Martín llevaba tres días sin pegar ojo. Su rendimiento en el trabajo se resentía, la adicción al messenger lo estaba matando. Cada vez se mostraba más arisco y no veía el momento para quedarse a solas con el ordenador. Cuando comenzó a usarlo, nunca creyó que aquella máquina lo dominaría de esa manera. Su fase más crítica fue cuando el jefe lo pilló en el despacho por tercer día consecutivo durmiendo, totalmente grogui. Con estas palabras, le sentenció:
—¡O hace usted algo con sus problemas de sueño o su labor en esta empresa habrá finalizado!
Decidió ir al psiquiatra. Después de explicarle el problema, éste le dijo:
—¿Usted cree que no le es posible vivir sin tener contacto con el ordenador?
—Ahora creo que no.
—Bien, le voy a proponer una cosa, le daré una medicación que le ayudará a relajarse; sin embargo, para que todo vaya bien deberá retirarse a un monasterio durante quince días. Hay que cortar de raíz. ¿Tendrá usted problema para que su jefe le dé unos días de permiso?
—No, supongo que no, él me ha animado a que le visite y arregle mi adicción.
—Entonces, ¿está usted de acuerdo?
—No mucho; aunque pienso que no me queda otro remedio.
Se fue cabizbajo y pensativo, ¿a un monasterio? El único sitio que se le ocurría era las celdas de Montserrat, tenía entendido que había mucha gente que se retiraba para escribir y para encontrarse a sí mismo. Esa misma noche llamó por teléfono, le reservaron una habitación y le aseguraron que allí se sentiría muy cómodo. Llenó su maleta con todo lo imprescindible, miró el ordenador, tuvo la tentación de guardarlo también; fue fuerte y no lo hizo. Le aconsejaron que asistiera a los oficios religiosos, eso lo distraería y le haría olvidar su contacto con el mundo. Cuando llegó, se encontró con un cuarto austero casi sin decoración, sólo un crucifijo encima de la cama. Se tiró sobre ella de golpe, aquello no lo aguantaría muchos días. Al cabo de dos horas ya no sabía qué hacer, decidió salir a la calle, pasear le distraería. Hizo una visita al museo y a la capilla; pero sus pensamientos se iban a aquella dichosa máquina, empezaba a dudar si fue buena idea retirarse a aquel sitio. Mientras se encontraba en la capilla, en el oficio de la tarde su mirada se acercó hacía una chica muy joven; vestía de una manera algo extraña, o al menos poco habitual. Llevaba un pañuelo verde en la cabeza, una falda verde haciendo juego y un polo verde; en los pies unos calcetines con rayas igualmente verdes y unas zapatillas deportivas tipo botín del mismo color. Al principio pensó que tal vez formaría parte de un grupo social, que para distinguirse iban todos del mismo color; aunque no vio a nadie que vistiera igual alrededor suyo. Tanto le llamó la atención, que cuando salió de la iglesia decidió seguirla, igual se alojaba en una de las celdas. Efectivamente siguió su mismo camino, subió la misma escalera y llamó a la puerta una de las celdas. Un hombre de mediana edad le abrió y la chica dijo:
—Ya he cumplido con mi misión.
—¿No la ha seguido nadie?
—No, seguro que no.
Escondido en el hueco de la escalera, observaba la escena.
—¿Le ha proporcionado el paquete al señor Ortiz?
—Desde luego
—Estupendo, cuando lo abra lo tendremos comiendo en nuestras manos. No se arriesgará que le proporcionemos a su mujer las fotografías, y quien paga una vez, continuará haciéndolo.
¡Madre mía! Esto era algo muy grave, debía ir a la policía; aunque ¿qué diría?, no sabía quién era ese Ortiz, seguro que alguien importante. Lo mejor sería enterarse bien de la identidad de aquel individuo y más adelante ya sabría qué hacer. De momento se retiraría a su habitación y consultaría con la almohada.
