Icono del sitio 7 Certamen de Narrativa Breve 2010

22- Isabelita. Por La Ciudad

       Todavía conservo el pequeño libro de las Rimas de Bécquer. Sigue conmigo, ha sido testigo de mis alegrías, de mi soledad y de mis tristezas, me ha acompañado a lo largo de la vida.

         Por cuestiones de trabajo de mi padre, tuvimos que salir de la ciudad donde vivíamos, para irnos a radicar a la capital. Tenía yo doce años de edad, era el mayor de tres hermanos: mi hermana Carmela de seis y mi hermano José de cuatro.

         Mis hermanos, quizá por su corta edad, no sintieron la tristeza que se siente cuando tienes que partir para emigrar hacia otro lugar. Por el contrario, mi madre no se consolaba por haber tenido que dejar a su madre y a sus hermanas, yo sentía y comprendía su tristeza, como si fuera mía, pues dejaba atrás amigos, abuelos, tíos y primos, a mis queridos maestros y sobre todo a Isabelita, mi primer amor, ese que piensas que es el amor para toda tu vida. Isabelita, una niña de trenzas rubias y hermosos ojos verdes. En esos momentos comprendí cuanto de nosotros se quedaba en mi ciudad.

          Ya en el tren, en el trayecto rumbo a la capital, mamá me consolaba como si fuera yo el más pequeño de sus hijos y al mismo tiempo se consolaba conmigo, pues sabía bien que yo entendía su tristeza. Mi padre había llegado un mes antes a la capital, en donde nos esperaría en la estación del tren.

          Los primeros días no tuvimos tiempo de dar cabida a nuestras tristezas, después de haber llegado a una casa de huéspedes cerca de la estación de trenes, mi madre y yo nos dimos a la tarea de buscar la que iba a ser nuestra vivienda. Una vez instalados en un pequeño departamento de la colonia Santa María, mamá comenzó a buscar escuela para mis hermanos y para mí, que ya iba yo a entrar a la secundaria. Con nuestra nueva casa, con nuestras nuevas escuelas y nuevos amigos nos fuimos consolando de la tristeza por lo que habíamos dejado detrás, o al menos la tristeza iba aminorándose un poco. Además estábamos asombrados de descubrir día con día a la ciudad capital, admirar sus enormes edificios, sus monumentos y sus bellos jardines, mi padre procuraba llevarnos al cine y al teatro, hermosos cines y teatros los de aquella época.

          Sólo había algo que no se me olvidaba: el afecto que sentía por Isabelita, la niña de trenzas rubias y hermosos ojos verdes, Isabelita era tierna y afectuosa, llena de cualidades y muy estudiosa, además aficionada a la poesía, a pesar de su corta edad. Cuando nos despedimos, Isabelita me dio, como “regalo de viaje”, un pequeño libro con las Rimas de Bécquer con una flor seca dentro de él, como se acostumbraba en esa época. La niña estaba hecha un mar de llanto, me pedía que le escribiera, que no me olvidara de ella, pues si lo hacía, se moriría de tristeza. Prometí escribirle una carta para contarle los pormenores de nuestro viaje y para que supiera que ya había ingresado a la secundaria, además para decirle lo mucho que la extrañaba.

            En cuanto tuve dinero para el timbre postal y supe el camino al correo, para ir y regresar sin perderme, en lo que me parecía una enorme ciudad, llevé la carta. Todavía recuerdo la emoción que sentí cuando deposité mi primera carta en el buzón del correo central. Luego empecé a contar las horas y a imaginarme el rumbo de esa carta, a imaginarme, momento a momento, por dónde iría la misiva. Después le envié muchas otras cartas más.

            En aquellos años, el correo y el telégrafo, además del teléfono (el que resultaba excesivamente caro) eran los únicos medios para comunicarte con tus seres queridos y casi no había día en que el cartero no se apareciera por el edificio en donde vivíamos, por supuesto que cuando lo oía tocar su silbato, anunciado su llegada, me emocionara esperando la respuesta a mis cartas. Pasaron las semanas y los meses y la respuesta no llegaba, creo que mi madre se daba cuenta de mi tristeza, pero quizá pensaba que era el efecto de mi crecimiento o mi desarrollo, pues en aquel tiempo empecé a crecer más de la cuenta y a convertirme en un chiquillo flaco y desgarbado que no sabía que hacer con sus extremidades inferiores. Además el pelo corto y la cara llena de espinillas, hacían verme poco agraciado, al mirarme en el espejo, pensaba en lo que diría Isabelita si viera mi nuevo aspecto, pero finalmente llegaba yo a la conclusión que poco habría de importarle, pues no había contestado ninguna de mis amorosas cartas.

            La que si recibía cartas era mi madre, no había semana en que no le llegara cuando menos una, su madre, sus hermanas y hasta sus tías y cuñados mantenían correspondencia con ella. Mi madre solía leerme sus cartas, o cuando menos parte de ellas, pero no encontraba ninguna referencia sobre Isabelita, y como iba a encontrarla, si seguramente mis familiares no la conocían o no sabían de su existencia y aunque supieran de ella, no se iban a ocupar mayormente de una chiquilla, además yo no preguntaba por ella ni pedía referencias de su existencia.

            Había pasado un año desde que dejamos mi ciudad y mi interés en los estudios, en la lectura y en el cine, me hicieron archivar en mi mente el recuerdo de Isabelita, a la que consideraba una ingrata o desconsiderada por no haber contestado mis cartas o por haberse olvidado de mí, aunque en ocasiones me entraba la duda de si habría recibido mis cartas o no. En la escuela y en el barrio había hecho nuevos amigos y no faltaba alguna niña que se fijara en mí, pero yo no me interesaba en esas cuestiones, había muchas cosas que ocupaban mi mente, además me estaba dando por escribir algunos versos y cuentos. Creo que Isabelita sembró en mí el gusto por la poesía y la lectura. Tenía yo la firme idea de convertirme algún día en un escritor famoso. Cuando acomodaba mis libros o mis cosas, salía a relucir el pequeño libro de poemas.

