169-Ella y sus pechos, los de Ella. Por Alcarreño

Estar con Ella aquella noche era el último de los signos que le harían decidirse. A volver a verla, a ella. Lo pensó entre sus pechos, los de Ella. Y es que desde hace días buscaba su rostro, el de ella, en otros rostros. Volver al lugar donde la conoció. Como volver al lugar del crimen, hacer algo prohibido. Revivir aquellos momentos. Esperando que la casualidad se repitiese.

 

 

Como tantas otras veces precipitó el final, a pesar de que casi no había empezado. Sobre todo para ella. Recuperar la situación inicial, como si no se hubiese zanjado de manera tan abrupta. Borró todos sus mensajes, su número, sus imágenes, los de ella. Pero no pudo borrarla de su memoria. Entre sus pechos, los de Ella.

 

 

Supo que era ella cuando la contempló jugando con los niños. Cuando llegó entre los niños. En aquel concierto electroacústico, tumbada en el suelo, bailando con los niños la música abstracta. Se imaginaba, con ella, entre los árboles, en una pradera soleada, con los niños, con la música de los árboles. Pero no conseguía quitarse sus pechos, los de Ella, de la cabeza. Su olor. Perfectos. Los pezones graciosamente marcados. Sus areolas surgiendo abruptamente desde el seno.

 

 

La conoció rodeada de niños, a ella. Signos premonitorios. Necesitaba volver a aquel lugar. Pero habían pasado seis meses desde la primera vez. Entonces se acababa el verano; ahora empezaba uno nuevo. Mientras, como a un niño, Ella le lavaba el pene en el bidé. Con la ternura de una madre. Limpiando su glande hinchado con el agua tibia.Con la ternura de esa primera vez.

 

 

La había esperado tantas tardes en el banco al sol, a ella, durante esos seis meses. En el camino que imaginaba que haría. Tantas veces había querido ver su rostro en otros rostros. Deformando su recuerdo. Necesitaba volver. Volver a la plaza en la que por primera vez la vio. Pero ahora sólo quería volver a besar sus pezones, los de Ella. Escalarlos como una montaña. Lanzarse contra ellos, blandos como un lecho mullido. Rodear sus areolas con sus brazos. Sentirlos henchirse de placer, erizarse el vello.

 

 

Los niños corriendo y gritando. El ruido de la fuente y el agua al sol. Reflejos de la luz y el agua. Los primeros signos premonitorios. Los niños alrededor de ella. De la música y la luz. Haría guardia en la plaza hasta que volviera a verla. Esperaría a que saliesen los niños. Todas las tardes. En todos los parques de la ciudad. En todas las plazas de la ciudad. Lo haría antes de volver a tocar sus pechos, los de Ella. En todos los bancos de todos los parques y todas las plazas. Si no, siempre le quedarían sus pechos. Sus

pezones, los de Ella.

 

 

Creía verla llegar. Entre los niños. Entre el ruido y el sol y el agua y la luz. Pero cuando ya parecía reconocerla, a ella, desaparecía entre sus pechos, los de Ella. Y así pasó el verano y no la vio, a ella. Decidió renunciar. Volver a sentir sus pechos, los de Ella. Volvió a donde estaba. Y por fin junto a sus pechos, olvidándose por fin de ella, la encontró.

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4 comentarios

  1. Extraño relato que juega en los límites del erotismo, sin ir más allá de lo políticamente correcto. Mucha suerte.

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  2. Bueno, parece que sólamente Hóskar y un servidor nos estamos tomando, no la molestia, sino el gusto de leer o tratar de leer todos los cuentos para dar nuestra opinión. Yo no sé si sean tus pechos, o los de ella, pero son buenos pechos.

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  3. Encadenados, habiendo buenos pechos yo creo que ya salimos revolucionados de este relato:)
    Un original juego de palabras, pero en mi solemne torpeza, tampoco sé que ha querido contarme.
    Suerte Alcarreño:)

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  4. Esta hermosa ese fragmento; bello.

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