Las montañas dibujaban una silueta en la oscuridad. Era siete de diciembre de 1989 y el calor artificial de la calefacción del viejo coche mi padre me estaba helando los huesos.
Llevábamos dos días enteros de viaje. Aunque era la primera vez en mi vida que me alejaba de casa, me sentía extrañamente sereno y confiado. Nada a mi alrededor parecía tener vida. Solo un paisaje inerte esperando a que yo le diese color.
Mi padre era un tipo corriente, muy despistado pero inteligente. Tenia siempre una respuesta para todo, aunque a veces esa respuesta cambiase con demasiada facilidad dependiendo de a quien iba dirigida. La repentina muerte de mi madre le había hundido en una profunda búsqueda. Cada paso que daba le llevaba unos metros hacia atrás. Había abandonado su trabajo en un importante banco de Nueva York, y el mismo día le vi colgando un cartel de se alquila justo al lado de la casita del perro, al final del jardín de nuestra casa.
La verdad es que no me importaba demasiado abandonar la ciudad donde había pasado todos los años de mi vida. Había acabado el instituto unos meses antes, y al empezar la universidad me di cuenta de que lo que siempre había tenido claro, estudiar economía, podía convertirse en el mayor error de mi vida. Así que el día que mi padre me anunció la idea de viajar al pueblo donde conoció a mi madre decidí acompañarle.
-Ya estas otra vez escribiendo en esa maldita libreta, y sin luz, vas a joderte la vista, el único de la familia que no necesita gafas.
Al aproximarnos a nuestro destino, se iba desprendiendo un extraño olor a humo. Mi padre me advirtió que por esas zonas había una gran concentración de fábricas de todo tipo, aunque a mi me pareció oler a muerte.
Llegamos bien entrada la noche. El pueblo estaba completamente desierto. Solo se oía la música de un bar que parecía casi abandonado. Aunque estábamos invitados a dormir en casa de unos viejos amigos de mi padre, los Sander, decidimos pasar nuestra primera noche en un motel, para no molestar a tan altas horas de la madrugada.
– Deja de escribir, apaga las luces y duerme. Mañana tenemos que levantarnos pronto.
Por la mañana me despertaron unos golpes. Alguien había descubierto en la habitación de al lado que clase de trabajos pendientes le quedaban todos los lunes a su mujer. Mi padre no estaba en su cama. Cuando salí del motel entré en la primera cafetería que encontré. Al cruzar la puerta todos se giraron y me miraron de arriba a bajo. Me senté y me tomé un café que sabia a cucaracha. Antes de darle el último sorbo, se me acerco un hombre, me miró fijamente a los ojos durante unos minutos y se sentó enfrente de mí, se levantó, se sentó a mi lado y me susurró:
– No creo que el terror se esconda en los sitios donde parece encontrarse más a gusto… Yo a veces juego a imaginar los secretos de la gente, enterrados bajo toda esa aparente superficialidad y serenidad y normalidad y cotidianidad… Historias que permanecen escondidas al ojo confiado, al ojo que no mira mas allá de la piel i las mentiras, que esconden otras mentiras hasta hacer de este lugar un sitio donde todo parece estar tranquilo… Todo es real para el ojo confiado.
Al terminar soltó una sonora carcajada, se levantó y justo antes de atravesar la puerta para irse serenó de repente su cara y me hizo un gesto con el dedo sugiriéndome guardar silenció. Nadie en el lugar parecía extrañarse de la situación, y es que en esa cafetería nada ni nadie parecía corriente.
Después de horas buscando a mi padre decidí ir a la comisaría del pueblo y preguntar por la familia Sander, la cual mi padre había nombrado en varias ocasiones. El recepcionista de la oficina de policía era un tipo gordo, con el pelo grasiento y las manos llenas de migas de bollo. Tenía los pies sobre la mesa y estaba viendo uno de esos culebrones venezolanos que tanto he llegado a odiar. Al preguntarle por la casa de los Sander, subió levemente los ojos hacia mi cara y me acerco, no sin antes maravillarme con unos gruñidos indescifrables, un mapa del pueblo con el nombre de todas las familias que habitaban las casas en ese momento. Sin alargar ni una sola palabra más me despedí de aquel hombre y me fui con prisas a iniciar mi búsqueda.
A pesar de no haber estado nunca en ese frío y cada vez más extraño pueblo no me fue difícil dar con la casa. Se trataba de una gran mansión antigua pero recientemente reformada, sin jardín y con un gran lago justo al lado izquierdo. Al llamar a la puerta apareció una mujer de unos sesenta años con el pelo rojo y alocado, maquillada muy exageradamente. Tenía una sonrisa en la cara, que no borraba en ningún momento. Una extraña sensación recorrió mi cuerpo al mirar los verdes ojos de aquella pintoresca mujer. Era como si mirara a una persona terriblemente conocida, pero asombrosamente cambiada. Algo como un macabro retrato de mi mismo. Al explicarle mi historia me miro de arriba abajo y sin decirme una palabra me invito a pasar. Una vez dentro hizo que me sentara en un gran sofá que resplandecía entre millones de retratos y objetos, y sin perder la sonrisa se dispuso a traerme unas pastas y unos bombones.
– Deja esa libreta un segundo, que con el día que llevas debes estar muerto de hambre.
Cuando estaba ya casi a punto de reventar se oyeron unas llaves intentando abrir la puerta. Era el señor Sander. Me levanté para darle la bienvenida y saludarle, pero de repente sentí una sensación de mareo como nunca había sentido en mi vida, y sin llegar a ver al hombre que había abierto la puerta me desperté en el motel donde había pasado la noche anterior.