             Hacía ya doce años desde que salimos de nuestra ciudad, mis hermanos y yo ya habíamos hecho buena parte de nuestra corta vida en la capital, sobre todo ellos que ya se consideraban capitalinos. Mi padre y mi madre volvían a nuestra ciudad en cuanto podían, pero Carmelita, José y yo siempre teníamos pretextos para no acompañarlos. Había terminado mis estudios universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras, ya tenía yo un buen trabajo en una agencia de publicidad como redactor de textos para los anuncios, pero aquello de llegar a ser un escritor famoso todavía estaba muy lejos de convertirse en realidad y no era otra cosa más que una quimera, comenzaba a comprender que no es fácil abrirse camino en el mundo de las letras. Sin embargo no perdía la esperanza de convertirme, algún día, en un famoso escritor y poder ofrecerle a Isabelita mi nombre y mi fama.

            Volví a mi pequeña ciudad cuando falleció mi abuela materna, no podíamos hacer algo mejor que acompañar a mi madre al sepelio de la querida abuela, hicimos a un lado el trabajo y los pretextos y con gusto la acompañamos en tan penoso momento. Fue ahí cuando surgió en mí la inquietud de saber que habría sido de Isabelita, aquella niña de trenzas rubias y hermosos ojos verdes. Me di cuenta de que no me había olvidado totalmente de ella, ahí estaba su recuerdo, guardado en mi mente y en mi corazón. Puse entre mis cosas de viaje aquel pequeño libro de versos, que era una prueba de su amor hacia mí.

            Lo que yo consideraba mi pequeña ciudad se había convertido ya en una gran ciudad, como muchas de la provincia de mi país, del aeropuerto hasta la casa de mis tías me fui dando cuenta de su progreso gracias a zonas residenciales que no existían cuando yo era niño. Si la ciudad había cambiado, ¿Cómo habría cambiado Isabelita? ¿Se habría casado? ¿Seguiría viviendo en esa ciudad?, ¿En el mismo barrio, en la misma casa? – eran algunas de las preguntas que me hacía.

Después de las exequias de mi abuela me di a la tarea de buscar a Alejandro, compañero de la primaria y uno de mis mejores amigos de aquel tiempo, su padre tenía una carpintería que seguía estando en el mismo lugar, no me fue difícil ponerme en contacto con mi amigo de la infancia. Quedé con Alejandro de vernos por la tarde, a la salida de su trabajo, para comer y tomarnos unas refrescantes cervezas (en mi ciudad hacía mucho calor casi todo el tiempo) en un lugar que yo recordaba, en el mero centro de la ciudad, pero que en aquel tiempo, sólo podíamos verlo por fuera debido a nuestra corta edad.

            Me vi con Alejandro en el lugar convenido. Nos sentamos en una de las mesas del exterior y ordenamos un par de cervezas. Mi amigo seguía siendo un muchacho sencillo y jovial, le dio mucho gusto verme y más gusto que lo hubiera buscado. Después de que platicamos de lo que había sido de nuestras vidas y de lo que estábamos haciendo, de que me pusiera al tanto de los compañeros que terminaron con nosotros la educación primaria, caí inevitablemente en preguntarle por Isabelita, él ya lo esperaba, sonrió un tanto malicioso. –Isabelita es ahora una funcionaria muy importante y con un gran futuro político, trabaja en donde yo lo hago, en el ayuntamiento de la ciudad, seguramente la veremos en un momento más, ella acostumbra comer en este lugar. En ese momento comencé a ponerme nervioso, doce años habían pasado y yo estaba como un chamaco frente a su primera cita de amor. No podía ocultar mi nerviosismo ante mi amigo.

            Efectivamente, Isabelita se apareció instantes después, era una mujer muy bella e interesante, de porte altivo y distinguido. Seguía peinando su hermosa cabellera rubia con un par de trenzas que ahora unía en un chongo que le daba más personalidad. Al verla llegar, Alejandro se levantó a saludarla, yo hice lo mismo,

–Licenciada Robledo, ¿recuerda usted a Everardo? él estudió la primaria con nosotros.

La bella joven levantó la vista y me vio, como tratando de acordarse de mí, pero se veía que no me recordaba.

–Creo que sí, cómo está usted…

Sólo acerté a contestarle el consabido bien, gracias, luego ella se disculpó diciendo que la esperaban en el interior del lugar y que venía retrasada.

Cuando se despidió, Alejandro notó mi turbación y amablemente buscó una disculpa para ella… –Vamos hombre, seguramente se acordará más tarde y vendrá a platicar contigo. Yo estaba seguro de que no lo haría, se veía que era una mujer triunfadora y seguramente ya tendría un compromiso con alguien que estuviera a su altura. Metí una de mis manos a la bolsa del ligero saco y palpé con mis dedos el libro que me había dado Isabelita, “como regalo de viaje”.

Soy ahora un escritor afamado, autor de varias novelas de éxito. Tengo el reconocimiento de mucha gente, pero no soy feliz. No la he olvidado, fue la mujer de mis sueños e ilusiones, aunque tuve amores y amoríos, no quise entablar una relación en serio con ninguna mujer, me negué la oportunidad de tener una esposa que me hubiera dado hijos y proporcionado la felicidad que yo, tontamente, dejé pasar por el recuerdo de Isabelita, una niña dulce, sensible, de trenzas rubias y hermosos ojos verdes que había llorado tristemente mi partida. 

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