien el capítulo pero… sí, interesante; de hecho, me ha inspirado algunas ideas para mi próximo proyecto… Si no le importa, claro, añadió con una rápida sonrisa.

– Claro que no – mintió el pequeño fürer, desviando la mirada. Tampoco Aristóteles tuvo inconveniente en difundir sus ideas entre el vulgo cuando Alejandro Magno se lo reprochó ¿no es cierto? – repuso, emitiendo una falsa risita que enseguida secundó la Mujer entrecejo.

– ¿Quiere decir que considera que sus ideas quedarán a salvo, pues los simples mortales nunca podríamos utilizarlas como es debido por no comprenderlas? – inquirió Mazapán, con un tono de voz tan áspero en contraste con su aspecto que el editor se sobresaltó.

– Bueno, hay ideas que… – empezó la pequeña mujer, para verse ignorada de inmediato por la señorita Mazapán, que volvió al ataque.

– ¿Quiere decir que se considera igual o mejor que Aristóteles? ¿Quiere de-cir-e-so? – enfatizó, recalcando deliberadamente las últimas sílabas.

– ¡Oh! Verá usted, señorita, eso lo dirá la Historia, ella será la encargada de corroborarlo – contestó el hombrecito con estudiada naturalidad.

– Pues yo, fíjese – intervino el autor de masas-, a eso que llama historia, yo lo llamo éxito, gloria, permanencia y ¿sabe qué? Creo que ese mismo vulgo ignorante, sobre todo en lo que a literatura se refiere, es el que mediante la suma de sus ineptas preferencias se encarga de elevar una obra a la inmortalidad.

– Pues hay algunas obras que… – intentó meter baza la mujer entrecomillada.

– En todo caso – prosiguió con firme calma Perro apaleado, yo no tengo tiempo de pensar en la inmortalidad, estoy muy ocupado viviendo mi tiempo, intentando captar la verdad que hay en el interior de las máscaras que representamos, para ofrecérsela a mis contemporáneos.

-¡Hip! – sostuvo Doña entrecejo, tras acabar la cuarta copa de champán.

– Ya. Y supongo que esa loable ocupación, de paso le deja tiempo para embolsarse cifras astronómicas con las que deslumbrar a las mujeres… – atajó Pequeño Hitler, mirando a Mazapán con evidente desprecio.

– Amigo, no se equivoque – rió el hombre de mirada de perro, ya menos apaleado ¡le aseguro que son las mujeres quienes me deslumbran a mí! ¡No al contrario! – Y atrajo hacia sí a la modelo renacentista rodeándole la cintura.

Fue el instante elegido por Doña ceño para avanzar con el ímpetu de una tanqueta y derramar su sexta copa de cava en el generoso escote de Mazapán.

– ¡Uy! Perdón – se disculpó, reprimiendo a duras penas una carcajada.

– Aaaaaaah – ¿Pero, será cabrona? Chilló Mazapán.

El dueño de Ediciones Solemío palideció. “¡La leche!”, pensó, “esto ya está siendo la leche”, dirigiendo la mirada suplicante hacia la mujer enojada, quien permanecía sentada en el sofá, observando divertida la escena. “Lo está pasando en grande”, suspiró para sí, resignado, sabiendo que sin su ayuda, poco podía hacer ya por detener aquella bola de nieve.

Toda la furia de las tormentas centelleó en los ojos de Mazapán, quien agarró por el cuello a la pequeña señora para soltarla después con tal violencia, que aterrizó al otro lado del salón, chocando contra el abeto, que se desplomó sobre ella con gran estrépito de bolas y cristales, para terminar con el chisporroteo zumbón de los cables de bombillitas, que, cual torcida corona, quedaron ciñendo su cabeza.

A estas alturas el librero ya no sabía si reír o llorar. Cayó en la cuenta de su deber de anfitrión y se apresuró a socorrer a la mujer tirada en el suelo, pero ella, presa de un ataque de histeria, daba manotadas en el aire intentado abofetearle.

Mientras, el pequeño fürer, perdido el control ante tamaña humillación, apoderándose del abeto, maceta incluida, los ojos inyectados en sangre, dirigió la embestida hacia Mazapán, quien en el último momento, logró zafarse del ariete saltando tras el sofá. El árbol, en su inevitable trayectoria, quedó incrustado en la vitrina de la pared frontal, desde la que todas y cada una de las piezas de la exclusiva colección de porcelana de la mujer enojada, cayeron al suelo o bien rebotaron antes sobre la brillante cabellera del hombrecito despatarrado, con elegante tintineo.

Todos los presentes se detuvieron.

El librero recuerda ahora, cómo los ojos se le inundaron con lágrimas de impotencia, mientras la mujer enojada se levantaba despacio y recorría el trayecto de los cascotes, agachándose para recoger un fragmento de una delicada pieza china por aquí, el asa de una taza victoriana por allá… Hasta que de pronto quedó quieta, como paralizada.

El anfitrión lloroso fue testigo consciente de la transfiguración de su rostro, que de enojado, había pasado a la calidad de muy, pero que muy enojado. “Yo no lo haría”, se dijo, meneando la cabeza cuando el hombre de la triste mirada se acercó a ella con la clara intención de ofrecerle consuelo.

– ¡Fuera! – chilló la mujer ¡fuera todos de mi casa! ¡Salgan inmediatamente! ¡Ahora mismo! Se desgañitó, señalando la salida hacia la puerta con el índice tembloroso.

– ¡Fuera! – repitió, obligando a los presentes a dar un respingo mientras se apresuraban a salir. Y eso fue lo último que dijo durante el resto de la noche.

 

Ahora, entre las sábanas, escucha la respiración de la mujer muy, pero que muy enojada, que gracias al somnífero se ha tornado tranquila. Cierta zona de su propio estómago ruge, recordándole que no ha cenado. El dueño de Ediciones Solemío recuerda de pronto el día en que dos operarios del vivero transportaron la maceta con su abeto hasta el salón. Sudaban debido al esfuerzo. “¿De dónde habrá sacado ese enano repeinado semejante fuerza?”, se preguntó, antes de quedar profundamente dormido. Soñó con pavo relleno de novelas de bolsillo y grandes bolas navideñas cubiertas con mantequilla.

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