Así, no temas. Déjate llevar. Todo irá bien. Tranquila, tranquila. Tan sólo quería besarte. ¿lo entiendes ahora?
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Lo deseé desde el primer momento en el que te vi mientras caminabas por la Plaza de Oriente, hace apenas un mes, en las postrimerías de aquella fría tarde de mediados de febrero, cuando las sombras de los transeúntes se alargaban como estiletes sobre las aceras y los farolillos de los restaurantes comenzaban a salpicar de reflejos ámbar las escasas mesas veladoras.
Te detuviste delante de mí, distraída, sin mirarme, con el cuello del abrigo de piel alzado, protegiendo tu cabello rubio y frágil. Coqueteabas con el teléfono móvil, susurrándole palabras al tiempo que paseabas la vista sobre la mercancía que tenía extendida a mis pies, un puzzle multicolor de artículos cuidadosamente dispuestos sobre una manta.
Solté mi letanía. Los discos, uno, tres euros; dos, cinco. Las películas, una, seis euros, dos, diez.
Fue en ese instante cuando alzaste la cara y pude ver tus ojos. Los más bonitos que jamás había contemplado. Del mismo azul, intenso y profundo, que el cielo que cubría cada primavera mi aldea, tan lejana hoy de mí. Llenos de vida, igual que la sonrisa que dibujaste con tu boca de labios delicadamente perfilados en rojo. Sentí tu perfume, dejé que entrara en mí, me llené de él. No rehuiste mi mirada como hacía el resto, ni retiraste tu mano, apresurada, cuando te di la vuelta, para que mis dedos gruesos y toscos no rozaran los tuyos, tan finos, tan suaves, que se me antojaron transparentes. Guardaste el disco en el bolso y te alejaste sin mirar hacia atrás, atendiendo otra llamada de teléfono, riendo. No tuve la oportunidad de decirte nada más. Allí me quedé. Impávido. Siguiéndote con la mirada hasta que desapareciste, del mismo modo que el sol se ocultaba tras la frondosa arboleda de la Casa de Campo.
Aquella noche no dormí.
No quería cerrar los ojos por el temor de que, si lo hacía, mis párpados arrastraran tu figura. Te imaginé a mi lado, compartiendo un café y dándote las gracias por la forma en la que me miraste, como a un ser humano porque ¿sabes? lo peor no es que lo hagan con desprecio o de una forma altiva; lo peor es que te ignoren, que desvíen la mirada, como si estuvieran avergonzados de comprar a un negro con cazadora negra y con gorro negro. Te dije que lo que más duele es sentir que no perteneces a ningún lugar, que no existes y que la frontera entre tus deseos y el resto del mundo es tu propia piel áspera. Que lo que hiere como alfileres de fuego clavándose en el alma, es escuchar una y otra vez términos que no acabo de comprender: ‘cupos’, ‘sin papeles’, ‘expulsión’, ‘permiso de residencia’, ‘repatriación’….
Hablaba y hablaba. Tú escuchabas. Entendías.
A este primer encuentro siguieron otros. Y a mí me parecía que cada vez que te acercabas para comprar me dedicabas un poco más de tu tiempo. Que no me esquivabas y que buscabas mi tacto, demorando unas décimas de segundo tu mano sobre la mía. A veces me saludabas con el brazo en alto desde la distancia y yo me sentía el hombre más afortunado del mundo. Otras, simplemente, te parabas para preguntarme qué tal me iba y yo intentaba obsequiarte, nervioso y excitado, con la mejor de mis sonrisas. Quizá por eso, o puede que fuera por la necesidad que tenía de sentirme acompañado, no me extrañó que me pidieras que te acompañara a tu piso.
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Ahora estamos aquí. Solos. Los últimos rayos de sol atraviesan como cuchillos las rendijas de las persianas a medio echar, rasgan la penumbra de tu dormitorio y se clavan en la descolorida colcha que cubre el lecho. La ventana está entornada y se filtran, apagadas, las voces de los paseantes de la calle Mayor.