Eran las cinco de la madrugada y mi padre estaba durmiendo a mi lado. A duras penas me volví a dormir, no sin antes divagar minuto tras minuto entre pensamientos fúnebres.
Por la mañana me despertaron unos golpes. Miré por la ventana y vi a unos niños lanzando piedras a los cristales de todas las habitaciones. Al verme corrieron hasta desaparecer entre los montones de escombros de un almacén próximo al motel. Giré rápidamente mi atención y mi cabeza hacía donde estaba mi padre. La cama se encontraba vacía. Un sutil escalofrió recorrió mi cuerpo y me heló el corazón. Me vestí de un saltó y me fui corriendo a buscar a mi padre.
Parpadeé asombrado al encontrarme de frente con la cafetería donde había desayunado en sueños. Crucé la puerta con pies de plomo, como hipnotizado por el canto de una sirena. Me senté y esperé. Al tomar el primer sorbo del café que sin previo aviso me habían servido noté una cucaracha descender desde mi moca hacia mi estomago. Antes de poder escupir aquella maloliente porquería se me acerco una mujer y me beso apasionadamente:
– Aparta esa libreta unos segundos y escucha:
Porqué la realidad esta llena de mentira, la mentira que nos hace libres, que nos despoja de nuestras culpas y nos deja cerrar los ojos el tiempo necesario para aliviar nuestros remordimientos. La mentira es nuestra única esperanza, la única que nos puede salvar de nuestro verdadero yo. ¿Cómo pues podemos distinguir lo real de lo no real, si nosotros mismos vamos tejiendo una fina telaraña de mentiras a nuestra realidad, que la convierten en simple apariencia? Pero solo con ahondar un poco, todo acaba cayéndose en pedacitos.
Al terminar su discurso me acarició brevemente mis partes y se largo sin dejar de mirarme. Como en la ocasión anterior, nadie en ese maldito lugar se percató de lo surrealista de la escena y todos siguieron a lo suyo. Dejé unas monedas junto a la taza de café y me marché del sitio.
Corrí hasta dar otra vez con la casa de los Sander. Estaba exactamente en el mismo lugar que en mi sueño, aunque su aspecto estaba ligeramente deteriorado. Pasaron horas hasta que me decidí a llamar. Me abrió la puerta un hombre de unos setenta años con el pelo ya totalmente blanco por la edad. Fue tal el impacto que el aspecto irremediablemente conocido de aquel señor me supuso que me tuve que agarrar con fuerza a la barandilla que perfilaba la escalera del recibidor. El señor Sander se dio cuenta de mi estado de descomposición y con una amabilidad fuera de lo común me invitó a pasar.
Se disculpó por el desorden alegando que a su mujer le gustaba recoger todos los objetos curiosos que encontraba, aunque muy poco en esa casa tenía valor material. Le expliqué brevemente mi situación y sin decir una palabra me invitó a tomar una copa en su despacho. La habitación estaba llena de números y calculadoras.
– Guarda tu libreta y no te preocupes por nada, estas cosas suceden a menudo en este lugar.
Bebí una sorbo del Whiskey que me había preparado y me desperté en el motel junto a mi padre. Eran las cinco de la madrugada. Esta vez decidí despertar a mi padre y explicarle lo que estaba pasando dentro de mi agrietada cabeza. Mi padre se rió de mis palabras y se volvió a dormir. Aquello me llevó a la desesperación. ¿Me estaba volviendo loco?, ¿Era ese maldito pueblo alejado de la mano de Dios?, ¿Era solo otra pesadilla?, ¿Había sido todo aquello solo una pesadilla?
Me levanté de la cama y salí a tomar el aire. No sabía muy bien que hacer. Me daba un miedo espantoso la idea de volver a pasar por la cafetería. Me daba nauseas pensar en la cada vez más misteriosa casa de los Sander. Pero me aterraba todavía más pensar que todo había sido solo un sueño. Así que respiré hondo y corrí con los ojos casi cerrados y sin pensar. Sin darme cuenta me encontré delante de aquella mansión gigante. Todas las luces estaban apagadas y ningún ruido se atrevía a romper la armonía de la noche. Decidí investigar sin despertar a los señores Sander. Estaba mirando a través de una de las muchas ventanas de la casa, cuando de pronto una mano me acarició el hombro y sigilosamente me cerró la boca. Aunque sentía un impulso serio no me atreví a girar la cabeza, solo escuche:
– Esconde esa libreta y presta atención:
¿Imaginas disponer de todo lo que ocupa una mente humana, incluso la más simple de ellas, en un montón de folios como en una novela sin censura alguna? ¿Disponer de cada pensamiento, de cada experiencia vivida, de cada deseo, de cada impulso refrenado, de cada tormento…? ¿Crees de verdad que volverías a mirar igual a esa persona? Ahora imagina disponer del guión mental de cada una de las personas que forman este lugar, ¿crees de verdad que puedes volver a mirar igual este mundo?
Muy lentamente me giré, me vi y comprendí.
El viaje de vuelta a casa fue frió. Mi padre estaba más contento de lo habitual, decía haber encontrado al fin la manera de sobreponerse a la muerte de mi madre. Yo no quise ahondar en el tema, y mirándome como lo haría el lobo a su victima me dijo:
– Se puede saber que escribes todo el día en esa maldita libreta.
97-Los Sander y mi agrietada cabeza. Por bielnd,

Me recuerda a uno de esos cortos de terror en los que nada es lo que parece y en los que el círculo formado por lo real y lo onírico se vuelve cada vez más opresivo. Personajes fantasmagóricos, conversaciones sin sentido, situaciones que se repiten. El último relato virgen (por la ausencia de comentarios). Suerte.
Relato bien escrito un tanto surrealista. Va otro comentario más para bielnd