{"id":941,"date":"2009-04-15T23:13:36","date_gmt":"2009-04-15T21:13:36","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.es\/6certamen\/?p=941"},"modified":"2009-04-15T23:14:36","modified_gmt":"2009-04-15T21:14:36","slug":"175-trilogia-pulcra-de-la-habana-por-boring-home","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/6certamen\/?p=941","title":{"rendered":"175- Trilog\u00eda pulcra de la Habana. Por Boring Home"},"content":{"rendered":"<p class=\"MsoNormal\" style=\"margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 10pt; font-family: Verdana;\">La noche en La Habana cae de s\u00fabito sobre ti. La luz quema fuerte hasta muy entrada la tarde. Es un efecto enceguecedor.<!--more-->\u00a0Pero, si nada m\u00e1s pesta\u00f1eas, el sol ya estar\u00e1 rozando la l\u00ednea claustrof\u00f3bica del horizonte, evaporando una columna de mar desde el punto \u00fanico por donde se hunde enseguida.<br \/>\nTodo dura un instante. O menos. Y entonces queda un humo de salitre en tus ojos y ese extra\u00f1o siseo que en La Habana nos hemos acostumbrado a no o\u00edr. Lo dem\u00e1s es la noche ef\u00edmera de una ciudad cuya madrugada te parecer\u00e1 eterna si no est\u00e1s acostumbrado a estos ciclos de luz sofocante y repentina oscuridad.<br \/>\nVen hasta nosotros y mira, pues es probable que se nos ocurra hacer algo m\u00e1s. Ser\u00eda tan f\u00e1cil: yo soy Yo, ella es Ella, y, por supuesto, t\u00fa ser\u00e1s T\u00fa. Basta que quieras venir hasta nosotros y mirar para que probablemente se nos ocurra hacer algo m\u00e1s. Es tan f\u00e1cil: el deseo crea al lenguaje y el lenguaje a su vez crea al resto de la realidad. Incluso a los restos de la realidad.<br \/>\nElla se sienta sobre el muro del Malec\u00f3n, de espaldas a la ciudad y con la vista extraviada en el mar. El mar no existe a esta hora. Es s\u00f3lo otro muro s\u00f3lido del mismo color que el cielo. Un gris oliva trist\u00edsimo, un\u00e1nime y uniforme. As\u00e9ptico, m\u00e1s que esc\u00e9ptico. Yo me acerco y le digo: \u00bfNo es peligrosa tu posici\u00f3n?<br \/>\nEn efecto, Ella casi cuelga sobre los arrecifes, que nos apuntan amenazantes varios metros bajo sus pies. Si por casualidad ahora pierde el equilibrio y se cae, o si alg\u00fan transe\u00fante est\u00fapido la empuja, ya no habr\u00e1 historia para nosotros tres.<br \/>\nAs\u00ed que me le acerco para repetir mi advertencia, pero Ella me detiene con una mueca de odio. Nos miramos fijo bajo los faroles mortecinos del alumbrado p\u00fablico de La Habana. Los autos nos dan flashazos de luz como si estuvi\u00e9ramos en un teatro o en una discoteca. Entonces o\u00edmos por primera vez su voz: Aqu\u00ed el \u00fanico peligro es \u00e9l, y te se\u00f1ala a ti.<br \/>\nRespiro. Despu\u00e9s r\u00edo. Doy dos pasitos atr\u00e1s con las manos en alto. Es un gesto de paz, de rendici\u00f3n, de lo-siento-mucho-no-quer\u00edamos-asustarte, y te miro a ti. \u00bfQu\u00e9 haces T\u00fa todav\u00eda acechando ah\u00ed?<br \/>\nEntonces Ella tambi\u00e9n respira. Despu\u00e9s sonr\u00ede y me extiende misericordiosamente una mano desde su trono en el muro. Es la izquierda, por algo estamos en Cuba, y su extremidad es larga y fr\u00e1gil y tan blanca que desde ciertos \u00e1ngulos llega a ser transparente. Es Ella, sin duda. Ahora s\u00f3lo falta que hablemos un poco hasta que puedas incorporarte a nuestro di\u00e1logo t\u00fa.<br \/>\nMe siento a una distancia diplom\u00e1tica de Ella y hablamos de todo un poco para hacer avanzar inm\u00f3vilmente la noche. Hablamos, por ejemplo, del nuevo siglo y milenio en La Habana, con su tedio fofo y la gente atrapada medio siglo o milenio atr\u00e1s. Hablamos, sin preocuparnos de que casi estamos gritando, de todos los h\u00e9roes asm\u00e1ticos y dioses muertos de ese largo y tortuoso camino llamado a secas Revoluci\u00f3n. Hablamos del cuerpo como v\u00e1lvula de escape m\u00e1s efectiva que un pasaporte visado. Y hablamos, sin saberlo todav\u00eda quiz\u00e1, de la imposibilidad de un testigo ajeno a nuestra inveros\u00edmil conversaci\u00f3n.