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159- Bimensual. Por Irian Jaya

          El cartel relumbraba con chispazos de milagro, se alquila, un número de nueve cifras, la ventana adornada con un marco recién pintado. Elisa se dio un garbeo por la manzana antes de llamar y encontró un coqueto supermercado repleto de descuentos y un quiosco con publicaciones de todos los colores imaginables. Necesitaba ubicarse por si acaso instalaba su nuevo domicilio en la zona. El hombre que le atendió al otro lado de la línea deslizó una voz engolada en el auricular, por supuesto, señorita, la lisonja tapada por la extrañeza ciega de las caras. Quedaron en verse en el portal, llevo una perilla canosa y una corbata con lunas amarillas. A Elisa le hizo gracia la asonancia de la descripción y rememoró a un profesor del instituto que les enseñaba la lista de poetas de principios de siglo como si se tratara de un equipo de fútbol, Gerardo Diego en el centro del campo con el ocho. Se tomó un café con un trozo de tarta de ciruela en un bar aledaño para hacer tiempo. El periódico abundaba en noticias escabrosas de amantes despechados convertidos en asesinos natos, la crisis económica destruyendo las esperanzas de miles de ciudadanos, la nieve ya en lontananza con visos de helor cotidiano. Mientras masticaba recordó la bronca monumental que había tenido la víspera con su jefe, Elisa, no estoy nada satisfecho con tu labor. La erre final, marcada hasta la saciedad por su acento de ogro encargado de domar al personal, auguró una ristra de disgustos y los reproches se entusiasmaron con la tensión portentosa del instante. Se dijeron de todo. Elisa salió perdiendo y abandonó su mesa de supervisora de una revista dirigida a adolescentes, los papeles recogidos con prisa cabizbaja, las pegatinas del ordenador arrancadas de cuajo por la ira que colonizaba su ser a toda pastilla.

          Otro café, por favor, y la pachorra del sábado de noviembre se remansó entre el ocio de los parroquianos, un hormigueo peculiar en las venas de Elisa, el humo denso.

          Además del empleo también perdió el chollo del dúplex que, a un precio irrisorio, compartía con la hija del jefe en pleno centro, es que, los puntos suspensivos de su compañera entremetidos en un montón de excusas dictadas por su padre. Elisa metió sus enseres en un par de mochilas y se largó echando pestes sobre la falta de ética de algunos especímenes humanos, la rabia afincada en el felpudo de la entrada, el portazo escuchado en todas las buhardillas de los alrededores. Depositó los bultos en la consigna de la estación de autobuses y se dedicó a holgazanear a la caza de anuncios de particulares, las agencias descartadas de antemano, los comerciales con un quintal de filatería en los labios. Se plantó en el portal a la hora de la cita y enseguida apareció un hombre frontero a la cincuentena con ojos de gato montés, la gorra moderna encajada en una testa de emperador romano, el traje hecho a media por algún sastre de los de antes. De inmediato se quitó los guantes y apretó las falanges de Elisa con soltura, un gesto de alacrán en las cejas, los dientes deslavazados por la erosión de la nicotina. Subieron en el ascensor minúsculo hasta el cuarto y Elisa intuyó el avance de una confusión díscola en su vientre, la saliva espesa, una mudez de tumba en el interior del habitáculo. La cocina estaba nueva, un fulgor de alhaja en el microondas, los radiadores instalados con destreza en los puntos neurálgicos de la vivienda. Se notaba que el piso había sido reformado con gusto, un olor a espliego al correr la cortina del baño, la cama perfecta en la amplitud rectangular del dormitorio. Elisa se sintió algo cohibida al apoyarse en la dureza basáltica del colchón. El casero blandió un visaje de comadreja encelada, la astucia parapetada en las hebras de su americana, este es el ropero, un armario de cerezo con dos docenas de perchas. Los cincuenta metros cuadrados parecían más por un sexteto de espejos colocados con exactitud, una monada para una mujer como usted, el tratamiento abombado al rebotar contra las esquinas de los tabiques. De entrada ninguno de los dos habló del precio, un secreto a voces en el eco de ambas inteligencias, la cuantía a buen seguro demasiado alta para Elisa. Al cabo tuvieron que recurrir al enojo irremediable de las cifras, los dos ceros expulsados del paraíso con celeridad de bofetón, el semblante de la futura inquilina alargado hasta los tobillos.

          El dinero no es un problema, y las palabras huyeron a la desbandada por los arabescos de la escayola, la calle envalentonada con el tráfico sabatino, la vorágine navideña a punto de explotar en los tímpanos de Elisa.

          El hombre se explayó con anécdotas de su vida sin venir a cuento. Llevaba una existencia amparada en el refugio de poseer varios inmuebles en la ciudad, un personaje habituado a vivir de las rentas, la camisa planchada con primor por alguna sirvienta de lomos sumisos. Elisa no podía dejar de pensar en el montante, ochocientos euros, una barbaridad inalcanzable para la exigüidad de su subsidio de desempleo, la tristeza aplatanada en su cuello de sílfide treintañera. Las explicaciones masculinas se apelotonaban aburridas en un tráfago de mil demonios, pero Elisa apenas prestaba atención a la cascada infinito de detalles, la mente concentrada en pulir las asperezas del importe del alquiler, la angustia alborotada en su fuero interno. Se sentaron en un sofá cama que reinaba en el salón, por si tiene invitados, un desliz procaz en el uso del usted, la calidad del aire rayada por un trazo de lujuria. Elisa hincó su turbación en el nido de los cojines y esperó el riesgo del regateo, la alfombra acogedora con sus motivos de flores encarnadas, la lámpara con la tulipa decorada con eses tenues. Al final el hombre se acercó al perfil milimétrico de su silueta y zanjó la situación con una frase cordial, si tú quieres. La novedad del tuteo se regodeó con una alternativa a la crudeza de los números, podemos vernos un par de veces al mes, la oferta enjaulada en una cárcel de barrotes inmisericordes. Elisa reculó con aspavientos hacia un territorio más digno de confianza, pero qué se ha creído, señor, el matiz de la entonación subyugado por la proximidad del tipo, un no rotundo, construido con un cemento de renuencia férrea. Se despidieron sin que el hombre insistiera. La ausencia de acuerdo mermó el apretón de manos, la puerta blindada del piso con cuatro vueltas de seguridad a prueba de bombas, el tesoro extraviado por el momento detrás de la nuca de Elisa.

