115-El servicio. Por Silencio

La ambulancia llega a la dirección desde la que se ha recibido la llamada. Diego la estaciona y baja con Raquel, su compañera de turno, unos años más joven, con menos experiencia y mucho más habladora. El servicio se presume de transporte, contusión en la cabeza, es probable que deban trasladar al herido al hospital.

         Suben las escaleras del rellano que conducen hasta el ascensor, de los pocos que perviven con las puertas de seguridad manuales. A través del esqueleto de protección lo ven llegar a planta baja, suben, el ascenso al segundo piso se inicia con una sacudida idéntica a la que les despide cuando se detiene. La única puerta del rellano se abre. Una mujer les recibe, edad indefinida que lo mismo pueden ser cuarenta que cincuenta, ropa de calle mal conjuntada, cabellos de un negro azabache artificial peinados con agua a prisa y corriendo, quizá una pasada de quita ojeras de última hora. Está en la cocina, informa. Ha recuperado la conciencia. La casa huele a rancio, del zócalo de las paredes nace una capa de polvo que se eleva como restos calcinados de un pequeño incendio que hubiese afectado todas las habitaciones. En la cocina, el hombre está sentado en el suelo, manos sobre la cabeza y expresión de dolor. Un olor fuerte impregna el cuarto, desinfectante, no, es otra cosa. Por el suelo quedan restos de vidrios que han sobrevivido al barrido desesperado. Diego se sitúa en cuclillas al lado del hombre, camiseta sin mangas, pantalones cortos, mirada vidriosa. Desde tan cerca el aroma a alcohol es inconfundible, es el mismo que mezclado con otros sabores menores cubre la cocina con el fantasma de la resaca. Déjeme ver. Aparta las manos manchadas de sangre y ve la brecha, poca cosa, un par de puntos, podría haber sido peor. Qué ha pasado. Murmura algo imposible de descifrar. Qué ha pasado, repite Raquel a la mujer, pregunta que acciona un dispositivo apagado en su cerebro, es escucharla y abalanzarse sobre su marido, comenzar a golpearle, borracho, que estás loco, que nos vas a buscar la ruina, te odio, ojalá hubiese hecho caso a todo el mundo y me hubiese ido con Mario, como le pase algo te mato. El hombre aparta los golpes como si fuesen pequeños picores, moscas revoloteando alrededor de su cuerpo. No entiende ni escucha una palabra. Raquel, murmura Diego. Sí, por supuesto, comprende ella. Vamos fuera. Cruza su brazo con el de la mujer y le da unas palmadas en la mano. Vamos fuera, estaremos más tranquilas.

         Se sientan en un sofá desgastado del salón. Pequeñas figuras por el suelo insinúan que aquí también puede haber habido una limpieza de última hora. La mujer solloza sin lágrimas y Raquel espera a que se tranquilice mirando las fotografías que descansan sobre una mesita, tres marcos en los que aparecen una pareja de ancianos, un chico de unos catorce años y un perro. La primera y última parecen antiguas, no así la del muchacho, mucho más actual. No encaja con el marco que la luce pues el fondo negro del interior de éste aparece en el perímetro que cubre el cristal y contrasta con la pared blanca sobre la que está apoyado el muchacho. Es mi hijo. Es el mejor niño del mundo. Tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Y no tiene las tragaderas de su madre, gracias al cielo. Él no pasa por lo que paso yo, no lo acepta, tiene un límite que hace que su basta signifique basta. Jose se merece lo que le ha pasado. Cuando bebe más de la cuenta se vuelve agresivo, me pierde el respeto. De pequeño Mario lloraba y gritaba, poco a poco comenzó a llorar en silencio hasta el día en el que también dejó de hacerlo. Pensé que había pasado la fase de sorpresa y que había llegado al punto en el que, sin dejar de sufrir, aceptaba lo que pasara como algo inevitable, como una enfermedad periódica contra la que no existe medicina. Nada de eso. Uno de esos días apareció corriendo en nuestro dormitorio y saltó sobre su padre, ni dos palmos que levantaba del suelo contra una pared de hormigón, del golpe mi ángel salió disparado hacia el suelo y se golpeó la nariz, cómo sangraba, que ni sabia dónde estaba y yo no podía llegar a él. Otro día saltó sobre su cuello, una defensa tan insignificante que al día siguiente Jose ni recordaba lo que había pasado. Nunca recuerda nada. Sabía que esto acabaría pasando, ya se habían enfrentado cara a cara en más de una ocasión. Tenía miedo, no por mí, por él, por los dos. Hoy ha llegado a casa, ni siquiera ha encontrado problemas, sólo indicios de que acabarían pasando, se intuyen, se huelen desde la distancia. Una mirada, una manera de coger la botella. Mario lo ha notado nada más entrar, he de decir que venía contento, le ha pasado algo en la escuela o la calle, no sé el qué, es muy reservado y nunca explica nada de lo que le ocurre fuera aunque yo no lo necesite para saberlo. Tampoco explica fuera lo que sucede en casa y así su vida es una suma de piezas que unidas no forman ningún dibujo. Cuando ha visto a mi marido diciendo tonterías, aparentando ser, difícil explicarlo, he visto con claridad la gota que se colmaba, que se deslizaba con delicadeza por el vaso del aguante de Mario, entonces algo, no sé el qué, algo le ha vuelto loco, quizá cuando ha visto que Jose me levantaba la mano, no creo que fuera nada, una mala interpretación del gesto, se ha puesto a gritar, tirar cosas, golpear la pared. Le ha arrebatado la botella de la mano y se la ha estallado en la cabeza, mi marido que cae y yo que creo que le ha matado, a su propio padre, grito que qué ha hecho, me arrodillo a su lado, Mario aún de pie, sale corriendo, a la calle. Se ha ido. Nunca lo ha hecho, es un buen muchacho, noble, incapaz de hacer daño a nadie. Esta fotografía es de hace un mes, la última que tengo de él, tengo miedo, no quiero que sea la última. Se lleva las manos a la cara. Llora. Se escuchan ruidos en la cocina. Raquel no sabe qué decir, mira la fotografía, Mario de pie, brazos delicados cruzados, riendo con una naturalidad que contrasta con las mejillas sonrosadas que puede ser de cansancio o deberse a algo muy distinto.

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2 comentarios

  1. Una mujer atrapada por su destino y por el amor de sus dos hombres. Otra mujer olvidada por la suerte. Un nuevo laberinto sin salida. Me ha gustado. Mucha suerte.

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  2. Relato oscuro, triste, deseperanzador, muy bien escrito te Felicito Silencio y te deseo más comentarios y votos (que lástima que no tengas un club de amigos o de fans)

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