<br \/>\nEs decir, terminamos hablando de ti: del peligro que implica tu impertinente insistencia de protagonizar y, a\u00fan sin entender nada de Cuba, convertirnos en un tr\u00edo esta historia de dos.<br \/>\nElla viene hasta mi boca y me besa. Me gusta tu nombre, dice y me siento orgulloso de haberme nombrado a m\u00ed mismo Yo. Me ense\u00f1a el tatuaje que se le hunde entre los senos: es una escu\u00e1lida palma real silueteada con tinta verde. La obra de un virtuoso, supongo, debi\u00f3 costarle una barbaridad. Mejor T\u00fa y yo no averiguamos demasiados detalles. Mejor repite sus pr\u00f3ximas palabras para que comprendas la etimolog\u00eda o la etiolog\u00eda de lo que es la pura intensidad: En el sexo tengo la estrella del Ch\u00e9.<br \/>\nFuimos con Ella, era inevitable. Tomamos un \u00f3mnibus P-1 hasta Cuatro Caminos y desde all\u00ed un taxi particular. Viv\u00eda en el piso 12 de un doceplantas prefabricado de la Esquina de Tejas. El ascensor era una caja oxidada que soltaba hasta chispas. La \u00faltima planta estaba a oscuras y Ella nos explic\u00f3 que hac\u00eda semanas un inspector del Estado les hab\u00eda cortado la luz.<br \/>\nSu apartamento era \u00ednfimo. En la puerta por primera vez te habl\u00f3: Pasa sin pena, T\u00fa, dijo, y a m\u00ed apenas me invit\u00f3 con una reverencia socarrona que imitaba las ma\u00f1as de mimo.<br \/>\nLos dos salimos a su balc\u00f3n. La ciudad posproletaria y podrida se abr\u00eda pulcramente a cincuenta metros bajo nuestro pies. Un panal perverso, te coment\u00e9, pero T\u00fa segu\u00edas hechizado con aquella visi\u00f3n casi a\u00e9rea del holocausto.<br \/>\nO\u00edmos sus pasos y nos dimos la vuelta. Ya estaba desnuda, por supuesto, y tra\u00eda una linterna de fr\u00edo ne\u00f3n. Sin previo aviso, la puso en el piso y se acuclill\u00f3. Abri\u00f3 las piernas hasta parecer sentada y a la vez flotando sobre el chorrazo blanco y espeso de luz. Miren, nos dijo, es tan fosforescente que alumbra al resto del universo.<br \/>\nY, en efecto, los restos del universo sal\u00edan de aquella gruta tatuada con una estrella bastante chea. Una obra amateur, supuse, debi\u00f3 salirle barata. T\u00fa y yo no asomamos con un asombro antiguo ante la visi\u00f3n de un cuerpo abierto como un cad\u00e1ver. Lat\u00eda. Su sexo tatuado se intu\u00eda fragante y h\u00famedo y de un sabor a salitre ali\u00f1ado con un toque de \u00f3xido. Ani\u00f1ado. Porque en medio del espect\u00e1culo, su biolog\u00eda de combate parec\u00eda ser cada vez menos de Ella y cada vez m\u00e1s de una beb\u00e9.<br \/>\nMiramos por aquel tunel luminot\u00e9cnico en pleno apag\u00f3n. La estrella del Ch\u00e9 funcionaba como un alef mal\u00e9fico o alg\u00fan disparate as\u00ed. No s\u00e9 T\u00fa, pero ante mis ojos corr\u00eda una pel\u00edcula simult\u00e1nea que era siempre el mismo encuadre interior. Vi la explosi\u00f3n org\u00e1smica de todos sus \u00f3rganos, una org\u00eda suicida. Vi el descarnado tejido de su est\u00f3mago, crucigrama de venas y arterias, segregando jugos mort\u00edferos como si se tratara de un juego infantil. Vi los transparentes tendones de su mano izquierda, por algo est\u00e1bamos en Cuba, largos y estrechos como geograf\u00eda de isla, y me encandil\u00f3 el blanco \u00edntimo de su espina dorsal, estallando mudo en el arco iris monocrom\u00e1tico del cerebelo. Vi su t\u00edmpano y su r\u00f3tula, el hangar hambriento de sus costillas, vasos linf\u00e1ticos excitados, orina cristalizada, gl\u00e1ndulas l\u00e1cteas, y otro t\u00fanel \u00f3seo en cuya boca estaban asomados de nuevo T\u00fa y Yo, los dos iluminados por aquel ne\u00f3n fr\u00edo y artificial.