Carla conoce el silencio, pero desconoce el amor. Esa ausencia crea el íntimo temor que obliga a los hombres a mirarla sin acercarse, a quererla como a una prohibición.
-¡Carla, ámame!
-¡Carla, recuérdame!
-¡Carla! ¡Carla!
Su nombre recorre las calles, los mares, los cafetales y las selvas en una búsqueda predestinada, porque encuentra eco en todos los sueños.
Se levanta sin prisa. La oscura piel aún anclada en la noche, aún mágica, recibe al sol y al viento en el mismo momento. Toma la sábana e improvisa una túnica que se adhiere suavemente a su cuerpo. Ningún sonido extraño impide pensar.
El olor a café impregna cada rincón. El azul y el verde tras las ventanas la impulsan a salir, la urgen a continuar con un destino que no desea comprender: perturbar a todos los hombres y mujeres de la tierra.
“Ese hermoso joven será como los otros. Me seguirá durante un tiempo –quizá media hora- y luego huirá, por temor a su propia pequeñez, por temor a la negra claridad de mi mirada”.
Las ideas brotan constantemente, causando una progresiva tristeza, una lucidez dolorosa. Desde niña presiente ese crecimiento hacia la nada.
-¡Aléjate! ¡Estás maldita!- Palabras de iniciación. Su entrada a un mundo en el que la miseria y la sangre dan a la belleza el color del peligro… Su color.
-¡Carla! ¡Carla!
Los rostros la siguen hasta que cruza todas las mesas y ocupa un lugar en el rincón más oscuro del salón. Sólo entonces el cafetín retoma su ritmo normal. La música y el sonido del cristal vuelven a escucharse, aunque nunca se han silenciado. Las mujeres ya no abrazan a sus hombres con la misma sensación de pérdida.
Relaja cada músculo, mientras percibe los múltiples olores, las historias que ellos cuentan. Sonríe al percatarse que su mente culpa a la soledad por tanta conciencia. “Te vemos mal Carla. Te vemos mal”… Y vuelve a sonreír, ahora por el uso del plural.
***
Unos pocos instantes de reposo y –de repente- quedar al descubierto. No podía creer en esa mirada que descaradamente se burlaba de su descuido. No podía creer en el poder de esos ojos que –sin movimientos- la auscultaban milímetro a milímetro, como si en ella hubiesen encontrado la posibilidad, la llave de los secretos, el hilo sutil de Ariadna. Parecían cercarla, pero no para atacarla y vencerla, sino para impedirle huir.
¡¿Al fin lo había encontrado?!
***
¡No, esos ojos eran una petición! Había confundido los signos. Durante algunos segundos malinterpretó al mundo y éste le entregó lo que íntimamente ansiaba… El brillo feroz, el crecimiento de las pupilas, las pequeñas arrugas en las comisuras de los labios, el fruncimiento leve de las cejas, la tensión del cuello, el lento crisparse de los dedos… Equivocaciones.
“Sólo así. Ese sería el precio. Yo debería pagarlo, como lo hacen todos. Pero estoy despierta”
Pidió la cuenta y miró los ojos de la mesa cercana, ahora diferentes. Las voces del café formaron un lúgubre coro, plañidero y fiel. Las sombras del sol fueron transformadas por las luces de las velas.
-Lo lamento. Hoy tampoco será posible. Gracias por su mirada- Dijo y salió, sintiendo esa rara presión de las huellas en su espalda. La constante presencia que no se acostumbra a soportar.
¡Carla! ¡Carla!
***
Suben tercos, confiados, con esa tierna obstinación que sólo poseen los creyentes. Sus pasos acentúan la claridad del pequeño sendero, facilitando el camino de los que vendrán. Cada pisada destruye una brizna de hierba, crea el delgado hilo serpenteante que lleva a la cima. Nada se opone. Ella los espera.
La montaña, poco a poco, cede. Pinos, eucaliptos y tierra la rodean. Todos se detienen respetuosos, incapaces de explicar la extraña sensación que repentinamente corre por sus cuerpos, la inconcebible necesidad de oxígeno que abre sus pechos y sus bocas. Nadie se atreve a cruzar el invisible círculo mágico… Hasta que Carla sonríe.
-¡Carla! ¡Carla!
Uno a uno se acercan. Cuentan sus historias. Sus temores, sus dolores y sus dudas van brotando, van tejiendo la inmensa soledad que recorre calles, mares, cafetales y selvas.
Carla escucha. Pocas veces, habla.
-¡Carla! ¡Carla!
150-Un hilo, un tejido. Por Auro Mazda,

Gracias por permitirnos ver el mundo a través de los ojos de Carla que, al igual que muchos otros, son cruelmente ignorados. Mucha suerte.
Extraño relato lleno de sensualidad y con un lenguaje poético difícil de lograr. te felicito Auro Mazda. Tienes, con este, tan sólo dos comentarios, pero me alegro de que ya tengas 10 votos.
Relato curioso y un tanto onírico, para releer.
Suerte.