Desde primeras horas de la mañana el ofis es un hervidero. Los carros de los desayunos, atestados de bandejas, hacen fila en el estrecho pasillo. Nos topábamos unos con otros como bobaliconas ovejas que van al matadero, mientras la voz autoritaria del matarife repta sinuosa por las paredes. Aquella voz: “Vamos, pandilla de arrastraos, que son más de las seis…” es la que nos saca de la ensoñación estúpida que da la madrugada. Cuando aún no te has despejado del todo, y las palabras, los ruidos, los olores, no llegan del todo a tu cerebro y estás todavía borracha de la polución nocturna de los sueños. La voz te dice: “Despabila, que todavía te quedan diez viejitas a las que bañar…” y es la misma que te sacude de las sienes las caricias del último hombre sobre la faz de la tierra. Tú quieres pensar que es el último, que tus pechos se rendirán, que los verás caídos como dos dunas exhaustas, cansadas de permanecer firmes, vigilantes, allá en el vasto desierto que era tu piel. Y que no te importará. Y bañas a la viejita como a tu amante, sin querer entregar al recuerdo las caricias prisioneras. La secas tiernamente, con mimo. Dejas que resbale por su piel el aceite de bebés para que se sienta renacer, aunque lo único que les espere, el resto del día, sea la caja tonta diciéndole, en voz muy alta, porque son sordas, que tiene que usar compresas con alas.
Y allí las plantas. Todas en fila. Como macetas de plástico que lo único que necesitan es que les quites el polvo y les digas lo guapas que están, lo bien que adornan la sala, y eso sí, lo bien que huelen, aunque la colonia Nenuco sea lo menos identificable en un cuerpo que exhala el último aliento de lo que fueron, y hayas percibido que la señora viuda de Vázquez, se ha hecho de las suyas justo cuando acabas de cambiarle el pañal. Y según la miras, la pobre, que no habla, sólo gimotea de cuando en cuando, te lance una mirada suplicante de conmiseración. ¿Quién se apiada de quién? Y te la llevas al cuarto de baño. Mejor una ducha que no la esponja. Es cuando te pilla la encargada y te fulmina con la mirada.
-A su cuarto –te dice-. Y acuéstela, tiene mala cara.
Cambias de dirección y piensas: “otra, que no verá la luz del amanecer”, porque la encargada, esa mujer enjuta, tan poca cosa, que ves desparecer por el largo pasillo que da al ofis, es una gárgola con patas. Fea, fea. Parece que llevara en la espalda una tremenda joroba con vida propia, que crece por días, por momentos. Está consumida y seca. Y recuerdas la leyenda de las Banshees. Esas agoreras de la muerte. Con su pelo flotando en el aire y sus colmillos afilados, gritando el nombre de la próxima difunta. Y te pones a pensar en cuántas veces le has escuchado pronunciar la misma frase: “Tiene mala cara”, las veces que la luz ha parpadeado y un frío helador te ha atravesado el cuerpo. Y te dices a ti misma que todo son casualidades. Tu imaginación. Que las viejitas tienen que morir tarde o temprano. Pero es que ella no es una Banshee ni es el Ángel de la Muerte ni la Muerte a secas. Lo sabes, y punto. Ella oculta algo. No muestra su verdadera imagen al resto de los empleados que creen que es hermosa por dentro y por fuera. Tiene un secreto que la consume y la está encorvando lentamente.
La señora Vázquez gorjea en su nido, limpia y perfumada. Es un pajarito. Un pequeño búho, toda ojos, que mira con esa curiosidad aplastante que tienen los niños o los que, como ella, han comenzado a ver las cosas que le rodean como a un juguete nuevo. Es un polluelo descarnado y despojado de plumas que pía su soledad, perdida entre las almohadas de su cama anatómica. A veces se me queda mirando tan fijamente que creo que quiere decirme algo. Algo muy importante. Yo le hago mil preguntas.
-Almudena, ¿tenemos frío?, ¿hambre?, ¿pis?, ¿queremos dormir?, ¿leo su libro…?
Y es cuando señala en alguna dirección. La ventana, la mesilla, la puerta, su armario, o cierra los ojos con fuerza. Y es emite algún sonido tartamudo. “Mira, ea…, mira, ea…, mira, ea…”, dice. Y lo hace con tanta gracia, que me río sin poderlo remediar porque lo arrastra con un acento andaluz cerrado que me mata. Y es entonces cuando cojo el libro de la mesilla y leo el primer capítulo de “Patero y yo”. Eso le calma y hace que aquello que tenía que decirme tan importante se le haya olvidado.
-“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo hecho de algodón, que no lleva huesos…”
No me da tiempo a llegar a los ojos de Platero. Ella se ha dormido.
Pero hoy es diferente. Hoy tiene una extraña zozobra en las manos. Le tiemblan, señalan la puerta con insistencia. Sus labios están cuarteados, las comisuras blancas. Sus ojos son como los de Platero. Dos escarabajos de cristal negro que lagrimean sin control, y no para de decir “Mira, ea…, mira, ea, mira, ea…” y pienso que a lo mejor tiene razón la Gárgola y la señora Vázquez tiene hoy mala cara. Casi no me da tiempo a pensarlo porque la puerta se abre de par en par y entra ella como si se hubiese colado un remolino de aire desahuciado. Huele mal, como a gamba cocida echada a perder.
Me hago humo. Reculo hasta la puerta. Ella la cierra de golpe, sin dejarme salir, y echa el pestillo.
-No se vaya, señorita Marín. La voy a necesitar. Siéntese, haga el favor.
Acerco una silla hasta la cabecera de la cama sin saber muy bien cuales son sus intenciones. Me tiemblan las piernas. Observo a la señora Vázquez. Sus ojos abiertos, expectantes, su mirada vidriosa, su pelo desgreñado. Tiesa como un palo, ofreciendo su mano a la Gárgola con una sonrisa indescifrable. Su gesto es apremiante. Le dice con una voz que parece haberse escapado de una gaita:
-Cuénteme, Almudena, cuéntemelo todo.
Y presencio, atónita, como convulsiona la señora Vázquez. Cómo su cuerpo se retuerce y amorata. Cómo sus manos se crispan. Sus ojos se vuelven blancos. Y siento que algo clama por salir de su interior. Tiene los carrillos muy hinchados, llenos de aire. Las luces parpadean, tiemblan. La Gárgola me agarra la mano, yo intento zafarme, me obliga a mantener su contacto. Y llega hasta mí una brisa, una luz, una mansa quietud. Cierro los ojos por unos segundos, luego los abro. Es cuando miro a la señora Vázquez y oigo su voz. Es la de una niña pequeña. “Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo”*, dice. Y me lo cuenta todo. Todo. Luego, su rostro irradia una paz sin nombre.
-La señora Vázquez nos ha dejado –me comunica la Gárgola con gesto sereno-. Avise usted al médico de guardia.
Y sé, que se ha marchado de este mundo sin la carga insoportable de sus secretos más oscuros. He sido testigo de ello.
Por primera vez, miro a la Gárgola con otros ojos y la veo en todo su esplendor. Es bella, hermosa. Y sé que será también la última. Veo como se aleja de camino al autobús y me regala una última sonrisa. He aceptado el trato.
*Patero y yo, Juan Ramón Jiménez.