Agapito es tonto. He llegado a esa conclusión. Si en el mundo de los pulpos, hay tontos, Agapito es el rey. O el príncipe heredero, que como es tonto, nunca se sabe.
Mi relación con Agapito comenzó este mes de Septiembre. Quienes me conocen saben que soy aficionada a la pesca de Octopus vulgaris. Es decir, el pulpo de toda la vida. Ya no sólo porque es un animal que es el cerdo del mar, se aprovecha todo de él, si no también, porque es emocionante pescarlos. Son valientes y tímidos a la vez y son seres que parecen sacados de algún relato de ciencia ficción, como habitantes surrealistas de otro planeta. Me fascinan sus movimientos y sus cambios de color, su gracia para mimetizarse con el medio y pasar desapercibidos. Dentro de los Moluscos, son los animales que más inteligencia tienen, según los etólogos marinos. Todos menos Agapito. Que es la excepción.
Pesqué por primera vez a Agapito a primeros de Septiembre. Agarró con fiereza la potera blanca con su pata de pollo atada mediante elásticos. Siempre me ha asombrado que este truco sirva con los pulpos. Porque, díganme si no, cuantos pollos puede comerse un pulpo a lo largo de su vida.
Agapito agarró con sus ocho patas la potera, que es una tablilla de color blanco a la que van atornillados unos anzuelos. Cuando tuvo a su “presa” bien agarrada, cayó en la cuenta que era él el pescado.
Lo saqué limpiamente, sin que se clavara en los anzuelos. Era pequeño, de unos doscientos gramos, y me plantaba cara con la misma ferocidad, que el monstruo que imaginó Verne, atacando el Nautilus. Verlo tan pequeño y tan valiente, me enterneció.
Por norma, nunca cojo ejemplares pequeños. Me dan pena y además, cunden poco en la cocina, así que los suelto nada más sacarlos, no sin antes observarlos. Esos cambios de color y de textura de su piel, me parece un prodigio de la Naturaleza.
Además, Agapito era “cojo”. Le faltaba un tentáculo, por lo que el sentimiento de lástima que me produjo, era mayor. Así que, lo devolví de nuevo al mar. Rápidamente, se escabulló de mi vista dejando tras de si un señuelo negro de tinta.
Pasaron los días y volví a salir de pesca. Suelo hacerlo en una escollera cercana, de la cual, me conozco casi todos sus recovecos. Y hete aquí, que de repente veo que la nívea potera desaparece y se vuelve de color oscuro, casi negro. Un pulpo había caído de nuevo. Tiré con fuerza del cabo a la que va enganchada y cuando la saco del agua, me fijo y algo me llama de nuevo la atención. El pulpo era tullido. Le faltaba un tentáculo y al final del muñón había una pequeña protuberancia poco desarrollada. Ocurre algo curioso con estos animales. Cuando pierden una de las extremidades, al igual que el rabo de una lagartija, vuelve a crecer. Pero no con la misma longitud o grosor. Salen que parece un pequeño pámpano de vid, pequeñito y lleno de ventosas enanas. A veces, recuerdan a los niños afectados por la tristemente famosa Talidomida.
Ni que decir, que era de nuevo Agapito. No había aprendido y seguía estrujando implacablemente la potera, como si de una presa suculenta se tratara.
Me fijé con más detenimiento esta vez, antes de devolverlo de nuevo al agua. Agapito tenía una raya pardo – negruzca que le rodeaba los ojos amarillentos con los que me miraba.
Estaba cabreado y se le notaba, pues del color azulado, pasó a un color carmesí. Parece ser que, según los biólogos marinos, los pulpos son capaces de emitir por sus cambios de color, su estado de ánimo.
Si están pálidos, es que sienten miedo. Si toman un color gris azulado, como de humo, es que están excitados y si se ponen como una grana, es que están francamente enfadados. Y Agapito, en esos momentos parecía un semáforo que no dejaba pasar el tráfico.
No sé porque, pero me puse a hablar con él
– ¡Pareces tonto! – le dije mientras sus tentáculos me presionaban la mano- ¿no aprendiste del otro día?
Mientras yo hablaba, parecía que él contestaba. Emitía unos sonidos como una botella de gaseosa desventada. Suerte que estaba sola en esos momentos en el espigón, porque me hubiesen tomado, definitivamente, por una chalada.
– ¡Hala, al agua! – le dije – y que no te vuelva a ver más.
Pero le volví a ver. En tres ocasiones más. Y con el mismo desenlace que en las anteriores. Su muñón crecía por días. Ya su microtentáculo medía unos dos centímetros, calculé a ojo de buen cubero.
He vuelto a ir a pescar más veces, pero ya no le he vuelto a ver. Le perdí la pista a mediados de Octubre. Confío que Agapito haya tenido una vida larga y que no haya caído en ninguna potera o ningún arpón de algún submarinista.
Pero no lo sé, me temo lo peor. Como decía Forrest Gump, el tonto es el que hace tonterías y Agapito tiene de eso, una arroba y todas las papeletas de acabar sus días en un arcón congelador.