Gala cuenta a sus amigas la aventura que ha vivido recientemente en París. Aún está bajo los efectos de su decepción.
Gala es morena, alta, espigada, con melena, breves y firmes pechos, estrecha cintura, piernas de buen implante, ojos oscuros, insondables, largo cuello, barbilla prominente y boca grande de fácil sonrisa.
– Gala comienza a contar a sus amigas.
– En Paris, la “Jefa” me asignó mi lugar de trabajo y me transmitió sus instrucciones. Además debería atender el teléfono, alternando este con Denise, la secretaria.
– ¿Y como es tu Jefa?.
– Se llama Brigitte Brincourt. Es la Jefa de Recursos Financieros. Hacía tres meses que la habían ascendido por méritos propios (es hija del vicepresidente).
– Brigitte tiene un cuerpo escultural, un metro setenta, caderas amplias, generoso pecho, largas piernas, bien conformadas, ojos verde claro, mirada agradable.
– Su cabellera rubia cae sobre sus hombros. Estuvo casada un año, pero su marido tuvo una amante que no supo ocultar y Brigitte se divorció.
– Desde entonces no ha querido relaciones estables, aunque tampoco ha dejado pasar oportunidad para pasarlo bien.
– Yo atendía algunas llamadas. Habitualmente eran pocos segundos porque mi jefa mide su tiempo. Un día llamo el “Capo di Esportazioni Microfirenze” y duró quince minutos. Lo comenté con Denise que me puso al corriente. “Los que llamaban sin dar su nombre eran los amiguitos de Brigitte. y con ellos hablaba largo y tendido”.
– Son sus plancetes – me decía Denise- No lo comentes porque nos jugamos el puesto.
– En efecto Brigitte. tenía cuidado en mantener el secreto de sus interlocutores particulares. Para ello les dice que no den su nombre, sino el nombre y cargo de su entidad. De este modo permanecen anónimos sus amigotes.
Gala en las llamadas de su jefa trataba de dilucidar como eran ellos. Adivinar el aspecto de las personas por los matices de su voz. Establecer como serían su aspecto, estatura, sus facciones, su mirada…
– Un día llamó de nuevo el “Capo di Esportazioni Microfirenze” y le dije que mi Jefa había salido. Escuché la voz de otras ocasiones, reposada y amable. Le pregunte si llamaba desde Italia y por el tiempo allí. Él contestaba con naturalidad y preguntó mi nombre. Desde entonces al no conocer su nombre le apodé “Giocondo” (alegre).
– En otras ocasiones vuelve a llamar “Giocondo”, que ya conoce mi voz y me pregunta por cosas diversas antes de que le pase la llamada a mi jefa. Yo estaba cada vez más impresionada por esa voz y jugaba a imaginarme cómo ha de ser su dueño. Tiene que tener 25 a 30 años, alto, bien formado, moreno, con el pelo largo, ojos azules y mirada cautivadora.
– ¿Qué os parece?-Me gustaba tanto su voz que me iba enamorando de esa voz.
– Enamorarse de una voz- ¡Es sorprendente!- interviene Carmen- Nunca había oído nada semejante.
– Pues así fue.- Por increíble que os parezca me enamoré de la voz del “Giocondo”.
– Ana dice – ¿Y llegaste a conocerle?.
– Sí, casualmente. Yo estaba en la cafetería del Aeropuerto, cuando sentí a mi espalda la voz del “Giocondo”. Sí, era su voz, la misma entonación. Reposada y cautivadora voz.
– Creí estar soñando, giré lentamente mi cabeza para ver sentado en la mesa de al lado el propietario de esa voz, que en ese momento hablaba a su acompañante – “yo pediré un Jack Daniels ¿Y tú, qué tomarás?”.
– No tenía duda, era la misma voz que varias veces había escuchado al teléfono preguntando por mi jefa.
– Y, ¿le hablaste tú?
– Sí. Aproveché un instante que el “Giocondo” alzaba la vista en mi dirección para lanzarle una de mis miradas especiales que ya conocéis, intensa, directa a los ojos, al tiempo que mi rostro le sonreía. Mantuve su mirada unos segundos, los suficientes para estar convencida de que “Giocondo” había captado mi mensaje.
– Y, ¿Cómo era él?- Interviene Carmen.
– Alto, un metro ochenta, buen porte, moreno, fuerte, pelo largo, vestido con traje gris, camisa blanca, corbata y unos zapatos negros. Como yo me lo figuraba.
