El chófer no se aclaraba con las teclas del GPS. Era la segunda vez que lo activaba desde que comenzó el trayecto. Pulsaciones compulsivas para reubicar el camino, para desentrañar la huidiza combinación. En el asiento trasero, una mujer rubia de mediana edad, terno oscuro y collar con una cruz observando como porfiaba el conductor. Con el entretenimiento de no quitar ojo a la actividad ajena. No entiendo como no prohíben este aparato, escuchó decir al chófer. No quiero ni pensar la cantidad de choques que habrá producido. No hay quien lo entienda. Prohibido hablar por el móvil y, en cambio, sin problemas para manejar este endiablado cacharro. Aunque bien pensado, lo que tendrían que evitar para que la gente se distrajera es que circularan las macizas que andan por ahí. Eso si que es un peligro para la conducción.
La mujer sonrió. Pues si, tiene usted razón, respondió. Y también esos chicos guapos que se ven de vez en cuando, no los excluya usted. Que también hay macizos por las calles y nosotras también tenemos ojos. Ya lo tengo, cortó el chófer fijando la vista en el GPS. Está por Reina Victoria, por la Ciudad Universitaria. Si, está por ahí.
Alternaba y serpenteaba entre coches, semáforos y túneles. El chofer recuerda como eran los atascos de Madrid de hace unos años y se juramenta para recordar que antes de volver a casa tiene que pasar por casa de su cuñada a recoger un tapper ware de cocido. Como le había pedido su hija, que había estrenado recientemente la mayoría de edad. “Saltarme la dieta un día. Un buen regalo de cumpleaños”, había dicho. De ese que tanto le gusta, con morcillo y chistorra. Como el cocido que él prepara personalmente en las grandes ocasiones, cuando tiene tiempo. No podía olvidarse. Y usted señoría, había visto alguna vez antes a la chica, pregunta.
Si, la tomé declaración. La madre había presentado una denuncia contra su pareja. Un antiguo camionero en tratamiento psiquiátrico de ciento diez kilos que ya tenía antecedentes por violencia de género. La había golpeado y arrastrado por el suelo. Era la segunda vez. En la anterior declaración dijo que él alguna vez incluso le había confesado que le excitaba la sangre. En la comparecencia, con la cara llena de moratones y magulladuras, quería retirar todos los cargos. Un enfado pasajero, decía, una discusión de pareja. Su hija estaba mietras en silencio, observando a su madre, sentada junto a ella. Se quedó sorprendida cuando le pregunté si tenía algo que declarar. Miró durante un instante a su madre que la taladraba con una mirada severa y bajó la cabeza. Le dije entonces a la madre que saliera. Protestó, se negaba a que declarara sin ella delante. El fiscal manifestó su acuerdo y exigí que abandonara el despacho. Nos quedamos él y yo con la chica. Hasta entonces había permanecido en silencio, ausente y atemorizada. Respondió a nuestras preguntas sobrecogida por la tensión, sin mover la posición de su cuerpo un ápice y sin levantar la vista, avergonzada. Era hija de otra pareja que les abandonó hacía años y que estaba en paradero desconocido. El hombre no era su padre. Era consumidor habitual de drogas de abuso, cocaína, pastillas, heroína y tenía diversos antecedentes psiquiatricos. Vivía de una pensión de invalidez. Teóricamente en el domicilio de su padre de setenta años. En la realidad, desde hacía dos o tres semanas, según han dicho los vecinos, con su pareja. Quien se tuvo que alejar fue la chica, que se fue a vivir con una tía y que desgraciadamente decidió hoy hacer una visita a su madre.
La chica confirmó en breves frases las agresiones. Los continuos insultos a su madre. Cuando la abandonó mi padre se vino abajo, dijo. Dudó de ella misma, de toda su persona, de su físico, de su valía. No sirvo para nada, decía. Y él la hipnotizó, con su seguridad patológica, con su rudeza. Como una secta compuesta de una única persona que no anula una personalidad que ya no existe, sino que la sustituye, la rellena, la somete. En su madre decía que se produjo una relajación en la violencia, en la falta de necesidad de pensar, en la esclavitud. Es mi hombre, parece que decía.
Ya, dijo el conductor, aquello del chiste de que si tu no sabes por qué la golpeas ella sí.
Se quedaron en silencio durante unos segundos.
Si, dicté auto de alejamiento, dijo la juez en tono de reflexión en alto. No podría acercarse a menos de quinientos metros. Hará de ello menos de un mes.
¿y volvió a saber de la chica?
No hasta hoy. Parece ser que llamó a la policía aterrorizada porque el camionero había golpeado a la madre y la había amenazado de muerte. Llamaba encerrada en el baño, con el móvil, según me dijo la policía y figura en el atestado. Después el tipo rompió la cerradura de la puerta del baño y la mató.
Mi hermano estuvo en Cuba el año pasado, dijo el conductor, y me ha dicho que allí no hay maltrato de mujeres. Allí no dejan sueltos a los animales , dan más importancia a las personas.
