Conocí a Lucía la mañana que regresaba de enterrar a Clara. La encontré junto a su coche, mirando al río desde el promontorio que forma el camino frente a casa; su pelo corto retozaba despreocupado con el aire. Al escuchar mis pasos se volvió y sonrió con familiaridad; sostuvo la mirada mientras ascendía a su encuentro, y su sonrisa se extendió como si narrase la vida con silencios.
Lucía había escapado de la ciudad. A diferencia de Clara, y las chicas anteriores, no llegaba cargada de pesares, con el estrés a flor de piel. Ella simplemente se marchó en busca de la libertad de campo adentro, la que alimenta los ojos y llena los pulmones. Llegó lozana y desenfadada, al tanto de cada pequeño milagro de las flores.
El bochorno invitaba a probar el agua fresca de la fuente del patio. Y Lucía aceptó la invitación al instante. Caminé a su lado, espiando prisas o desconfianzas, escuchando sus trinos de pájaro de ciudad, disfrutando el torrente de vida que emanaba de su pecho. Aliviados del calor, descendimos hacia el río, sin rumbo aparente, para seguir el camino tantas veces premeditado: primero bordeamos el galacho hasta llegar a las cascadas, atravesamos la corriente por el tembloroso puente de madera, y escalamos, desde la orilla opuesta, la colina que domina el valle. El plan siempre consiste en retrasar el paseo hasta la caída de la noche. El objetivo es conquistarla, sin aceptar el pacto ridículo de un par de horas de compañía diaria; alejarla de las comodidades civilizadas y atraerla hasta aquí, a la nada, a valernos sólo del amor y la naturaleza. El señuelo es la belleza de estos parajes, donde la vida discurre sin prisas.
Lucía se dejó guiar dócilmente, indiferente al reloj, concentrada en su monólogo salpicado de risas. La boca inquieta evadió el pasado y el futuro con la misma habilidad con que sorteaba las ramas caídas a nuestro paso. Ya en casa, cenó con apetito, sin reparar en modales. Se levantó de súbito, sorprendiendo a mis fresas con nata recién comenzadas, y fue a la cocina a preparar un café bien fuerte, que me ofreció con irrecusable ternura. Tras la cena, la seguí hasta el portal, donde degustamos otra conversación ligera, plagada de dulces banalidades y preferencias culinarias. En algún momento indefinido de la noche, predicho por bostezos recurrentes, corrió a mi cuarto y eligió el lado que prefería de la cama.
Las semanas siguientes se colmaron de una felicidad espesa y desenfrenada. Evitamos a vecinos y paseantes para consumar a solas nuestro amor. Lucía impuso su cariño con discreta pero empecinada dulzura. Tomaba a broma mis reproches y cerraba mi boca con su sexo exigente. Las chicas anteriores siempre consiguieron molestarme, hasta hacerme perder la razón; sin embargo, Lucía manejaba mis humores a su antojo, con destreza comparable a sus ejecuciones domésticas.
La dicha acumulada me sumió en tal letargo que descuidé labores rutinarias, de las que dependían mi subsistencia, como repasar la improvisada tumba de Clara para evitar que la tierra revuelta resbalara de la colina y expusiera el cadáver a la luz. Nos tornamos en amantes perezosos. Durante varios días preferimos comer frutas y aves del monte, soslayando el viaje en busca de víveres a la ciudad. Hasta que fue inevitable postergarlo. Lucía prefirió quedarse a dormitar sobre la hamaca del patio. En el supermercado me di cuenta de que habían transcurrido dos meses desde su llegada.
A mi regreso, la guardia civil cercaba la colina donde había enterrado a Clara. La certeza de un descuido enturbió mi conciencia y el pavor a perder a Lucía paralizó mis músculos. Desconcertado, interrogaba a la noche impasible. Los baches del camino me zarandearon, sin éxito, hasta vislumbrar la entrada de la finca.
– La policía está cerca -le comenté a Lucía desde la puerta.
Huyamos entonces -respondió con sonrisa zalamera, como si iniciáramos un juego de niños, evitándome molestas explicaciones.
Condujimos durante varios días, hasta más allá de la frontera, relevándonos cada tres horas frente al volante, derrochando amor en cada recodo del trayecto, esparciendo la felicidad por senderos y carreteras secundarias. Nos detuvimos en una villa tan pequeña que infundía confianza. Tras muchas noches de viaje, dormimos en una improvisada cama de un destartalado motel. Al amanecer, los agentes irrumpieron con violencia en nuestro cuarto. Fue la última vez que despertamos juntos.
Negué cualquier relación con los cuerpos enterrados cerca de casa. No podían tener pruebas. Fui extremadamente cuidadoso en la manipulación de los cadáveres. Ningún vecino se enteró que las chicas vivieron conmigo. Primero, por la enorme distancia que nos separa; luego, porque residen unas pocas semanas al año en sus fincas, y apenas nos conocemos. Atormenté a los guardias con detalles de mi romance con Lucía, y les aseguré, como acordáramos antes, que nos habíamos marchado a hacer turismo por nuestra cuenta. El resto lo callé. Y esperé.
Permanecí varias semanas incomunicado, sin comprender lo que pretendía la policía. Estuve a punto de traicionarme ante sus continuos asedios. Los detalles del caso los conocí ya en libertad, gracias a la prensa. Acusaban a Lucía de ser una asesina en serie de chicas. Las abordaba en la calle y ganaba su confianza. Escogía a muchachas jóvenes, inexpertas. Las asesinaba a las pocas horas, en algún lugar solitario. Bastaba un corte certero en la yugular.
Estuvieron a punto de atraparla durante su última actuación y se vio obligada a escapar de la ciudad. El día que la encontré se había quedado sin combustible, sin saber a dónde huir. Tuvo la delicadeza de no involucrarme en los hechos, aunque se negó a reconocer como suyas a mis chicas enterradas. Me pregunto si sospechó de mi. Nos vimos por última vez durante el juicio. Nunca respondió a mis cartas. Ella fue siempre más pragmática. Supo mucho antes que nuestros caminos se separaron en el motel de la frontera.
Ya no me atraen las mujeres que llegan perdidas a mi finca. Suelo ser áspero con ellas, incluso violento. El silencio ha dominado mis ánimos hasta hoy, cuando supe del asesinato de Lucía a manos de otras reclusas. No dudo que ella indujera el crimen fatal: sólo cumplió dos de los setecientos años de condena.