          Si cambias de opinión, llámame, y al entregarle la tarjeta le rozó los nudillos, una centella invisible en el azul del mediodía, las campanadas de una iglesia vecina con rigor de misa.

          Elisa lo vio alejarse. El lápiz de la conciencia bosquejó espejismos en su seso y se imaginó bajo las sábanas aferrada a aquellas espaldas fornidas, la mandíbula con regusto a café, un interrogante en la tersura jovial de su cuello. Se había separado de su novio hacia más de un año y desde entonces acaparaba un vacío de anestesia en las ingles, la victoria de la abstinencia encopetada, los amigos de mentirijillas con intentos lascivos en cuanto quedaban para tomar una caña. Recogió sus cosas de la estación de autobuses y se alojó en un hostal de una estrella. La señora, con la mosca detrás de la oreja, inquirió con disyuntivas insidiosas, estudias o trabajas, la pregunta trufada de recelos por lo bajines. Cenó un menú de sopa de fideos y platusa rebozada en un restaurante del barrio, la televisión con alaridos de pantera moribunda, una decena de ancianos con la barbilla hundida en el maremagno de los platos. Al observar el contorno de comensales Elisa sintió la punzada de la soledad y su corazón se arrugó con una melancolía de felicidad pretérita. Durmió mal, la antigüedad del somier con relinchos de rocinante, las pesadillas entretejidas con el vaivén de la almohada. Se despertó con un desierto en la lengua, una especie de resaca barriobajera en la garganta, el agua del grifo del lavabo comunitario con sabor a cloro viejo. Se vistió y fue al banco, la contraseña marcada con desgano en el cajero automático. El saldo se amustiaba ínfimo en el papel alabeado, la penuria gruesa hasta que llegara la primera transferencia del paro, el futuro ennegrecido a marchas forzadas. Se vio pernoctando en el hostal a perpetuidad y una llantina de jabalina herida se apoderó de su rostro, la belleza robada, el hipo contumaz. La monotonía se enredaba en la búsqueda infructuosa de una ocupación, los escaparates de las empresas de trabajo temporal atestados de ofertas ridículas, el vaticinio trunco. Por las noches, harta de patear las calles con su currículo a cuestas, fantaseaba con viajes exóticos y placeres prohibidos, pero la verdad se tatuaba impepinable en las grietas del techo del cuarto. La desazón de Elisa crecía oronda mientras escuchaba a la patrona partiéndose el eje con los chistes de un gordo pelirrojo al otro lado de la pared. Tras un par de semanas, difuminadas en el horizonte de su existencia sin apenas darse cuenta, terminó telefoneando al casero.

          Te lo puedo dejar en trescientos, si tú quieres, y el tuteo combinaba la picardía con un tono de garañón, Elisa rendida a las evidencias, la indecisión azotada por el látigo de las dudas.

          Elisa daba vueltas y vueltas a la proposición en el duermevela de las albas, el porvenir temeroso, si tú quieres. La frase le sonaba a Elisa a melodía propia de un padre responsable. Pensó en el suyo, en los juegos de la oca que habían compartido en las tardes eternas del invierno, en la recompensa de los besos, en la sinceridad de la risa paterna. Su nostalgia se balanceaba en columpios de trenzas con lazos violetas, la carestía anquilosada en la tosquedad del presente, la incertidumbre tenaz. El tiempo corría velos de pesadumbre sobre el día a día mientras Elisa se apalancaba en una indolencia de vaca. Llamó al casero otra vez y a la postre silabeó un sí tímido, arrollado en la espuma del sofá cama que le aguardaba en su nueva casa. Quedaron y sin más preámbulos firmaron un contrato entre particulares en el registro de la propiedad. El empleado, sorprendido al cotejar la cuantía del alquiler con los metros cuadrados y la ubicación del piso, balbuceó un ejem e izó la frente de la cuadrícula de los datos. Supuso que se hallaba delante de un mecenas apiadado de la muchacha, de un favor personal, de todo un señor, pero enseguida se amorró sobre la caligrafía de sus obligaciones. Después de las rúbricas Elisa y el casero subieron en el ascensor sin tocarse. Un silencio de confesionario tronaba en la bóveda de sus bocas, ella incómoda, él atando cabos en su cerebro de macho. Levantaron las persianas y una luz decembrina penetró a raudales en las habitaciones, los rodapiés atentos a las vicisitudes del encuentro. La letra pequeña se hizo grande en un periquete y ambos adoptaron la postura dócil de la urbanidad, el arrepentimiento crucificado en el titubeo del alma femenina, un ardor de guerrero en el perineo viril.

          Llámame Ambrosio, y Elisa se tumbó en la cama con la ropa puesta, las ganas flácidas, su pensamiento naufragado en el compromiso bimensual que acababa de adquirir.

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