Estoy temblando. Siento como el sudor se desliza por la palma de mis manos. El temor y el deseo atenazan cada centímetro de mi cuerpo.
Te quitas el abrigo, te descalzas y es entonces cuando me doy cuenta de lo menuda y delicada que eres, como una muñeca de porcelana. Dudo unos instantes antes de acercarme a ti, muy despacio, inseguro, haciendo crujir el entarimado del suelo con mis pesadas botas. Tengo miedo de que salgas corriendo, que desaparezcas, que no existas, de que este sueño finalice bruscamente.
Acerco mi boca a la tuya. Te alejas un paso, sorprendida.. Pones tus dedos sobre mis labios y me dices que a una chica como tú no se la besa, que puedo hacer cualquier cosa, lo que quiera, menos besarte, que vaya desnudándome, que al fondo del pasillo está el servicio, que me lave y que deje el dinero encima de la mesilla.
Un fogonazo de luz me atraviesa el pecho y ciega mis ojos. Ahora lo entiendo todo. Ahora lo veo claro. Brutalmente nítido. No hay paraíso al otro lado del muro coronado de alambre de espino, ni esperanza, ni futuro. No hay nada. Sólo el vacío más absoluto.
Te miro fijamente y, antes de que puedas reaccionar, mis dedos se hunden como garfios en tu garganta. Puedo ver tu cara de sorpresa, tu sonrisa truncada en una agria mueca, tus manos delgadas y blancas agarrando mis muñecas con fuerza. Aprieto más, hasta que me duelen los pulgares. Noto tus pies despegados del suelo, pataleando con rabia, con furia, contra mis piernas. Tus dedos trepando a arañazos por mis brazos, clavándose con desesperación, ascendiendo por mi cara, alcanzando mis mejillas y dejando jirones de piel entre las uñas. Pero no siento dolor, no siento nada. Tan sólo como poco a poco te vas acercando a lo inevitable. Mi cara a escasos centímetros de la tuya. Tus ojos abiertos de forma desmesurada, implorando compasión.
En tus pupilas puedo ver reflejado mi propio rostro. Mis ojos negros, surcados por un reguero de hilos ocres por donde se desborda el odio contenido de siglos de esclavitud; mi nariz achatada, golpeada por el dolor de la indiferencia; mi boca jadeante, igual que la tuya buscando aire, oscura y profunda, como aquella noche en la que el viento cambió y el mar enloqueció, quebrando la línea del horizonte, zarandeando el cayuco, salpicando de espuma helada nuestros cuerpos helados, ahogando con sus rugidos nuestros gritos de miedo, arrastrando a su tenebrosa profundidad seis almas, seis vidas, y mil sueños. Tus manos como grilletes de piel y huesos alrededor de mis muñecas, aferrándose a la esperanza de vivir. Veo la luz de tus ojos fundiéndose con la tarde…
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Así, no temas. Déjate llevar. Todo irá bien. Tranquila, tranquila. Tan sólo quería besarte. ¿lo entiendes ahora?
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Tienes el aspecto de una marioneta a la que hubieran cortado los hilos. Desmadejada, sentada grotescamente en el suelo, con la mirada en blanco perdida más allá del techo de la habitación.
Me siento a tu lado. Respiro pesadamente mientras contemplo el espeso charco que se va formando con la sangre que mana de mis muñecas abiertas. Cierro los ojos. Me abandono a la oscuridad. Vienen a mi recuerdo en este momento las historias que me contaba mi padre, de madrugada alrededor de una hoguera, sobre el viaje que todos debemos emprender hacia la otra orilla. Las mismas leyendas que perduraron a lo largo del tiempo, pasando de una generación a otra durante siglos. Oigo la voz de mi madre, siempre cálida y dulce, regañándome por estar holgazaneando asomado a la puerta de la choza mientras ella cocina. Escucho como rugen incansables los tambores en los días de ceremonia y su eco grave multiplicado por las montañas. Veo de nuevo mi tierra sedienta y allí, en el fondo, una silueta indefinida, rodeada de un halo de tenue luminosidad.