Nunca se sabe…En su expediente consta que el psiquiatra, continuó la juez, le había diagnosticado trastorno esquizoafectivo y consumo de drogas. Pero sin rasgos de euforia o de depresión. Hablaba en las consultas al psiquiatra como si fuera un colega charlando de cuestiones banales, sin un mínimo análisis o critica, en una actitud egótica, ni siquiera egoísta , como un bebé. Indiferente respecto a los demás, sin que le importaran los deberes sociales, las normas familiares. Replegado sobre sí mismo, intolerante ante cualquier contrariedad, negando su conducta, minimizando los fracasos en todos los órdenes de la vida. Sin conciencia de que hay otro con el que relacionarse, negociar o entenderse
Si, incapaz de ponerse en lugar de los demás, puedo imaginarlo
Es posible. El psiquiatra decía que el padre se presentó en solitario a alguna de las sesiones previas porque el enfermo se negaba a ir. Decía que le machacaba las medicinas y se las daba durante la comida porque se negaba a tomarlas. En una de las últimas sesiones consiguió que fuera a la consulta pero a pesar de ello le acompañó porque temía que su hijo renunciara a colaborar con el psiquiatra. Era necesaria la presencia del padre porque él no reflejaba contratiempo alguno, para él todo era normal Respondía con chascarrillos bobos sin colaborar, permaneciendo insípido en la consulta diciendo solo que tenía novia, que le esperaba a la salida. El padre ni afirmó ni negó sino que pasó a denunciar el comportamiento de su hijo y su consumo de cocaína esporádico, “una o dos rayas, doctor” lo que motivó otro de los ataques de ira de su hijo, reacciones violentas ante pequeñas frustraciones, imposición vehemente de sus deseos. De manera primitiva y narcisista.
¿qué le hizo a la chica?.
Después de derribar la puerta del baño la degolló, la violó y la cortó los dedos. La policía dice que cuando entraron en la casa tenía la cara totalmente desfigurada. No podían reconocer sus rasgos. Necesitaron a cuatro agentes para engrilletar al asesino porque se había abalanzado sobre ella y le había metido un dedo entre el oído y el cuero cabelludo. Le había golpeado con el tacón de su zapato en el cráneo hasta que consiguió abrir un boquete en el que introducir un dedo.
La madre yacía en el salón inconsciente. Con golpes en todo el cuerpo. Tiene un hematoma en el cerebro del que los médicos no saben si se recuperará.
Esa tarde, pocas horas antes, la policía había recibido otra llamada de un transeúnte porque el tipo estaba profiriendo gritos en la puerta de una iglesia, con los brazos en cruz, el torso desnudo, sin gente alrededor, escondiéndose amedrentada. Según parece mascullando crispado “Soy dios”, “Soy el puto dios”
Ya estamos llegando. A estas horas se llega en un santiamén. Aquí está. Es aquel edificio, Instituto Anatómico Forense. La gente debe estar dentro. ¿la espero señoría?
No hace falta, de verdad. Ya es de noche y no se lo que tardaré.
¿Y sabe usted que tenía el cuerpo de la madre en el cuello?. -Aunque ya habían llegado la juez parecía tener interés en acabar de contar la historia- Un colgante en el que decía “Marcos, siempre tuya”.La había abducido, poseído hasta el último reducto de su alma. Es posible que todavía en estos momentos yazca en la sala de la Unidad de Cuidados Intensivos de La Paz con una declaración de amor en la garganta hacia el asesino de su hija.
Se despide, abandona el coche y se dirige hacia el edificio mientra piensa en el padre del asesino y, no sabe por qué, piensa en el suyo.
El conductor deshace el camino de vuelta hacia Reina Victoria. Recoloca el GPS como si fuera el espejo retrovisor que hubiera que ajustar para tener un correcto campo de visión. No lo necesita, ahora conoce el camino perfectamente pero ya ha convertido el gesto en un tic. Primero a recoger el cocido de mi cuñada, con su morcillo y chorizo, con sus berzas y garbanzos, con su caldito. Si se da prisa puede estar en casa a las once, para darle un beso a su hija antes de que se vaya a dormir, y luego recalentárselo en el microondas y engullir un plato con un culín de un Rioja guardado desde el domingo pasado. Dejando algo para ella, que es regalo de cumpleaños. Ya empieza a hacer calor. Duda si abrir la ventanilla o poner el aire acondicionado. Finalmente se decide a dejar que entre el aire del exterior y deja un resquicio en la ventana. Para el coche en un semáforo y ve pasar a una anciana con un perro salchicha, un hombre trajeado acuciado por la urgencia de su prestancia, exteriorizando las prisas de una carrera vertiginosa, una pareja de novios agarrados y riéndose, las risas le llegan hasta él, el novio acaricia el pelo de la chica y le coloca un mechón tras la oreja. El chófer no se da cuenta de que el semáforo se ha puesto en verde, les sigue con la vista y se muerde el labio inferior.