Icono del sitio

156-Aún casi no estás. Por Jorge Salvador Tercero

En ocasiones no puedo evitar recordarte. De repente a veces, vuelves a la luz cuando mis ojos contemplan el crepúsculo que ya no es nuestro, a pesar de que aún, como entonces, se balancea salpicando mariposas. Con el rostro inundado por el rocío, lo mirabas todo, apretando en mi cintura tus manos tan azules como aquel cielo que el viento arrastraba sobre las montañas.

Cercana a la orilla de un camino sombrío, ardías incontenible. Parecías amarme por encima de la humedad de las palabras. Yo, desbocado, tocaba el cielo para anudarme a tu cercanía, a la que solía llegar casi siempre fundido con las estatuas.

No puedo evitar que el pasado intente trepar hacia la pausa de mis años. Y tú, sobre las hélices frenéticas del aire, intentas inconsciente volver a un lugar que no te corresponde. Es entonces que yo te señalo el camino de regreso, hacia el que te empuja con suavidad el mismo aire que te trajo. Los pájaros distraídos del sueño del que naciste, te despiertan golpeando con lentitud las paredes. Después vuelves, como un espectro, a tu inmóvil apariencia de lejanía de planetas.

Los versos que te escribí ya no tienen sentido. Las palabras que por aquel entonces se alargaban como raíces, hoy ya no me pertenecen ni son capaces de acercarse a nada que ahora pueda ser tuyo. Ya no es tuya la noche que se dormía debajo de aquella playa para dejar en tu pelo la sangre de mi inocencia.

Pero sin embargo a veces, mientras observo las tímidas estrellas que encienden la madrugada, me estremezco al recordar un tiempo que no pude guardar para mañana. Estoy seguro, completamente seguro, de que nunca te he amado. Estoy seguro de que al regresar a ti con los recuerdos, no podré encontrar un amor que no existió. Y a pesar de todo sé que muchas veces mis labios te dijeron te quiero, y sé que incluso en muchas ocasiones fui sincero. El tiempo ha borrado tantas cosas y es tan distante la palabra que entonces te mordía, que no puedo por más que tan solo recordarte.

Te abrazabas a mí como un huracán sobre la desembocadura del río. A veces las gaviotas se acercaban para robar la humedad de tus labios. En la metálica soledad del agua, me acercaba a ti con toda el alma para robar la frase azul que se apretaba en cada uno de tus besos. Y luego, cerca de la orilla, aún abrazados, dejábamos caer los brazos entre las rocas. Y sin embargo creo que jamás me amaste, por más que te detuvieras callada tras la delgada línea de mi sonrisa.

Hoy que en torno a nosotros ya no se cierra aquel inmenso mar anochecido, no entiendo porque las olas se siguen dibujando en mi memoria con la misma intensidad que en esos días. Tu rostro vuelve con idéntica hermosura que en aquel entonces todo lo ocupaba, y me encuentra desgastado debajo de una columna de humo que esconde mi soledad.

A pesar de que los espejos me devuelven tu imagen distorsionada a través de su alma de vidrio, en los rincones de la tarde en que me hallo casi nada se parece a tu recuerdo. Alguna vez, incluso sin desearlo en absoluto, tú también al igual que yo, habrás sujetado mi mano inmaterial, inmersa en esos sueños que tienen el poder de apartarte de todo. Seguramente habrás vuelto de inmediato al frío amargo de la realidad, pero por un instante, habrás querido que todo hubiera sido de otra manera.

Sin embargo el otoño que crujía debajo de nuestro amor recién nacido no tenía suficiente luz para permitirnos ver las hojas caídas al atardecer. Era oscuro y baldío, aunque no podíamos verlo entonces y nos parecía que no era posible que existiera nada más allá de nuestro pequeño mundo. En los días siguientes buscamos la zona más azul de cada instante para bebernos todo el infinito. Y nos lo bebimos entero…

Ahora que no me escuchas no quiero decirte nada, porque el olvido es absoluto, y porque aunque formaste parte de una orilla lejana de mi vida, hoy no te cambiaría por la distante paz que se desprende desde los ojos taciturnos del gato que, encima de mi escritorio, mira al vacío desde la profunda distancia de su insondable fantasía.

A la caída de la noche, cuando se muera el pensamiento desgastado sobre la inconsciencia del sueño, te marcharás por siempre para no volver del tiempo en el que vives atrapada. Y yo despertaré demasiado lejos de todas las cosas y demasiado cerca de casi nada. Entonces abriré los ojos y descubriré en ellos la humedad de las lágrimas que en mí viven escondidas. Y no pensaré en la muerte transitoria que en actitud callada me golpea, ni en los parajes tímidos en los que el sol aún brilla. Tan solo dejaré que los crepúsculos se sigan sucediendo y me desvistan como antes lo hacían, sin esperar nada más.

Déjame que me calle con tus ojos y déjame que me muera sin tristeza. Estas palabras que no esperas no van a llegar jamás a ti, pues antes de que amanezca se habrán marchado mezcladas con las primeras corrientes del mar que se atropellan hacia el fondo. Allí, junto a mis ojos, se ahogarán como los buzos y no volverán a alcanzar la superficie.

En ocasiones no puedo evitar recordarte. Y sin embargo tú, sombra que me robó un tiempo obstinado, lejos de mis palabras te adormeces en otros brazos que tal vez nunca has amado. Al recordar tu hermosa geografía, vuelvo a pensar que tal vez tampoco yo te amé jamás. Y entonces ¿Por qué el olvido me acerca hoy las noches con tu nombre que el tiempo de amor había alejado? Las sombras perfuman hoy, como tantas otras veces, el interminable sendero que azotado por el viento se descompone y quebranta. Todas las hojas han escapado una vez más del agua de mi pobre alma.

Mi pobre alma que no te ama y sin embargo no te olvida… Sí, es cierto, no puedo evitar recordarte…

VN:R_N [1.9.22_1171]
Rating: 5.4/10 (16 votes cast)
Salir de la versión móvil