Eres tú, sonriéndome, con los brazos extendidos, invitándome a caminar hacia ti.
Sé que ahora no me rechazarás. Sé que podré, al fin, poner mis labios sobre los tuyos.
174- Sólo quería Besarte. Por Hóscar Wild,

Excelente prosa para una interesante historia, algo llena de tópicos al principio pero que conforme avanza va ganando en interés.
¡¡ SORPRENDENTE!! que forma de escribir tan detallada, llena de movimiento que hace que el lector se llene de emociones diferentes en pocos párrafos…
Sin lugar a dudas el mejor relato, el menos previsible, logrando mantener al lector con interés in crescendo hasta el final.
No desistas, Hóscar Wild, te leería encantada siempre…
De los que he leido hasta ahora, es uno de los mejores, con un planteamiento bueno y un final excelente. Como participante, solo voy a poner comentarios a aquellos relatos que me gusten, y este es uno de ellos. Suerte y felicidades
Por cierto, se me olvidó comentar que a mi juicio lo que hay a partir de los asteriscos sobraba. Creo que el relato podía haber terminado perfectamente y de forma brillante en ese punto sin desmerecer en absoluto. El resto es, repito, una vuelta de tuerca innecesaria bajo mi modesto punto de vista.
Un final sorprendente,muy distinto al que se podía imaginar.Es el mejor de los que he leido ,mucha suerte.
Por la forma en que realiza los comentarios, me da la impresión de que bajo este psudónimo, de ortografía imposible, se oculta uno de los finalistas del pasado año.
Saludos.
Hóscar, mucha suerte con este magnífico relato, es sorprendente como con tan pocas palabras eres capaz de transmitir que las apariencias a veces nos llevan a estos momentos de extrema ilusión con un triste final y, por otro lado, lo ignorantes que somos ante los sentimientos de los demás.
Sigue escribiendo por favor.
He de reconocer que a medida que vas leyendo»Solo quería besarte», el relato gana en intensidad y calidad.
Dos desconocidos que se unen en un trágico destino y como en las canciones de los tangos la música siempre llega al corazón.
El protagonista del relato nos enseña que «Una persona herida es peligrosa porque sabe que puede sobrevivir». Mucha suerte y ánimo.
Hóskar: me gustó mucho la forma poética que tiene tu escrito y la vuelta de tuerca que le das. me gustó mucho.
Hola Hóscar.
Para empezar decirte que tu Nick me parece muy gracioso. Bueno, he leído tu historia y ahí va mi opinión:
– La prosa es bastante fluída.
– Las descripciones muy acertadas.
– La gramática, en general, correcta.
Sin embargo lo que más me ha gustado ha sido la historia, ya que tanto en el mundo real como en el escrito tendemos a juzgar a las personas por lo que hacen sin meternos en el pellejo de esas personas y cuestionar el porqué y qué pueden rondarles por sus cabezas. Me ha parecido una buena manera de hacercarnos a los pensamientos (ilógicos normalmente) pero reales de las personas.
Creo que en la vida nadie es completamente malo ni completamente bueno. La vida es un cúmulo de circunstancias, culturas, creencias, sentimientos frutrados, complejos etc y si se convina de diferentes maneras puede crear una bomba peligrosa a punto de estallar en cualquier momento.
En fín, que creo que la intención de tu relato es bastante hermosa y creo que has sabido muy bien plasmarla y llegar a los sentimientos de tus lectores.
Me gustaría que echaras una ojeada a mi relato, y lo comentarás, realmente apreciaría tu SINCERA OPINIÓN, no tengas reparos en decir lo que piensas. Sinceramente creo que una crítica bien fundamentada vale más que unas palmaditas en la espalda.
Estoy en el relato 114-Sentado en el umbral de alabastro.
Gracias.