134-Taglietti y su asesina. Por Avalon

—Lo sé todo sobre usted, Taglietti —dijo la mujer mientras le hundía su dedo índice izquierdo en el pozo del balazo, y agregó—: Pero no que fuera tan valiente o tan necio para abalanzarse así.

—¿Quién la mandó? —Atinó a preguntarle el hombre mientras veía como la mujer retiraba el dedo de su muslo derecho y se lo llevaba a la boca.

—Un hombre de su posición acumula muchos enemigos, pero ya sabe que las féminas podemos llegar a ser tan volubles… Y ni hablemos de las que ostentan anillo…

—¿Irene? ¡Imposible!

—¡Qué tierno!, pero la dama no es tan mosquita muerta como la piensa. ¿Me permite? —dijo la mujer antes de volver a sumergir el dedo en la herida. El hombre reafirmó su espalda a la pared.

—Supongamos que le creo, dígame ¿cuánto le ofreció por este trabajito sin importancia?

—Por favor, no ensuciemos el momento hablando del vil metal.

—Claro, usted hace esto sólo por empatía de género.

—Jaja, y usted me mata Taglietti.

—Lástima que no en la forma que me gustaría.

—¡Hey! ¿Por qué tanta violencia? No se lo tome como algo personal.

—No piense que lo asumo así. De todos modos, veo que será inútil cualquier intento de seducirla con una cifra mayor a la que pactó. —La mujer retiró impulsivamente el dedo.

—Lo siento, Taglietti; es una cuestión de principios. En mi oficio la reputación es el capital más importante que una débil chica como yo posee. Sepa que jamás he incumplido un trabajo.

—Ya veo, usted es una persona de altos valores.

Tras sonreír, la mujer le dijo:

—Hernán, ¿puedo llamarlo así?

—Si le place, ¡avanti!

—Gracias. Hernán, sabe, usted me ha empezado a caer bien.

—El sentimiento es recíproco, lástima las circunstancias…

Tras aquellas palabras se hizo un breve silencio; luego, la mujer dijo: «¡Discúlpeme!», y se colocó la pistola al cinto para poder hurgar cómodamente en su bolso, de donde extrajo un pequeño frasco de olivas. 

—Sabe, soy adicta a las aceitunas, desde chica. Me dan paz. Yo digo que se debe a su color: son como grageas de esperanza. ¿Quiere una?

—No, gracias —«para qué alimentar algo que sé estéril», pensó—. Mire, no es por despreciarle estos preciosos minutos que me ofrece, pero dígame ¿por qué no acaba conmigo de una vez?

—Pero ¿cómo, no se lo dije? Su amorcito quiere despedirse de usted; que considerada, ¿verdad? Debe estar a llegar.

—Ya que las cartas están echadas, me gustaría saber su nombre.

La mujer, tras depositar el carozo en la palma de su mano, espetó:

—¡Ah!, mi nombre; ¿no quiere saber mi signo, mi edad, mi estado civil y mi número de seguro social también? —inquirió la mujer mientras ingería otra aceituna.

—Géminis, 28 años, soltera; para lo del seguro me declaro inhábil.

—¡Qué amable! Pero no es necesario que me extirpe una sota. Por otra parte soy de Libra; sin embargo, mi ascendente es Géminis. Y sí, soy soltera…

—Y guapa.

—¡Oh!, no le han dicho que no debe piropear a una asesina —dijo la mujer, mientras se sentaba sobre el escritorio y comía otra aceituna.

—Disculpe, usted es la primera y creo que la última que conoceré…

Un nuevo silencio campeó entre los dos. La mujer echó su cabeza hacia atrás hasta dejar el rostro paralelo al techo, luego pasó la boca del cañón del arma entre sus senos. Al fin, al descolgar su mirada como de un pensamiento suspendido, dijo:

—Virginia.

—¿Qué?

—Virginia es mi nombre. ¿No quería saberlo?

—Sí, pero ¿será el verdadero?

—Jaja, claro que no; pero es como  me hubiera gustado llamarme. Usted es el primero al que se lo confieso, es extraño —dijo la mujer mientras se hacía con otra aceituna.

—Sabe, hace tiempo que no charlaba tanto…

Taglietti detuvo sus palabras en seco al ver como Virginia, tras caérsele la pistola, se llevaba ambas manos al cuello, se bajaba de la mesa y, haciendo arcadas, quedaba de rodillas justo frente a él. La mirada azul gélida de la mujer dio paso a un tembladeral interior. Con esfuerzo, el hombre se arrastró hasta ella, y le aplicó una serie de rotundos golpes en la espalda. Tras despedir el carozo, la mujer permaneció hincada. No tardaron las manos de ambos en encontrarse en la pistola. Sus miradas se hicieron un nudo sin dejar a la luz el cabo.

—Te debo una, y entre mis principios, el primero es siempre pagar las deudas —le susurró al oído Virginia en el preciso instante en que una sonriente Irene atravesaba el umbral…

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3 comentarios

  1. Sin comentarios. Un pobre intento de relato «negro» incoherente para mi gusto.
    Lo siento, y suerte…

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  2. .. Y las deudas hay que pagarlas. Me temo que la amiga Irene escogió mal momento para entrar. Me la imagino en blanco y negro, con los ojos como platos y a la recién estrenada pareja apretando el gatillo al alimón… Suerte.

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  3. Más que relato negro, yo lo veo como un relato que pretende ser gracioso y creo que lo logra. Felicidades Avalon, espero que esa haya sido tu intención

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