134-Taglietti y su asesina. Por Avalon
—Lo sé todo sobre usted, Taglietti —dijo la mujer mientras le hundía su dedo índice izquierdo en el pozo del balazo, y agregó—: Pero no que fuera tan valiente o tan necio para abalanzarse así.
—Lo sé todo sobre usted, Taglietti —dijo la mujer mientras le hundía su dedo índice izquierdo en el pozo del balazo, y agregó—: Pero no que fuera tan valiente o tan necio para abalanzarse así.
“Me muero, María, coño, me muero”… No me oye, o no lo dije, y este dolor…este dolor en el pecho que me paraliza en la cama que no me deja casi respirar y ella no me oye, es que tiene los minutos contados, programada como un robot.
Nunca había costado tanto una decisión de la Academia. Los togados miembros, sabios o poetas, deambulaban indecisos por auditorios uterinos y acogedoras cámaras, con la duda enmarcada en sus rostros sobre un fondo de desilusión.
– ¿Te has despertado ya? – Si. – ¿Has llamado a recepción para pedir un taxi? – Si.
Aunque no sea del todo fácil de creer, Marcel se imaginaba previamente lo que estaba por ocurrir. Quiso tener esa vida triste para no abarrotarse de responsabilidades.
La tienda de antigüedades era una de tantas en aquel laberinto de 6.000 espacios de colores, olores y voces que componían el Gran Bazar de Estambul.