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160-Carta de despedida (Mi serpiente albina).Por Daniela Brisò

Sentada en una silla de plástico blanco, en mi dormitorio, observo cómo se marchita mi animal. Mi serpiente albina, el único reptil que he tenido, se muere, con su alter ego de emperador ensanchado en sus aposentos de cristal, escupiendo asmática charquitos de saliva y bilis. Algo se desploma y se fractura dentro de mí.

 

Eres tan estúpidamente egoísta. Por una caprichosa ceguera, convierte mi culebra nuestras vidas en disparos de bala decisivos y así, sin más, está el plato suspendido en el aire: su vida o la mía. Hasta ayer yo era sólo una niña que le amaba, ¿qué debí hacer para que lo viera? Con una suma cobardía ha forzado al péndulo a una muerte estática. No he de esperar más, el cilindro del azufre que la matará me quema las manos, la decisión de suma cero redobla en mi pecho como campanas que anuncian y recuerdan. Es sólo un paso, necesito dar un solo paso, insoportablemente doloroso, pero que no puedo escabullir durante más tiempo.

 

Me pregunto si pude hacer algo para evitarlo. Si la hubiese llevado a otros hábitats de vez en cuando, si la hubiese sacado del rígido mundo que es su caja de tierra y plantas verde artificial y la hubiese transportado a otros lugares… quién sabe, tal vez habría llegado a percibir un ápice de inseguridad, tal vez habría aprendido que vivir en plenitud es a fin de cuentas vivir en incertidumbre. Pero no lo hice, y hoy el aire que se respira en nuestros cubículos está engullido por su orgullo. Para mi culebra, el mundo es caprichosamente accesible; todo es, peligrosamente, suyo. Los límites de las manchas que ve y que ella es se entremezclan en el agua de sus ojos. Soy responsable, te quise demasiado.

 

La quise demasiado, sí, pero qué ironía más absurda: nada le importa cuánto le amara. ¡Para mi serpiente, cualquier ecuación más compleja que el reducto del instinto de supervivencia que la domina es una aberración! Ha envenenado el coral que desde una rama arranqué (¡para ella!) a una nube; ha engullido mi pez naranja y plano, que me miraba con sus ojos buenos desde la redondez perfecta de su pecera; tenía unos caballitos alados y blancos que al llegar a casa me inundaban el corazón de alegría, con sus correteos entre mis pies… trágicamente, de un día para otro, desaparecieron. Y el jardín: todas las mañanas descubría latidos de pétalos nuevos en la tierra (plop,plop)  hasta este mismo amanecer, cuando desperté, que los encontré arrancados.  Hallé en la tierra anillos de cascabel: de nuevo ella, que se arroga algo con lo que yo habría sido muy feliz. Cómo has podido, por qué tú, por qué yo. Su buche se embota de insaciable hambre de ego y me mira de reojo. Nada le duele. Mi serpiente albina entiende cualquier atisbo de vida como una amenaza a su mayúscula nada y la devora. La he malcriado, lo sé; es en cierto modo mi culpa.

 

Me mareo al pensarlo.  La vida se complica, y era tan hermosamente sencilla… Bastaba con quererla. Saldré a dar un paseo en compañía de mis amigos, y será entonces cuando te diré “adiós”. Al regresar te encontraré sin vida…

 

La muerte de mi serpiente albina no es la despedida de un animal cruel o estúpido. Todos los días de embelesamiento y fascinación en los que yo vivía como suspendida en el aire explosionan y desaparecerán con ella. Su piel de mágicas escamas rosadas que yo adoro habrán de apagarse también… Me encantaba entrar en mi cuarto y dejarme embuir en la hipnosis de tenerla tan cerca: sus pupilas de gato amarillo nocturno, su invulnerabilidad de acero, su majestuoso halo y el sibilante cascabel… La miré sintiendo mudas amargura, ansiedad y gozo y serán esas miradas las que se lleve con ella al morirse; la pena y el horrendo temor de no volver a sentir igual jamás me vencen. Mírame, mi serpiente albina, yo también soy egoista; en realidad, te amo porque hay mucho de mí en ti. Me confundo entre sinsentidos. Tose al aspirar otro poco de azufre rosáceo y le brota en el ojo una legaña húmeda. Lloro yo también.

 

Suena una bocina desde dos plantas más abajo: ya están aquí, me esperan. Vamos al lago, a ver el sol ponerse entre los brillos de los abetos y los espejos del agua al atardecer. Llevo algunas cosas conmigo: corolas de clavel blanco; los envoltorios de bombones que engullía divertida mientras admiraba mi serpiente albina en la tarde, y algunas hojas con márgenes y renglones pintarrajeados de ondas y rizos que he arrancado a unos cuadernos. Enterraremos estas cosas o las arrojaremos al estanque; las veremos hundirse, en mi olvido, en la tierra, en el agua.

 

Si pudieras comprender mis palabras… ¡Te quiero y te odio al mismo tiempo, mi serpiente albina! Aun sin comprenderme tú, quería en mi carta de despedida llorarlo: porque te amé, sentí la vida más intensa, brillante, valiosa. La rabia me pinza fuerte la camisa, la rabia imposible de que nada de lo que yo sienta hacia ti podrá tener un significado; pero el grito de mi cara se choca una vez tras otra contra un animal de pulsos eléctricos incapaces de interpretar emoción humana alguna. Aliento seco y cascabel letal; el animal que se apoderó de mi felicidad desliza su instinto por el suelo de su mansión y si no acabo con él esperará a sorprenderme en la noche con una muerte ahogada, anudada a su capricho.  Vuelco el resto de azufre en la caja, apago la luz del dormitorio y oigo el ‘click’ de la puerta que cierro. Adiós, mi serpiente albina. Acaba de morir, no arrastres más de mí contigo, vete, vete.

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