<br \/>\nSe par\u00f3 en equilibrio sobre la linterna y con un gesto ingenuo te pidi\u00f3 que la cargaras. Lo hiciste. Con la mirada te indic\u00f3 que te acercaras a la baranda de su balc\u00f3n. Y lo hiciste. Eran \u00f3rdenes compasivas. No ten\u00edas otra opci\u00f3n que la de obedecer. Tal vez s\u00f3lo para eso Ella te hab\u00eda tolerado hasta all\u00ed. \u00bfNo quer\u00edas protagonizar nuestra historia? Pues ahora yo era s\u00f3lo una suerte de ajeno observador desde adentro.<br \/>\nNo hizo falta ninguna otra instrucci\u00f3n. Extendiste su cuerpo hacia el vac\u00edo de la madrugada, entre la ciudad est\u00e9ril y su c\u00ednico cielo, la oliste para conservar al menos una evidencia de que todo fue cierto, y la dejaste caer con tanta suavidad que tal vez pensaste que podr\u00eda flotar.<br \/>\nPero no. Ella se precipit\u00f3 con un alarido terrible hasta callarse con un pu\u00f1etazo seco contra el asfalto, doce balcones m\u00e1s abajo. Te cog\u00ed por el cuello. Est\u00e1s loco, imb\u00e9cil, qu\u00e9 has hecho, eres un criminal, comenc\u00e9 a gritarte por histeria o por inercia hasta que dejaste de manotear.<br \/>\nEntonces te coloqu\u00e9 sobre el piso, tu cabeza usando la l\u00e1mpara como almohada. Te bes\u00e9 en la boca como \u00faltimo recurso para pedirte perd\u00f3n. Y sal\u00ed del apartamento.<br \/>\nEl ascensor casi se incendia por un arco voltaico. La planta baja del doceplantas estaba a oscuras, y cuando estuve al aire libre de la Esquina de Tejas, not\u00e9 que en todo el barrio los inspectores del Estado hab\u00edan cortado la luz.<br \/>\nIntent\u00e9 orientarme de vuelta a casa. Tom\u00e9 un taxi particular hasta Cuatro Caminos y luego un \u00f3mnibus P-1 hasta el T\u00fanel de Malec\u00f3n.<br \/>\nMe sent\u00e9 junto a la desembocadura del r\u00edo Almendares. Solo. Aburrido. Sin sentido de pensar en Ella o en ti. Menos a\u00fan en el viejo siglo y milenio. Ni en los h\u00e9roes muertos y dioses asm\u00e1ticos de la Revoluci\u00f3n. Ni en el peligro de los arrecifes. Ni en la pena impensable de no sentirse nunca parte de nadie.<br \/>\nDe manera que T\u00fa, vete de nosotros y no mires, pues es improbable que se nos ocurra hacer nada m\u00e1s. Ni yo fui Yo, ni ella es Ella, ni tampoco t\u00fa ser\u00edas T\u00fa. Basta que quieras irte de nosotros y no mirar para que probablemente no se nos ocurra hacer nada m\u00e1s. Es tan f\u00e1cil: el deseo no cree en el lenguaje y el lenguaje s\u00f3lo crece a su vez en el resto de la irrealidad. Incluso en los restos de la irrealidad.<br \/>\nEl paisaje me daba vueltas por fuera, literalmente fuera de revoluciones como un disco rayado. De contar al menos con un testigo a la vista, hubiera podido vomitar tanta n\u00e1usea. Los \u00f3rganos se me arremolinaban orgi\u00e1sticamente por dentro. Pero no estaba nervioso en absoluto, sino apenas asqueado.<br \/>\nMir\u00e9 la l\u00ednea claustrof\u00f3bica del horizonte marino y sent\u00ed que extra\u00f1amente ya estaba a punto de amanecer. Hab\u00eda sido otra de esas noches eternas y ef\u00edmeras en La Habana. Con suerte, Cuba tendr\u00eda que esperar hasta nuestra pr\u00f3xima historia para ordenarme compasivamente protagonizar mi propio suicidio.<br \/>\nEn este punto entend\u00ed que Yo estaba en una paz pulcra con Ella, una paz sin vida pero tambi\u00e9n sin sepulcro. Entonces nos volveremos a ver enseguida, T\u00fa.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La noche en La Habana cae de s\u00fabito sobre ti. La luz quema fuerte hasta muy entrada la tarde. 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