– Cuando se fue su acompañante se dirigió a mi mesa preguntando cortésmente -“¿Nos conocemos tal vez?”-
– No, aunque su voz sí me parecía conocida – Repuse.
– Se sentó y comenzamos a hablar; a los pocos minutos de charla nos tuteamos. Me dijo que se llamaba Gino.
– Nos despedimos con nuestros teléfonos anotados y con deseos de tener algún encuentro próximo. Iba pensando que conocer a Gino, “el Giocondo”, por su voz era el suceso más impactante que me había ocurrido en mi vida. También me interesaba porque había estado saliendo con mi jefa.
– El sábado siguiente quede con él.
Nos sentamos en un café. Yo quería mostrarle mi interés pero no acertaba como. Comencé a mover mis manos lentamente.
– Gino miraba mis manos, que ágiles en su movimiento, parecían hablar entre ellas, cruzando sus dedos con nerviosismo, impacientes ante la espera, despertando curiosidad, reclamando su atención.
– Gino comenzó a sentir ansiedad por tocar mis manos y decidió jugársela. Tocó mis inquietos dedos apreciando en ellos un leve estremecimiento. Mis manos no se replegaron admitiendo aquel primer contacto.
– Comenzó a sonreír y a animarse, aproximé mi silla a él y me puse a susurrar en voz baja cosas insustanciales. Y así, cogidos de la mano, hablamos de cosas espléndidamente personales. Seguimos así durante dos eternidades…
– Nos levantamos. Impulsivamente y alzándome de puntillas le besé con brevedad y timidez, como temerosa de cualquier reacción adversa. Su respuesta fue acogedora y entonces continué con otro beso ya más prolongado… ya no necesité alzarme porque él se inclinaba sobre mí. Me devolvía el beso y de qué forma… interminable… nos abandonábamos en él. El cielo se tornaba brillante… pero no… No era el cielo, era su luminoso rostro el que me deslumbraba y me hacía sentir aquel intenso calor. Abracé su espalda hundiendo mi pecho contra el suyo, paseé mis manos hasta su cintura y su cadera. Pero lo que sentía más real e intensamente era el beso, me sentía succionada, transportada a otro lugar mágico, más irreal y más sobrehumano.
– Fue extraordinario, prodigioso, magnifico, fantástico, ideal, sublime, único.
Las tres amigas escuchaban atentas con la boca semiabierta, ávidas, embelesadas, envidiosas…
– Carmen dice – Se te van a acabar los adjetivos ya los has dicho casi todos.
– Sí pero los importantes eran los sustantivos y los verbos… Los hechos. Lo que sentimos en aquel primer beso. Algo desconocido para mí hasta entonces… Ese perder la noción del entorno y del tiempo. Sentir ese beso penetrante, fundente, esa transmisión de sensaciones, a través de nuestras bocas, y percibir hasta muy dentro, esa corriente electrizante.
– Pasó sus manos por mi espalda. Yo paseé mis manos con suavidad por sus hombros, al llegar a los codos inconscientemente se ciñeron a su cintura. Soldamos nuestras cinturas sin decir palabra. No hacían falta palabras… nos amábamos.
– Gino me contaba que a sólo una semana de nuestro encuentro, yo había empezado a formar parte de su existencia. Sin embargo- yo pensaba- le respeto y le quiero- pero…¿ y lo que tuvo con Brigitte?.
Quedamos al día siguiente en la iglesia de la Magdalena. Dimos un largo paseo hasta el Museo del Loubre,
Cansados tomamos un taxi y le invité a tomar una copa en mi apartamento.
– Estaba animada y tuve un impulso, como un deseo apremiante. Quería sentir su piel, la mía contra la suya, seducirle centímetro a centímetro con el tacto de mis manos. Hacer caer todas las limitaciones, todas las barreras, conseguir mezclar nuestros disfrutes, aprender a buscar nuestros salientes y entrantes. Me sentía segura.
– Gino preparaba las copas cuando sintió que mis brazos le acariciaban el cuello, los hombros, rodeaban su cintura estrechando mi pecho contra él, mis manos comenzaron a desabrocharle la camisa. Sintiéndose sorprendido sin embargo dejo que continuara. Su mano derecha se deslizó hasta mi cintura acentuando mi deseo. Tuve la convicción de que nuestra pasión se desataba.
De repente detuve mi acción. Me había dejado llevar por un precipitado impulso que podía echar a perder nuestra relación. Ya no me sentía segura…y mi excitación se calmaba. Me disculpé torpemente. Después con excusa de cansancio le despedí.
