Icono del sitio 7 Certamen de Narrativa Breve 2010

121- Raquel y yo. Por Granizo

Raquel se fue, acompañada por un claro alivio que yo no llegaba a comprender y me dolía, y que la llevó a despreocuparse de las enormes y abarrotadas cajas que apiló en la entrada.

─Volveré a por ellas en cuanto pueda─, me aseguró justo antes de desaparecer.

Pero los días pasaron y de allí no se movieron, recordándome, irreparable y testarudamente, mi solitaria y afligida vida. Sin embargo, no era capaz de cambiarlas de sitio, de recluirlas en algún rincón de la casa hasta que ella quisiera buscarlas. Creo que en el fondo, verlas cada vez que salía o entraba me servía para recrearme en mi desgracia.

─Raquel me ha abandonado─, decía en voz alta cuando las miraba.

─Raquel me ha abandonado─, insistía, al cabo de unos segundos, y con un largo suspiro daba por terminado aquel corto monólogo.

Y es que, de la manera más simple y natural, unos días antes de que las cajas pasaran a convertirse en mis únicas compañeras de piso, Raquel me esperó sentada en una de ellas (porque ya las había dejado allí, en la entrada, como una reafirmación de que la decisión estaba bien tomada) y me dijo: “Me voy a ir… Esto no funciona y tú lo sabes”. Con una sonrisa tan franca como descargada de ironía. No había reproches, ni tristeza, ni un asomo de duda en sus palabras.

Raquel era así.

Entonces, mientras llegaba el momento de su marcha, se dedicó a pulular por la casa recogiendo las cosas que durante los dos años que habíamos vivido juntos desperdigó sin orden, pero con concienzudo esmero, por cada una de las habitaciones. No olvidó nada. Cuando se marchó, no fui capaz de encontrar ni un pequeño detalle que se le hubiera escapado. Raquel había desaparecido de mi vida, a no ser por los recuerdos a los que me aferraba lastimosamente y por aquellas cajas.

Aguanté otros dos meses sin tocarlas, pero haciéndoles, eso sí, partícipes de mi particular desidia. Raquel no llamó nunca para interesarse por ellas.

─Simplemente, os ha olvidado, como a mí─, les repetía yo con marcada malicia.

Hasta que una noche, sin más, las abrí.

Cuando destapé la primera, olores conocidos, intensos aún por haberse encontrado atrapados durante tanto tiempo, me envolvieron provocándome una terrible sensación de pérdida. En esa caja me topé con sus abrigos, sus gorros de lana, pañuelos y bufandas. Otras dos guardaban su ropa de invierno, doblada con maña, escoltada por bolsitas de flores secas colocadas estratégicamente para impregnarla de perfumes cercanos. En la última, me reencontré con todos sus zapatos.

Tardé unas tres horas en vaciar las cajas y colocar con cuidado y celo cada una de las prendas. Los abrigos en el perchero del vestíbulo. El calzado en el zapatero. Las zapatillas al pie de la cama. Uno de los pijamas pasó a ocupar el lugar que tantas veces había compartido conmigo, entre las sábanas. Alguna chaqueta en el sofá, porque Raquel era friolera y le gustaba tenerla a mano. Las camisas y los pantalones en las perchas. Bragas, sujetadores y calcetines en los cajones de la cómoda, aunque algunos se quedaron en el cesto de la ropa sucia entre los míos, esperando el momento de enredarse en la lavadora.

Tiempo después, una mañana cualquiera, sonó el timbre de la puerta. Era una Raquel radiante y feliz, haciendo gala de su sonrisa sincera (no tenía otra), que con cariñosa preocupación me preguntó primero por mí y luego por sus cajas. La invité a entrar para mostrarle su ropa pulcramente repartida por la casa. Y no sé, pero a Raquel se le fue apagando la sonrisa. Incluso adoptó un gesto extraño. Por un momento, habló de regresar más tarde, pero de inmediato cambió de opinión y desde entonces, vuelve a vivir conmigo. Porque Raquel se ha quedado. De hecho, la tengo colgada en el armario de nuestra habitación, entre sus bonitos vestidos de fiesta, justo al lado del que más le gustaba.

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