En el transcurso de la noche, unos sueños horribles invadieron la mente de Martín, aquella chica se le aparecía, unas cuencas vacías lo miraban y una risa macabra salía de su boca mostrándola fea y desdentada. A la mañana siguiente decidió volver a la capilla; primero se acercó al piso de arriba por si acaso los dos individuos volvían a aparecer; pero no, no hubo suerte. En la capilla, justo en la misa de la mañana, empezó a escuchar la Escolanía de Montserrat, unas voces angelicales salían de aquellas gargantas formando un bello conjunto musical, al que todo el mundo asistía maravillado. Martín observó largo y tendido a todos los asistentes y no percibió nada extraño. Esperó a que acabara el oficio y se quedó sentado. Cuando todo el mundo salió de la iglesia, dos hombres permanecieron en sus asientos, primero con sus cabezas mirando hacia delante, después ambos se miraron, uno observaba al otro con los ojos desencajados —al que parecía el tipo que habló con la joven del día anterior—. De pronto, el tipo sacó algo del bolsillo y se lo entregó al otro, que se levantó al instante y desapareció de la iglesia. El que permaneció sentado, sonrió y disfrutó un momento del regalo recibido. Martín no pudo remediarlo, tenía que hablar con aquel hombre, que seguramente sería el señor Ortiz. Lo estarían presionando con algo grave que sabían de él, que por supuesto no debía de salir a la luz. Se retiró de la capilla y con el paso ligero alcanzó rápido al individuo en cuestión.
—Señor Ortiz, perdone, perdone.
—¿Qué desea? Si quiere un autógrafo…, lo siento, ahora no estoy para eso.
Cuando se volvió se dio cuenta, lo conocía por la televisión, era un político, aunque no sabía identificar a qué partido pertenecía; ahora empezaba a entender.
—No, no se preocupe, le quiero advertir.
El hombre. con un rictus serio. lo miró sorprendido.
—¿Advertir usted? ¿De qué? No lo conozco de nada.
—Bueno, no hace falta que me conozca, sé que lo están chantajeando con algo que saben de usted y para que callen les está pagando.
—¡Cómo se atreve! No sé qué quiere decir.
—He visto a ese individuo que hablaba con usted, ayer noche, con una señorita, dijeron claramente que no se conformarían con un solo pago y que lo tendrían comiendo en su mano todo el tiempo que quisieran.
En ese momento, la cara de arrogancia cambió por otra de desconcierto. ¿Cómo ese desconocido había averiguado lo que le estaba sucediendo? Lo miró y le dijo:
—No puedo hacer nada, estoy cogido de pies y manos; si esto sale a la luz, mi carrera habrá acabado.
—Pero ¿Tan grave es?
—Pues…, tienen unas fotos en su poder de unas cuantas visitas que realicé a un prostíbulo, bueno, en realidad bastantes. Tengo un problema y no lo he querido reconocer. Ese es el paquete que me dieron y, como usted comprenderá, habrá más fotos como estas.
—Mire, yo no soy nadie para aconsejarle; pero esos tipos no se conformarán con algo de dinero, lo arruinarán y al final se sabrá todo.
—¿Y qué pretende, qué confiese?
—Sí, es lo mejor, confesárselo primero a su mujer y después en una rueda de prensa; acabarán por perdonarlo. La gente no soporta la mentira, pero sí un momento de debilidad. Salga de la escena pública un tiempo y luego poco a poco volverán las cosas a su sitio.
—No sé…, no sé… Se lo agradezco. Y ahora, si me disculpa, mis deberes me llaman.
Desapareció. Martín se sintió satisfecho, sabía que había hecho bien, ahora lo que pasara después ya no dependía de él. De regreso a su habitación, decidió olvidar lo sucedido y se adentró en la lectura de unos cuantos libros que trajo consigo para distraerse un poco. Los demás días pasaron muy rápidos y a los dos vecinos de celda no volvió a verlos.
Ya en su apartamento volvió a la realidad; aunque una cosa ya no estaba en su vida, el ordenador. Ni lo miró. No sabía que le había ocurrido, ¿o quizás sí? Todas las adicciones son malas, sino que le pregunten a aquel tipo, algo bueno como el sexo se había convertido en enfermizo por su abuso. En aquel lugar ni meditó ni oró; aunque si leyó mucho, eso sí, jamás leyó tanto como en aquella celda, y lo de aquel hombre le influyó más de lo que él pensaba. A los pocos días, en la televisión anunciaron una rueda de prensa. Allí estaba el político. Comenzó a hablar y confesó su forzosa segunda vida por su adicción al sexo, pidió perdón públicamente y anunció su abandono de la política. ¡No era posible!, por fin alguien daba más valor a la honestidad que a su éxito político. Sólo por lo conseguido, valió la pena retirarse y conocerse a sí mismo, tanto por fuera como por dentro.
Como todas las adicciones, era mejor no caer en la tentación, esperaría un tiempo y cuando se viera con fuerzas volvería a utilizar aquella herramienta en la justa medida; mientras tanto, pasaría sus ratos libres leyendo todos aquellos libros que tenía en su biblioteca —que de no usarlos se deshacían por el polvo que acumulaban—. Iría descubriendo en ellos los tesoros escondidos de sabiduría que acumulaban tantos siglos de humanidad en la tierra.