– Yo le dije dónde trabajaba y no dio muestras de conocer mi Compañía. Le advertí que no fuera por allí. No quería correr el riesgo de que se tropezara con mi jefa.
– A las dos semanas y sin haber culminado nuestro amor en encuentro físico total, ya Gino hacía planes para el futuro. Parecía muy ilusionado conmigo como si fuera su primer amor, pero yo no estaba segura de mis sentimientos, y … tampoco de los suyos… no dejaba de pensar en la relación que había tenido con mi jefa… o… ¿seguiría todavía?. No quería preguntarle y desde luego en las dos semanas que estábamos saliendo no se recibió en la oficina ninguna llamada del “Capo di Esportazioni Microfirenze”, por lo que deduje que Gino ya no tenía interés por mi jefa y había roto con ella. No pude evitar una sórdida satisfacción al haber conseguido quitárselo.
– Gino era de Livorno, en La Toscana y me dijo que le gustaría que visitara su pueblo y así conocía a su familia. Para mi era prematuro pero… ¡le veía tan ilusionado!.
– Al día siguiente me llamó a mediodía para decirme que tenía una sorpresa, que estaba impaciente. Que quería ir a mi oficina a dármela.
– Ese día mi jefa se había despedido hasta el día siguiente y nos había encargado a Denise y a mi escribir un informe que era necesario terminar. Tenía una tarde bastante ocupada, pero sintiendo su ilusión por darme la sorpresa y sabiendo que no estaría mi jefa, le dije que viniera a la oficina sobre las seis.
– Gino entró radiante mostrándome en su mano dos billetes para Italia y comenzó a contarme atropelladamente lo que íbamos a hacer, visitar en Livorno a su familia, comer en un restaurante especial… Repentinamente sonó el teléfono que cogí mecánicamente. ¿Está Brigitte Brincourt por favor?… pero esa voz… era la voz del “Giocondo”. Instintivamente conteste que no estaba mi jefa hasta mañana. Al reconocer éste mi voz me preguntó ¿Qué tal?, ¿Qué tiempo en Paris?, etc., yo estaba embotada, perturbada mirando a Gino y escuchando al tiempo la voz de mi “Giocondo” … ¡Increíble!… ¡las dos voces se parecían tanto!.
– Me contaba “Giocondo” que había estado dos semanas en Zürich por sus negocios…. yo le escuchaba completamente desconcertada. Me estaba mareando. Tuve la sensación de caer al vacío desde la ventana de la planta 13 de la oficina y en los pocos segundos que tardaba en llegar al suelo revivía los últimos días con la poderosa fuerza de un torbellino
“¡Como he podido confundir la voz del Giocondo con la de Gino!”.
“Entonces Gino no ha tenido nada que ver con mi jefa”. ¡Pero cómo pude confundir esa voz!.
– Colgué el teléfono mientras fijaba mi vista en Gino que recomenzaba a explicarme el viaje.
– Tuve conciencia de que algo terminaba. Ya las palabras de Gino me caían huecas en algún lugar sin fondo, carecían de sentido… le veía como a un extraño… de pronto Gino no significaba nada para mí…¿cómo podía ser?. Yo buscaba en algún lugar de mi mente alguna explicación a lo que me estaba ocurriendo… nada… sencillamente no le quería, no podía sentir nada por él.
– Me había enamorado de la voz del “Giocondo” no de Gino.
– Entonces. ¡Dejaste a Gino!.
– Puse gesto de lanzadora de flechas envenenadas. El odio, esa sombra negra y alargada, se apoderó de mí….
Y un instante antes de cerrarse el ascensor – impulsivamente acerté a decirle:
– Lo siento, tú no eres “el Giocondo”.
Ya era de noche. Ninguna nube en el cielo oscuro, silencioso, brillantes estrellas parecían sujetar con chinchetas la bóveda celeste.
68- Amor en Paris. Por Kunstreiterin,

La dona e movile, cual pluma al viento. Bonito el relato, nada más
Me ha recordado a algún pasaje de ‘Perdona si te llamo amor’ del amigo Moccia. Fresco, jovial, ligero. Pero no tengo más remedio que unirme al comentario anterior sobre la forma de actuar de ciertas mujeres. En cuanto supo que no podía quitarle el noviete a su jefa, lo dejó. ¿Realista? No me gustaría abrir el debate…. Mucha suerte.
Bastante malon, le falta fuerza y emotividad, buenos los personajes y la trama pero llega un momento en que se piede la esencia del texto.